Trío

William Boyd · Capítulo 49 de 61

Páginas del PDF

Trío

Capítulo 2

Talbot firmó el cheque de Kincade. Ahora que habían pasado un par de días la suma le pareció excesivamente generosa, teniendo en cuenta que la misión de París resultó ser un rotundo fracaso. Por otro lado, Kincade había sido meticuloso con las cuentas y había guardado los recibos. Además, Talbot había aceptado doblar los honorarios, y Kincade le avisó siempre que tuvo que hacer un gasto extra —el disfraz de editor americano o el coche de alquiler—, así que no podía quejarse. A pesar de todo, el rencor persistía, aunque quizá no tuviera nada que ver con el dinero, pensó, sino más bien con el hombre de negro sentado delante de él: provocador, sarcástico, inquietante. Kincade lo sacaba de quicio.

Abanicó el cheque para que se secara la tinta y se lo dio a Kincade, que lo examinó a fondo, como si pudiera ser falso. Eso es, justamente, pensó Talbot. Siempre liándola como quien no quiere la cosa.

—¿Contento? ¿La cantidad está bien?

—Perfecto. Lo hemos hecho lo mejor posible, señor Kydd. Lo único que siento es no haber estado allí cuando ese cabrón de Soldat le dio un puñetazo. ¿Qué tal va el labio?

Talbot se palpó con aire pensativo la costra abultada en el labio inferior.

Soldat se lo había partido con el puño, y ahora tenía una raja fea, negra y dura, casi en el centro.

—Bien, gracias.

—No, gracias a ti, señor Kydd. Ha sido una lección, sinceramente. La verdad es que me he enamorado un poco de París. Volveré pronto, eso seguro —se levantó—. Creo que hemos hecho un buen equipo. Tú el cerebro y yo los músculos, por así decir. Tú ideabas la estrategia y yo la ejecutaba.

—Sí, bueno, puede ser.

—Kydd y Kincade —se echó a reír—. Suena como el título de una de tus películas.

—Muy gracioso.

—Si alguna vez necesitas mi ayuda ya sabes dónde encontrarme.

—No lo dudaré.

Kincade ya estaba en la puerta cuando se detuvo y miró fijamente a Talbot.

—En serio, señor Kydd, si me permite un consejo… Creo que debería…

—No necesito ningún consejo tuyo.

—Yo creo que sí. Lo que te pasa es que no aceptas que…

—Un placer trabajar con usted, señor Kincade.

—Sí… Sí. Vale. Ya nos veremos un día de estos en el Icebox.

Sonrió, salió y cerró la puerta despacio. Ken Kincade… Talbot vio que ya no era capaz de conseguir el estado de ánimo que buscaba. Kincade había resultado ciertamente valioso las dos veces que lo contrató. No era culpa de Kincade que a Talbot lo alterara y fastidiara un poco su presencia.

La confianza y el desenfado de Kincade eran lo opuesto a su naturaleza reservada y hermética, y Talbot lo sabía. ¿Cómo se decía en francés?

Kincade se encontraba bien dans sa peau, a gusto en su piel, de una manera en la que Talbot no creía que pudiera llegar a sentirse nunca. Y entonces se preguntó qué «consejo» quería darle Kincade. Podía haber sido interesante.

Demasiado tarde.

Miró el reloj. Reggie le había pedido que pasara por una localización en el campo. Parecía eufórico cuando hablaron por teléfono.

El coche de la unidad de rodaje lo llevó a las afueras de Brighton; según el chófer, a un pueblecito que se llamaba Tanyard Malling. Se desviaron en dirección a Lewes y continuaron por una carretera de un solo carril y llena de baches que parecía más una pista de carros que una vía secundaria. Por fin llegaron a un camino estrecho y cubierto de hayas, y Talbot vislumbró entre los árboles una iglesia antigua, pequeña y baja, rodeada por unas cuantas casas. Tanyard Malling era una aldea más que un pueblo, pensó. Se alejaron del camino por un campo segado donde los esperaba la habitual caravana de vehículos. El chófer aparcó y le abrió la puerta a Talbot.

