Trío

William Boyd · Capítulo 55 de 61

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Trío

Capítulo 8

Los focos estaban en su sitio, proyectando un potente chorro de luz, y también la tarima con su pantalla de vinilo al fondo —granulada, de color

«blanco antiguo»—, desplegada entre los dos ventanales, con las contraventanas de madera cerradas. Había un taburete para que Gary se sentara. Talbot comprobó el encuadre a través del visor de la Rolleiflex antes de montar el pentaprisma para corregir la inversión lateral de la cámara. Ya solo quedaba esperar a su modelo.

Se sirvió un poco de whisky con soda para tranquilizarse. Tenía en la cabeza la estúpida canción de moda —el parque, la tarta, la lluvia, la cobertura de azúcar verde derritiéndose y la puñetera receta perdida— y una frase en especial se repetía como en bucle en un magnetofón. «Planchado por la fiebre ardiente del amor como unos pantalones de rayás». Talbot nunca se acordaba de la música pop; para él era como el ruido del tráfico o de los aviones que pasaban por el cielo, pero esta canción lo tenía obsesionado. A lo mejor era por esa frase en concreto, como sacada de un poema metafísico de pacotilla, con su absurda acentuación del atributo gramatical y, no tuvo más remedio que reconocerlo, su particular asociación con el día en que conoció a Gary Hicksmith. Había salido a comprar una botella de leche y unas galletas, por si a Gary le apetecía una taza de té. Fue a la tienda de comestibles de Meadowbank que al parecer estaba abierta veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y resultó que la canción, la canción de su verano de 1968, estaba tintineando en un transistor al lado de la caja registradora, persiguiéndolo con su agobiante estribillo plañidero. El parque, la tarta, la lluvia, la cobertura de azúcar verde derritiéndose. Y los pantalones de rayás, por supuesto, planchados por la fiebre ardiente del amor.

Oyó el timbre de la puerta del jardín y fue corriendo a recibir a Gary.

Abrió la puerta, atenuando su sonrisa de bienvenida con la intención de dar a la situación un aire más profesional y desinteresado, no el de un amante que llega a un encuentro amoroso con la respiración entrecortada.

—Pasa, Gary, pasa —dijo, y de pronto quiso que Gary no se llamara Gary sino Tim o Sam. «Idiota —pensó—, esnob: ten cuidado».

Gary llevaba la misma ropa del día anterior: vaqueros claros y cazadora, pero se había cambiado la camiseta roja por una blanca.

—¿Está bien la ropa, señor Eastman?

—Perfecta. Pero no haremos nada hasta que empieces a tutearme.

—Muy bien, Talbot.

Entraron y subieron las escaleras hasta la sala principal. Talbot, que iba delante, vio que Gary se quedaba impresionado por los focos y la evidente profesionalidad del escenario. Le ofreció algo de beber —¿té, vino tinto, whisky?— y Gary aceptó «un vino tinto, gracias, Talbot».

Talbot le dio un sobre con un cheque por importe de cincuenta libras.

—Esto por tu tiempo. La comisión.

—Ah, estupendo. Gracias —Gary dobló el sobre y se lo guardó rápidamente en un bolsillo sin mirarlo.

El intercambio de dinero alteró ligeramente el ambiente, pensó Talbot, enfadado por habérselo dado tan pronto, como si la transacción restara informalidad a la ocasión. Fue a buscar el vino —a lo mejor eso ayudaba—

mientras Gary daba una vuelta, admirando la sala.

—Es un apartamento estupendo, señor… Talbot. Estupendo. Es… De muy buen gusto, no sé si me entiendes.

—Gracias. Me gustaría pasar más tiempo aquí.

Abrió el vino y sirvió dos vasos.

—¡Dios mío! ¿Qué es eso? ¿Fort Knox? —preguntó Gary—. Había visto la puerta de la galería con sus muchos cerrojos.

—Ahí es donde guardo las cámaras y las luces —dijo Talbot, pasándole el vaso de vino. Es un material caro. Vale miles de libras. Necesito saber que no corre peligro cuando no estoy aquí. Por esta casa pasa mucha gente.

—No me extraña —Gary sonrió—. Cuando algo vale tanta pasta hay que protegerlo.

—Eso es. ¿Empezamos?

Gary se sentó en el taburete y Talbot hizo el numerito de ajustar las luces meticulosamente, girar los soportes un par de centímetros a un lado y a otro, y aumentar o reducir la luminosidad.

—Puedes quitarte la cazadora —dijo—. La camiseta está bien.

Gary se quitó la cazadora y Talbot la colgó en el respaldo de una silla.

