Trío

William Boyd · Capítulo 23 de 61

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Trío

Capítulo 22

Talbot tardó un minuto —menos— en darse cuenta de que la chica era un desastre. El mero hecho de llamarla «chica» casi parecía una broma. Había puesto el anuncio de costumbre en el Photographer’s Journal. «Se necesitan modelos jóvenes, hombres o mujeres, para manuales de medicina y revistas de arte. Imprescindible excelente forma física». Recibió tres respuestas inmediatas —dos hombres y una mujer— y había elegido a la que tenía una dirección de Londres, la supuesta chica joven. No tenía sentido traer a un chico de Escocia o de Yorkshire para un par de horas en el estudio.

La chica que llamó a la puerta del jardín (como se le había indicado) a la hora señalada, sonrió y dijo: «Hola, soy Lorraine». Era bajita y peligrosamente delgada, con el pelo teñido de negro y mal cortado, con pinta de pollo desplumado, pensó Talbot, y calculó que estaba más cerca de los treinta que de los veinte. No se parecía en nada a la fotografía que envió como muestra de su idoneidad como modelo. Talbot siempre pedía una foto, porque necesitaba un tipo de chica en particular. El tipo de chica era vital —con aire de chico y tirando a salvaje—, y Talbot normalmente lo adivinaba por las fotos que enviaban. Pero esta Lorraine era totalmente distinta de su imagen publicitaria, y su forma física tampoco era excelente.

La piel pálida acentuaba las cicatrices del acné en las mejillas y componía un triste punteado de manchas rosas y azules, y por encima de la cinturilla de los vaqueros se derramaba una barriga inverosímil en una chica tan exageradamente flaca. ¿Estaba embarazada? Talbot sintió de pronto el cansancio de la decepción inesperada; la leve amargura al comprobar que el mundo ha vuelto a fallarte.

De todos modos, invitó a Lorraine a entrar en casa y pasar al salón, maldiciendo su mala suerte. Tenía que terminar la entrevista lo antes

posible.

—Lo siento mucho —dijo— pero parece que mi cámara se ha roto —

señaló su Rolleiflex, montada en el trípode. Todo estaba listo para la sesión: el fondo de lino, la lámpara de quinientos vatios y el flash—. Tengo que mandarla a reparar. Te pido disculpas.

—¿No tienes otra cámara?

—Claro, varias. Pero por desgracia no sirven para este trabajo.

Sacó la cartera y le dio a Lorraine un billete de diez libras, los honorarios que habían acordado.

Lorraine cogió el billete, le dio la vuelta, lo examinó, lo dobló y se lo metió en un bolsillo con arrogancia, casi con desprecio, pensó Talbot.

—Bueno, he perdido el sábado —protestó, con un punto de agresividad

—. Vengo desde Dagenham.

Talbot se sacó del bolsillo un billete de cinco libras.

—Para los gastos. Un puñetero contratiempo. Lo siento mucho.

—Sí —Lorraine lo miró con aire cómplice—. De todos modos podríamos… ya sabes… aunque se haya roto la cámara.

—No te entiendo.

—No soy idiota, señor Eastman. Todos sabemos lo que significa

«modelos jóvenes». He hecho esto muchas veces. Podríamos divertirnos un poco. Me has pagado. He venido hasta aquí.

—Me parece —Talbot cerró los ojos— que estás cogiendo el rábano por las hojas. Soy fotógrafo profesional.

—¿El rábano por las hojas? —repitió Lorraine—. A ver cómo es tu rábano. Sé hacer un montón de cosas con un rábano…

—Creo que es mejor que te vayas, si no te importa.

Talbot la acompañó hasta la puerta fingiéndose ofendido en su dignidad, tenso y callado. Al ver la tela floja en el trasero de los vaqueros de Lorraine

—sin nalgas—, de pronto cayó en la cuenta de que seguramente era adicta a alguna droga. Caveat emptor.

En la puerta del jardín, Lorraine lo amenazó, señalando con el dedo.

—Recuerda que sé dónde vives. No puedes hacer esto.

—Y yo sé quién eres —contestó Talbot, sin alterarse, fingiendo indiferencia—. Y mi abogado también lo sabrá si me creas problemas —era

consciente de que tenía la indemostrable convicción del patricio de que toda amenaza con la «ley» asustaba a los pobres y a los trabajadores.

—Que te den, viejo pervertido de mierda —dijo Lorraine, y echó andar calle abajo con sus quince libras.

Talbot cerró la puerta del jardín y echó el cerrojo con la sensación de haberse quitado un peso de encima, de que ya podía relajarse. Era muy raro que sus modelos se pusieran desagradables o le amenazaran. Solo le había ocurrido un par de veces antes: las dos con chicos. Era inquietante que una mujer le insultara. Poner anuncios en revistas fotográficas de prestigio era la coartada ideal. Había docenas de anuncios cifrados similares en la contraportada de estas publicaciones —para modelos masculinos y femeninos—, siempre redactados con el máximo decoro, ocultando los motivos normalmente carnales, sin duda.

