Trío
Capítulo 10
La desaparición de Anny Viklund. Buen título para una película, pensó Talbot. Una película de terror, tal vez. El inspector Desmondson había llamado personalmente a las 8:00 de la mañana del lunes. La señorita Viklund no había vuelto al hotel, anunció escuetamente. Su habitación estaba vacía, no había dormido allí. Desmondson iba a emitir una orden de detención. Creía que al señor Kydd le gustaría estar al corriente de los últimos acontecimientos.
Talbot sabía que las cosas se torcían continuamente en las películas; continuamente, al margen del tamaño o el prestigio de la producción. Las disfunciones eran consustanciales al arte del cine. Pero esto era distinto. En los años que llevaba en el oficio de productor había tenido que enfrentarse a drogas, divorcios, peleas a puñetazos, incompetencia, gente borracha en el plató, cabreos que duraban una semana, gritos, insultos repugnantes, acoso sexual y robo de escenas por imposición: en general comportamientos de los que un niño de tres años se avergonzaría. Hasta el incidente con Tony During por el robo de material parecía normal y corriente. La desaparición de Anny era otra cosa. Esto nunca le había pasado. Colaboración y encubrimiento de un terrorista. Esto era un mundo nuevo.
Le dijo a Desmondson que no tenía la menor idea de dónde podía estar Anny. A lo mejor había vuelto a su país. Mientras, tenía que reducir a toda costa los daños para la película. Le dijo a Reggie que rodara las escenas sin Anny: «Rellena, mejora, haz tomas “de batalla” que no hayas tenido ocasión de hacer antes: gente subiendo a coches, bajando de coches, entrando a una casa, saliendo de una casa o conduciendo. Ve preparando encuadres. Lo de siempre. Dedica un par de días a grabar a Troy deambulando por la ciudad». ¿Quién sabía si podría resultar útil en la edición final? Lo importante era localizar a Anny y traerla de nuevo; lo más
probable es que se hubiera agobiado o le hubiera entrado un ataque de pánico, dijo Talbot. Todo el mundo iba a buscarla, y contaban con la ventaja de que era una estrella del cine americano, no una adolescente a la fuga, con problemas de drogas, o una mujer maltratada que ha decidido poner fin a su situación. Seguro que era solo cuestión de tiempo, dijo Talbot, con ánimo de tranquilizarlo, pero al ver el pánico en los ojos de Reggie se dio cuenta de que no transmitía tanta confianza.
Troy Blaze fue su salvador.
Talbot estaba en el plató donde tenían que rodar ese día: una feria. Era allí donde irían Emily y Ben después de su reencuentro debajo del muelle.
Troy se acercó a Talbot desde su caravana y se quedó tranquilamente a su lado.
—Señor Kydd —dijo—. Creo que debería saberlo. Tengo una nota.
—¿Una nota?
—De Anny.
Se la enseñó a Talbot.
Con pulcra caligrafía de estudiante de instituto estadounidense, Anny había escrito: «Troy, cariño: Me voy a París unos días. Tengo que resolver un problema. Te quiero, Anny».
Talbot se la devolvió.
—Bendito seas, Troy. No se lo digas a nadie. Iré a París, la encontraré y la traeré. Pero que todo esto quede entre nosotros. ¿De acuerdo?
—Mensaje recibido, señor K. No se preocupe.
Y entonces a Talbot se le ocurrió una idea buenísima.
Ken Kincade se ajustó el cinturón de seguridad despacio, como si le costara desentrañar el funcionamiento de su sencillo mecanismo.
—¡Joder con los cinturones! —protestó vagamente.
Miró a Talbot con una sonrisa extraña.
—Creo que tiene que saber, señor Kydd, que me pongo muy nervioso en los aviones.
—No eres el único, Ken.
—Pero me he tomado un par de Librium… En realidad han sido tres…
Para poder subirme a este avión. De no ser por eso no estaría aquí.
—Lo comprendo. Tú relájate. Es un vuelo corto.
—Lo digo solo porque si no parezco el mismo de siempre es porque el Librium está hablando por mí.
—Claro.
—Es el despegue y el aterrizaje lo que me asusta.
Talbot le dio una palmadita en el brazo, para tranquilizarlo, pensando si su buenísima idea no empezaba ya a derretirse delante de sus narices, como la mantequilla en una plancha caliente.
