Trío

William Boyd · Capítulo 17 de 61

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Trío

Capítulo 16

El coronel Ivo Stuart-Hay, Cruz Militar y Orden del Mérito Militar con un galón, vivía en una casa parroquial a unos tres kilómetros de Rye, cerca de Military Road, así llamada casualmente, camino de Appledore. La vivienda era la clásica construcción de ladrillo de color arena en unos jardines de dos hectáreas y media. En Los edificios de Inglaterra se definía como «elegante y austera», y tenía dos pisos, cinco ventanales de ocho paños y un pórtico dórico toscano descentrado. Austero y elegante era también el coronel, pensó Talbot, el hombre mejor vestido —con o sin uniforme— que había conocido nunca.

Talbot aparcó a un lado del pórtico y, al salir del Alvis, echó un vistazo a los jardines, con sus hayas, robles y castaños bien distribuidos, hacia el muñón de una torreta sepultada por la yedra, un puesto de caza de ciervos que el coronel llamaba su «capricho». Era un sitio muy tranquilo: no se oía el tráfico de Military Road, la temperatura era suave y un lento convoy de nubes altas se alejaba tranquilamente hacia Europa continental, al este. A lo mejor eso era lo que necesitaba, pensó Talbot, un retiro cerca de la civilización. No estaba demasiado lejos del bullicio —había tardado poco más de dos horas en llegar desde Brighton—, y uno podía escaparse siempre que le apeteciera.

—Comandante Kydd, bienvenido.

Talbot dio media vuelta y vio salir por la puerta principal a George Trelawny, antiguo ayudante del coronel. Trelawny era bajito y de constitución fuerte —pasaba de los cincuenta, calculaba Talbot—, y llevaba una camiseta de rayas rojas y unos vaqueros descoloridos.

Se dieron la mano con familiaridad. Talbot había visto a Trelawny en varias ocasiones desde que dejó el regimiento, pero siempre le impresionaba un poco verlo sin uniforme.

—El coronel está detrás, con los perros. ¿Vamos? —Trelawny nunca llegó a perder su acento de West Country.

Rodearon la casa por un costado hasta un establo grande, con tablones de madera vieja calafateados y la cubierta de teja roja. A un lado había media docena de jaulas de pollos. Unos perrillos negros correteaban al sol por las jaulas de alambre.

—¿Cómo va todo, George? —preguntó Talbot.

—No doy abasto criando —dijo George—. Tengo una lista de espera de dos años.

Talbot se acercó a la jaula que tenía más a mano. Cuatro bulldogs franceses se adelantaron rápidamente y apoyaron de un salto las patas delanteras contra la malla de alambre, con la lengua fuera. Qué cosas tan canijas y feas, pensó Talbot. Le había preguntado al coronel en cierta ocasión por qué, entre todos los perros del mundo, había elegido al bulldog francés para la cría. «Casi nunca ladran —contestó el coronel—, así de sencillo». Talbot miró las jaulas y calculó que habría unos cuarenta perros correteando. Habían abierto unas puertas bajas en los tablones para que los animales pudieran retirarse al establo o quedarse en las jaulas. Vio que los perros eran ciertamente discretos y se limitaban a mostrar su entusiasmo jadeando o emitiendo esa especie de resoplido característico. Era lógico. El coronel Stuart-Hay salió en ese momento por la puerta principal del establo, y Talbot consiguió no hacer el saludo marcial. Había prestado servicio en la guerra con Stuart-Hay, coronel al mando del Segundo Batallón de Infantería Ligera de East Sussex, hasta que lo hirieron al sur de Roma. Talbot era su oficial de inteligencia, y los dos habían pasado necesariamente muchos meses juntos.

Se dieron la mano. Stuart-Hay vestía una americana de sarga azul marino y unas botas de media caña relucientes. Llevaba un pañuelo de seda roja anudado al cuello y el pelo, fosco y gris, peinado con raya a la izquierda y alisado con algún aceite o loción. El parche negro en un ojo acentuaba aún más su encanto enjuto. Debía de andar cerca de los setenta años, pensó Talbot; respondía al perfecto estereotipo de la clase guerrera intelectual inglesa… salvo en un aspecto crucial.