—Están todos al lado de la iglesia, jefe —dijo.

Talbot echó a andar entre los rastrojos y siguió por un camino donde estaba aparcado el Mini amarillo de Ben y Emily. Al pasar por delante del coche vio que el parabrisas estaba destrozado, como si un cuerpo lo hubiera atravesado.

La iglesia —de piedra, con ventanas ojivales— parecía el centro de la actividad. Talbot vio a Troy sentado en el pórtico de madera, repasando el guion. A los pies del campanario achaparrado habían puesto un tablero sobre dos caballetes, y allí, para sorpresa de Talbot, estaba Janet Headstone, escribiendo a máquina. En todos sus años como productor nunca había visto a un guionista en el plató, y mucho menos escribiendo. Iba a acercarse a saludarla cuando Reggie lo asaltó. Parecía de un humor espléndido. Por fin algo iba bien.

—Talbot, me alegro de verte. Tienes que ver esto por ti mismo para que lo entiendas —señaló a Janet—. Esa tía es la hostia, es un genio. Hemos resuelto el problema. Ya no necesitamos a la zorra excéntrica de Anny Viklund. A Janet se le ha ocurrido una idea maravillosa.

—Tranquilo, Reggie. Cuéntamelo despacio.

Volvieron por el camino hasta el Mini accidentado, y Talbot puso toda su atención en el torrente de palabras con que se explicaba Reggie.

—La última escena que tenemos de Anny y Troy juntos es cuando están debajo del muelle, ¿no? Vuelven a verse después de que ella huyera, se perdiera y todo eso. En un plano general oímos a Troy en off, diciendo: «Te espero en la iglesia de San Salvador. Tengo que darte una cosa».

—Sí. Te sigo.

—Entonces pasamos a un plano de Troy… de Ben… esperando a la puerta de la iglesia —Reggie señaló hacia la torre de Tanyard Malling—.

Eso es San Salvador. Troy abre un estuche de terciopelo en el que hay una alianza de oro. Va a pedirle a Emily que se case con él.

—Sí, lo entiendo. ¿Pero no sería un anillo de compromiso? ¿Un diamante?

—Necesitamos una alianza de oro. El símbolo sencillo del círculo.

—Bien. Lo que tú quieras.

—Janet se acordó de que habíamos grabado muchas tomas del Mini amarillo por carreteras rurales. Y dijo: «¿Por qué no las usamos?».

—¿Y eso que tiene que ver con la proposición de Troy?

—Suponemos —explicó Reggie— que Emily viene en el Mini hacia San Salvador, donde Ben la está esperando.

Reggie gesticuló con las manos.

—Hacemos una toma, una toma larga del Mini circulando bastante deprisa por un camino de baches. Lo vemos coger una curva. Lo perdemos de vista. ¡BUM! ¿Sigues conmigo?

—Sí, Reggie.

—Ben oye el golpetazo desde la iglesia. ¡Un accidente! ¡No! Echa a correr por el camino y ve el coche estrellado contra un árbol, con el parabrisas reventado, y a Emily tirada en el centro de la carretera. Muerta.

—¿Muerta?

—¿No es brillante?

—Has dicho que no necesitábamos a Anny.

—Usaremos a su doble. Boca abajo.

—Ah. Vale. Sigue.

—Ben se queda paralizado, destrozado. No se puede creer que el cruel destino haya matado a la mujer que estaba a punto de convertirse en su prometida justo cuando estaba a punto de recibir su proposición de matrimonio. Enloquecido de dolor, arrastra el cuerpo de Emily, lo mete en el coche y prueba el motor. Arranca.

—¿Y entonces qué?

—Este es el golpe genial de Janet.

—Ilústrame.

—Troy va en el coche a Beachy Head.

—Entiendo —el escepticismo de Talbot empezaba a disminuir. Por fin veía la lógica.

—Entonces pasamos a un plano del interior del coche en Beachy Head

—explicó Reggie—: Ben al volante y el cuerpo de Emily desmadejado a su lado. Van derechos hacia el borde del acantilado… Cada vez más deprisa —

Reggie hizo una pausa—. Tenemos que grabar esa escena este lunes, por cierto, después del fin de semana.