Ken Kincade llevaba su traje negro de costumbre y sus botas camperas, pero no la corbata de cordón. Se había puesto una camiseta con el interrogante «¿SEXO?» estampado en el pecho. Mientras Kincade se acomodaba en el asiento y cerraba los ojos con fuerza, Talbot lo miró, preguntándose si habría sido el Librium lo que inspiró la decisión de elegir aquella camiseta. Se fijó en que le temblaban claramente las dos manos, a pesar de que se estaba apretando las rodillas.
Talbot volvió la cabeza y se puso a pensar en sus problemas. ¿Cómo encontrar a Anny Viklund en una ciudad tan grande como París? Además,
¿cómo encontrarla en París si no quería que la encontrasen?
Había llamado por teléfono a la agente de Anny en cuanto dio la hora de abrir las oficinas en Los Ángeles, pero solo recibió inútiles y bruscas negativas. No. Eso no era posible. Anny nunca haría una cosa así. Y no, no tenía ni idea de dónde podía estar Anny en París. La agente, que se llamaba Bernadette Shaw, dijo que tenía que salir un momento del despacho, que enseguida le devolvía la llamada. Por supuesto, no volvió a llamar, y desde entonces no hubo forma de localizarla. Al cabo de muchas horas y varios intentos infructuosos, Talbot le pidió a la secretaria de Bernadette Shaw que le dijera únicamente dos palabras cuando volviera a su despacho, si es que volvía. Las palabras eran «contrato» y «litigio». «Claro, se lo diré con mucho gusto», contestó la secretaria, con una voz muy animada. Y le deseó que tuviera un buen día.
Fue entonces cuando a Talbot se le ocurrió su idea genial. Si alguien podía encontrar a Anny Viklund en veinticuatro horas, ese seguramente era
Kenneth Kincade (licenciado en Derecho), el hombre que había resuelto en un visto y no visto el misterio del material de cine desaparecido.
Llamó a Kincade y le explicó rápidamente la misión en París, que requería una delicadeza y una urgencia extremas.
Kincade dijo que sus honorarios se duplicaban cuando trabajaba fuera del país.
Ningún problema, le aseguró Talbot.
—En ese caso, parece que nos vamos a La belle France, señor Kydd.
Por favor, envíeme los detalles del viaje a mi oficina.
Y así, el martes por la mañana, en el aeropuerto de Gatwick, embarcaron en el primer vuelo de BEA con destino a París.
Talbot y Kincade iban andando a buen paso por un amplio pasillo de la terminal del aeropuerto de Le Bourget. El avión había llegado a su hora, sin turbulencias durante el vuelo: Kincade se tranquilizó relativamente y pidió un brandy antes de que se encendiera la señal de abrocharse los cinturones de seguridad para iniciar el descenso, y volvió a instalarse entonces en el mismo estado cercano a la catatonia.
—Todos los aeropuertos se parecen, pero este tiene algo incuestionablemente francés —murmuró Kincade—. ¿No cree? —Parecía mucho más animado ahora que habían llegado a salvo y volvían a pisar tierra firme.
—A lo mejor es porque todos los letreros están en francés —contestó Talbot, pensando si Kincade aún seguía bajo los efectos de los tranquilizantes o si estaba a jugando a provocar, como de costumbre.
—Es posible que haya dado en el clavo.
—Pero creo que entiendo lo que quiere decir —dijo Talbot, con ánimo de rebajar la tensión. Daba la sensación de que se peleaban (y eso estaba muy mal), en lugar de enfrentarse juntos a las difíciles circunstancias.
—Nunca he estado en París —dijo Kincade.
—No es verdad.
—Sí, es verdad. No había pisado Francia hasta hoy —miró a Talbot y sonrió sin avergonzarse—. Mis intereses siempre han estado al otro lado del
Atlántico.
—Desde Brighton prácticamente se ve Francia.
—Será por eso —dijo Kincade—. Ya lo tenía muy visto. Necesitaba una cultura desconocida. Algo nuevo.
—Me parece bien. Pero en cuestión de cultura Francia gana de largo.
—Esa es su opinión, señor Kydd. No, me alegro de estar aquí; no me malinterprete. Viajar al extranjero es uno de los incentivos de este oficio.