Entonces se colocó detrás de la Rollei, miró por el visor y mejoró el enfoque. Veía los rasgos fuertes y jóvenes de Gary en marcado claroscuro, listos para ser capturados. Una vena le latía claramente en el cuello, y la luz ensombrecía su trayectoria sinuosa a lo largo del músculo. Talbot sintió paradójicamente la cara inversa del antiguo temor de los pueblos primitivos: la convicción de que, al ser retratados, el maligno fotógrafo les robaba el alma con su aparato mágico. En este caso el modelo era inocente, ignorante y despreocupado. Era el fotógrafo el que robaba el alma deliberadamente. En unos momentos Talbot le robaría el alma a Gary Hicksmith, gracias al caro mecanismo capaz de detener el tiempo que tenía montado en su trípode, delante de él.

Vio que Gary estaba algo tenso, no estaba relajado.

—Piensa en otra cosa, Gary. Olvídate de la cámara. ¿Qué tal jugó el Arsenal ayer?

—No lo sé. La verdad es que no me interesa tanto el fútbol.

Clic. Talbot giró la película con la pequeña palanca de la Rollei. Te pillé.

—Entonces ¿qué hiciste el sábado por la tarde?

—Fui a pescar.

Clic.

—¿Pescaste algo?

—Un par de tencas. De un kilo.

—¿Te las cenaste?

Clic.

—Hay que devolverlas al agua.

Clic.

—¿De verdad? Parece injusto.

Talbot siguió con la cascada de preguntas, siempre banales, intercaladas por algún acertijo («¿Has pescado alguna vez con mosca seca?»). Esta hizo fruncir el ceño a Gary antes de responder. La cámara captó el momento, detuvo el tiempo: Gary Hicksmith quedó atrapado allí para siempre. Talbot terminó la película y la enrolló en el carrete.

—Vamos a hacer un descanso —propuso, y rellenó los vasos.

—Está riquísimo —dijo Gary, saboreando el vino—. En realidad no soy bebedor de vino.

—Es un borgoña —explicó Talbot—. Viene de un viñedo muy pequeño del este de Francia, en el valle del Saona. Son muy pocas hectáreas. Allí hacen este vino exquisito —sintió que se había puesto un poco pomposo—.

Pero te puede emborrachar, si le das una oportunidad —eso también sonaba falso.

—Seguro que cuesta un dineral —asintió Gary, mirándolo al trasluz.

—Bien lo vale.

—Si puedes pagarlo…

—Claro.

—Me da que podrías enseñarme muchas cosas, Talbot —murmuró Gary con aire pensativo—. Dejé el colegio a los dieciséis años. Quería ganar un poco de dinero y empecé a trabajar en los andamios. Como mi padre. Y

nada más.

—Aún tienes mucho tiempo, Gary. Eres joven.

—Sí. Pero no tengo estudios. Soy consciente. Quiero montar mi propio negocio y no sé nada, aparte de los andamios. Y de la pesca.

—Bueno, si puedo ayudarte en algo…

—Ya me has ayudado. Esas cincuenta libras que me has pagado serán mi depósito. He visto un patio pequeño en Muswell Hill. Andamios Hicksmith. En cierto modo ya estamos en marcha. En cuanto pueda comprarme un camión.

—¡Bravo! ¿Hacemos otra ronda?

Talbot repitió la operación y gastó otro rollo de película, convencido de que ya tenía lo que necesitaba. La cara de Gary, perfectamente iluminada, perfectamente revelada, estaría colgada en la galería en cuestión de uno o dos días.

Se alejó unos pasos de la cámara invadido por una sensación de serena alegría. ¿Estaba un poco ebrio? Puede que el borgoña y la penumbra, con Gary Hicksmith iluminado en el centro, lo estuvieran afectando un poco.

—Creo que ya lo tenemos, Gary. ¿Terminamos la botella?

Talbot cogió la botella de la mesa y, al dar un paso para acercarse a Gary, se enganchó la punta del zapato izquierdo con la esquina arrugada de la alfombra: tropezó, la botella se le escapó de los dedos y salió volando, y Talbot se estrelló contra el trípode de la cámara, cayó sobre una rodilla y se tiró de espaldas para romper la fuerza del impacto.

Notó que Gary saltaba del taburete y en un segundo estaba a su lado.

—¡Talbot! ¿Te has hecho daño? ¿Estás bien?

—Soy idiota. Sí, creo que sí.

Gary le tendió la mano y Talbot la cogió, entrelazando los pulgares para sujetarse mejor. Gary lo levantó entonces de un tirón, sin esfuerzo, y Talbot tuvo la sensación de salir despedido hacia delante al verse en pie de nuevo.

En ese medio segundo, se encontraron de repente muy cerca, con las caras a cuatro o cinco centímetros —Gary sorprendido, preocupado; Talbot resoplando—, y Gary lo agarró con fuerza del bíceps. Talbot se balanceó.

Vio la cara de Gary grande y nítida. Muy cerca. Cerquísima. Fue casi como un abrazo, pecho con pecho, cogidos de la mano.

