Trío
Capítulo 24
El día era curiosamente fresco a pesar de que lucía un sol espléndido, pensó Anny. Tal vez fuera la proximidad del mar —azul verdoso, picado, interminable— lo que la hacía tiritar. Aunque sabía que solo era el canal de la Mancha, desde donde estaba sentada, en el paseo marítimo de Brighton, el horizonte prometía su acostumbrada simulación de infinitud. Podría haber sido el mar, verde pistacho, el agua veteada de tonos más oscuros, como flores que se abrían; oscuras flores marinas que se abrían bajo las olas y cambiaban la luz, cambiaban la temperatura…
Interrumpió esos pensamientos. ¿Qué estaba pensando? Miró el guion abierto en las rodillas. Había muchos diálogos que memorizar en la próxima escena y le estaba costando retenerlos, por más que lo intentaba. Estaba sentada en una silla de lona plegable, entre el desorden habitual de un rodaje —cámaras, generadores, grabadoras de sonido, una tienda de campaña, rollos de cable y focos amontonados—, cerca de la entrada del muelle oeste de Brighton. A veinte metros veía a Jacques y a Troy enfrascados en una conversación: Jacques gesticulaba con elocuencia; Troy escuchaba, con la cabeza ladeada, las manos entrelazadas detrás de la espalda, como un alumno intimidado por el profesor. ¿De qué estarían hablando?, pensó, vagamente preocupada. Volvió a centrarse en el guion.
Tocaba la gran escena de reconciliación entre Emily y Ben; por eso las tres páginas de diálogos. Transcurría supuestamente cuarenta y ocho horas después de que Emily le diera una bofetada a Ben, subiera a un autobús y desapareciera. Después tenía una serie de encuentros extraños, surrealistas (todavía sin filmar) y luego llamaba a Ben por teléfono y le decía que quería verlo en el muelle. Había intentado aprenderse los diálogos la noche anterior pero no pudo, porque llegó Jacques. Su presencia inundaba la suite del hotel como el perfume, como el humo.
Después de que Troy se marchara, pidieron más vino y algo de comer al servicio de habitaciones. Cuando se metieron en la cama, Anny le dijo a Jacques que estaba a punto de venirle la regla. Jacques contestó que de acuerdo, no te preocupes, chérie, y reconoció que estaba muy cansado. Fue un alivio inmenso para Anny. Acostada al lado de Jacques, a oscuras, tuvo la sensación de que pasaba horas despierta, oyendo sus ronquidos suaves, tratando de apartar los recuerdos de cuando estaba haciendo el amor con Troy en esa misma cama unas horas antes. Apartando también la culpa para pensar con neutralidad. Normal que no pudiera aprenderse los diálogos, pensó, con todo lo que estaba pasando, con la multiplicación de complicaciones en su vida. Se levantó para buscar a Rodrigo.
Rodrigo fue muy comprensivo cuando le explicó que tenía un poco de migraña y le costaba memorizar los diálogos.
—No te preocupes, cielo. La mayor parte de la escena se rodará de lejos. Troy y tú podéis decir lo que queráis. Blablablá, ya sabes. Y después lo doblaremos todo.
—¿Y los planos cortos?
—Lo escribiremos en pizarras para tontos. No, no quería decir eso: no me gusta nada esa expresión. Lo siento. Pondremos tus diálogos en una pizarra, detrás de la cámara —sonrió con benevolencia—. En realidad, lo prefiero. Así tenéis más espontaneidad.
—Estupendo. Gracias, Rodrigo. Es que tengo la cabeza como llena de hormigón caliente.
—Las migrañas son una puta pesadilla. Déjalo todo en mis manos, preciosa.
Vio que Jacques se acercaba. La primera vez que se lo presentó a Rodrigo, este dijo que había leído el libro de Jacques, Piel negra, corazón blanco. «Un gran libro —aseguró—. Exceptionel, incroyable. Un privilegio conocerlo, señor».
Jacques siempre le decía a Anny que sería rico si todo el que afirmaba haber leído su libro lo hubiera comprado y leído de verdad.
