Trío

William Boyd · Capítulo 8 de 61

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Trío

Capítulo 7

Al final del día, Talbot se reunió en la oficina con Joe.

—¿Qué hay mañana?

—Vienen Sylvia Slaye y Ferdie Meares para las pruebas de vestuario.

—¡Joder! ¿Los dos el mismo día? ¿Es buena idea?

—Sí, jefe. Breve y fácil. Dos pájaros de un tiro: esa es la idea. Ya han enviado una lista con sus «peticiones».

Talbot irguió los hombros con aire pensativo, como si se esperara recibir un golpe. Un par de veteranos. Viejas glorias. Estrellas en declive. Gente difícil. Lo peor. Encendió un cigarrillo.

—Dime una cosa, Joe. ¿Tenemos idea de cómo se va a rodar la última escena?

—Bueno, se ha hablado de… De animación. Han dicho algo de animación. No sé cómo. No sé de qué tipo —Joe casi no podía estarse quieto en el asiento.

Era un chico decente, pensó Talbot. Le convenía conservarlo como fuera.

—No podemos permitirnos la animación —dijo Talbot tranquilamente

—. Además, quedaría fatal. Quedaría fatal concretamente al final de esta película.

—Tendrás que hablar con Reggie, jefe… Perdón, con Rodrigo. Por lo visto se le ha ocurrido una especie de secuencia de dibujos animados.

—Pero no está en el guion. No está presupuestada.

—Están reescribiendo el guion.

— ¿Qué? ¡No me jodas!

—Lo siento. Es que le he oído decir a Rodrigo que iba a traer a Janet Headstone. Así que he pensado que…

—Primera noticia que tengo.

—Al parecer Yorgos le ha dado permiso.

Talbot notó que empezaba a arder de rabia. Yorgos era su socio en la producción. ¿A qué estaban jugando? Soltó el aire. Día a día. «No pierdas la calma —se dijo—; siempre es posible encontrar una respuesta más sencilla en alguna parte».

Fue al armario, sacó la botella de whisky y se sirvió un dedo en un vaso: todo por alcanzar ese nuevo estado mental de serena indiferencia, de distancia zen de los desquiciantes y molestos detalles de la vida de un productor de cine.

Qué sabios eran los japoneses, pensó, acordándose de que en japonés tenían dos palabras para definir el yo. O eso creía: ¿quién se lo había contado? Al parecer había una palabra para el yo que existía en el ámbito privado y otra, completamente distinta, para el yo que existía en el mundo.

¿Por qué no establecía el inglés la misma división, tan sabia? Abandonó a su yo público y, dando un sorbo de whisky, recuperó a su yo íntimo, feliz de sumergirse en los planes que tenía para el fin de semana. Se olvidaría de las penurias de Escalera a la luna; su yo íntimo cogería las riendas por un par de días.

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