Trío

William Boyd · Capítulo 10 de 61

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Trío

Capítulo 9

Después de salir del Repulse, Elfrida compró una botella de jerez Tío Pepe en una licorería, calculando que podría servirle de subterfugio con Reggie.

Volvió en taxi a la casa que la productora había alquilado en Rottingdean para Reggie. Era incómodo vivir en un pueblo de las afueras de Brighton: la obligaba a pedir taxis a todas horas, porque no tenía carnet de conducir, y no entendía que Reggie se hubiera conformado con ese alojamiento tan peculiar. Cuando se quejó de que vivir en Rottingdean era un engorro y una incomodidad, Reggie se limitó a decir que llamara a la oficina de producción y le enviarían un coche de la unidad de rodaje: «Va incluido en el presupuesto». Pero a Elfrida nunca le había gustado utilizar los coches del rodaje, los conductores eran unos cotillas empedernidos, que pegaban la oreja con una curiosidad irresistible. Elfrida sabía que se pasaban el día de brazos cruzados, intercambiando información jugosa. ¿Cómo iba a pedir un coche del rodaje para que la recogieran en el Repulse?

En realidad la casa estaba bien, mejor que bien. Era una villa victoriana grande, de tres plantas, de ladrillo gris con adornos rojos, y un nombre de lo más raro: «Peelings». A lo mejor la había construido una familia con un apellido parecido, pensó Elfrida. La casa tenía un jardín considerable, con dos araucarias enormes delante. Contaba con cinco dormitorios y tres cuartos de baño, un amplio salón comedor y una cocina «moderna» —hasta una sala de billar—, todo demasiado grande para dos personas y, como Reggie estaba prácticamente siempre en el rodaje, Elfrida tenía la sensación de vivir sola en una casa enorme, como una viuda retirada para no molestar a la familia.

«Ahora caigo», pensó, probablemente esa era la razón por la que Reggie había elegido la casa: para no estar cerca de ella. Normalmente, cuando Reggie estaba haciendo una película o un programa de televisión se

alojaban en un hotel, pero con esta película de título tan absurdo — La utilísima escalera a la luna de Emily Bracegirdle—, él dijo que era una cuestión de prestigio. La productora iba a gastarse mucho dinero en esa villa, y por tanto le tratarían con más respeto, o eso esperaba él. «Hay que jugar a todas las bandas, cariño», había añadido… A saber qué quería decir con eso.

Elfrida se sentó un rato en un banco del jardín, a la sombra de un gran castaño, mientras bebía un poco del vodka nuevo que ya había trasvasado a la botella de vinagre blanco, para leer una carta que enviaba su hermano Anselm desde Londres. Era la carta que Anselm mandaba todos los años a la familia y los amigos, la misma para todos (y siempre por su cumpleaños), y Elfrida a duras penas pudo pasar de la primera página; tan absoluto y despreocupado era el tedio de la vida que Anselm, un eminente cirujano ortopédico, llevaba en Vancouver. Buena parte de la carta se regodeaba en las hazañas deportivas de sus hijos, Jerold y Roldan, los fornidos sobrinos de Elfrida, que por lo visto se pasaban la vida en el campo, la cancha, la ladera de un monte o la pista de hielo. Cuando murieron sus padres —con una diferencia de tres meses, en el limbo que precedió a la publicación de su primera novela—, Elfrida pensó que Anselm (siete años mayor) y ella estarían más unidos, inevitablemente. Pero él emigró a Canadá poco después, se casó, y enseguida llegaron Jerold y Roldan. Se veían muy poco y conservaban los lazos familiares más por obligación que por cariño. Por eso Anselm enviaba esta carta genérica. Podría contarle lo mismo al director de su banco, pensó Elfrida, haciendo una bola con el papel y tirándolo al césped, a sus pies.

Sin embargo, leer la carta le inspiró a escribir otra, así que cogió papel y tinta para escribir a su agente literario y a su editor en Muir & Melhuish y pedirles una cita la semana siguiente. A su agente, Calder McPhail, le decía sin rodeos que necesitaba dinero. Fue deliberadamente sincera, se conocían desde hacía mucho tiempo… y estaba envalentonada por el vodka con agua del grifo después de las ginebras a la hora de comer. Les decía a los dos que necesitaba un anticipo a cuenta de una nueva novela que casi había terminado: El hombre en zigzag. Eso los animaría, pensó.

A media tarde vio las noticias por televisión, se preparó algo de cena —

una tostada de alubias— y, a eso de las ocho, cuando esperaba que llegaría Reggie, se sirvió un vasito de Tío Pepe, dejó la botella casi intacta bien a la vista, en el aparador, y al mismo tiempo se preparó un vodka con agua, supercargado, cuádruple, en un vaso alto. Gracias a eso, cuando llegó Reggie, tarde, pasadas las diez, Elfrida se sentía maravillosamente segura de sí misma.

Apagó la tele cuando Reggie entró en el salón, se levantó, sin tambalearse, y lo miró fijamente y con frialdad.

—Bueno —dijo—. ¿A quién te estás follando exactamente en esta película?

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