—Y a Emily no se le ve la cara, claro.

—No. Está como doblada. Ben está llorando, histérico. El coche va lanzado hacia el borde del acantilado. Y aquí viene el tercer golpe maestro de Janet —Reggie hizo una mueca de alegría desmedida y apretó los puños

—. Ben… Troy… Mira el cuerpo de Emily y dice: «No te preocupes, Emily. Estaremos siempre juntos. Tenemos nuestra escalera a la luna». Y el Mini amarillo salta por el acantilado. Desaparece. Empieza la música. No hay un solo ojo seco en el cine.

Talbot se quedó pensativo. Podía funcionar, sí.

—Y —añadió Reggie— desde tu punto de vista de productor, la película habrá terminado en tiempo y forma. A lo mejor hay que hacer algún retoque pero, sinceramente, hemos rodado kilómetros de película mientras esperábamos a que la puñetera Anny volviera de su excursión a París. Tenemos nuestra película, Talbot. Y el título ahora tiene sentido.

Reggie siguió cotorreando, hablando de posibles interpretaciones. ¿Era fantasía? ¿De verdad había una escalera a la luna? ¿Iban los enamorados a una especie de hipotético cielo lunar? ¿O era un simple acto de suicidio provocado por un dolor y una pérdida insoportables? Suave o rugoso.

Bingo. Empezó a soltar nombres: Adorno, Freud y la Escuela de Frankfurt, pero Talbot dejó de escucharlo y se puso a pensar en la logística. De una cosa estaba seguro: el inmenso problema de la desaparición de Anny Viklund, aparentemente insuperable, se había resuelto de un plumazo.

Talbot y Reggie volvieron despacio a la iglesia, discutiendo algunos detalles prácticos del rodaje del salto del coche desde el acantilado de Beachy Head.

—¿Qué te ha pasado en el labio, por cierto?

—Un puñetazo de un filósofo francés.

—No, en serio. ¿Qué te ha pasado?

—Me di con una puerta.

—Deberías tener más cuidado, Talbot.

Reggie dijo que quería lanzar el Mini por el acantilado y estrellarlo en el mar literalmente. Sería caro pero valdría la pena, argumentó. Talbot aceptó sin dudarlo. El nuevo final le estaba ahorrando un montón de dinero. Un Mini destrozado no tenía la menor importancia. Estaba a punto de ir a

felicitar a Janet cuando vio que Troy le hacía señas desde el pórtico. Se acercó a él.

—¿La encontraste, Talbot?

—Sí… Pero no quiso venir.

Troy tensó la mandíbula y consiguió no perder la compostura mientras recibía las malas noticias.

—Tiene demasiado miedo de que la detengan —dijo—. En Francia está segura. Allí se siente segura. Por lo visto es casi imposible que la extraditen desde Francia.

Entonces Talbot vio que a Troy se le llenaban los ojos de lágrimas y se le formaba un hoyuelo en la barbilla. Al verlo tan triste, Talbot se acordó de la acusación de Soldat sobre Anny y Troy… Puede que hubiera algo de verdad.

—¡Joder! —protestó Troy con voz ronca—. ¡Qué puto lío! —Blandió las páginas nuevas del guion—. Eso lo explica todo. Ya podéis terminar la película sin ella.

—Sí. La necesidad agudiza el ingenio.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que no teníamos elección. Le rogué que viniera, le prometí que nuestros abogados se ocuparían de resolverlo todo. Y no quiso.

—Todo es por ese puto vejestorio francés, ¿no? Soldado, o como se llame. La tiene dominada.

—Parece que lo está organizando todo —asintió Talbot, y decidió no decir nada de la rueda de prensa.

Troy suspiró, relajó los hombros, echó la cabeza hacia atrás y volvió la vista al cielo. Miró de nuevo a Talbot.

—¿Qué te ha pasado en el labio?

—Me resbalé al salir del baño.

OceanofPDF.com