Trío

William Boyd · Capítulo 48 de 61

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Trío

Huida

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El río Ouse no tenía tanta profundidad como la primera vez que estuvo allí, o eso le pareció a Elfrida. Entonces se acordó de que el caudal oscilaba con las mareas, aquí en Rodmell, y razonó que la marea estaba baja, o bajando, o había terminado de bajar y estaba empezando a subir. De todos modos había agua suficiente para sus fines. Echó un vistazo alrededor. Habría sido mejor que hiciera un día gris y con llovizna intermitente, quizá —la falacia patética siempre le había parecido un recurso literario subestimado—, más acorde con lo que estaba a punto de ocurrir. Pero hacía calor, corría la brisa y se veían grandes lagunas de cielo azul entre las nubes, como islas que flotaban hacia el este. Un día de verano casi perfecto.

Elfrida había comprado un bastón en una ferretería, uno de roble fuerte, con una contera de metal en la punta que estaba resultando muy útil para levantar las piedras grandes incrustadas en la turba de la orilla. El abrigo de piel olía un poco a moho, pero le había costado solo una libra, en un mercadillo de iglesia, así que no podía quejarse. No tenía sentido comprar un abrigo más caro. Lo importante eran los símbolos: el bastón, el abrigo de piel y las botas de agua. Solamente le faltaba una piedra de buen tamaño que pudiera guardar en un bolsillo.

Se alejó de la orilla del río y echó a andar por el prado sin levantar la vista del suelo, buscando piedras. Vio una, más o menos del tamaño de una empanadilla de Cornualles, y la desenterró con la punta de hierro del bastón. La frotó entre las palmas de las manos para limpiarla. Calculó que pesaría un kilo o kilo y medio, y dio por hecho que era del mismo tamaño

—aproximadamente— que la que se echó al bolsillo Virginia Woolf. Tenía que caber en un bolsillo. Siguiendo con los cálculos, mientras metía la piedra a presión en el bolsillo derecho del abrigo de piel, cayó en la cuenta de que tuvo que ser el abrigo empapado —no la piedra— lo que en realidad

hundió a Virginia; el abrigo empapado seguramente resultó mucho más eficaz. Qué curioso que nadie hubiera desarrollado esta teoría, pensó.

Prueba a nadar con un abrigo de piel. Incluso para Virginia Woolf, la piedra era más bien un símbolo; un símbolo de que tenía la clara intención de acabar con su vida, de que no había sufrido un accidente, no se había resbalado y caído. La piedra no permitiría a nadie reescribir la historia de su vida cómodamente. Pobre mujer, loca y valiente.

Con la piedra ya guardada en el bolsillo, Elfrida volvió a la orilla sin ganas y se quedó mirando el río. ¿Saltaba? ¿O se sentaba en el terraplén y se arrastraba hasta hundirse? En cualquier caso, dejaría el bastón en la orilla a propósito, para indicar por dónde había entrado en el agua. Miró hacia el puente de Southease, aguas abajo, y pensó vagamente adónde iría a parar su cuerpo. En realidad le traía sin cuidado: estaba harta, hartísima. Su matrimonio era una puñetera farsa; no parecía capaz de escribir más que unas líneas de la novela que iba a redimirla, a borrar los años de silencio y a revivir su prestigio. A esto había que añadir que tenía en el brazo un nido de parásitos diminutos que se alimentaban de su piel. No podía más. Se alegró de que poniendo fin a su miserable existencia acabaría de paso con estos microbios asquerosos.

Metió la mano en el bolsillo izquierdo y sacó la petaca de vodka. Dio un trago demasiado largo y le entró un ataque de tos. Y encima era alcohólica: no podía olvidarse de eso. En resumidas cuentas, la inconsciencia sería una bendición. Entonces, como en respuesta a su tos, oyó una carcajada a lo lejos.

Miró río arriba, hacia Lewes, y vio a un grupo de excursionistas paseando por su orilla del río. Mierda. Justo cuando estaba decidida. Ahora tendría que esperar a que pasaran y, por supuesto, saludar con la cabeza, sonreír y decir: «Qué día tan bonito, ¿verdad?».

Cuando estaban más cerca vio que todas eran mujeres —cinco mujeres

—, pero a la cabeza iba un hombre con pantalones cortos de color caqui, una mochila y un libro en la mano.

Elfrida se apoyó en el bastón y se quedó mirando el río, como perdida en una ensoñación. A lo mejor así pasaban de largo, sin interrumpir su trance. Haría como si no los viera.