Mientras esperaban el equipaje, Talbot pensó que sería un gesto de cortesía interesarse por Kincade. Estaban compartiendo misión, viajando juntos, se alojaban en el mismo hotel, y el detective era prácticamente un desconocido. Preparó mentalmente un par de arranques de conversación anodinos.
—¿Qué le parece a su mujer que haga este viaje a París? Seguro que se ha puesto celosa.
Kincade lo miró de un modo extraño, como si Talbot hubiera dicho una estupidez descomunal.
—¿Eso pretende ser una broma?
—Una pregunta sin importancia.
—No estoy casado.
—Pues entonces a su novia. Seguro que le habría encantado venir.
Kincade suspiró.
—Yo… A ver cómo se lo digo para que me entienda. No tengo esas inclinaciones, señor Kydd.
—Me he perdido. Perdón.
Kincade lo miró a los ojos.
—A mí no me va eso. Mi rollo es otro. Voy a mi aire. Tengo otros gustos.
—Vale. Ya entiendo —Talbot consiguió sonreír—. Pido disculpas por ser tan obtuso.
—Prefiero los eufemismos a la denigración directa —explicó Kincade
—: Loca, marica, sarasa, reinona, bujarra…
—Sí, entiendo.
—Claro que entiende, señor Kydd.
—¿Qué insinúa?
—Que le he calado. Aunque usted no me hubiera calado a mí.
Talbot vio llegar su maleta en la cinta transportadora y se acercó a cogerla, alegrándose de disponer de unos segundos para ordenar las ideas.
De repente tenía la sensación de conocer a Kincade demasiado bien. Más le habría valido cerrar el pico.
Kincade estaba a su lado, recogiendo su bolsa de viaje.
—Sepa usted —dijo Talbot tranquilamente— que soy un hombre casado y con dos hijos.
—Sí. También lo era Oscar Wilde. Y, hablando del rey de Roma, igual me paso por el cementerio de Père Lachaise si tenemos algún momento libre —sonrió—. Podríamos ir juntos: a presentar nuestros respetos.
—Vamos a encontrar a Anny Viklund antes de planear ninguna excursión, ¿de acuerdo?
Se encaminaron hacia la salida, la aduana y un taxi.
Talbot había reservado dos habitaciones dobles en un hotel de la rue Notre-Dame-des-Champs, el Hôtel Cardinal. Era un sitio que conocía bien: pequeño, con un bar oscuro y un restaurante más que aceptable, y a la mitad del precio de otros hoteles más lujosos y famosos de los que presumía la ciudad. Se registraron en recepción, los acompañaron a sus respectivas habitaciones y quedaron en verse en el bar para hacer planes.
Kincade ya se había instalado en una mesa baja cuando llegó Talbot. Se fijó en que el detective estaba tomando un vaso de vino. Talbot pidió un agua Perrier.
—Bien —dijo Kincade, sacando su libreta de notas—. Está en París.
Hasta ahí sabemos.
Talbot había intentado hablar con Kincade en el avión pero no tardó en darse cuenta de que era inútil: el miedo a volar le impedía tener una conversación coherente.
—Tenemos otra pista —señaló Talbot—. Anny Viklund tiene un novio aquí; se llama Jacques Soldat.
Kincade le pidió que lo deletreara para anotarlo.
—¿A qué se dedica?
—Es escritor… Filósofo. Muy famoso. Tuvo un papel muy destacado en les événements.
—¿Eso cómo se llama en casa?
—Los disturbios de París. En mayo. Este año, 1968.
Kincade frunció el ceño, pensativo, claramente ajeno al reciente pasado de París. Talbot lo ilustró.
—Ocupaciones estudiantiles, huelga general, enfrentamientos, batallas campales con la policía. Fue una especie de revolución social muy violenta.
—Ah, sí —asintió vagamente Kincade.
—No lo digo con ánimo de ofender en absoluto, pero supongo que vería usted los enfrentamientos en la calle, ¿no? Dijeron que era casi como una repetición de la Revolución francesa. Salía en la tele todas las noches.
—Claro que los vi. Pero no me interesaba demasiado; no lo analizaba todas las noches.
Una vez más, Talbot se preguntó si Kincade intentaba tocarle las pelotas. Estaba claro que era un tipo inteligente, pero a veces daba la impresión de que quería pasar por idiota. Era agotador.
