Trío
Capítulo 12
Talbot llegó a la puerta del segundo piso, según le había indicado la portera.
Un rectángulo de plástico encima del timbre llevaba el nombre de M. Mehdi Duhameldeb. Talbot llamó y, segundos más tarde, Jacques Soldat/Mehdi Duhameldeb abría la puerta con recelo. Se quedó sorprendidísimo al ver a Talbot. Lo reconoció, aunque era evidente que no recordaba su nombre.
—¿Usted es?
—Talbot Kydd. Nos conocimos en Brighton. Soy el productor de la película.
—¿Cómo me ha encontrado?
—Pues… —No había preparado una respuesta. Improvisó—. Anny dejó su dirección en la oficina.
—¿Por qué?
—No lo sé. Creo que quería que le enviásemos algo. Algo así. El caso es que ahí estaba —sonrió—. ¿Cómo si no lo habría encontrado?
Soldat miró por encima del hombro de Talbot, como si esperase que hubiera más gente escondida y, al ver que no, abrió la puerta un poco más, para que Talbot pudiera pasar.
Talbot se sentó en un sillón de mimbre pequeño mientras Soldat se instalaba en su sillón de escritorio, girándolo para mirar a Talbot de frente.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Talbot?
—Tenemos un problema, como seguramente sabe.
—No. ¿Qué problema?
—Anny ha desaparecido. Se ha «fugado». Supusimos que había venido a París, con usted.
—No. Para nada. Me cuesta creer que haya hecho eso. No es propio de Anny.
A Talbot le pareció patético el fingido desconocimiento de Soldat. Pero, en fin, tendría que seguirle la corriente.
—A lo mejor ha vuelto a Estados Unidos —dijo Soldat.
—Lo dudo. Se ha dictado una orden de búsqueda. Han detenido a su exmarido y lo han devuelto a Estados Unidos. Está bajo custodia del FBI.
Ha acusado a Anny, dicen que lo ayudó a escapar. Que le dio dinero para huir. El caso es grave.
— Quel con! —dijo Soldat con resentimiento—. Ojalá pudiera ayudarlo.
No he vuelto a ver a Anny desde que estuve en Brighton.
—¿Ha hablado con ella?
—Hace una semana que no hablamos —se levantó—. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿ Whisky?
Talbot aceptó y Soldat salió y volvió enseguida con dos whiskys pequeños, en vasos de vino.
—Por que Anny vuelva pronto —brindó Soldat—. Francia es un país grande. A lo mejor se ha ido al sur. Sé que tiene un amigo en Cannes. Quizá debería buscarla allí.
—¿Sabe cómo se llama su amigo?
—Puedo enterarme.
Talbot le dejó el nombre de su hotel, por pura formalidad. Soldat mentía muy mal. Se terminó el whisky, con la sensación de que la reunión se acercaba a su fin. Se levantó, dio las gracias a Soldat por su tiempo y le aseguró que en cuanto tuvieran alguna pista de Anny se lo haría saber.
—Es muy amable pero… —Soldat se detuvo en la puerta, con la mano en la manilla—, si le soy sincero, creo que mi relación con Anny ha terminado.
—¿En serio? Lo siento.
—Se estaba follando a su estrella del pop. ¿Cómo se llama? El Tolay.
—Troy. Troy Blaze. No, eso es imposible. No sé de dónde habrá sacado esa idea.
—Lo he visto con mis propios ojos. Los vi juntos en el rodaje. No soy tonto, señor Talbot.
Talbot se abstuvo de corregirle.
—Le puedo asegurar que se equivoca. Lo habría notado.
Inmediatamente. Habría oído algo. Su relación es exclusivamente profesional.
—¿Cómo dicen ustedes? «No hay mejor ciego que el que no quiere ver». Use los ojos. Es evidente.
—Yo lo veo todo, monsieur Soldat. No se me escapa nada.
Especialmente cuando estoy produciendo una película.
—A todos nos gusta pensar eso. Nuestra vanidad es única —Soldat sonrió—. No, no, a mí no me engaña nadie.
Se acercó a Talbot, como si fuera a hacerle una confidencia.
—Quieren destruir a Anny.
—¿Quiénes?
—Los americanos: la CIA, el FBI. El Estado. Anny es un símbolo. Ya lo sabe usted. Todo el mundo se fija en ella: en qué cree, qué desprecia, qué causa defiende. Aplastando ese símbolo enviarán un mensaje a mucha gente. Eso es lo que está pasando, monsieur Talbot. Tenga mucho cuidado.
Estas fuerzas son muy poderosas. ¿Cómo se dice…? El fuego se combate con fuego.