—¿Qué tal? —saludó Jacques, buscando una silla y sentándose al lado de Anny—. Ça va?
—¿De qué hablabas con Troy? —preguntó Anny.
—De París. No tenía ni idea de lo que pasó en mayo. Ni pajolera idea.
Es como si viviera en otro planeta.
—Es un cantante pop.
—Eso no es una excusa.
—Eres demasiado severo. Demasiado implacable.
—Creo que voy a volver al hotel —dijo Jacques—. Se me había olvidado lo aburrido que es un rodaje —señaló con la mano—. ¿Qué hace toda esa gente ahí parada: comiendo, fumando, tomando café? Les pagan por no hacer nada. Es como un círculo del infierno.
—Eres demasiado severo —repitió Anny, animándolo a irse. En la escena que estaban a punto de rodar, ella y Troy tenían que besarse, y no estaba segura de que le apeteciera que Jacques los viese. En el tiempo que llevaban juntos (más o menos un año de intensa relación), Anny no había hecho ninguna película, y la situación era nueva para él. Jacques había sido en parte la solución al éxito bestial (y la intromisión en su vida del éxito bestial) de La montaña amarilla. Cuando estaba con Jacques casi se olvidaba de que era actriz, una «estrella». El caso es que él la veía trabajar por primera vez en esta película. Jacques le dio dos besos en las mejillas, le estrujó la mano, se permitió rozarle los pechos con los nudillos y dijo que iba a explorar esa ciudad tan curiosa, mirando a un lado y a otro, como si no supiera qué dirección tomar. Justo en ese momento apareció Talbot Kydd.
—Anny, buenas tardes. Hace un día precioso. ¿Va todo bien?
—Perfecto —se levantó y le presentó a Jacques.
—Talbot, este es mi amigo Jacques Soldat. Ha venido a pasar unos días.
—Hola —dijo Jacques. Se dieron la mano.
—Talbot es el productor de la película.
—Ah. El que tiene poder de verdad —asintió Jacques.
Anny vio que Talbot sonreía.
—Es una fantasía que nos gusta alimentar —contestó Talbot.
—La fantasía del poder —señaló Jacques—. Podría ser el título de mi próximo libro.
— La Fantaisie du pouvoir —tradujo Talbot—. ¿O sería mejor
«puissance»? ¿«Hégémonie»?
—No: « pouvoir». Se lo voy a robar.
— Je vous en prie.
—Voy a dar un paseo —dijo Jacques.
— Un flâneur à Brighton. No tan buen título.
Se rieron los dos. Por algún motivo, Anny se alegró de que se conocieran: le pareció que se caían bien. Al menos habían reaccionado el uno al otro. La mayoría de la gente se cohibía cuando conocía a Jacques, como Rodrigo, necesitaban su reconocimiento como admiradores, como suplicantes. Talbot no. A Anny le gustó eso.
Jacques se despidió con un au revoir, y Talbot se fue a hablar con Rodrigo. Entonces llegó Shirley para avisar a Anny de que la esperaban en peluquería y maquillaje para darle los últimos retoques.
Una hora después estaba debajo del muelle oeste, escuchando el rumor de los guijarros desplazados por las olas suaves, como si alguien agitara despacio unas maracas gigantescas. Llevaba unas botas con la puntera de plata, unos pantalones de campana rojos y un caftán corto de color morado con lentejuelas y espejitos cosidos a la tela. Rodrigo quería que Anny y Troy vistieran colores vivos, colores primarios. El vestuario de los demás personajes tiraba a monótono: grises, marrones y verdes fangosos. Era
«simbólico», esa fue la respuesta de Rodrigo cuando Anny le preguntó por qué; y no añadió nada más.
Anny tiritó. Aunque estaba rodeada de focos, debajo del puente había mucha humedad, hasta algas colgadas de los postes de metal que soportaban la pasarela, como barbas mojadas, pensó. Veía cangrejos pequeños deslizándose entre las frondas y notaba en el ambiente un olor extraño —a pescado y a industria al mismo tiempo—, como si llegaran efluvios de diésel de algún motor desde arriba. Oyó la voz de «¡Acción!» y buscó a Troy con la mirada en la playa.
