Trío
Capítulo 23
Maitland Bole llegó con veinticinco minutos de retraso, y a Elfrida le sentó muy mal. Ella era siempre más que puntual y le costaba mucho aceptar que los demás fueran desconsiderados con el tiempo. Subió y bajó varias veces las escaleras de la Tate Gallery, con un silbido monótono que era un leve símbolo acústico de su malestar y mirando el reloj hasta que, harta, se sentó en un banco y se puso a leer Al faro, solo por pasar el rato, reconociendo al cabo de unas páginas que no recordaba lo mucho que le había disgustado la novela, con tantos detalles superfluos, tanto miedo neurasténico al mundo, tanto hormigueo de la conciencia y tanta sensibilidad de clase alta. Con todo eso, ¿cómo podía decir nadie que ella y Virginia Woolf tenían algo en común como novelistas? Bastaba con leer un par de páginas de una novela suya para ver que…
—¿Señora Tipton?
Levantó la vista y vio a un hombre que llevaba un traje gris muy arrugado y una cartera abultadísima en la mano. Tenía una barba rala de color blanco amarillento al estilo de Abraham Lincoln, con el labio superior afeitado. ¿Qué pretendía con una barba tan ridícula?, pensó Elfrida, enfadada aún por el retraso. Pero sonrió con cortesía, se levantó, saludó, le dio la mano y lo llevó al restaurante del bajo de la Tate.
Sentados en un rincón, de espaldas al misterioso y evocador mural arcádico de Rex Whistler, siguieron intercambiando comentarios amables
—sobre el tiempo, el viaje, la salud— y miraron la carta. O, mejor dicho, Bole miró la carta mientras Elfrida consultaba la lista de vinos.
—¿Borgoña o burdeos? —preguntó.
—Yo no bebo —dijo Bole—. El médico no me deja.
—Es una lástima. ¿Ni siquiera una copa?
—No me atrevo a arriesgarme. Podría darme un ataque… con la medicación que tomo.
—Pobrecillo. Lo siento. Bueno, voy a pedir una botella, por si acaso cambia usted de opinión.
Elfrida se puso a elogiar las excepcionales oportunidades de beber vino que ofrecía el restaurante de la Tate, pero notó que Bole no prestaba atención, ya que seguía examinando sus opciones gastronómicas. El comienzo no era el mejor posible, pensó, y pidió una botella de Gruaud-Larose de 1962. Eligió sopa de guisantes e hígado con beicon mientras Bole se decantaba por el cóctel de gambas y el pastel de ternera y riñones.
Cuando llegó la botella de Elfrida, Bole dijo que él se conformaba con un vaso de agua del Támesis. Elfrida probó el vino y lo encontró de su gusto.
Comer con un abstemio tenía sus ventajas, pensó, animando al sumiller a que le sirviera una copa generosa.
—Tengo los panfletos en la cartera —recordó Bole.
—Déjeme que le extienda un cheque ahora mismo —dijo Elfrida, pensando que la comida gratis y el más que lucrativo intercambio monetario pondrían a Maitland Bole en deuda con ella… Difícilmente podría negarse a responder a sus preguntas.
Sacó el talonario, extendió el cheque (22,5 libras) y se lo dio. Tomó nota de que Bole no le ofrecía descuento por comprar en grandes cantidades. De todos modos, Elfrida tenía sus propios objetivos en esta comida y en eso iba a concentrarse, se dijo. Bole le pasó una bolsa de plástico llena de panfletos que sacó de la cartera. Elfrida dejó la bolsa a sus pies, debajo de la mesa.
—Verá, me interesan mucho los detalles del último día de Virginia Woolf. He visto la casa, he ido dando un paseo por los prados hasta la orilla del Ouse, y he mirado el río, hasta tuve una conversación con Leonard Woolf —bebió un sorbo de vino—. Intento imaginar qué pensaría Virginia en esas últimas horas de vida, desde que se despertó. El proceso me resultaría mucho más sencillo si conociera los detalles de su vida cotidiana, de su rutina doméstica.
—¿Por qué?
—¿Perdón?
—¿Por qué le interesa el último día de Virginia Woolf?
—Porque voy a escribir una novela sobre ese último día —lo dijo sin pensar, y al instante se preguntó si no había cometido un tremendo error al anunciarlo. Curiosamente, tuvo la sensación de que Bole se relajaba.
—Bueno, si se trata de una novela —señaló, subrayando la última palabra como si fuera una enfermedad desagradable— puede inventárselo todo. No me necesita.
—En parte no le falta razón —asintió Elfrida con prudencia—, y evidentemente tendré que especular hasta cierto punto. Pero cuanto más sepa, cuantos más detalles y datos conozca, mejor será la ficción. Al menos yo lo creo así.
—¿De verdad?
—Sí. Según mi experiencia.
—¿Es usted novelista?
—¡No! Para nada. No, no. No, por Dios. Quiero decir como lectora. Mi experiencia como lectora —bebió un poco de vino; lo cierto es que estaba delicioso. Se alegraba muchísimo de no tener que compartirlo con Bole.
—Estoy empezando —dijo a modo de excusa—. Pensando en escribir una novela.