Las voces alegres se oían cada vez más cerca. Cerró los ojos. «Por favor, seguid vuestro camino. Ignoradme, dejadme en paz».

—¡Madre mía! —Era la voz del hombre—. ¡Qué increíble coincidencia!

Elfrida dio media vuelta, tuvo la sensación de que el hombre en pantalones cortos le sonaba de algo y lo reconoció definitivamente por la barba de Abraham Lincoln, entre canosa y rubia. Maitland Bole, mira tú por dónde. Casi le entraron ganas de llorar.

Bole detuvo al grupo y se acercó a ella.

—Sí, qué coincidencia —asintió Elfrida mientras se daban la mano, intentando esbozar una sonrisa—. Estaba investigando un poco.

Bole señaló el abrigo de piel.

—¿Metiéndose en el personaje, eh?

—No quiero entretenerlo.

—Venimos andando desde Charleston —explicó Bole—. Lo llamamos el paseo de Vanessa a Virginia. Vamos a subir hasta Monk’s House por la iglesia y ya está. Es hora de una jarra de cerveza espumosa en el Abergavenny… Para mí no, claro. Es bienvenida, si quiere acompañarnos

—Bole bajó la voz—. Verá, estas visitas guiadas son un negocio secundario. Du Côté de Chez Virginia Woolf. Cada vez es más popular.

—En otro momento, a lo mejor —dijo Elfrida con un hilo de voz.

Bole se volvió hacia su grupo de mujeres. Elfrida vio que eran casi todas de mediana edad, con cazadoras y calzado de andar. Tres de ellas llevaban pañuelos de colores en la cabeza, una un sombrero de paja, y la quinta —la única joven— parecía japonesa. Todas miraban con curiosidad a la mujer parada en la orilla del Ouse con un abrigo de piel y botas de agua en pleno verano, pensó Elfrida, con razón.

—Señoras —dijo Bole, levantando la voz—. Esto es un encuentro extraordinario. Estamos haciendo la ruta de Charleston a Monk’s House, la última casa en la que vivió Virginia Woolf, y ¿a quién nos encontramos en el camino sino a la nueva Virginia Woolf? La novelista Elfrida Wing.

A una de las mujeres se le escapó una exclamación de reconocimiento, y las demás aplaudieron, como si todo fuera un golpe de efecto preparado por Bole. Elfrida tenía ganas de abrirle la cabeza con el bastón. ¡Qué

hombre tan ridículo! Pero logró sonreír y levantar la mano para confirmar la identificación.

—Dejaremos a la señorita Wing con sus meditaciones literarias y empezaremos a contar los días que faltan para la publicación de su novela.

Bole se volvió hacia Elfrida, sonriendo.

—Avíseme si necesita más información. ¡Vamos, señoras!

Se alejó con su grupo por los prados —todas se despidieron con cortesía y la chica japonesa con una inclinación— hacia la iglesia de San Pedro.

Elfrida se sacó la piedra del bolsillo y la lanzó al río. Bole lo había estropeado todo, todo. El muy idiota, ¿por qué la había identificado? Él y sus mujeres ahora eran testigos. ¿Cómo iba a ahogarse después del encuentro? ¿Cómo iba a meterse en el río, igual que Virginia, la afortunada Virginia, que fue capaz de morir sin que nadie la viera? La muerte de Elfrida Wing se haría famosa. La policía interrogaría a Bole y a sus excursionistas, que la habían visto preparándose para morir. «Ah, sí, llevaba un abrigo de piel. ¡Qué raro! Creímos que era una inteligente ocurrencia del señor Bole». «No, nos pareció muy simpática; no sospechamos para nada que estuviera a punto de hacer eso». «¡Qué lástima! ¡Pobre mujer!» Ahora era absurdo, pensó Elfrida. Había salido todo mal. Mal, mal, mal. Sacó la petaca y bebió varios tragos de vodka con un estremecimiento, asaltada por una amarga decepción. ¿Y ahora qué? Se sentía abandonada, desesperada, inconsolable…

Alejó la petaca de los labios. Desesperada. Doctora Ingham… ¿Qué le había dicho la doctora Ingham? «Si se ve desesperada, recuerde que aquí me tiene. Hay otras alternativas». ¿Qué otras alternativas?, pensó, mientras echaba a andar hacia Rodmell por los prados, con la hierba alrededor en los tobillos. Arrojó el bastón llena de ira. ¿Y ahora qué se suponía que tenía que hacer con su inútil vida?

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