—Creo que se equivoca.
Soldat sonrió con lástima.
—En este mundo hay gente que agacha la cabeza… y gente que se niega a agachar la cabeza.
—Ojalá fuera tan fácil. Yo solo intento hacer una película.
—Y ese exactamente, precisamente, es su problema.
Talbot se encogió de hombros.
La conversación no iba a ninguna parte. Soldat abrió la puerta, le deseó bonne chance et bon retour, y Talbot se fue sin darle la mano. Bajó las escaleras despacio, evitando a propósito el endeble y estruendoso ascensor abierto de doble puerta. ¿Cuántas mentiras había dicho Soldat? Era evidente que sabía dónde estaba Anny y, en cierto modo, con sus torpes negaciones y su absurda teoría de la conspiración había ofrecido a Talbot la confirmación que buscaba. Pero ¿qué hacer ahora? Seguro que Kincade tendría una respuesta. Menos mal que lo había contratado, a pesar de lo difícil y lo terco que era.
Salió a la calle y encendió un cigarrillo, buscando con la mirada a su investigador. ¿Dónde se había metido?
—Señor Kydd. Volvemos a vernos.
Talbot dio media vuelta y se encontró con un hombre al que reconocía vagamente. Tenía acento americano. Llevaba gabardina y sombrero de fieltro.
—Soy el agente Radetski. Nos conocimos hará cosa de una semana.
—Lo recuerdo.
Se dieron la mano.
—¿Qué hace aquí, señor Kydd? ¿Buscando a Anny Viklund?
—Sí —Talbot optó por la sinceridad.
—¿Qué hará si la encuentra?
—Tratar de convencerla para que vuelva y cumpla con su contrato.
Radetski se permitió una sonrisa escéptica.
—¿Acaba de reunirse con el señor Soldat?
—Sí. No tiene ni idea de dónde está la señorita Viklund. Eso dice. Por lo visto su relación ha terminado. Son exnovios.
—¿Y usted lo cree?
—Me inclino a creerlo —fue la ambigua respuesta de Talbot. No tenía ningunas ganas de ayudar a Radetski. —Estaba convencido de que la señorita Viklund estaría aquí con él. Pero no: ni rastro. El apartamento es muy pequeño… Me habría dado cuenta.
—Quizá debería hablar con él.
—Quizá, aunque dudo que esté dispuesto a hablar con usted. Tenga en cuenta que para el señor Soldat usted y su organización son el Anticristo.
Radetski sonrió con cansancio.
—¡Estos intelectuales! ¡Joder!
—Sabe que no pueden extraditarla ahora que está Francia.
—Podemos intentarlo: hay un tratado entre Francia y Estados Unidos, aunque tengo entendido que los trámites duran alrededor de veinte años.
Solo queremos hablar con ella. Tiene que saber muchas cosas. Podría sernos muy útil.
—No es más que una actriz joven y hecha un lío. No pueden…
—Estaba casada con un terrorista —le recordó Radetski con paciencia, como si le explicara algo a un niño—. Un terrorista violento y asesino, dispuesto a detonar bombas y matar inocentes. Cornell Weekes forma parte de un ejército terrorista clandestino: Llamada de Advertencia. ¿Ha oído hablar de ellos?
—¿Llamada de Advertencia? No.
—No es un lobo solitario. Su señorita Viklund tal vez esté dispuesta a darnos alguna información sobre Llamada de Advertencia a cambio de un acuerdo.
Talbot observó en silencio a Radetski, con su gabardina y su sombrero de fieltro. ¿Por qué llevaba gabardina si no había riesgo de lluvia? Se acordó de la teoría de la conspiración de Soldat y de pronto dejó de estar tan seguro de que fuera absurda.
—No creo que ella sepa nada —dijo—. Es una niña.
—Con todo respeto, señor Kydd, no es una niña. Mire con quien sale: Cornell Weekes, Jacques Soldat. Un terrorista convicto. Un filósofo revolucionario y radical. Venga ya. Tratamos con este tipo de gente a diario.
Pueden estar engañados, pero no son niños. La señorita Viklund sabe cosas, incluso sin ser consciente de saberlas. Cuando hablemos con ella podremos analizar la parte útil. Es su obligación como ciudadana estadounidense.
—Si consigue encontrarla.
—Cogió un avión con destino a París. Eso lo hemos confirmado. Está en la ciudad.
—Francia es un país grande —contestó Talbot, haciéndose eco de Soldat—. Soldat me sugirió que la buscara en Cannes.
Esta vez fue Radetski quien observó a Talbot en silencio. Punto muerto.