Bole apartó el cóctel de gambas terminado. Se le había quedado un pegote considerable de salsa rosa entre los pelos de la barba hirsuta. Elfrida dudaba si decírselo —no se veía capaz de comer si él no se limpiaba—
cuando, por suerte, como si le leyera el pensamiento, Bole se lo quitó con la servilleta.
—Esa sería la cuarta novela de Elfrida Wing, ¿verdad? —sonrió Bole, como si acabara de ganar un premio.
Eres tonta, se reprochó Elfrida. Eres tonta de remate. Bole vivía en su mundo, era «un hombre de letras» en cierto modo. Tenía que haber supuesto que cabía la posibilidad de que la reconociera, ahora que se paraba a pensarlo. Sus fantasías de anonimato absoluto nunca se harían realidad mientras sus novelas siguieran en algún anaquel con una foto suya de joven en la solapa.
—Sí —reconoció—. Le pido disculpas. Ha sido un subterfugio absurdo.
—Soy un admirador —explicó Bole—. Sobre todo de Excesos. Mi favorita. Muy ingeniosa, muy oscura.
—Gracias.
—Y ahora una novela sobre el último día de Virginia Woolf. ¡Qué ganas de leerla!
—Habrá que esperar un poco. De momento solo estoy explorando la idea.
—En realidad no es asunto mío, y espero que no le moleste que lo señale, pero ¿usted cree sinceramente que a alguien le sigue interesando Virginia Woolf? Mi Bloomsbury en East Sussex es de largo el que menos ha vendido de todos mis panfletos. Yo creo que Woolf está un poco pasada de moda. Tiene que haber otros escritores de los que hablar: Oliver Onions, Alfred Duggan, Edith Nesbit…
—Me interesa personalmente Virginia Woolf.
Bole se encogió de hombros.
—La decisión es suya, faltaría más. Pero ¿qué me dice de Henry James en Rye? ¿De Kipling? ¿De Ford Madox Ford?
—Tiene que ser Woolf. Lo siento.
Bole se inclinó hacia Elfrida con aire confidencial.
—Bueno, lo primero que le conviene saber es que dormían en habitaciones separadas, Virginia y Leonard, y por tanto ese día se despertó sola.
—¿De verdad? Cuénteme. ¿Le molesta si tomo algunas notas? —Buscó su libreta y un bolígrafo, y empezó a hacer garabatos mientras Bole seguía hablando. Y se explayó con ganas (Elfrida casi no necesitó hacer ninguna pregunta), como si el cóctel de gambas le hubiera puesto locuaz. Y mientras tomaba notas comprobó que la información de Bole era muy precisa. Le contó que, por las mañanas, Leonard Woolf siempre le llevaba a Virginia una taza de té a la cama. Ella se daba luego un baño, se vestía, y desayunaban juntos, después de que Leonard también se diera un baño.
Virginia Woolf trabajaba en una caseta de madera construida ex profeso en el jardín, y, todos los días, a eso de las nueve, cruzaba el jardín para ponerse manos a la obra. En 1941 acababa de terminar su última novela, Entre actos.
El último día de su vida, el 28 de marzo, entró en casa sobre las once de la mañana sin que nadie la viese, porque Leonard estaba trabajando arriba,
en su estudio, y dejó dos cartas encima de una mesa —o en la repisa de la chimenea, Bole no estaba del todo seguro—: una para Leonard y otra para su hermana Vanessa. Después se puso sus botas de agua y un abrigo de piel, y cogió su bastón como si fuera a dar un paseo. Salió del jardín por la puerta que está al lado de la iglesia y bajó hasta el río Ouse. La marea estaba alta, y el agua seguramente llegaría muy cerca del borde del cauce.
Un trabajador la vio pasar camino del río. Eso fue sobre las once y media o doce menos veinte. Este trabajador fue la última persona que la vio con vida.
—Y después se tiró al agua, o se metió, o se deslizó —añadió Bole—.
Las orillas son altas. Como va a escribir usted una novela, puede elegir lo que más le guste. Quizá un salto resulte más dramático.
—Parece ser que se metió una piedra grande en un bolsillo —dijo Elfrida.
—¿De verdad? ¿Cómo lo sabe?
—Por Enid… —No llegó a terminar—. Me lo contó una amiga de la familia.
—Interesante —dijo Bole—. No lo sabía. Un buen detalle —se metió un bocado de riñón en la boca y empezó a masticarlo con una energía que le produjo una desconcertante oscilación de la barba, pensó Elfrida, que bajó la cabeza para concentrarse en su hígado con beicon. Se dio cuenta de que no tenía mucha hambre. Se sirvió otra copa de Gruaud-Larose.
—Es un detalle interesante —asintió Elfrida—, porque demuestra que el suicidio no fue espontáneo. Tenía la clara intención de morir, y la piedra le impedía arrepentirse en el último momento.
—Bien pensado —observó Bole, frunciendo el ceño—. O acelerar el final.
—Exactamente.
Bole reanudó su relato. Leonard Woolf bajó a comer a la hora de costumbre y encontró las cartas.
—¿Una nota de suicidio? —preguntó Elfrida.