—¿Cómo te va, Talbot? —preguntó Stuart-Hay con una sonrisa—.

¿Todavía no te han derrotado?

—Bueno, lo intentan.

Mientras iban hacia la casa, Talbot les habló de la visita de la División Especial y el FBI al plató.

—Veo que eso no pasa todos los días.

—La pobre chica intenta poner buena cara —dijo Talbot— pero creo que está muy alterada. Esto supone un montón de estrés añadido para ella.

La casa parroquial reflejaba por dentro el mismo gusto austero y elegante de la fachada. Suelos de parquet de color claro con alfombras azul marino, sofás y butacas cómodas y escogidas con criterio, y unos cuantos paisajes al óleo de escaso interés en las paredes. La impresión general, pensaba siempre Talbot, era de limpieza casi maniática. Lo atribuía a la formación militar de George Trelawny. A los perros no les dejaban entrar en la casa.

Se sentaron en el salón y George preparó unos martinis potentes. La ginebra helada era justo lo que Talbot necesitaba, y al coronel le puso más hablador de lo normal. Intercambiaron cotilleos de antiguos compañeros del Ejército y el coronel hizo trizas un libro nuevo de reciente aparición sobre el 8.º Ejército italiano: «noventa y cinco por ciento de sandeces» fue su veredicto. George se marchó a la cocina a preparar la comida y cuando la tuvo lista les pidió que pasaran al comedor.

Tomaron de primero salmón ahumado y de segundo cordero asado con guisantes y patatas hervidas, acompañado de un excelente rosado Pichon Longueville del 58. El pudin era de frambuesas con crema, y después sacaron medio Stilton para tomar con el oporto. Dedicaron diez minutos a repasar y analizar, con lápiz y papel, una escaramuza en la que había participado su batallón en 1942, en Wadi Musa: el coronel por fin estaba escribiendo sus memorias.

—Tengo todas mis antiguas notas de inteligencia en Londres —dijo Talbot—. De haberlo sabido las habría traído.

—La verdad es que podrían ser muy útiles. Estupendo. La historia del batallón es puñeteramente vaga: le faltan números precisos, nombres reales y datos del tiempo que hacía.

—Ha pasado mucho tiempo, Ivo. Nos estamos haciendo viejos y nos falla la memoria.

—Cierto, pero no del todo decrépitos.

George se levantó diciendo que tenía que llevar dos cachorros de bulldog francés a un cliente en Ramsgate. Añadió que volvería sobre las seis.

—Me alegro de volver a verlo, señor —le dijo a Talbot, y se corrigió enseguida—: Talbot.

Se acercó al coronel y le dio un beso en los labios.

—Ve con cuidado, cariño —le dijo el coronel—. Recuerda que no hay nada más peligroso que una carretera rural.

Cuando George ya se había retirado, el coronel llenó hasta arriba los vasos de oporto y volvieron al salón. Stuart-Hay encendió un purito y Talbot un cigarrillo.

—¿Cómo te va la vida, Talbot? —preguntó el coronel deliberadamente

—. ¿Cómo está tu «corazón sin revelar»? Creo que fue así como me lo describiste una vez.

Talbot captó la indirecta.

—Está en proceso de revelado —dijo, permitiéndose una sonrisa insinuante.

—Me alegro.

—Con pocos cambios. Sigo haciendo mis fotos. Algunos chicos son encantadores.

—¿Mujeres?

—Unas cuantas modelos. Una o dos profesionales. No he perdido el gusto del todo. Aunque soy muy exigente.

—Siempre has estado lleno de secretos.

—¿No lo estamos todos? Llenos de misterios.

El coronel reflexionó sobre este comentario frunciendo ligeramente el ceño, como si le concediera muy en serio el beneficio de la duda.

—Supongo que nada dura demasiado —dijo el coronel.

—No. Como mucho un par de días. Algunos vuelven, pero yo no los animo. Es lo mejor. Lo prefiero así.

