Trío
Capítulo 7
El cuarto de estar del apartamento de Jacques no era exactamente un sitio pensado para relajarse, pensó Anny. Se parecía más a un teatro pequeño o un aula poco convencional. En el centro había una mesa grande, delante de dos ventanales del suelo al techo que miraban al bulevar Saint-Germain.
Junto a la mesa había un solo sillón de cuero, de respaldo alto, y a derecha e izquierda dos flexos de cromo de estilo art decó. Las paredes estaban forradas de estanterías abarrotadas de libros. Delante de la mesa y las estanterías había un sofá, un par de butacas y un sillón de mimbre. El suelo era de parqué claro. Desde el sofá uno tenía la sensación de estar esperando la entrada de un actor, que se sentaría a la mesa y proclamaría algo.
Hacía muchos meses que Anny no había vuelto por el apartamento de Jacques, y de nuevo le llamó la atención la distribución tan extraña y calculada; el modo en que las prioridades del espacio conducían en una dirección: hacia la mesa y el hombre sentado a la mesa, flanqueado por sus dos caras lámparas de cromo y, por supuesto, los grandes pensamientos que pudiera tener.
Anny se levantó del sofá y fue a sentarse en el sillón de mimbre. No cambiaba nada: el centro de atención seguía siendo el mismo. Se acercó a la ventana y se puso a mirar la calle a sus pies. Jacques estaba en la cocina, preparándole una infusión de menta fresca. A un lado de un pasillo pequeño había un dormitorio y un cuarto de baño, y eso era todo el apartamento: la sala de estar era la pièce de résistance, con su vista oblicua de Les Deux Magots y la iglesia de Saint-Germain-des-Prés a lo lejos. Cayó en la cuenta de que la casa de Jacques estaba en todo el meollo. Justo lo que él buscaba.
Jacques entró con la infusión en una bandeja y la dejó encima de una mesita, al lado del sofá. Después se sentó a la mesa y giró el sillón de cuero para mirar directamente a Anny. Ella era el público; él estaba en el
escenario: era el actor. Anny bebió un sorbo de menta. Tenía también un plato con galletitas ovaladas. Cogió una y volvió a dejarla.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó Jacques.
—Mucho mejor. Siento haberme echado a llorar.
—Necesitabas desahogarte. Has hecho bien. Y, sobre todo, estás a salvo.
Puede que los del FBI o la CIA intenten extraditarte, pero aquí en Francia es muy difícil. Se tardan años y años —sonrió—. Hasta podría casarme contigo… Así serías ciudadana francesa, y aquí no extraditamos a nuestros ciudadanos —Jacques levantó una mano—. Podemos aplazarlo eternamente, y eso es lo principal.
—Ya. Pero sigo pensando en las consecuencias. Sigo pensando en la película.
—A la mierda la película —dijo Jacques, dando un manotazo al aire—.
Habrá muchas más películas. Mejores películas, aquí en Francia nunca habrías tenido la necesidad de aceptar esa… merde britannique.
Anny no sabía si discutir con Jacques por la película, pero decidió que no valía la pena. Estaba cansada. Casi no había dormido en veinticuatro horas.
—Creo que necesito dormir un poco —dijo—. Me caigo de sueño.
—No puedes quedarte aquí conmigo —señaló Jacques—. Es el primer sitio al que vendrían a buscarte.
—¿Quiénes?
—La prensa, para empezar. En cuanto se conozca la noticia. Todo el mundo sabe lo nuestro. Abre un periódico o una revista de cine. Eres la actriz famosa que sale con un filósofo francés.
—Supongo que sí. Pero se largarán.
—Y luego vendrán los abogados. Y el FBI. Y la policía británica. No, estarás mucho más segura con mi hermano Alphonse. Necesitamos tiempo.
Necesitamos ver qué pasa con ese gilipollas con el que te casaste. A lo mejor cuando vuelvan a encerrarlo te dejan en paz. Pero más vale que pases una temporada acostada.
—Quieres decir escondida —Anny lo dijo sin pensarlo, pero vio que a Jacques le fastidiaba mucho la corrección.
—Te pido disculpas por mi inglés. ¿Qué tal tu francés, por cierto?
—Lo siento. Prácticamente nulo. Bonjour. Au revoir.
—Bueno, mi hermano habla un poco de inglés, así que podrás entenderte.
—¿Es tu hermano pequeño?
—Mayor. Es un poco aburrido, pero buena persona. Vive solo.
—¿Dónde vive?
—En el 13e arrondissement. No es precisamente un barrio chic pero nadie se imaginará que estás allí. Y está bien que no seas rubia. Sigue tiñéndote el pelo.
Jacques se levantó y abrió los brazos para que Anny se acercara.
Llevaba una camiseta holgada, con el lema «MARXISTE: TENDANCE
GROUCHO» impreso en letras grandes y negras, y unos pantalones anchos de color gris. Anny se acercó, y él la abrazó y le dio un beso en la frente.
—Es muy emocionante tenerte aquí —dijo—. Esconderte. Es como en la guerra. Nos estamos escondiendo del enemigo.
—¿Qué guerra?
—La guerra de Argelia. Es la única guerra que he vivido de verdad…
Como soldado, quiero decir. Aunque supongo que todas las guerras son iguales en lo esencial. Terror y aburrimiento. Poder e impotencia.
Responsabilidad y falta de responsabilidad.
—Yo no quiero estar en una guerra —murmuró Anny—. No quiero tener que esconderme del enemigo. Solo quiero ser libre.
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