—Fue un momento importante en la historia de Francia, por no decir de Europa —insistió Talbot—. En la historia del siglo XX.
—Como ya le he dicho, señor Kydd, cuando se trata de «las cosas de fuera» todo mi interés, toda mi atención es para Estados Unidos.
Pregúnteme lo que quiera sobre el asesinato de Bobby Kennedy. O el de Martin Luther King, por ejemplo. ¿Sabía que a su asesino, James Earl Ray, lo detuvieron en Londres? En la Terminal 2 del aeropuerto de Heathrow…
—Muy bien, muy bien. No lo sabía. Entendido. El caso es que Jacques Soldat fue uno de los intelectuales que más se comprometieron en «la lucha». Si no llegó físicamente a las barricadas estuvo muy cerca. Fue una figura inspiradora.
Kincade seguía tomando notas.
—Entonces, si localizamos a Jacques Soldat podemos localizar a la señorita Viklund —concluyó.
—Eso mismo pienso yo. Por eso se me ocurrió que era usted el hombre perfecto para dar con ella. Pero hay un problema.
—¿Cuál es?
—Su nombre: Jacques Soldat es un pseudónimo, un nom de plume.
—O sea, que no es probable que aparezca en la guía de teléfonos.
—Ya lo he consultado. No hay ningún Jacques Soldat.
—¿Tiene idea de cuál es su verdadero nombre?
—No.
Kincade hizo otra anotación. Talbot no sabía qué estaría anotando exactamente. Kincade se reclinó en el asiento y bebió un sorbo de vino.
—Si ha publicado con el nombre de Jacques Soldat cabe suponer que su editor sepa quién es.
—Sí. Buena observación. Lo cierto es que dos de sus libros son muy famosos. Uno fue una especie de éxito internacional a principios de los sesenta. Es de esos libros que todo el mundo presume de haber leído.
—Un poco como El ser y la nada. Me acuerdo de que en la universidad todo el mundo lo llevaba en el bolsillo.
—Exacto —Talbot observó atentamente a Kincade. Vio que el detective intentaba descolocarlo con ese tipo de comentarios.
Kincade se irguió, como galvanizado de repente.
—Necesitaré un anticipo en efectivo, señor Kydd. Tengo que comprar varias cosas.
Talbot sacó la cartera y le dio un fajo de francos. Kincade los abrió en abanico.
—¿Cuánto es esto en dinero de verdad?
—Unas cien libras.
—Llevaré la cuenta, descuide —Kincade se levantó—. ¿Nos vemos aquí a las seis? Le daré el informe de los avances.
Talbot ocupó el día fácilmente. Comió algo en La Closerie des Lilas y luego fue al Jeu de Paume a ver Los nenúfares de Monet, como hacía siempre cuando tenía un par de horas que llenar en París. Había poca gente, y podía quedarse todo el tiempo que quisiera delante de los impresionantes y vistosos lienzos sin que nadie le molestara. Sin embargo, no llegó a experimentar del todo esa especie de calma zen que le producían normalmente Los nenúfares, y sus pensamientos volvían continuamente a los comentarios de Kincade en el aeropuerto. ¿Cómo había podido
«calarlo» Kincade y él a Kincade no? ¿Sería algo generacional? ¿Qué decía
eso de él y sus suposiciones? ¿Qué decía de su presunta vida secreta?
Volvió al hotel deambulando, como envuelto en una niebla de ceñuda concentración. «No le des importancia —pensó—: tienes tu vida; deja que los demás tengan la suya».
Paseando por el bulevar Saint-Germain empezó a ver restos de los sucesos de mayo. Había comercios tapiados con tablones, un cine incendiado, carteles y pintadas hechas a todo correr. «Lutte Contre Le Cancer Gaulliste», «Nous iron jusqu’au bout», «Flins pas Flics», «Salaires Légers Chars Lourds», «CRS = SS», «La Structure est Pourrie», «Je jouis dans les pavés». Observando los carteles tuvo que reconocer que el diseño de algunos era genial, muy atractivo. ¿Qué estaba haciendo él en mayo?
Buscando localizaciones en Brighton para Escalera a la luna con Reggie Tipton. Mientras, al otro lado del canal de la Mancha estallaba una revolución social. ¿Habría sido parecido en 1789? Entonces se oían truenos al otro lado del canal mientras la vida seguía su curso en la querida Albión.
