Trío

William Boyd · Capítulo 27 de 61

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Trío

Capítulo 26

En el taxi, de camino al Royal Festival Hall, Talbot vio que volvía a recordar continuamente el raro y fortuito encuentro con el montador del andamio, Gary Hicksmith. ¿Era natural, o pensar tanto en eso empezaba a volverse obsesivo? Que sea lo que tenga que ser, decidió; con fantasear no se gana nada. Casi se echa a reír. Con fantasear se gana todo; fantasear era sin duda el modo de seguir sano, interesado por la vida, conectado a los acontecimientos, a todo tipo de hipotéticas posibilidades agradables. Quizá, reflexionó, la capacidad de fantasear era un rasgo fundamental de nuestra naturaleza humana. Los animales no fantaseaban, no podían. Solamente el Homo sapiens tenía ese don. Deberíamos cuidarlo.

Se acordó de la conversación que había tenido con el amigo de Anny, Jacques Soldat, en el paseo marítimo de Brighton, y de su divertida especulación, un poquito espinosa, sobre un libro que llevara por título La fantasía del poder. Soldat tenía una actitud agresiva y extraña, como si viviera para provocar y sospechara, incluso despreciara ligeramente, a todas las personas que conocía. Aunque esa actitud nacía de su confianza en sí mismo: del éxito, no de la beligerancia, esa debilitante enfermedad inglesa.

Analizó a Soldat. ¿Qué veía Anny en un hombre como él… como mínimo veinte años mayor? No se hacían ningún favor a sí mismas, las actrices jóvenes y vulnerables. Cornell Weekes, el terrorista urbano, y Jacques Soldat, el filósofo radical. Seguro que Anny podía encontrar a alguien más idóneo… Pero bueno, no era asunto suyo.

Había llamado por teléfono a Naomi para ver dónde quedaban, y resultó que estaba en la cama, con gripe, así que tendría que ir al concierto solo, le dijo. Sin problemas, pensó Talbot. Dado que el fin de semana no estaba saliendo según lo planeado, más le valía olvidarse de los planes definitivamente. Además, tendría ocasión de pasar un rato a solas con

Humphrey, «de hombre a hombre», y valorar el estado de su relación, que, siendo sincero consigo mismo, en ese momento definiría como algo incómoda y distante.

Recogió su entrada en la taquilla y estuvo un rato deambulando entre la multitud que asistía al concierto, dudando si tomar algo ya o esperar al intermedio. En el intermedio, decidió. Compró un programa y vio que la velada empezaba con el poema sinfónico Así habló Zaratustra, seguido del Peer Gynt de Grieg y Scheherezade de Rimsky-Kórsakov. Se fijó en el público mientras subía a localizar su asiento en el auditorio y pensó, como siempre que se veía inmerso en una multitud, qué raros eran los demás, qué extraños. A veces —como si viviera en un mundo que podía controlar a su antojo— imaginaba que le gustaría que la gente llevara una etiqueta en la espalda con su descripción y el motivo de su presencia: «Germanófilo»,

«Artista fracasado», «Aburrido», «Apasionado de la música clásica», «Con ganas de impresionar», «Turista ocioso», «Amante abandonado» o lo que fuera. Y ¿qué proclamaría su etiqueta? «Padre del timbalero». Quizá tan raro como los demás, este hombre alto y calvo, de mediana edad y aire severo, igualmente digno de la curiosidad y la observación ajenas.

Ocupó su asiento, lateral pero con buena vista de la orquesta, y lamentó no haber llevado los prismáticos. Los anteojos de ópera no valían, no tenían suficiente aumento. Había ido a cientos de conciertos a lo largo de su vida y había comprobado que la experiencia mejoraba inconmensurablemente mirando a los músicos a través de la lente de precisión de unos prismáticos.

Era voyerismo, lo sabía, pero ver de cerca la intensidad de la concentración y la gama de expresiones y distorsiones faciales resultaba estimulante y divertido. Y cuando los músicos no estaban tocando era incluso más interesante: se rascaban con disimulo, se retocaban el pelo o la ropa, susurraban, comentaban en voz baja, se miraban, ajustaban los instrumentos, se libraban de la saliva, humedecían las cañas, giraban ligeramente las clavijas para tensar o aflojar las cuerdas; los prismáticos te permitían convertirte en un mirón, en público y sin censura, con plena conciencia y permiso de todos. Transformaban la experiencia del concierto para Talbot en un fenómeno casi sensual, en una gratificación visual además de auditiva.

Vio que la orquesta entraba tímidamente en el escenario y sorteaba los endebles atriles para ocupar sus puestos. Los músicos comprobaron y aplanaron las partituras antes de producir la acostumbrada variedad de gruñidos, chirridos y aullidos mientras probaban y afinaban los instrumentos. Vio llegar a Humphrey despacio; lo vio ponerse detrás de sus cuatro timbales para dar unos golpes de prueba, pianissimo, y ajustar los pernos de afinación, y se preguntó por enésima vez ¿qué mosca le había picado a su hijo para elegir un instrumento como el timbal?

