Trío
Capítulo 11
La guardaba en una balda, al lado de la cama, como recuerdo de su vida anterior —de la persona que era antes—: una botella vacía de vinagre blanco de Sarson. A veces desenroscaba el tapón y olisqueaba, aunque sabía que el vodka no tenía olor y por tanto no habría dejado ningún rastro, pero se hacía la ilusión de que quizá pudiera inhalar un átomo, una molécula.
Sería un souvenir diminuto, un recordatorio de su vida como Elfrida Wing, novelista.
Se había adaptado a su nueva vida como la hermana Jennifer con una facilidad asombrosa, o eso creía. Se sentía —aunque despreciaba las connotaciones religiosas— como si hubiera renacido. Redescubrió el talento que tenía de pequeña para coser y pasaba muchas horas en la sala de costura del convento, arreglando las túnicas y los delantales de las monjas.
Empezó a hacer mejores delantales con un diseño propio, de lino grueso y con más bolsillos, que tuvieron mucho éxito. Hasta arregló la toca de la madre superiora. También redescubrió las propiedades tonificantes y reparadoras del trabajo manual pesado. Recogía manzanas y otras frutas en el huerto, barría las hojas del césped y los senderos, y ayudaba a reparar las grietas en la cerca de piedra seca que rodeaba los terrenos. Dejó de leer libros, periódicos y revistas. Nunca veía la televisión ni escuchaba la radio.
Las noticias del mundo exterior le llegaban de oídas, de segunda o tercera mano. Se acostaba cansada y dormía bien. Si tenía un rato libre, simplemente buscaba a una de las monjas veteranas y le pedía una tarea: sacar brillo al bronce en la capilla, mecanografiar cartas en la secretaría, cambiar la rueda de la vieja Vauxhall Vellox de la madre superiora. Los días pasaban en apacible orden, sin interrupciones, felices.
Solamente una persona sabía dónde estaba, su amiga, la abogada Jessica Fairfield. Elfrida le había dado plenos poderes de representación, y Jessica
ya se estaba ocupando de tramitar el divorcio de Reggie y la venta de la casa del valle de Health, un dinero con el que Elfrida esperaba poder quedarse de «visita» en San Judas y San Simón el Zelote todo el tiempo que quisiera: a lo mejor para siempre. Reggie, según le dijo Jessica, se lo había tomado sorprendentemente bien; apenas se había quejado o protestado. A Elfrida no le extrañó: seguro que Janet Headstone ocupaba cada vez más espacio en su vida. Elfrida hizo jurar a Jessica la máxima discreción, a pesar de que su amiga le recordó que no era necesario, que estaba plenamente protegida por el secreto profesional entre abogado y cliente. «El derecho se te concede a ti, cariño —le había dicho Jessica—, no a mí. Solo tú puedes renunciar a él».
Aparte de Jessica, nadie más en el mundo sabía dónde estaba…
Cuando se acostaba en su cama estrecha, por las noches, este era el pensamiento en el que se apoyaba. A todos los efectos, Elfrida Wing había desaparecido de la faz de la tierra. ¡Qué maravilla! El concepto le resultaba totalmente liberador. La asombró darse cuenta de que volvía a ser feliz.
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