Estuvo un rato mirando lo que quedaba de los carteles descoloridos y rotos, evocando imágenes de los disturbios de mayo: París sitiado, París en llamas. Tout passe, tout lasse, tout casse, pensó, y vio que en inglés no había una frase que hiciera plena justicia a la expresión francesa. «Todo esto pasará» solamente expresaba cansancio y resignación estoica. «Todo pasa, todo se rompe, todo aburre». ¿O «todo se vuelve agotador»? Un poco torpe. Siguió su camino, probando mentalmente distintas versiones, sin encontrar ninguna que le convenciera.
En el hotel, a media tarde, hizo varias llamadas a Joe para ver cómo iban las cosas. Todo bien: los dos días de rodaje de Dorian Villiers habían transcurrido sin incidentes y Reggie estaba filmando ahora muchas tomas de Troy deambulando por las calles, mirando el mar y esas cosas. Mientras la gente estuviera ocupada se mantenía la ilusión de que la película seguía su curso, de que la ausencia de Anny Viklund no era una catástrofe. De momento.
Llamó a Naomi, también para tranquilizarla. Le había hablado de la fuga de Anny a París y las posibles consecuencias para la película. Naomi se compadeció de él.
—Pobrecillo —dijo—. ¿Qué tal si voy a animarte un poco?
—No soy buena compañía, cariño. Tenemos que encontrar a esta chica.
—Era una broma, Talbot. Relájate.
—Perdona.
A las seis bajó al bar. Kincade ya estaba allí, con un vaso de vino en la mesa y totalmente cambiado. Llevaba unos pantalones caqui, mocasines, americana azul, camisa blanca y corbata roja. Se había cortado el pelo al estilo militar; en francés lo llamaban en brosse, y no se parecía en nada al tenso personaje del traje negro. Levantó la vista al notar que Talbot se acercaba. Talbot decidió no hacer comentarios.
—Ha habido suerte —anunció Kincade—. Me reúno con Jacques Soldat mañana por la mañana.
—¡Fantástico! —Talbot se sentó y Kincade le pasó una tarjeta.
«Harold J. Hopkins, editor, University of South Tennessee Press».
Kincade se explicó. Lo primero que hizo fue ir a una librería y buscar algún libro de Jacques Soldat. Así averiguó el nombre de su principal editorial: Jadis & Naguère, una editorial parisina pequeña. Luego se compró la ropa que llevaba puesta, se cortó el pelo y se presentó en la recepción de Jadis & Naguère con el pretexto de que la University of South Tennessee Press estaba interesada en sacar una nueva edición de las obras completas de Jacques Soldat. Nueva edición, nuevas traducciones, nuevas introducciones. Encantados de conocerlo, le dijeron.
—No he conseguido Piel negra, corazón blanco: ya se ha publicado en Estados Unidos. Pero sí uno titulado Masacre y otro que se llama —
Kincade echó un vistazo a su libreta— Pseudo ciudadanos, creo que lo he pronunciado bien. Y dos o tres más.
—Bien hecho. Bien vale el sacrificio de esos rizos largos.
Kincade no se dio por aludido.
—En fin, tuve que esperar un par de horas antes de conocer al editor.
Cuando empecé a hablar de dinero, salió un momento a llamar por teléfono a Soldat. Le dije que solo pasaría un día más en París, y hemos quedado en vernos mañana a las once.
—¡Increíble! ¡Bravo! —dijo Talbot. Kincade pidió más vino al camarero, por señas. Talbot decidió sumarse para celebrarlo.
—Como ve, señor Kydd, la clave está en Estados Unidos. «The University of South Tennessee Press». Irresistible. ¡Qué glamur! El salvaje Oeste. Si hubiera dicho que era de la «University of South Shropshire Press» me habrían dado con la puerta en las narices.
Talbot tendió las manos en un gesto de admiración sin palabras.
—Me gusta el corte de pelo, ahora que lo pienso. Igual se lo puede dejar así. Le da un aire muy americano.
—Ese era el objetivo.
—Pues funciona. ¿De dónde sacó la tarjeta de visita?
—Tengo todas estas tarjetas en blanco; en blanco excepto por el escudo de armas.