Por distintos intereses ocultos, pensó Talbot, los dos necesitaban a Anny Viklund.
—Muy bien. Puede que intente hablar con Soldat.
—Buena suerte. Por cierto, su verdadero nombre es Mehdi Duhameldeb.
—Ya lo sé —Radetski sonrió con paciencia—. Hasta la vista, señor Kydd. Si tiene suerte no deje de avisarnos.
—Vuelvo a Londres. Aquí no puedo hacer nada más.
Talbot se quedó mirando a Radetski, que se alejaba hacia el bulevar Saint-Germain. Oyó el rumor de las preocupaciones que se abatían sobre él para atacarlo como una bandada de estorninos malignos. Por primera vez tuvo que aceptar que el futuro de Anny Viklund no incluyera la posibilidad de terminar La utilísima escalera a la luna de Emily Bracegirdle. Era un pensamiento deprimente.
—Parece un poco mustio —dijo Kincade, dándole un susto al salir de un portal próximo.
—He tenido momentos más optimistas —contestó Talbot.
—Me gusta la frase. Voy a copiarla. «He tenido momentos más optimistas». Tiene estilo. ¿Quién era ese hombre con el que estaba hablando?
—Es un agente del FBI que también está buscando a Anny Viklund.
—Se mueve usted en ambientes improbables.
—No será por gusto —Talbot tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó.
—¿Alguna pista de la señorita Viklund?
—En ese apartamento no.
—¿Soldat sabe dónde está?
—Creo que sí. Me ha mentido desde el principio. Ha intentado mandarme a Cannes con una pista falsa.
—¿Cannes? Eso suena bien.
—No se haga ilusiones. No iremos a Cannes. ¿Qué hacemos, señor Kincade? Perdona, ¿nos tuteamos?
—Necesito más dinero.
Cogieron un taxi para volver al hotel. En el camino, Kincade le dio algunos datos de Jacques Soldat que su editor había divulgado.
—Al parecer estuvo en Argelia en 1945, como recluta del Ejército francés. Con veinte años.
—Ah. De ahí lo de «Soldat».
—Exacto. Presenció una matanza en una ciudad llamada Guelma. En mayo de 1945. Decenas de miles de argelinos asesinados, según me han dicho. A manos del Ejército francés y los colonos argelinos franceses.
—¿Estás seguro? Nunca lo había oído.
Kincade le explicó que cinco años después, con el seudónimo de Jacques Soldat, Mehdi Duhameldeb escribió un libro titulado Massacre.
—Y se hizo un nombre. De repente se convirtió en el portavoz intelectual de los pueblos desafectos y marginados del imperio colonial francés. Se hizo famoso de la noche a la mañana. Nunca volvió a mirar atrás. Escribió un libro detrás de otro.
— Massacre. ¿No era uno de los libros que quería comprar Harold J.
Hopkins?
—Sí.
—Empiezo a entender la actitud de monsieur Soldat —dijo Talbot—.
Por qué es siempre tan agresivo.
El taxi aparcó delante del hotel.
—¿Cuánto dinero necesitas? —preguntó Talbot.
—Mucho, me temo.
Talbot canjeó cheques de viaje por importe de doscientas libras y los cambió a francos. Le dio el dinero a Kincade.
—¿Qué vas a hacer con esto?
—Voy a alquilar un coche. Si tengo que vigilar el apartamento de Soldat necesito estar cómodo. No puedo pasarme el día y la noche de pie en la calle.
—Muy bien. Pero guarda los recibos.
—Todo este plan se basa estrictamente en tu intuición, señor K. Si Soldat sabe dónde está Anny, irá a verla. No creo que vaya esta noche, después de tu visita. ¡Ni en sueños! Pero puede que vaya mañana si cree que no hay peligro. Y yo estaré vigilando cómodamente —levantó los billetes que tenía en la mano— desde mi coche de alquiler.
Kincade dobló los billetes y se los guardó en la cartera. Improbables conspiradores, pensó Talbot.
—¿Algún plan para esta noche? —preguntó Kincade.
—Tengo que hacer varias llamadas.
—¡Qué emocionante! Yo voy a un club. ¿Quieres venir? Creo que te parecerá interesante. Se llama Inferno. Déjame ser tu guía. Tu Virgilio.
—Otro día, Virgilio. Estoy cansado.
—Me parece bien, como dirías tú —sonrió Kincade—. Estoy seguro de que mañana encontraremos a tu valiosa señorita Viklund.
—Cuento contigo. Que te diviertas esta noche. Si no puedes ser bueno, sé prudente.
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