Trío
Capítulo 13
«Echa a andar por el paseo —le había dicho Rodrigo—, no te fijes en las cámaras ni estés atenta a ellas. Tú a lo tuyo: te paras y miras hacia el mar.
Tómate todo el tiempo que necesites. Te estarán enfocando tres cámaras con teleobjetivo. La gente que te rodea no sabrá que estamos grabando».
«¿Estás seguro? —preguntó Anny—. ¿Qué pasa si alguien me reconoce?».
«No te reconocerán, confía en mí», insistió Rodrigo. Y Anny siguió las órdenes: se puso las gafas de sol, salió del coche al aire de Brighton, rasgado por las gaviotas, echó a andar por el paseo marítimo desde Waterloo Street en dirección a Regency Square y, tal como le había prometido Rodrigo, nadie la miró embobado, ni siquiera se fijaron en ella, y tampoco la pararon para pedirle un autógrafo. «A lo mejor es por el pelo negro —pensó—. O a lo mejor es que aquí no soy tan famosa como en Estados Unidos».
Iba paseando, parándose de vez en cuando a mirar un expositor giratorio de postales o a escuchar a un músico callejero; rodeó un puesto de bígaros y siguió andando sin rumbo hasta que se encontró con Shirley, su ayudante, que la acompañó al coche para llevarla volando de nuevo a Waterloo Street y repetir la toma. Rodrigo le pidió que no se parara a escuchar al músico callejero, porque toda la secuencia estaba pensada para ir con música, con una canción de los Beatles, Dangerous Play, los Pretty Things, Pink Floyd, los Rolling Stones, Antarctica, los Kinks, los Troggs o quien pudieran permitirse, le dijo, soltando nombres al azar con confianza.
Anny aceptó de buen grado y echó a andar nuevamente, sintiéndose casi como una persona normal, sin que nadie la reconociese y le diera la lata, paseando rodeada de turistas, fijándose en la playa de guijarros, en las mamás, los papás y los niños que gritaban entre las olas de la orilla. En un punto del paseo pensó: «Podría llevar una vida así —como una persona
corriente— si Gianluca Mavrocordato no me hubiera escogido justo después de terminar mi segundo año de carrera para rodar Los días de Acuario, con lo que cambió mi vida para siempre». La idea le hizo ponerse triste de repente. Claro que entonces, cayó en la cuenta, nunca habría conocido a Troy Blaze. Todo tenía sus ventajas, si una sabía buscarlas.
Después de una tercera vuelta por el paseo la llevaron a la unidad base, donde el productor calvo, Talbot Kydd, la esperaba en la puerta de su caravana.
—Buenos días, Anny —saludó con una sonrisa cortés—. ¿Puedes venir conmigo media hora? Es muy urgente.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—La policía quiere hablar contigo. Es por tu marido. He pensado que nos convenía discreción, así que irán a la oficina de producción.
En la oficina —a Anny le sorprendió que fuera una casa normal y corriente en una calle normal y corriente—, la llevaron a una sala llena de sillas de plástico, donde rechazó la taza de té o café que le ofrecieron.
Estaba tranquila: había decidido no decir nada. En realidad empezaba a pensar si no estaba alucinando cuando tuvo la sensación de ver a Cornell entre la multitud, el día que rodaron en la parada del autobús. Ese día apartó la vista y cuando volvió a mirar ya no vio ni rastro de él. Autosugestión, pensó, que se activó al oír el nombre de Cornell. Encendió un cigarrillo, dio un par de caladas y lo apagó. Le llevaron una taza de café que no había pedido. Además, tenía una pinta asquerosa, con grumos sin diluir flotando en la superficie.
La puerta se abrió y entraron dos hombres. Uno de ellos, lo supo nada más verlo, era estadounidense: el corte de la chaqueta, la camisa almidonada y los mocasines relucientes lo delataban. El otro era inglés: joven, fuerte, con patillas y un bigotito fino hasta las comisuras de los labios.
—Señorita Viklund, gracias por atendernos —dijo el inglés—. Soy el inspector Desmondson, División Especial.
—¿Qué es la División Especial?
El inspector no contestó y prosiguió con sus presentaciones.
