Trío

William Boyd · Capítulo 40 de 61

Páginas del PDF

Trío

Capítulo 8

Era rarísimo que los Appleby fueran a verlo, pensó Talbot. Había intentado organizar una cita en Londres, pero le dijeron que preferían verlo en Brighton. Ya habían estado en otra ocasión, el primer día de rodaje, para la cena de celebración. Yorgos también vino entonces de Londres, y cenaron los cuatro en un restaurante chino de London Road. Pero tanta insistencia no era normal. Talbot se temía algo.

Los llevó a los dos a su despacho. Bob, el más joven de los Appleby, era cetrino y fuerte. Llevaba una chaqueta tres cuartos de color beis —a pesar de que hacía calor— y unos zapatos que parecían de piel de serpiente.

Jimmy era rubio y simpático, estaba engordando muy deprisa y tenía la sonrisa fácil y las mejillas coloradas —sonrosadas, más bien, pensó Talbot

—, como manzanas. Llevaba un traje de raya diplomática, con camisa roja y sin corbata. Habían concedido a los Appleby el reconocimiento como productores ejecutivos en los créditos de la película, por insistencia de Troy, aunque aparte de eso no daban muestras de tener ningún interés en Escalera a la luna. Pero a pesar de su evidente buen humor, de las sonrisas y los enérgicos apretones de manos, de los abrazos afables, a Talbot la pareja le resultaba curiosamente inquietante, amenazante. Eran dos hermanos que no se parecían en nada, con un cosmopolitismo y un savoir faire que hacía sentirse a Talbot ingenuo y descolocado, como un niño.

—Esto es un cuchitril, ¿no, Talb? —dijo Bob Appleby, abarcando con un barrido de las manos el despacho y la casa entera de Napier Street.

—Nos iremos de aquí dentro de tres semanas. No vale la pena pagar algo más caro. Aquí tenemos todo lo necesario.

—Te equivocas, Talbot —señaló Jimmy—. Te lo digo con respeto. Todo es cuestión de percepción. Esta oficina no te conviene. Todo es cuestión de percepción, tío. Deberías estar en una suite del Metropole.

—La próxima vez —asintió Talbot—. Tomo nota.

Había estado en las oficinas de Appleby Entertainment, en Euston Road: dos pisos altos en un edificio de vidrio y acero. Macetas con plantas por todas partes y los pasillos forrados de retratos de sus clientes con sus discos de platino. Había contado siete secretarias en el trayecto desde la entrada hasta sus despachos.

Los hermanos tomaron asiento y aceptaron con gusto el whisky que les ofreció Talbot. Bob encendió un purito y Talbot y Jimmy un cigarrillo.

Jimmy se inclinó hacia delante y apoyó las palmas de las manos en el escritorio.

—Vamos al grano, Talbot. Necesitamos un favor.

—Dispara.

Los hermanos se miraron.

—Necesitamos incluir una canción en la película. Una canción de Troy Blaze.

Talbot se quedó callado.

—Es un poco tarde. Ya tenemos un compositor.

—Nunca es tarde, Talbot. Un favor de amigo.

—No es ese tipo de película, chicos. Rodrigo no lo aceptará.

—Pues haz que lo acepte, Talbot. Tú eres el productor.

—Las cosas no funcionan así.

—Solo una canción. Te lo agradeceríamos.

—Puedo consultarlo. Pero no os prometo nada.

Bob se levantó y se acercó a la ventana. Habló dando la espalda.

—El caso es, Talbot, que esta no es una situación en plan: «¿Hay una vaga posibilidad de…?». No sé si me explico. No es una pregunta tipo:

«¿Hay una mínima oportunidad de…?» —dio media vuelta—. Es una necesidad.

—Imprescindible —aclaró Jimmy, extendiendo las manos a modo de disculpa—. Definitivamente imprescindible.

Bob volvió a sentarse.

—Troy Blaze necesita un hit. La ocasión es perfecta.

—Por eso lo metimos en esta película.

—Entiendo.

—Ahora salen todos en las películas. Dave Clark, Adam, los putos Beatles, Lulu. Y todos tienen que cantar una canción. Esa es la clave.

—Nunca dijisteis nada de eso cuando lo contratamos —les recordó Talbot.

—Cierto —asintió Jimmy—. Pero eso fue porque estábamos concentrados en la visibilidad.

—Ahora queremos una canción además de visibilidad —explicó Bob.

Talbot comprendió que eso no era una negociación sino una transacción.

—A lo mejor podemos poner una canción con los títulos de crédito —

sugirió.

—Sí —dijo Bob—. Ya sabíamos que se te ocurriría una idea brillante,

¿a que sí, Jim?

—Con los títulos de crédito nos parece bien. ¿No?

—Es el momento ideal —aseguró Talbot. Es lo que el público recuerda cuando sale del cine.

—Un brindis —propuso Bob, levantando el vaso vacío.

Talbot rellenó los vasos. Tenía la boca seca; necesitaba agua, no whisky.

—No nos dejarás tirados, ¿verdad, Talbot? —preguntó Jimmy, sonriendo de oreja a oreja.

—No. Claro que no.

—Ah, otra cosa. Y si lo haces hay un Río para ti —dijo Bob.

—¿Un Río?

—Un Río Grande. Uno de los grandes. ¿Lo pillas?

—Eso no es necesario.

—Sí que lo es —replicó Jimmy—. Eso cimenta nuestro… Nuestro acuerdo.

—Además Yorgos se lleva uno… ¿Por qué tú no? —preguntó Bob.

—¿Habéis hablado con Yorgos de esta idea de la canción?

—Yorgos está completamente a favor. Dijo que la decisión dependía de ti.

—Y entonces vinimos a Brighton.

Bob buscó en su chaqueta, sacó un sobre gordo y lo dejó encima del escritorio de Talbot. Jimmy se lo acercó.

—Una copa por nosotros. Así lo llamamos. «Una copa».

Talbot miró el sobre.

—Esto no es necesario —repitió.

—¿A ti qué te pasa, Talbot?

—¿Esto no es corrupción?

—La corrupción está en todas partes —dijo Bob Appleby pragmáticamente—. Y todos se dejan corromper.

—Sobre todo en tu mundo —añadió Jimmy—. ¡La hostia! ¡Mira que hablar de corrupción!

—Pero mi mundo también es el vuestro —protestó Talbot—. Estamos en el mismo negocio. El espectáculo.

—No me hagas reír, joder —dijo Bob.

—No. Hablamos de tu mundo. Nosotros no somos parte de él —explicó Jimmy. Se rio—. ¿Lo somos, Bob?

—Ni de coña —se rieron por lo bajo.

Talbot se acordó de algo que había oído decir una vez: que todos los ingleses llevan su condición social marcada a hierro en la lengua. Vio que, a pesar de las sonrisas, eso no era una charla amistosa. Era el reconocimiento de la barrera que los separaba: a un lado Talbot Kydd; al otro Bob y Jimmy Appleby. Una barrera que jamás cruzarían. Talbot cogió el sobre, su Río.

—Hecho —dijo—. Habrá una canción de Troy Blaze en Escalera a la luna.

OceanofPDF.com