Se lo había preguntado un día, y Humphrey contestó: «Alguien tiene que hacerlo». Era una broma, y enseguida ofreció una explicación más sincera. «Imagínate una orquesta sin percusión: dura o blanda. La percusión modifica y anula siglos de creciente complejidad para recuperar las raíces de la música, papá. Ritmo, percusión: la piedra angular de toda música. El cavernícola que golpea un tronco con un garrote. Los percusionistas añadimos fuerza atávica». Sus palabras tenían la estudiada impostura de la defensa preparada —era evidente que las había repetido muchas veces como respuesta a la misma pregunta—, pero a Talbot le hicieron reflexionar. Quizá su hijo tuviera razón. Los timbales, los tambores grandes, eran el pulso de la orquesta, su corazón latiente. Una buena forma de expresarlo, pensó; a lo mejor se lo decía a Humphrey en el taxi, de vuelta a casa.

El director, de corbata blanca y frac, salió al escenario, saludó con una reverencia, subió al podio, y entonces empezó Zaratustra: el leve gruñido del bombo, los contrabajos, el órgano y la llamada de las trompetas, una octava arriba; después toda la orquesta y luego Humphrey —bam-bum-bam-bum—, molto pesante: trece golpes atronadores en el auditorio.

Richard Strauss, el compositor favorito del timbalero. Por unos momentos, Talbot sintió un cosquilleo de orgullo paterno. El clamor de la percusión: tensa, emocionante, el latido de la orquesta. Humphrey marcaba la pauta.

Talbot se entregó a la música.

Qué música tan conmovedora, pensó cuando salía del auditorio, en el descanso. Seguro que después de oír una pieza así Grieg parece asexuado y blando. Echó un vistazo y se dirigió al bar. Pidió un escocés con soda, grande, y, al darse la vuelta, casi tropieza con una mujer que también

llevaba en la mano su lingotazo de mitad del concierto. Talbot adivinó que era un gin-tonic.

Se miraron.

—Talbot, qué sorpresa.

—Elfrida. Pues sí. Me alegro de verte. ¿Verdad que Strauss es espléndido? Casi me entran ganas de afiliarme al Partido Nazi.

—Yo no llegaría tan lejos.

—Era una broma.

—Ya lo sé.

Intercambiaron unos cuantos clichés musicales, como para borrar el mal comienzo de su encuentro.

—He venido con mi amiga Jessica —explicó Elfrida—. Y se ha empezado a encontrar mal cuando estábamos a punto de sentarnos, así que se ha ido a casa.

—Nos han abandonado a los dos. Naomi tiene fiebre.

—¿Naomi?

—Mi mujer.

—Claro. Le mando recuerdos; que se recupere pronto.

Que Talbot supiera, Elfrida y Naomi no se habían visto nunca.

—Mi hijo toca en la orquesta. Los timbales.

—Fascinante. Aporrear. Maravilloso. Seguro que le encanta Zaratustra.

Bebieron los dos para llenar el silencio. Los dos perdidos en el torpe convencionalismo de su personaje, pensó Talbot, en ese malestar crónico de la clase media inglesa.

—¿Ha venido Reggie? —preguntó Talbot. Era una pregunta idiota y lo lamentó al instante.

—No. Dice que no quiere salir de Brighton hasta que haya terminado la película.

Talbot sabía que no era cierto. Reggie iba a Londres con frecuencia para supervisar la edición, el primer montaje de lo filmado. Y para ver a Janet Headstone, seguro.

Se alejaron espontáneamente de la barra a un rincón más oscuro del entresuelo, como una pareja, pensó Talbot, guiados por acuerdos tácitos y

viejas costumbres, pegados hasta que se reanudara el concierto, incapaces de imaginar una forma de estar solos que no fuera descortés.

Mientras seguían hablando —con cortesía, de cualquier cosa—, Talbot observó a Elfrida con más atención. Siempre se olvidaba de que era tan alta

—no la tenía catalogada mentalmente como una persona alta— y muy delgada; llevaba un traje gris y una blusa índigo, con zapatos de charol planos. Tenía los labios de un color rojo vivo y un tono de voz —una constante— seco, aflautado, casi cínico, diría Talbot. Sospechaba que Elfrida desconfiaba de él, más allá de su falta de sociabilidad innata, porque formaba parte del mundo de Reggie, no del suyo. No paraba de tocarse el pelo con nerviosismo: el flequillo, los mechones laterales, como si se pusiera un casco con un movimiento rápido de los dedos. ¿De qué se escondía?, se preguntó Talbot. Echó un vistazo al reloj —faltaban aún diez minutos—, pensando si podía volver ya a su asiento. La educada banalidad de la conversación empezaba a resultarle aburrida y torpe —seguramente a ella le pasaba lo mismo—, pero tenía que guardar las apariencias.