—Bueno, ahora podemos hacer algo —asintió el coronel—. Desde esa bendita ley.

—Sí. Solo me gustaría que tuviera otro nombre, ya sabes. «Ley de Delitos Sexuales de 1967». ¿Por qué no «Ley de Naturaleza Sexual»? ¿O

«Ley de Orientación Sexual»? Yo nunca creí que estuviera cometiendo un

«delito» —hizo una pausa—. En el Ejército sigue siendo ilegal. Menos mal que ya estamos todos retirados.

—Exacto —dijo el coronel—. La verdad es que nunca me lo había planteado así —miró a Talbot con conocimiento de causa—. Entonces… ¿te estás tomando nuevas libertades?

—Estoy muy contento con mi organización. Con mi «vida».

—¿Qué hay de Naomi?

—No creo que tenga una idea clara.

—Alguna tendrá, seguro. Las mujeres tienen instinto. Seguro que sabe que eres raro. Mi madre dice que lo supo desde que cumplí ocho años.

Aunque nunca dijo ni mu. Me lo contó en su lecho de muerte.

—Nosotros vivimos y dejamos vivir, Naomi y yo. Es todo muy civilizado.

El coronel se sirvió otro oporto. Talbot no quiso más: tenía que volver al rodaje.

En la gravilla, delante de la puerta principal, el coronel detuvo a Talbot cuando estaba a punto de sentarse al volante del Alvis.

—La semana pasada estuve con George en un club de Brighton… Me llevó George. Se llama Icebox.

—¿Icebox?

—Fue toda una revelación —dijo el coronel con aire pensativo—. Estar allí con nuestra gente, con los «nuestros», por así decir. Sin prohibiciones, sin riesgos, sin escándalo. Todo legal. Nunca me imaginé que viviría para verlo.

—Parece increíble. El cambio de ley, quiero decir.

—Deberías ir, Talbot. Los jóvenes de hoy no son como nuestra generación. Se te caerá la venda de los ojos. Pásate aunque solo sean diez minutos. El ambiente es muy relajado: nada intimidante ni excesivo,

supongo que ya me entiendes. Me resultó… —El coronel buscó una palabra

—: Maravilloso, inspirador.

—No estoy seguro de que sea lo mío —Talbot intentó imaginarse al coronel en un sitio como el Icebox, que no conocía. Y comprendió que no tenía la menor idea de cómo sería un club de ese estilo; lo que se imaginó lo había visto en una película anterior a 1967, por supuesto. Luego, animado por el rumbo que había tomado la conversación, hizo una pregunta que nunca había hecho.

—Por favor, Ivo, no me contestes si no quieres. Mándame a la mierda, pero en la guerra ¿tú y George estabais…? —no terminó la frase.

—Claro —asintió el coronel con franqueza—. Éramos muy discretos.

Teníamos muchísimo cuidado, pero los dos supimos desde el primer momento lo que… lo que sentíamos el uno por el otro. Yo me enamoré casi a primera vista. Así de simple.

—Comprendo —dijo Talbot—. No tenía la más remota idea. Ni por un segundo se me pasó por la cabeza.

—Esa era mi… nuestra… intención —el coronel sonrió—. Yo tampoco tuve nunca la más remota idea de lo tuyo, si te digo la verdad.

—¡Qué canalla tan guapo! Casi me vuelve loco.

Se rieron.

—Una historia maravillosa. Y ahora estáis aquí, viviendo juntos, trabajando juntos… —dijo Talbot.

—No podríamos ser más felices. Yo no podría ser más feliz. El mundo a veces opera misteriosamente de la manera más oportuna.

Se dieron la mano.

—Quien nada arriesga nada gana, Talbot. Recuerda eso. No estamos aquí demasiado tiempo: sácale el máximo partido posible.

—Lo tendré en cuenta.

—¿Conoces a alguien que quiera un bulldog francés? Son unos perritos muy leales. Tú te puedes saltar la cola. Y te haré un buen descuento.