En ese momento, Talbot tuvo el impulso de besar a Gary. Se inclinó hacia delante. Gary retrocedió.

—¡Te está sangrando el labio! ¡Joder!

Talbot retrocedió, fingiendo que volvía a perder el equilibrio.

—¡Perdona! ¡Perdona!

Le goteaba sangre de la barbilla. Se llevó la mano a la boca y se miró las puntas de los dedos rojas, pringosas. Seguramente se había roto la costra del labio al caer.

—¡Joder! ¿Estás bien?

—Ha debido de abrirse con la caída. Lo siento.

Gary lo miraba con un gesto muy raro.

—¿Qué está pasando, Talbot?

—Déjame que vaya a por un trapo —dijo Talbot. Y fue corriendo a la cocina, metió un trapo de secar la vajilla debajo del grifo y se lo puso en la

boca. Cerró los ojos, intentando borrar lo que había estado a punto de hacer.

Por alguna razón le vino a la cabeza una frase: «La osadía aterradora de un instante de abandono». ¿Por qué? ¿De qué canción, de qué poema? Uno, dos, tres. Volvió a la sala.

—Creo que a eso en el campo de fútbol lo llaman «topetazo» —dijo, forzando una sonrisa.

Gary seguía mirándolo con un gesto extraño. Talbot se dio unos toques en la herida abierta y miró el trapo que tenía en la mano, manchado de sangre.

—Mil disculpas, Gary. A lo mejor habrían tenido que darme algún punto en esa herida. ¡Qué putada!

Tuvo un recuerdo absurdo de Anny y Jacques Soldat, del puñetazo del filósofo. Del golpe responsable de esa costra. La costra que se había roto en el momento decisivo. ¿Qué vida era esa?, pensó. ¿En qué universo ocurría algo así?

—Disculpa, Gary —repitió—. Dios, Sturm und Drang. Tengo que estar atento a esa maldita alfombra.

—Sí, bueno, no ha pasado nada —dijo Gary en voz baja, metiendo las manos en los bolsillos, visiblemente incómodo—. Tú eres el que está sangrando. ¿Cómo te encuentras?

—Sobreviviré —dijo Talbot, casi con la sensación de estar oyendo pensar a Gary, rebobinando a toda velocidad los últimos momentos, tratando de entender lo que había estado a punto de ocurrir. Sigue hablando, sigue hablando, se ordenó—. Creo que necesito algo más fuerte que el vino

—dijo con forzado ánimo—. Algo medicinal.

Se acercó a un armario y sacó la botella de whisky y dos vasos.

—Para mí no, gracias —dijo Gary.

Talbot sirvió el whisky despacio, alegrándose una vez más de tener algo que hacer mientras ponía en orden las ideas y preguntándose cuál sería el desenlace de aquella situación tan horrible, tan incómoda. ¿En qué estaría pensando? Osadía aterradora. Locura. Insensatez. Le escoció el labio al dar un trago de whisky mientras observaba a Gary, que paseaba despacio por la sala.

—Mucho mejor. Gracias, señor Glenlivet.

—La verdad es que, bien pensado, yo también tomaré uno —dijo Gary

—. Si no te importa.

Talbot sirvió dos dedos de whisky en un vaso y se lo pasó.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó Gary—. Una caída como esa puede dejarte aturdido.

—Estoy bien. No me he roto nada —Talbot se sentó en el brazo de una butaca—. ¡Qué drama!

—Casi tiras la cámara al salir volando. Se ha tambaleado… He llegado a sujetarla por los pelos.

—Eso sí que habría sido un desastre.

Gary, que seguía sin sentarse, muy pensativo, bebió un sorbo de whisky.

Dejó el vaso con ruido, como si fuera a pronunciar un discurso o hacer un anuncio.

—Sí… —murmuró como si tomara una decisión—. Sí…

—¿Qué pasa? —preguntó Talbot, haciendo un esfuerzo por parecer neutral.

—La verdad, Talbot, es que justo en ese momento iba a pedirte algo.

Justo en ese momento.

—¿Ah, sí? ¿Qué?

—Un favor.

Talbot sonrió.

—Encantado de ayudarte.

—Es un favor de «dinero»…

—Ah —Talbot sintió que lo envolvía la tristeza. Se desinfló al recordar los constantes comentarios de Gary sobre el dinero en el poquísimo tiempo que habían pasado juntos, como si lo estuviera valorando, auditando. Un favor de dinero…

—No voy a marear la perdiz —dijo Gary sin rodeos, como tratando de apartar la vergüenza—. Iré al grano. Necesito doscientas libras. Es el precio de la señal de un camión de plataforma. He pensado que a lo mejor podrías prestármelas.

