Trío

William Boyd · Capítulo 7 de 61

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Trío

Capítulo 6

Anny y Troy estaban sentados dentro del Mini amarillo plátano, en los acantilados de Beachy Head, envueltos en un resplandor soporífero, contemplando los refulgentes destellos de plata en el canal de la Mancha.

Arriba, en lo alto del cielo, una estela blanca y perfectamente recta dividía el azul.

—Nadie sospecha nada —dijo Troy—. Eres genial. Eres muy serena.

¿Cuál es la palabra? Impresionante.

—¿Impresionante o impasible?

—Las dos cosas. Sí. Pareces tan tranquila con esas gafas de sol. Nadie adivinaría que estás locamente enamorada de mí.

—Ja, ja.

Troy tenía la mano en la pierna de Anny y había empezado a deslizar los dedos por debajo de la falda corta; ella notaba la palma caliente en la cara interior del muslo a través de las medias de rejilla de color marfil.

Tenían delante a un equipo de rodaje al completo, alrededor de una cámara montada en una grúa. Aunque hacía sol, habían encendido unos focos potentes. El primer ayudante de dirección estaba gritando por un altavoz.

—¡Cámara! ¡Acción!

Anny y Troy salieron por sus respectivas puertas, se cogieron de la mano y echaron a correr hacia la cámara. Cuando se separaron —alejándose cada uno por un lado distinto de la cámara— se detuvieron. Anny sabía que en la escena siguiente, rodada de espaldas, saldrían sus dobles: saltarían desde el acantilado, cogidos de la mano, y caerían en una red montada a algo menos de dos metros del borde de turba. Sería la penúltima escena de la película.

En cuanto a la escena final, no tenía la más remota idea de cómo iban a hacerla. Según el guion, en lugar de morir en la caída, los personajes de Anny y Troy saldrían volando milagrosamente por el cielo, hasta perderse de vista, como esos cohetes que lanzaban desde cabo Kennedy, pensó Anny, y nunca volverían a verse.

Rodrigo Tipton salió de detrás de la cámara y se acercó.

—Estupendo —dijo—. ¿Podemos repetirlo solo una vez más, sin las gafas, por favor, Anny?

—No me apetece hacerlo sin las gafas —dijo Anny, sin pararse a pensarlo.

—Lo más probable es que no utilicemos la toma, pero podría ser una opción interesante. Solo por si acaso —Rodrigo sonrió.

Anny consideró la posibilidad de negarse —normalmente se habría negado— pero, por algún motivo, tener a Troy a su lado hizo que se lo pensara.

—Vale.

Después de repetir otras dos veces la carrera hasta el borde del acantilado, sin gafas, Rodrigo anunció que había quedado genial y pasaban a la escena con los dobles. El rodaje había terminado para Anny y Troy.

Anny le dijo a Troy en voz baja que se fuera, que ella se quedaría un rato más. Era mejor que no se marcharan juntos. Troy estaba de acuerdo.

—Sí, pero iré a tu habitación esta noche —dijo—. A medianoche.

—No.

—Sí. No me verá nadie.

—A lo mejor no estoy a esa hora.

—Estarás, cariño.

Troy echó a andar hacia su coche y su chófer. Anny le pidió a su ayudante, Shirley, que le llevara una taza de té, y se puso con Rodrigo detrás de la cámara para ver la toma alternativa de Anny Viklund y Troy Blaze saltando desde Beachy Head. Qué manera de morir, pensó, acordándose de la macabra pregunta que se había hecho esa mañana. A lo mejor, en un sentido extraño, había ocurrido de verdad. Había «muerto» ese día de verdad. La idea le resultó extrañamente liberadora, y empezó a

pensar en Troy y en su visita a medianoche. Estaba muy seguro de sí mismo, pero de una forma agradable, de una forma que…

—¿Cómo va todo, Anny?

Se volvió para ver quién era, y vio a un hombre alto y calvo que se acercaba hacia ella. Era el productor. ¿Tony? ¿Terence? Como solo lo había visto un par de veces, decidió no arriesgarse a adivinar y se limitó a decir que todo iba de maravilla, muy bien, gracias, que todo el mundo era amabilísimo.

—Bien, estupendo, me alegro mucho —dijo Tony o Terence. Tenía ese clásico acento inglés entrecortado y seco, pensó Anny. ¿Cómo pueden hablar así, sin apenas mover los labios? En realidad nadie sabe lo que piensan o sienten, todo suena igual. Lo mismo podría haber dicho: «Mal, terrible, me dejas de piedra».

Se acercó un paso más a ella y bajó la voz.

—Hemos recibido una llamada de teléfono extraña esta mañana. Era la policía. Preguntaban si un tal Cornell Weekes había intentado ponerse en contacto contigo.

Anny notó al instante el sudor en las axilas y en las palmas de las manos. El mero hecho de oír ese nombre producía este efecto en ella.

Cornell: su amante-demonio, su antiguo gurú, su némesis.

—No.

—Cornell Weekes es tu marido, ¿no?

—Cornell Weekes es mi exmarido.

—Ah. Bien.

—Está en prisión —dijo Anny.

—Parece ser que ya no.

—¿Qué quieres decir?

—No conozco los detalles… —Qué forma tan rara de pronunciar

«detalles», pensó Anny, viendo que el productor miraba de reojo para asegurarse de que nadie los oía—. Por lo visto se ha fugado en un traslado rutinario a una vista para la libertad condicional. Creen que se ha ido a Canadá. A Montreal.

Anny empezó a tranquilizarse.

—¿Por qué creían que estaba en Inglaterra? —preguntó—. Estaba en la cárcel en California.

El hombre alto y calvo sonrió con amabilidad.

—Parece que encontraron un mapa de Londres en la habitación del hotel donde se alojó. En Montreal —se encogió de hombros—. Una suposición lógica. ¿Por qué estaba tu exmarido en prisión, si me permites preguntártelo?

—Intentó volar un edificio federal.

—Ya —el productor se rascó la nariz—. Seguro que era una investigación rutinaria.

—Cornell es un tío raro y está pirado, pero nunca vendría a Inglaterra.

Nunca ha estado en Inglaterra.

—Eso me tranquiliza —el productor señaló al equipo de rodaje—. Todo va muy bien —se volvió hacia Anny y la miró con gesto calculador. «Debe de tener sesenta o setenta —pensó Anny—, como mi abuelo». Le pareció que seguía siendo bastante atractivo, delgado y erguido, a pesar de que estaba calvo y era mayor—. Me llamo Talbot, por cierto. Talbot Kydd.

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