Talbot se marchó sin poder quitarse de la cabeza el subtexto implícito en las palabras del coronel. Tenía la esperanza de que la comida fuera un momento de relajación, un paseo por las avenidas del recuerdo y la vida militar, y le había revuelto un poco. Quien nada arriesga nada gana.

De pronto, espontáneamente, al llegar a Rye giró hacia el este, dejó atrás el puerto y continuó hacia Camber y Camber Sands. Al dejar el coche en el aparcamiento de Camber Sands vio que la marea estaba baja y la inmensa playa se extendía a lo lejos, casi hasta el horizonte, parecía, como un tramo de desierto gigantesco trasladado a la costa sur de Inglaterra. Las sombras de las nubes pasaban deprisa, moteando la arena de color caramelo. Se quitó la corbata y la chaqueta y las tiró al asiento trasero. Luego se encaminó a la playa a través de las dunas, entre familias de vacaciones y gente que tomaba el sol, y continuó por la llanura de arena hacia la lejana franja azul grisácea del canal de la Mancha.

Su hermano pequeño, John-Christopher Kydd, el teniente de aviación

«Kit» Kydd, fue derribado al otro lado de Rye por tres Messerschmitt 109, y su Spitfire, totalmente inclinado, se estrelló en el canal a unas tres millas de la costa de Camber Sands. El avión y el cuerpo de Kit nunca se recuperaron, tal fue la velocidad del impacto, y la zambullida del Spitfire, casi vertical, hizo que la aeronave quedara sumergida a gran profundidad.

Esto ocurrió el 22 de julio de 1940. Habían pasado casi veintiocho años, pensó Talbot. Kit tenía entonces veintitrés.

Talbot adelantó primero a un perro solitario, ladrador y retozón —una especie de terrier, perdido— que iba arrastrando la correa por la arena, y luego a un hombre que enseñaba a su hijo a volar una cometa. Siguió andando, con la sensación ocasional de que el sol le quemaba la calva. La marea estaba en su punto más bajo y quedaba más de un kilómetro y medio hasta la orilla, donde las olas suaves se derramaban en silencio, apaciblemente.

Talbot se quedó allí contemplando las olas, pensando en su hermano, en lo distinta que habría podido ser su vida si Kit no hubiera muerto. Kit: rubio, ingenuo, de risa fácil. Era alto, más alto que Talbot, y Talbot se acordó de cómo se había reído la última vez que estuvieron juntos, de cómo tenía que contorsionarse Kit para entrar en la cabina del Spitfire, doblándose con ayuda de su tripulación de tierra. La muerte repentina de Kit segó la vida de su madre, que murió un año después, y esto permitió a su padre embarcarse en un segundo matrimonio desastroso y una serie de aventuras breves. Si Kit no hubiera muerto…

—¡Kit! —gritó a las olas inquietas y picadas—. ¡Kit, estoy aquí! ¡Soy yo! ¡Estoy aquí, Kit! ¡Pienso en ti! ¡Te recuerdo! ¡Sueño contigo!

Una ráfaga de brisa se llevó sus palabras y, avergonzándose al instante, miró a su alrededor para ver si alguien se había fijado en aquel hombre entrado en años que le gritaba al mar. Al parecer estaba solo en la orilla de la inmensa playa. Volvió al coche por la arena. No sabía explicar por qué, pero tenía la sensación de que acababa de hacer algo valioso, por inútil que fuera imaginar un mundo en el que Kit aún vivía. Los «qué habría pasado si» podían llegar hasta la otra punta de Camber Sands, a ocho kilómetros.

Vive la vida que se te ha dado, pensó, recordando las palabras de Ivo Stuart-Hay, y sé quién eres. Del dicho al hecho hay mucho trecho.

De nuevo en el Grand, entregó las llaves del coche al portero y fue derecho al bar. Icebox era el nombre de aquel club. Tenía que averiguar dónde estaba, como un simple experimento, algo nuevo, para ver si algo había cambiado con la promulgación de la ley. Como decía el coronel: no estamos aquí demasiado tiempo, hay que aprovecharlo al máximo.

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