Talbot empezó a notar en el oído un murmullo de preocupación, como si la decepción adoptara la forma de un cosquilleo acústico. Procuró no hacerle caso. También le pareció detectar un cambio en el tono de voz de

Gary, que de repente se había vuelto más áspero, más grave, en cierto modo más insistente y controlador. ¿Era una señal de preocupación… nervios… o amenaza velada?

—Seguro que un banco te presta el dinero —dijo Talbot con naturalidad, lógicamente.

—Ya he pedido un préstamo al banco.

—Entiendo.

Se hizo un silencio que Talbot no tenía intención de romper. Fue Gary quien reanudó la conversación con la misma extraña aspereza.

—Si pudieras encontrar el modo de prestarme doscientas libras sería todo muy distinto. Te las devolveré con intereses, por supuesto. Pero necesito ese camión: no puedo empezar el negocio sin él.

—Es mucho dinero, Gary.

—Sí. Ya lo sé. Es mucho dinero para mí. Pero… sin ánimo de ofender… no lo es para ti.

A Talbot no le sentó bien la idea implícita. La suposición fácil y complaciente le dio un poco de rabia. Talbot «Eastman»: un hombre rico.

Un hombre rico al que saquear. El zumbido en el oído se hizo más fuerte.

No estaba aturdido por el vino ni por la descarga de adrenalina de la caída; sabía perfectamente qué estaba pasando. Se levantó.

—El caso es que quieres que te «preste» doscientas libras.

—Eso es. Te lo agradecería muchísimo. No conozco a nadie más a quien pueda pedírselo. Pareces buena persona. Has sido muy amable conmigo. Por eso pensé…

—Pensaste por qué no intentar presionarme para que te haga un préstamo.

Gary puso cara de sorpresa. Una sorpresa estudiada, pensó Talbot.

—¿Qué? ¿De «qué» presión me hablas? Es una simple petición.

—Es una simple petición pero me resulta curioso el momento que has elegido para hacerla. No va a funcionar.

—No entiendo qué quieres decir.

Talbot notó que se le tensaban los músculos de la cara. Le fue imposible conservar la sonrisa.

—Sé lo que está pasando, Gary. No soy tonto. Por favor, no me tomes por tonto. Sé leer entre líneas.

Gary levantó las manos.

—Oye. Por favor, Talbot. Es una petición muy sencilla. Puedes decir que sí o puedes decir que no. Punto final.

—Es todo lo contrario de sencilla. Está llena de matices desagradables.

De «y sis» y de peros. De «o si no te vas a enterar». ¿Qué pasa si decido no prestarte el dinero? ¿Qué pasa entonces? Dime, ¿qué harías? ¿Eh? Etcétera, etcétera.

—¿Etcétera, qué? —Gary subió la voz—. ¿Qué insinúas?

—Que intentas sacar algo de la más absoluta nada. No va a funcionar.

Lo siento.

—Hablas en chino, Talbot.

—Tradúcelo.

—¿Qué cojones estás diciendo?

Estaban frente a frente, a medio metro. Talbot notaba la tensión en el pecho, le faltaba el aire por culpa de la emoción concentrada a lo largo de un enfrentamiento que ni esperaba ni quería. Necesitaba oxígeno, estaba casi mareado. ¿Cómo se había metido en semejante situación? Viejo idiota, equivocado y patético.

—Creo que es mejor que te vayas —contestó, con la mayor serenidad y neutralidad posibles—. Tienes cincuenta libras. Te las has ganado. Te las prometí y no voy a anular el cheque.

—Sigo sin entender qué dices.

—Yo creo que sí lo entiendes.

—¿Es porque querías…?

Gary se quedó callado. Lo miró con aire de crispación, claramente molesto al comprender de repente las insinuaciones de Talbot. Entonces se sacó del bolsillo el sobre con el cheque. Lo rompió en dos y luego en cuatro. Y lanzó los pedazos al aire.

—Guárdate tu cochino dinero. No lo quiero —señaló a Talbot con un dedo tembloroso y la cara contraída y encogida de rabia—. Puto pirado.

Puto bicho raro —y con esto cogió su chaqueta y se marchó.

Talbot por fin podía respirar. Tragó saliva. No; lo vio todo claro en un segundo. No; lo había interpretado todo mal, lo había hecho rematadamente mal, increíble y alucinantemente mal.

Fue hasta la ventana y forcejeó como un anciano con el cierre de las contraventanas, con tal temblor en las manos que apenas era capaz de ejecutar una operación tan elemental. Por fin las separó de mala manera y vio a Gary, que se acercaba a grandes zancadas por el césped hacia la puerta del jardín y la abría bruscamente.

Talbot golpeó varias veces el cristal. Lo aporreó con los nudillos.

—¡Gary! —gritó—. ¡Espera! ¡Por favor! ¡Espera un segundo!

Pero Gary no se volvió a mirar, y en un instante se había esfumado.

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