Talbot lo examinó. Era un escudo en color y en relieve: un escudo heráldico genérico, dividido en cuatro cuarteles, con unas hojas de encina, unas bellotas y un pergamino con un lema en latín: Dominus Illuminatio Mea.
—Antes de que me dé una lección —Kincade levantó una mano—. Sé de dónde lo he sacado. El latín siempre ayuda. Y aparte tengo mi modesto equipo: una imprenta infantil. Imprimo el nombre y el título que quiero. Da el pego, aunque lo que convence es el escudo.
—Estoy impresionado.
—Va en relieve.
—Me he fijado. Es un buen toque.
—Y, naturalmente, he puesto acento de Estados Unidos. Acento sureño.
—Doblemente impresionado.
—El diablo está en los detalles, señor Kydd.
—Eso me han dicho —terminaron el vino y pidieron más—. ¿Qué piensa hacer cuando conozca a Soldat?
—No llegaré a conocerlo. No tengo intención de presentarme. Me esperará un buen rato y se irá, muy cabreado, supongo. Lo seguiré hasta su casa. Entonces usted podrá entrar en escena.
—Esperemos que Anny Viklund esté con él.
—¿Quién sabe? Pero al menos tendremos el primer eslabón de una cadena, con un poco de suerte.
Decidieron cenar en el restaurante del hotel. Kincade le pidió a Talbot que le contara la historia completa de las manifestations de mayo en París, y Talbot le hizo el mejor relato posible, intentando recordar la secuencia de huelgas y protestas que desembocaron en auténticas batallas en las calles de París y otras ciudades.
—Teniendo en cuenta que eso fue en mayo —dijo Kincade—, o sea, hace un par de meses, y según usted fue como una repetición de la Revolución francesa, mi pregunta es: ¿qué ha cambiado? Yo hoy solo he visto París en funcionamiento: todo calma y tranquilidad. ¿Dónde se ha metido todo el mundo?
—Buena pregunta —asintió Talbot, pensando en su paseo por el bulevar Saint-Germain. Lo único que había visto eran unos carteles destrozados—.
A lo mejor se han ido todos de vacaciones —dijo con escasa convicción—.
¿Le apetece un coñac?
A la mañana siguiente, a la hora prevista para la cita de Jacques Soldat con su editor y el señor Harold J. Hopkins, de la University of South Tennessee Press, Talbot y Kincade estaban sentados en la terraza de un café de la rue Saint-André-des-Arts, en el 6e arrondissement. Disfrutaban de una buena vista del patio donde tenía su sede Jadis & Naguère, en la planta baja.
Todo precioso, pensó Talbot, muy francés. Era absolutamente incapaz de imaginarse algo similar en Inglaterra; además, en la misma calle, un poco más adelante, se encontraba una de las brasseries clásicas de París: Chez Allard. Muy a mano para comer o cenar temprano. Talbot se prohibió seguir divagando y se obligó a concentrarse. No era un editor francés pensando dónde comer; era un productor de cine inglés con un problema descomunal.
Miró de reojo a Kincade. Volvía a llevar su traje negro con camisa negra. Talbot no acababa de acostumbrarse al corte de pelo, aunque era una señal de la diligencia de Kincade, de su profesionalidad como investigador.
El pelo corto en realidad no le favorecía; le adelgazaba aún más la cara ya de por sí flaca, como si estuviera convaleciente de una enfermedad o recién salido de la cárcel. De todos modos, ¿cuántas personas estarían dispuestas a someterse a un corte de pelo tan drástico y a transformar su aspecto
simplemente para hacer mejor su trabajo? No muchas. Un punto a favor de Kenneth Kincade (licenciado en Derecho) y Asesor en Riesgos Criminales.
Tomó un sorbo de petit café. Kincade miró el reloj.
—Hace diez minutos que yo tendría que haber llegado. Pronto empezarán a hacer llamadas.
—¿A quién?
—Al Hotel George V. Es donde dije que me alojaba. Y entonces verán que no estoy registrado.
—¿Y?
—¡Putos americanos!
Kincade pidió otro café.
—Me voy acostumbrando a trabajar en París —dijo—. Es un poco más entretenido que Brighton.
— Quelle surprise. Y va el doble de rápido.