—Eso creo. Lo que decía en las cartas fue suficiente para que Leonard diera la voz de alarma. Pero Virginia ya había desaparecido. Estaba muerta.
—¡Qué horror! —exclamó Elfrida, transportada de pronto a las orillas del Ouse. Un abrigo de piel, botas de agua y una piedra grande en un bolsillo—. ¿No sabrá por casualidad qué clase de abrigo de piel llevaba?
—No, lo siento. ¿Es importante?
—Bueno, para una novelista podría serlo. ¿Era de visón, de ratón almizclero, de conejo? Ya sabe que Dios está en los detalles.
Bole la miró, desconcertado.
—Tardaron tres semanas en encontrar el cuerpo —explicó—, a pesar de que dragaron el río de arriba abajo.
—¿Cómo sabe todo eso? —preguntó Elfrida—. Si me permite la curiosidad.
—Hablé con su cocinera, Louie Everest. Una mujer muy comunicativa.
Le gustaba mucho hablar de eso.
—Louie Everest. Qué nombre. Entonces, tenían servicio doméstico.
—Solo Louie. Iba a hacer la comida todos los días. La interna se despidió a finales de 1940. Por lo visto, me lo contó Louie, a Virginia le gustaban mucho las tareas domésticas. Le gustaban de verdad.
—Eso es curioso —dijo Elfrida—. Fascinante. ¿Qué tipo de tareas domésticas?
—¿Qué tipo de tareas domésticas hay? Limpiar el polvo, sacar brillo, lavar los platos, recoger, lavar la ropa. No creo que hubiera aspiradora en Monk’s House.
—No, en 1941 no había.
—¿Existían? —preguntó Bole, al parecer con sincero interés.
—Sí, claro. Pero eran artículos de lujo. Cosas de las que presumir:
«Tenemos una Hoover» —Elfrida intentó imaginarse una Hoover en Monk’s House—. Es posible que tuvieran un cepillo aspirador de alfombras
—dijo—. De esos que se empujan adelante y atrás.
Bole se quedó pensativo.
—No me imagino a Virginia Woolf con un Bissell, ¿usted sí? —Daba la sensación de que se animaba por momentos; a lo mejor estaba pensando en otro panfleto, supuso Elfrida: Equipamiento doméstico en East Sussex en el período de entreguerras.
—Creo que una Hoover sería improbable… —Elfrida trató de imaginarse de nuevo a Virginia Woolf ocupándose de las tareas domésticas
—. ¿Cree usted que haría alguna tarea ese día?
—¿Quién sabe? —dijo Bole, limpiándose la boca y la horrible barba con la servilleta. Si es una novela lo que está escribiendo, puede ponerla a limpiar un poco el polvo o a abrillantar la plata.
Elfrida anotó: «¿Tareas domésticas?».
Bole estaba ojeando la carta otra vez, considerando la posibilidad de pedir un postre. Elfrida se sirvió más vino y vio que la botella estaba casi vacía. Se notaba cargada de una extraña energía que no había vuelto a sentir desde hacía años. Era consciente de lo que estaba pasando. El cerebro estaba en funcionamiento, explorando las posibilidades de una ficción.
Virginia Woolf haría alguna tarea doméstica antes de quitarse la vida. Un detalle maravilloso. Vació la botella en la copa.
—Según Louie Everest —le confió Bole—, a Virginia le afectó mucho la guerra. Una bomba destrozó su casa de Londres, y el valle del Ouse se encontraba justo en la ruta de vuelo de los bombarderos alemanes.
—La Batalla de Inglaterra —dijo Elfrida—. Claro.
—Lanzaban bombas. Se estrellaron aviones.
—Debió de haber momentos terroríficos.
—Pues sí. El conflicto se extendió hasta East Sussex —explicó Bole con cierta pomposidad—. He escrito un panfleto sobre ese tema: East Sussex en guerra. Se vende muy bien, si le interesa.
—Puede que sí —Elfrida sopesó si pedir más vino.
—Como le digo, lanzaban bombas en los pueblos, incendiarias, y disparaban con ametralladora al tráfico y a la gente por la calle. Accidentes de aviación… Pilotos y tripulantes muertos. Alarmas aéreas a cualquier hora del día y de la noche. A Virginia le afectó mucho.
—Le destrozó los nervios literalmente. Sí, lo comprendo.
—Louie Everest me contó que era evidente, desde dos meses antes, desde principios de 1941, que iba a estallar. Que iba a tener otra crisis nerviosa. Louie conocía los síntomas.
—Dios mío, claro… —Elfrida pensó: ves que estás enloqueciendo y que el mundo ha enloquecido. ¿Por qué no tirarse al río?
Bole pidió crujiente de manzana con natillas.
—¿Puedo tentarle a tomar un brandy? ¿Un coñac? —preguntó Elfrida.
—¡No, por Dios! Eso me mataría.
—Espero que no le moleste si yo me tomo uno —Elfrida sonrió e hizo una señal al camarero. Estaba celebrando; el libro que tenía en la cabeza empezaba a cobrar forma. De repente la vida volvía a valer la pena.
OceanofPDF.com