Encontrarse con la mujer de un colega cuando uno ni se lo espera ni le apetece especialmente era un suplicio social.

Siguieron hablando a pesar de todo: del propio Festival Hall, del placer de ir a conciertos, de la Guerra de Vietnam, de la casa de Rottingdean, de la especial rareza de Brighton como ciudad. Elfrida pareció que se relajaba un poco al tomarse el gin-tonic. Talbot se preguntó vagamente si algún hombre (él no, desde luego) la encontraría atractiva, sexualmente atractiva. No tenía la menor idea. Era inteligente, eso saltaba a la vista, y le hizo reír cuando dijo que creía que el bullicio de Brighton cumplía la función de zona franca de la conciencia para los londinenses: como el Las Vegas de Inglaterra. Era una buena expresión, y Talbot comprendió lo que quería decir: las normas de conducta se abandonaban allí más fácilmente, como si el libertinaje fuera contagioso. Y se sorprendió pensando que si Reggie, la película y su propia función en ella no se interpusieran entre Elfrida y él, habrían sido capaces de disfrutar del momento sin pensar en nada. Lo habrían sido. En un universo paralelo.

El timbre anunció el final del intermedio.

—¿Sabes? —dijo Elfrida—. Creo que me voy a saltar la segunda parte.

A ver cómo está la pobre Jessica.

Se despidieron, y Talbot la vio volver a la barra. Una mujer rara, pensó.

¿Cuántas veces había hecho la misma observación sobre Elfrida? ¿Qué observación haría ella de él?

Después del concierto Talbot esperó a Humphrey en la puerta de artistas. Se dieron la mano, y notó la lasitud en la mano de su hijo, como si cogiera un guante vacío. ¿Cómo se le dice eso a alguien? Que cuando dé la mano tiene que apretar más. Es imposible. Fueron andando hasta el puente de Waterloo para coger un taxi.

—Un concierto maravilloso —dijo Talbot.

—Me parece que no ha sido nuestro mejor día.

—Yo creo que al público le ha gustado.

En el taxi, mientras observaba a su hijo en silencio, pensó que Humphrey prefería sentarse en el asiento reclinable, en diagonal a él, en vez de a su lado. Humphrey tenía veintitantos años, el pelo largo, peinado con la intención de esconder las orejas, y un flequillo lateral que dejaba a la vista un triángulo de frente pálida. Se había dejado un bigote desigual y ralo que no le sentaba bien. Buen pelo, anotó Talbot con pesar, pero no era atractivo; no había heredado los rasgos apacibles y bien definidos de los Kydd: la nariz un poco bulbosa y los labios finos. De pequeño era un niño guapo y encantador, recordó Talbot: su niño de la guerra, concebido y nacido en plena contienda. Entonces creía ver en su hijo cierto parecido con su hermano Kit, pero eso se acabó con la pubertad. Talbot se casó con Naomi en 1941, durante unos días de permiso del frente de África, y Humphrey nació antes de su primer aniversario de boda. Zoë llegó un año después.

Cuando pensaba en Zoë casi sentía una puñalada de pérdida. ¡Cómo cambian los hijos cuando se hacen adultos! Dos hijos, chico y chica, con los que ya no tenía nada en común. Lo cierto es que no recordaba con qué frecuencia hacían el amor Naomi y él después de que naciera Zoë. Por aquel entonces lo hacían: Talbot pasó muchos años alimentando la ilusión de que tal vez fuera heterosexual al cincuenta por ciento.

—¿Te quedas esta noche? —preguntó Humphrey.

—Claro. He venido expresamente para verte… y oírte tocar.

—Gracias.

—No hay de qué, Humph. Soy yo quien tiene que darte las gracias. Me he sentido muy orgulloso.

—Gracias de nuevo…, papá —añadió.

—¿Cómo van las cosas por Manchester?

—Me gusta mucho vivir allí.

—¿Alguien en especial? —Talbot sonrió, con el ánimo de que la insinuación pareciera más cariñosa que indiscreta.

—La verdad es que no. Tengo buenos amigos en la orquesta.

Talbot cayó en la cuenta —y le dio algunas vueltas a la idea— de que Humphrey podía ser gay. Optó por no especular.

Recorrieron Londres hacia el oeste camino a Chiswick, otra vez callados. Humphrey encendió un cigarrillo y fumó con torpeza, como si llevara poco tiempo fumando y aún no dominase la técnica. Echaba el humo sin llegar a tragárselo, formando una buena nube. Talbot también encendió un cigarrillo —humo contra humo— y empezó a hablar de cualquier cosa: de los planes de cambiar el jardín de Chiswick, de las peleas de Naomi con la dirección del colegio, y del errático y exigente avance de Escalera a la luna. Humphrey daba muestras de escuchar con interés, asintiendo y sonriendo. Padre e hijo enfrascados en una agradable conversación, pensó Talbot, imaginándose observados por un testigo invisible. ¿No era curioso cómo los hijos podían convertirse en completos desconocidos para uno?

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