—Todavía no me ha pagado, señor Kydd, así que no se ponga tan eufórico y triunfalista —Kincade se echó a reír y espantó de un manotazo a una avispa que merodeaba alrededor de su taza de café vacía—. Te pillé, cabrona —dijo, y miró a Talbot—. ¿Para qué sirven exactamente las avispas, señor Kydd?
—Supongo que tendrán una función en el misterioso orden de las cosas.
Siguieron hablando, esperando a Soldat, disfrutando del suave sol de julio y tomando café. Kincade preguntó a Talbot en qué otras películas había trabajado y se sorprendió —o fingió sorpresa— cuando Talbot le dio varios títulos: Muerte repentina en el Soho, Y llegó el hombre, Triple melodía, La marca de Caín, Sam el destripador, Los olvidados y La guerra perdida.
—He visto algunas… Y estoy aquí sentado con el productor. Pero ¿qué hay de esta Escalera a la luna? ¿Ganará algo de dinero?
—Puede. Suponiendo que consigamos recuperar a nuestra protagonista.
—¿Mucho dinero?
—Soñar siempre es posible. Con tal de que me paguen los honorarios, todo lo demás son beneficios extras. Tengo otro proyecto, una obra de teatro… Una obra estadounidense… Seguro que eso le gusta… He puesto en él esperanzas más concretas.
—¿Esperanzas concretas, no es un poco un oxímoron?
A Talbot se le olvidaba continuamente que Kincade había ido a la universidad y casi completado la carrera de Derecho.
—¡Ahí está! —exclamó Talbot, que de pronto había visto salir a Jacques Soldat de las oficinas de Jadis & Naguère, y le pareció raro que no lo hubieran visto entrar.
Soldat se detuvo en la entrada del patio a hablar con alguien a quien Talbot no veía. Era evidente que estaba protestando. No parecía nada contento.
—Malditos editores americanos —dijo Talbot.
—Vamos, en marcha —ordenó Kincade, poniéndose en pie.
—¿Me necesita?
—A nadie se le ocurre que lo sigue una pareja.
Talbot dejó unos francos en la mesa y salió detrás de Kincade. Echaron a andar uno al lado del otro, a unos veinte metros de Soldat.
Kincade miró a Talbot de reojo.
—No me había dicho que Jacques Soldat era africano.
—No es africano. Bueno, es de origen africano. Es de Guadalupe.
—¿Se le había olvidado?
—No me pareció relevante.
—¡Por favor!
Talbot no respondió, y siguieron a Soldat hasta el bulevar Saint-Germain. Notó que Kincade estaba un poco enfadado. Bien que por una vez no tuviera el as en la manga. Enseguida se reprochó su mezquindad.
Estaban trabajando juntos: la solidaridad era esencial.
No tuvieron que ir mucho más lejos. Al cabo de unos veinte minutos veían entrar a Soldat en un bloque de apartamentos, en la esquina del bulevar con la rue des Ciseaux. Talbot miró a su alrededor. Vio a lo lejos Les Deux Magots, con su placita adoquinada delante. Perfecto para un intello, como Soldat. Se volvió hacia Kincade.
—¿Qué hacemos ahora?
—Bueno, ya sabe dónde vive. Yo me enfrentaría a él.
—¿Ahora mismo?
—¿Por qué no? —dijo Kincade—. Mi máxima profesional es: «Hazlo ya». ¡HAZLO YA! ¿Por qué esperar?
—Sí, comprendo la lógica. ¿Viene conmigo?
—No.
Se miraron.
—Muy bien —asintió Talbot—. Pero, por favor, espere aquí fuera.
—Recibido. Adelante.
Talbot llamó al timbre de la portería, y le abrieron la puerta. En buen francés, aunque con acento inglés, preguntó a la portera si vivía allí un caballero africano. Tenían una cita, el señor Soldat.
— Non. C’est Monsieur Duhameldeb.
—Claro. Mes excuses.
La portera parecía sacada directamente de un casting: bajita, gorda, canosa, antipática… ¿Dónde encontrarían a esa gente?, pensó Talbot, mientras la mujer iba a llamar por teléfono. Volvió la cabeza y le preguntó cuál era el motivo de la cita.
— C’est au sujet de Mademoiselle Viklund —dijo. Eso debería ser suficiente—. Mademoiselle Anny Viklund.
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