Trío
Capítulo 5
Gary Hicksmith llegó con quince minutos de retraso. Talbot en parte se alegró mucho: así tuvo más tiempo para tranquilizarse. Estaba curiosamente nervioso, como si fuera a una reunión importante o como si estuviera a punto de conocer a un gran actor que quizá se dignara aparecer en la película que estaba produciendo. «Qué absurdo —se reprochó—. Haz el favor de mirarlo con un poco de perspectiva». El joven encargado de la empresa de andamios venía a disculparse y a reembolsarle el importe del cheque devuelto. Se ordenó tranquilizarse.
Sonó el timbre —en la puerta principal— y Talbot fue a abrir. Gary llevaba unos vaqueros negros y una cazadora gris carbón, con una camiseta roja debajo. Parecía limpio y recién afeitado, muy distinto del hombre al que Talbot había conocido en ropa de faena.
Talbot lo invitó a entrar y Gary sacó un billete de diez libras como reembolso; podía quedarse con el cambio, y Andamios Axelrod le pedía mil disculpas por las molestias.
—No tiene la menor importancia —dijo Talbot—. El caso es que ya está todo resuelto. Bien está lo que bien acaba.
—Cierto —asintió Gary, echando un vistazo al apartamento con sincera curiosidad—. Lo suyo está resuelto, señor Eastman, pero yo estoy hasta el cuello de problemas.
Talbot tuvo la sensación de que Gary necesitaba desahogarse. Lo miró con una sonrisa comprensiva. Gary: alto, delgado, limpio, con el pelo rizado y rubio oscuro por debajo de las orejas, las manos en los bolsillos, preocupado.
—Oye, ¿puedo invitarlo a tomar algo? Hay un bar agradable aquí cerca: el Swan. Las penas compartidas son menos penas, y esas cosas que se dicen.
Iban por la calle hacia el Swan, y Talbot dio un rodeo para pasar por el Alvis, se había dejado el talonario en la guantera. Abrió la puerta y lo recuperó mientras Gary daba una vuelta alrededor del coche, impresionado.
—Supongo que es suyo —dijo.
—Es un capricho. Me gusta mucho.
—Ya me imagino. Madre mía. Debe de costar un dineral.
—Sí, bastante —se rio Talbot—. Se fabrican muy pocos de este modelo.
—Un Alvis. ¡Caramba! Debe de costar miles.
—¿Vamos?
Continuaron hacia el bar, y Gary se volvió para admirar el coche por última vez antes de doblar la esquina.
El Swan era un bar de época, del siglo XVIII, o eso decían, que se regodeaba demasiado en su supuesta antigüedad, en opinión de Talbot: techos bajos, suelos de tablones desiguales y con manchas oscuras, mesas con bancos de madera y una puerta antigua entre el salón y el reservado, tan pequeña que había que agacharse para pasar. Detrás de la barra había docenas de jarras de peltre colgadas. Todo estaba impoluto y la cristalería reluciente. La venerable historia del local justificaba los precios caros de la cerveza, el alcohol y la comida, y se sobreentendía que uno no iba a un bar así si no tenía recursos económicos. La clientela era por tanto gente de clase media acomodada del norte de Londres y de mediana edad. En las paredes de roble había fotografías en sepia de jugadores de críquet famosos. El dueño era un tipo con fama de arrogante y engreído que se reservaba el derecho de admisión si no le gustaba la pinta de los clientes.
Talbot notó la incomodidad instantánea e instintiva de Gary al entrar en el bar, y buscaron una mesa lo más lejos posible de la barra. Gary pidió una pinta de cerveza; Talbot su habitual gin-tonic. Era sábado y casi la hora de comer. Solo se oía el suave rumor de la conversación y alguna carcajada de vez en cuando.
—Salud —dijo Talbot, levantando su vaso—. Gracias por venir. Y por el reembolso. Se lo agradezco mucho.
—No debería decirle esto, señor Eastman, pero le estoy pagando de mi bolsillo. Andamios Axelrod está al borde de la quiebra. Está en bancarrota.
