Trío

William Boyd · Capítulo 21 de 61

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Trío

Capítulo 20

Elfrida pensaba que había esencialmente dos tipos de alcohólicos, y le gustaba clasificarlos como los «bebedores» y los «borrachos». Los

«borrachos» perdían el control: empujados enteramente por el deseo, su consumo era rápido y destructivo; el olvido inmediato era su finalidad.

Pasaban los días y los «borrachos» seguían de borrachera —fines de semana perdidos— que normalmente acababa en desmayo, catatonia o muerte. Los «bebedores», por su parte, eran más discretos y astutos. Se entonaban a lo largo del día —poco a poco—, con la intención de mantenerse en un constante estado de embriaguez, potente, agradable y —

ojalá— imperceptible. A diferencia de los borrachos, los bebedores —

aunque podían llegar a estar muy bebidos—, seguían siendo capaces de funcionar, tener una conversación y hasta conservaban su trabajo.

Elfrida echó un chorro de vodka en el zumo de naranja para desayunar.

No se engañaba ni negaba su situación, en absoluto: sabía que era alcohólica, «bebedora», y sabía también que el día en que empezara a escribir una nueva novela volvería a estar sobria. Ese era su problema personal: el impasse creativo la impulsaba a beber. No era culpa suya, no tenía ningún defecto de carácter, no. Muchos otros escritores y artistas se habían visto en el mismo apuro: Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, la pobre Edith Everly, Faulkner, Elizabeth Bishop, Dylan Thomas, Morris Hughes, Brendan Behan, Henry Green, el triste Malcolm Lowry, Celia Tanson, Evelyn Waugh, Ian Fleming, George Vanderpoel y un buen puñado más de los que en ese momento no se acordaba. Formaban un club reducido y selecto. Tampoco tan reducido, bien pensado. Repasando la lista comprobó que la mayoría eran «borrachos». Qué raro.

Sí, pensó, satisfecha de sí misma: estaba cogiendo las riendas, dando pasos; veía la luz al final del túnel y esas cosas. Añadió otro chorrito de

vodka al zumo y fue a buscar el teléfono de The Book Nook.

—Hola, quería hablar con Huckleberry, por favor.

—Soy Huckleberry.

—Huckleberry, buenos días. Soy Jennifer Tipton.

—¿Perdón? ¿Quién?

—Le encargué Diario de una escritora, de Virginia Woolf.

—¿Ah, sí? Buenos días.

—Y me vendió un ejemplar del libro de Maitland Bole. O, mejor dicho, un panfleto.

—Me voy acordando, señorita Tipton.

—Señora.

—Señora Tipton. ¿En qué puedo ayudarla?

Explicó que llamaba para saber si sería posible conseguir el número de teléfono o la dirección de Maitland Bole. Quería felicitarle por su panfleto: le había resultado muy útil en su investigación sobre Virginia Woolf.

—No creo que pueda dárselo —contestó Huckleberry.

—¿Por qué no? Me dijo usted que vivía en Eastbourne.

—Es que es un hombre muy reservado. No puedo darle su teléfono. Se enfadaría mucho.

Elfrida tuvo una inspiración.

—Bueno, ¿le importaría comunicarle que me gustaría comprar cincuenta ejemplares de su panfleto? Dele mi número de teléfono. Yo no me enfadaré.

—Muy bien. A ver si consigo localizarlo.

Diez minutos más tarde Elfrida recibía una llamada de Maitland Bole en persona. Tenía una voz temblorosa, interrumpida continuamente por carraspeos y tos seca. Resultó que Bole ya no vivía en Eastbourne sino en Londres, en Fitzrovia, aclaró vagamente.

—¿Podríamos vernos? —preguntó Elfrida—. Me gustaría hacerle algunas preguntas, sabiendo que es usted todo un experto en Virginia… Y

de paso podría darle un cheque por los panfletos.

Bole propuso quedar al día siguiente, a mediodía, en la puerta principal de la Tate Gallery, en Millbank. Tenía que hacer unas «gestiones» allí, le confió.

—Perfecto. ¿Puedo invitarle a comer? —preguntó Elfrida—. El restaurante de la Tate es de mis favoritos.

Después de una salva de toses, Bole aceptó.

—¿Cómo la reconoceré?

Elfrida reflexionó un momento: ¿cómo describirse? ¿Alta, pelo corto y oscuro, con flequillo y pintalabios rojo? Poco llamaría la atención entre la multitud.

—Llevaré un ejemplar de Al faro. ¿Qué le parece?

—Hasta mañana, señora Tipton.

Elfrida colgó el auricular en el soporte. Le latía el corazón como si acabara de subir tres pisos corriendo. Tenía la certeza de que su vida estaba a punto de cambiar, y la carta de vinos del restaurante de la Tate era de las mejores de Londres. Seduciría a Maitland Bole con el mejor burdeos y le sonsacaría los secretos del último día de Virginia Woolf.

Subió al piso de arriba y preparó una bolsa de viaje para una noche. No pensaba seguir esperando: cogería el tren de Londres directamente. Tenía más cosas que hacer en la ciudad. Esa mañana había recibido carta de su editor y de su agente, los dos estaban entusiasmados y «se morían» por saber más detalles de El hombre en zigzag. Elfrida sentía que su suerte estaba cambiando.

Escribió una nota para Reggie: «He ido a Londres por trabajo. Llámame a casa. Vuelvo la semana que viene. E»., y pidió un taxi por teléfono para que la llevase a la estación. Reggie se alegraría: un fin de semana entero para follar con la furcia de turno y sin ver a su mujer. ¡El paraíso!

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