Trío

William Boyd · Capítulo 15 de 61

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Trío

Capítulo 14

—¿Se encuentra bien Anny? —le preguntó Talbot a Joe.

—Está un poco callada. Hemos cancelado su parte del rodaje para hoy.

La llevé al hotel. A Rodrigo le pareció que era mejor que se tomara la tarde libre. Mañana toca la gran escena.

—¿Cuál?

—La escena de amor con Troy.

—Vaya. ¿El desnudo?

—Eso todavía está en discusión —dijo Joe. Pero no podía ocultar la curiosidad—. ¿Qué ha dicho exactamente la policía, jefe?

—Este tío fugado del FBI, Cornell Weekes, podría estar camino de Brighton.

—¿En serio?

—Anny es la única persona a la que conoce aquí. Estuvieron casados, por lo visto muy poco tiempo. Es un poco preocupante…

Joe parecía impresionado.

—Y el que estuvo en la oficina era un agente del FBI, ¿no? ¡Vaya!

—Justo lo que nos faltaba: un fugitivo del FBI —Talbot miró al cielo, como si suplicara a los dioses del cine que no le hicieran eso.

—Ah, una cosa —dijo Joe—. Silvia Slaye quiere verte.

Talbot notó que le ardía la úlcera.

—¿Dónde está?

—En vestuario.

Talbot fue andando hasta la unidad base, instalada en un aparcamiento municipal, cerca de Chapel Street. Al acercarse vio el revoltijo habitual de vehículos: caravanas de actores, instalaciones de catering y lavabos, peluquería, maquillaje y vestuario en sus camiones más grandes, con una escalera en la parte de atrás, y todo tipo de furgonetas y camiones aparcados

de cualquier manera, cargados con focos, cables y equipo de cámara. Un poco como el cuartel general de un batallón, pensaba siempre, al mando de un oficial que no había oído hablar de las líneas paralelas.

Subió la escalera del camión de vestuario como quien va al cadalso. Ya había trabajado con Sylvia Slaye y sabía a qué atenerse.

—¡No estoy decente, cariño! —gritó Sylvia al verlo entrar por la puerta.

Antes de darse la vuelta, Talbot llegó a ver unos pliegues de carne blanca, unas bragas y un sujetador rojo, y un pelo aclarado con agua oxigenada que asomaba como una fregona del cuello de un vestido de lentejuelas de color violeta.

—Ya puedas mirar, viejo verde.

Talbot dio media vuelta. Sylvia estaba tirando del vestido para pasarlo por las caderas. No había adelgazado desde la última vez que se vieron, pensó Talbot. Después se puso una boa de plumas rosas alrededor del cuello.

—¡Tachán! —exclamó, abriendo los brazos.

Se dieron un beso. Talbot retrocedió un paso. El vestido era demasiado ceñido para tantas carnes y dejaba a la vista demasiado escote. Y era corto: llegaba por la mitad del muslo.

—¿Qué te parece? —dijo Sylvia, posando.

—Tienes que hacer de ama de casa, Sylvia. Pareces… Estás demasiado… Glamurosa.

—¡Venga ya, Talbie! Es lo que esperan de Sylvia Slaye: un poco de glamur en sus vidas tristes.

Talbot sonrió. Tendría que hablar con Rodrigo. Esto era absurdo.

Sylvia se había sentado en una silla y estaba embutiendo los pies en unos tacones de aguja; la presión de los brazos estirados ahondaba el profundo canalillo entre los pechos. Increíble que en otra época la hubiesen llamado la Brigitte Bardot inglesa, pensó Talbot, que la recordaba en su momento de esplendor, en la década de los cincuenta, cuando trabajaron juntos en Muerte repentina en el Soho. Sylvia se especializó en papeles de novia de gánster y «mujer de la noche» en thrillers sórdidos y baratos antes de conseguir varios taquillazos con una serie de películas sobre un mismo personaje, Milly Jenkins. Milly Jenkins va de cámping, Milly Jenkins se

casa, Milly Jenkins se enrola en el Ejército y otra media docena de entregas, todas ellas comedias británicas picantes, plagadas de insinuaciones sexuales y exhibiciones de las curvas de Sylvia, cada vez más amplias.

Se acordó de pronto: fueron los Appleby quienes insistieron en contratar a Sylvia. Los Appleby, con su influencia lejana pero poderosa e imposible de ignorar. Talbot le ofreció la mano a Sylvia, viendo que le costaba ponerse en pie. Interpretaba el papel de la señora Bracegirdle, la madre de Emily. Ferdie Meares era el señor Bracegirdle.

—Siempre he pensado que eras un cabronazo mezquino y tacaño, Talbot Kydd —dijo una voz masculina a sus espaldas.

Como si le diesen pie, Ferdie Meares entró en vestuario, insinuando con una sonrisa amplia y falsa que lo decía en broma. Llevaba un traje de tweed en tonos naranjas, como si acabara de llegar a la ciudad de un refugio rural.

—No sé qué me indujo a aceptar tu miserable oferta.

—Eres libre de rechazarla, querido Ferdie. Nadie quiere que hagas esta película a la fuerza.

—¿Y perder la oportunidad de reunirnos en la pantalla? Lo que hay que oír —Meares se acercó a Sylvia, la abrazó y le dio un beso húmedo en la mejilla. Era un nombre anormalmente flaco, con la barbilla floja, la nariz ganchuda y los ojos saltones. Había sido el tonto de un dúo cómico —

Moore y Meares— en espectáculos de variedades, que terminó con la muerte repentina y prematura de Moore. Sin embargo, Ferdie siguió ganándose la vida holgadamente en el cine, interpretando papeles cómicos de tonto remilgado y quisquilloso en innumerables películas británicas: el profesor inepto, el trabajador pelota de la Oficina de Empleo, el soldado torpe que no sabe desfilar y cosas así. Un individuo de lo más desagradable, pensó Talbot, forzando una sonrisa.

—Siempre es un placer tenerte a bordo, Ferdie —mintió.

—Espero conseguir mi recompensa en el cielo —dijo Meares, sonriendo con la boca pero no con los ojos.

—Querías verme, Sylvia —dijo Talbot.

—Sí… No estamos contentos con el alojamiento —explicó—. ¿Verdad, Ferdie?

—Ni con el medio de transporte, ya puestos —añadió Ferdie.

Talbot les dijo que hablaran con Joe. Solo los necesitaban para un par de días de rodaje, pero querían suites en el Metropole y su propio coche con chófer disponible en todo momento. Ninguno de esos extras figuraba en sus contratos, pero ¡qué coño! Talbot volvió al Grand extrañamente desanimado. Sylvia y Ferdie estaban completamente equivocados: nadie iba a creerse que eran los padres de Anny Viklund; además, sabía que Reggie

«Rodrigo» Tipton no tenía la personalidad necesaria para enfrentarse a sus inmensos egos y sus continuas exigencias. A lo mejor podían eliminarlos en el montaje, pensó, tratando de consolarse.

Pidió el Alvis, se puso al volante y enfiló hacia el este por la carretera de la costa, en dirección a Rye. Necesitaba alejarse un rato de La utilísima escalera a la luna de Emily Bracegirdle. «Volver a mi mundo —pensó— y un paréntesis de cordura».

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