Trío

William Boyd · Capítulo 29 de 61

Páginas del PDF

Trío

Capítulo 28

—Virginia Woolf. Hmmmm… —Calder McPhail frunció el ceño mientras daba golpecitos con los dedos en la mesa—. Creía que habías dicho que la novela se titulaba El hombre en zigzag.

—Bueno, y es cierto —dijo Elfrida—. Está en marcha. Pero se me ha ocurrido una idea nueva. El último día de Virginia Woolf. Ya he empezado, o sea que también está en marcha. Después terminaré El hombre en zigzag.

—Son buenas noticias en cualquier caso —asintió Calder—. Dos novelas en marcha. Nos gusta que las cosas se muevan —parecía escéptico

—. Ha pasado mucho tiempo.

—No tanto —contestó Elfrida—. Solo diez años. Si fuera una novelista estadounidense nadie pondría reparos —miró a su agente literario, sentado al otro lado de la mesa. Llevaba tiempo sin verlo en persona… Echó cuentas. Dios. ¿Dos años? Definitivamente estaba más gordo, pensó que debía de irle bien en la vida. Calder tenía cincuenta y pico. Siempre había sido gordo, tipo tonel, pero ahora la papada se le desbordaba por encima del cuello de la camisa y estaba un poco colorado. ¿Hipertensión? Tenía acento culto de Edimburgo y unos modales secos y reservados que ante todo disimulaban su afilado sentido del humor y cierta propensión al cabreo repentino y pasajero. Elfrida le tenía mucho cariño, lo veía como a un hermano mayor bondadoso al que acudir en momentos de necesidad: casi para cualquier cosa. Como ahora. Calder se acomodó en la silla, exponiendo su panza como si le leyera el pensamiento.

—Creo —dijo Elfrida, con aire de que se le acababa de ocurrir— que me vendría de maravilla un anticipo por las dos novelas. En pagos escalonados, ya sabes. Cada tres meses. Sería un buen incentivo.

—Cuéntame más cosas.

Y Elfrida le contó. El último día pretendía ser una exploración imaginaria y subjetiva de cómo vivió Virginia Woolf las pocas horas que transcurrieron entre el momento de despertar y el de morir ahogada, el 28

de marzo de 1941. Sería una novela rompedora, reveladora y audaz.

Calder no parecía nada entusiasmado.

—¿A alguien le interesa hoy Virginia Woolf? —preguntó—. Quiero decir si le interesa en serio. ¿No está un poco pasada de moda?

—Bueno, a mí sí. Y ni siquiera me gusta su obra especialmente. Pero es un ejemplo fascinante de… De ser humano, un caso digno de estudio —

hizo una pausa—. Es la escritora más interesante del siglo XX —añadió con valentía, sin creerse del todo su propia propaganda.

—Siento discrepar —contestó Calder—. Rica, esnob, privilegiada, con escaso atractivo físico y vinculada a un grupo de intelectuales ingleses que follaban unos con otros. Casas bonitas, buena decoración de interiores y criados a espuertas. Estamos en 1968, Elfrida. Mira a tu alrededor: Alemania, Francia, Estados Unidos, Vietnam… El mundo está incendiado, cambiado. No vuelvas atrás.

—Siguen siendo personas, Calder. Seres humanos… —Elfrida no sabía lo que iba a decir a continuación—. Y la gente acude a nosotros, los novelistas, en busca de información.

—¿De qué?

—De otras personas. De todas las demás personas que existen en el mundo. Qué pensamos, qué necesitamos, qué soñamos, qué odiamos. Qué nos mueve esencialmente. La gente es opaca, de lo más misteriosa. Hasta nuestros seres más queridos son un enigma. Si quieres saber cómo son los seres humanos, cómo son de verdad, si quieres saber lo que tienen en la cabeza, detrás de la máscara que todos llevamos… entonces lee una novela.

Se quedó callada, ligeramente sorprendida de su perorata. No se acordaba de la última vez que había hablado tanto rato seguido, sin interrupciones, con tanta pasión y relativa elocuencia, a su modo de ver.

¿Era la ginebra o era su cerebro, activo de repente después de una década dormido, como un animal que se despereza al terminar su hibernación?

—Me suena todo un poco recherché. El hombre en zigzag parece una venta más fácil. Háblame de eso.

— El último día es la novela que voy a escribir primero —insistió Elfrida, esperaba que con seguridad inquebrantable—. Consígueme un acuerdo por los dos libros y demuestra que eres un agente listo.

—Te he conseguido tres acuerdos por dos libros, Elfrida, y tus editores siguen esperando a recibirlos. ¿Conoces el concepto de la ley de rendimientos decrecientes?

Elfrida hizo como si no lo oyera.

—He pasado una mala racha. Pero ya estoy bien. Me siento rebosante de energía. Voy a reventar de vinagre y de pis.

Calder levantó las manos pálidas con las palmas vueltas hacia arriba.

—De acuerdo, de acuerdo. Llamaré a Ginevra. Para darle la buena noticia.

Ginevra Russell era su editora.

—¿Sigue viva?

—Más o menos.

—Curiosamente, ella hizo exactamente la misma pregunta de ti la semana pasada.

—Ja, ja. Mentiroso.

—Preguntó si te había visto el pelo. Es lo mismo.

Siguieron hablando de Ginevra y sus problemas de higiene personal.

Luego cotillearon un poco y se rieron mucho. Sí, Calder era su amigo, Elfrida tomó nota: un aliado. No solo un comisionista, como llamaba Reggie a los agentes de Hollywood con los que tenía tratos.

Elfrida se despidió en la puerta con un beso cariñoso y un breve y atípico abrazo.

—Ya sabes que haré todo lo posible —dijo Calder—. Pero no esperes una montaña de dinero. Tienes una deuda considerable con Muir & Melhuish. No será fácil.

—En la vida nada es fácil, querido Calder. Échale valor.

OceanofPDF.com