Se explicó mejor. El señor Axelrod tenía problemas con el juego de toda la vida. Parecía que la empresa funcionaba, pero desde hacía aproximadamente un año se supo que en realidad solo iban trampeando, que estaban ahogados por las deudas. Habían licitado para proyectos grandes —
edificios de oficinas, puentes, andamios voladizos, estructuras para trabajos pesados, cubiertas provisionales— muy por encima de su capacidad, y se vieron obligados a subcontratar y por tanto a reducir el margen de beneficios. Axelrod se había jugado los beneficios de la empresa. Y el Ayuntamiento de Camden Town había puesto el último clavo en un ataúd carcomido denunciando a la empresa.
—Es una pesadilla —dijo Gary—. Pero yo no quería que usted se viera perjudicado por el desastre de Axelrod. Le pido disculpas. Hemos causado daños en su casa y tenemos que pagarlos.
Talbot preguntó qué iba a pasar, qué pensaba hacer Gary.
—Bueno, sinceramente, me gustaría establecerme por mi cuenta. Puedo comprar las existencias y el material muy barato cuando todo se vaya al garete. Empezaría a pequeña escala: un camión y un patio donde guardar el metal —imitó un cartel rectangular con las manos—. Andamios Hicksmith.
Aceptaría los trabajillos que los grandes no quieren. Encargos domésticos, pintura o apuntalamientos. Si lo haces bien ganas dinero, y rápido. Con eso compras un camión de plataforma, más tubos, abrazaderas y planchas.
Luego contratas más gente. Puedes hacer trabajos más grandes y ganar más dinero.
—Ojalá que tenga suerte —dijo Talbot—. Parece muy lógico —estaba encantado mirando a Gary y oyéndolo hablar en voz baja, con intensidad y pasión—. ¿Qué piensa su mujer de todo esto?
—No estoy casado.
—Perdone. No sé por qué me había dado la impresión de que sí. ¿Su novia?
—Ahora mismo estoy solo. La última «relación»… no funcionó.
—Bueno, llega más lejos el que viaja solo.
—Sí, pero hace un mes que no me pagan. ¿Comprende? A ninguno de nosotros. Estamos todos pelados.
Talbot tuvo una idea; vio una oportunidad que surgía de la nada.
—¿Qué diría a cincuenta libras por una hora de trabajo?
—Diría que muchísimas gracias. ¿Cuándo empezamos?
—Sabe que soy fotógrafo —explicó Talbot, improvisando sobre la marcha—. Me llevo una comisión bastante buena.
Le sorprendió el ingenio y la elocuencia con que se inventaba una historia para Gary. Le habían hecho un encargo de una «revista de papel cuché» y tenía que retratar a londinenses. Podía ofrecer a sus modelos, sin distinción —taxistas, camareras, jueces del Supremo, enfermeras, políticos
—, unos honorarios de cincuenta libras por posar para él—. También a los montadores de andamios, añadió.
—¿Me daría cincuenta libras por hacerme una foto? Acepto.
—No es una instantánea. Tendría que venir a mi estudio. Tardaremos alrededor de una hora… De ahí el pago por su tiempo.
—Estoy disponible, señor Eastman. Cincuenta libras son cincuenta libras.
—¿Qué hace… mañana por la tarde? —preguntó Talbot, intentando aparentar la mínima agitación posible.
—Nada que no pueda cambiar.
—¿Por qué no se pasa alrededor de las cuatro? Habremos terminado antes de que abran los bares.
Vio que Gary agrandaba la sonrisa pensando en su buena suerte.
—Entre por la puerta del jardín —añadió Talbot—. Ya sabe cuál es: la del callejón, donde nos conocimos.
—Entendido. ¿Tengo que ponerme elegante?
—No. Venga como viene hoy. Es su cara lo que me interesa.
—Allí estaré. A las cuatro en punto.
—Tiene una cara estupenda, Gary. Perfecta para el trabajo.
—¿Ah, sí? ¿Quién me lo iba a decir? Mucho mejor.
—¿Le apetece otra pinta?
—Pida usted, por mí no se preocupe. Por cierto, ¿qué le ha pasado en el labio?
—Estaba… jugando al squash. Me di con la raqueta en la boca.
—¡Ay!
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