Este era el plano largo, el plano maestro que se tomaba desde lejos con dos cámaras, y por eso no había nadie alrededor. Troy se acercaba, todavía a unos cien metros, muy llamativo, con su chaqueta rojo húsar, unos vaqueros blancos y unas botas rojas. Tenía que andar un buen trecho por la orilla de guijarros hasta donde estaba Anny; Rodrigo había dicho que la escena iría acompañada de música. Se encontrarían debajo del puente, hablarían, se besarían y se reconciliarían.
Al verlo acercarse sin pausa, Anny sintió que una extraña emoción se apoderaba de ella: una especie de tranquilidad, de relajación. Nadie le había hecho sentir esa calma jamás. ¿Por qué Troy le producía este efecto? O
quizá era porque Jacques se había ido a dar un paseo por Brighton.
Troy ya estaba a su lado. Se detuvo.
—Hola, cariño —dijo, con acento cockney—. Según Rodrigo solo tenemos que decir chorradas.
—¿De qué hablabas con Jacques?
—Ah, sí. Me ha estado contando los increíbles disturbios que hubo en París en mayo. Dice que los estudiantes de instituto y universidad intentaron hacer una revolución. Me lo había perdido.
—¿Es que no ves la televisión?
—Pues claro que veo la tele. Top of the Pops. Programas de naturaleza.
Mucho deporte.
—¿Y las noticias?
—La verdad es que no me gusta ver las noticias, si te soy sincero. Me deprimen.
—Lo entiendo.
Se quedaron un rato mirándose, sonriendo. «Qué idiota soy», pensó Anny.
—Supongo que tiene que parecer que discutimos un poco —dijo Troy, gesticulando con los brazos al azar.
Anny lo señaló con un dedo y se puso en jarras, como si estuviera ofendida. Hasta donde era capaz de recordar, Ben se estaba disculpando, y ella tenía que ser implacable antes de ceder.
—Te echo de menos, Anny —dijo Troy. Se pasó un dedo por la frente, trazando una línea—. Estoy hasta aquí de lefa.
—¡Qué guarrada! —protestó Anny—. ¿Así es cómo pretendes seducirme?
—¿Puedo pasarme esta noche?
—Jacques está conmigo. ¿Cómo vas a «pasarte»?
—Podrías escaparte tú a mi habitación.
—No se quedará mucho tiempo. Tiene que volver a París.
Troy asintió con la cabeza.
—¿Ya ha terminado la revolución?
—Eso parece. No estoy segura de cómo están las cosas ahora mismo.
—Eres la hostia de guapa, Anny. ¿Te lo han dicho alguna vez?
Una voz gritó en el paseo marítimo:
—¡Vale! ¡Ahora el beso!
Troy dio un paso al frente y la abrazó. La besó en el cuello.
—Me he mojado los vaqueros —dijo.
Anny volvió la cabeza para besarlo con todas sus fuerzas, metiéndole la lengua hasta la garganta. Troy respondió estrujándola todavía más. Anny cerró los ojos y se entregó al momento, consciente del temblor en la columna vertebral, del deseo que le hinchaba los pulmones, del oxígeno.
—¡Vale! ¡Corten!
Se separaron.
—Ha sido largo —dijo Troy—. Supongo que tendré que conformarme de momento con esto. Una dosis de emergencia.
Anny no sabía cuánto había durado el beso. ¿Cinco segundos? ¿Diez?
¿Veinte?
Se volvió a mirar hacia el paseo, donde ya empezaban a mover el equipo para hacer las tomas cortas en la orilla de guijarros. Notó que se le tensaba el cuello.
Jacques estaba en el borde del paseo marítimo, con las manos en los bolsillos, mirándola. A pesar de la distancia, Anny detectó la frialdad con que la observaba. Lo saludó con la mano y le lanzó un beso. Era un gesto completamente inútil. Jacques se había dado cuenta. Ya no quedaba la menor duda: todas las sospechas se habían confirmado.
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