—Este es el agente Radetski.
El agente Radetski era bajito y nervudo, también joven, con el pelo al rape y una sonrisa torcida que intentó enderezar mientras tendía una mano a Anny y le enseñaba la placa con la otra. Anny miró la placa. FBI. Se le secó la boca.
Desmondson colocó tres sillas de plástico formando más o menos un triángulo, y se sentaron.
El agente Radetski carraspeó.
—Creo que ya sabe que su marido, Cornell Weekes, se ha fugado —
empezó a decir.
—No es mi marido.
—Disculpe: su exmarido.
—Hace casi dos años que no lo veo. No sé nada de él; ni qué está haciendo ni dónde está. No estamos en contacto para nada. Ni siquiera sabía que estaba en prisión —esto último no era cierto, pero quería rodearse de una muralla infranqueable.
—Creemos que está en Inglaterra —explicó Desmondson—. Lo han visto desembarcando en Dover de un ferry que venía de Francia.
—Fue en avión de Montreal a Lisboa, hará una semana o diez días —
añadió Radetski—. De eso estamos seguros.
—Me da igual —dijo Anny—. Como si me dicen que Sirhan Sirhan se ha dado a la fuga. Me trae sin cuidado.
Los policías se miraron.
—Nos preocupa que pueda intentar ponerse en contacto con usted en Brighton —dijo Radetski—. ¿Le molesta si fumo?
—Adelante.
Radetski y Desmondson encendieron un cigarrillo.
—¿Por qué querría ponerse en contacto conmigo? —preguntó Anny, esforzándose por emplear un tono neutro—. Estamos divorciados. No tengo absolutamente nada que ver con él desde que nos divorciamos. Para mí es como si no existiera —hizo una pausa—. Fue un divorcio raro, aunque la idea fue exclusivamente suya, no mía. No quería seguir casado conmigo, no soportaba mi trabajo en la industria del cine. Y ahí terminamos. ¿Por qué iba a buscarme?
—Cuando alguien se fuga —explicó Radetski con paciencia, como si hablara con una niña—, cuando alguien está en la lista de «los más buscados», cuando la Interpol ha dado la alerta en toda Europa… uno se desespera.
—Cualquier puerto es bueno si hay temporal —añadió el inspector Desmondson con una sonrisa compasiva.
—No se acercará a mí —contestó Anny, con un punto de vehemencia
—. No le odio, pero han pasado muchas cosas. Ha llovido demasiado, supongo que me entienden.
—Yo le pediría que esté en guardia —dijo Radetski.
—Si lo ve, si ve algún rastro de él, si intenta ponerse en contacto con usted, por favor, avísenos —Desmondson se inclinó hacia delante y le dio su tarjeta—. A cualquier hora.
Anny cogió la tarjeta sin mirarla.
—¿Qué hizo exactamente? —preguntó, fingiendo ignorancia, pensando que era el mejor modo de protegerse—. Sé que puso una bomba.
Radetski suspiró.
—En realidad puso tres bombas. Una en la puerta de un centro de reclutamiento militar de San Diego, una en la sede del Partido Republicano de Pasadena y otra en las verjas de Fort Mitchell, en Nevada. Solamente explotó una, la de Fort Mitchell. Hirió a dos soldados, uno de ellos grave: perdió las dos piernas. Las otras dos las desactivaron; se encontraron sus huellas por todas partes.
—¿Por qué? Dios mío. ¿Por qué haría eso? ¿Qué estaría…?
—Hubo una especie de comunicado de prensa sincronizado con las bombas, que se envió al LA Times y al San Francisco Chronicle. En ese comunicado, Cornell declaraba la guerra al Reich estadounidense e invitaba a la población a sublevarse y participar.
Anny se sintió floja, como si se le abriera un agujero dentro, como si se le revolvieran las tripas. Cornell: ¿hasta qué punto podía llegar a estar jodida una persona?
—¿Está loco? —preguntó en voz baja.
—No lo creo. Pero no lo sabremos con seguridad hasta que lo detengamos.
La reunión había terminado; los detectives apagaron sus cigarrillos con cuidado y el agente Radetski le pidió a Anny un autógrafo para su hija.
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