Se distrajo de pronto con una serie de golpes metálicos y porrazos de tablas caídas desde cierta altura, seguido de un coro de voces roncas en la calle. Al levantar la vista vio que la fachada trasera de la casa de al lado estaba cubierta de andamios. El ruido seguramente indicaba que ahora estaban montando el andamio por delante. «Más ruido que una cuadrilla montando un andamio», pensó; a saber por qué le vino a la cabeza este símil. Entró en casa y se sirvió un buen vaso de escocés con soda, ligeramente alterado por el encontronazo con Lorraine. Se acabaron sus planes para el sábado, su precioso fin de semana. Con la ilusión que le hacía la sesión de fotos —uno nunca sabía lo que podía surgir de esos encuentros, y esa era una parte esencial de la emoción—, y ahora tenía por delante un día vacío hasta la hora de ir al Royal Festival Hall para el concierto de Humphrey.

Buscó entre los pocos libros que tenía en el apartamento y encontró un ejemplar de Una habitación con vistas. Se acordó con dolor de Zoë, que había estudiado Pasaje a la India para la reválida de bachillerato. «Es de Em Forster», le había dicho Zoë con confianza. Era encantadora a los dieciséis años, pensó Talbot; había tardado en dejar atrás su inocencia preadolescente, como reacia a enfrentarse al mundo adulto que se le echaba encima sin piedad, demasiado deprisa para su gusto. Talbot se acordó de

cuánto le gustaba a Zoë la compañía de su padre por aquel entonces: pasaban mucho tiempo juntos. Y después todo cambió.

Rellenó el vaso de whisky, cogió los cigarrillos y volvió al jardín a sentarse en el banco, a la sombra del manzano. Pensó en ir al nuevo restaurante italiano de Erskine Road a tomar un plato de pasta.

Encendió un cigarrillo y abrió el libro, pero al ver la página impresa se acordó de repente de Yorgos y el contrato de Las hojas cuando arden.

Había aplazado mentalmente ese asunto a propósito, convencido —seguro

— de que John Saxonwood estaba exagerando. John le había dicho que el contrato estaba en francés y, a su entender, YSK transfería ahora los derechos cinematográficos de la obra a FUMODOR, S. A., una empresa con sede en Luxemburgo. Él, Talbot Kydd, figuraba como uno de los directores de la empresa, pero no era su dueño y tampoco había aportado nada a la cantidad —quinientos mil francos— requerida como depósito a todas las empresas de responsabilidad limitada que operaban en Luxemburgo. Y eso, explicó John, era lo que le preocupaba. ¿Quién había puesto el dinero?

¿Yorgos? ¿O Yorgos y otros socios? ¿Por qué no habían invitado a Talbot a contribuir? «Tiene que haber una explicación sencilla —dijo Talbot—, déjame hablar con Yorgos». «Yo no duermo tranquilo», contestó John Saxonwood.

Talbot pensó en el giro que habían dado los acontecimientos. Con una mano en el corazón habría jurado sobre el proverbial montón de biblias que Yorgos Samsa jamás intentaría engañarlo a conciencia, y mucho menos estafarlo. A lo mejor estaba siendo ingenuo, pero Yorgos le había salvado la vida, profesionalmente, como mínimo en tres ocasiones. Claro que era una especie de cliente escurridizo —era productor de cine, por Dios—, pero este plan de FUMODOR, S. A. tenía que ser algo beneficioso para YSK Films en el futuro: eficiencia fiscal, devoluciones, subvenciones, ayudas, algo de eso. Y en todo caso no había firmado nada, así que de momento todo estaba en compás de espera. Esperaría la oportunidad de tener una conversación en condiciones, el momento de mirar a Yorgos a los ojos y descubrir en qué consistía exactamente su astuto plan.

Leyó unas cuantas páginas de Una habitación con vistas antes de que la repentina intromisión de la música lo desconcentrara. Otra vez esa puñetera

canción: la del parque y la tarta y la lluvia y la receta perdida. Se levantó y se puso la mano de visera; vio a un hombre, desnudo de cintura para arriba, subido en el último piso del andamio, con lo que parecía una radio portátil, grande, gritando indicaciones incoherentes a los compañeros que estaban delante de la casa. Algo en la pose y la musculatura del hombre subido en el andamio hizo que Talbot entrara corriendo en el apartamento y volviera segundos después con su Pentax preparada con un teleobjetivo. Sin alejarse de la sombra del manzano, para pasar desapercibido, enfocó al trabajador que iba bajando despacio, apretando tuercas en cada piso con una especie de llave inglesa y desplazando ligeramente las plataformas con la punta de las botas para asegurarlas mejor. Iba a pecho descubierto porque hacía buen tiempo y Talbot pudo ver por el teleobjetivo, cuando bajó otro piso, que era un chico joven, de unos treinta años, delgado, musculoso, de cintura estrecha, hombros anchos y pectorales planos. Talbot se fijó en la flexión y extensión de los músculos por debajo de la piel ligeramente bronceada y sucia, mientras el joven apretaba las tuercas de las piezas que sujetaban los tubos del andamio.

Perfecto, pensó con admiración. Le dejaré que ponga esa música tan tonta. Ya quisiera Lorraine estar tan en forme… Volvió al banco, dejó la cámara y cogió el libro. Vio que había doblado hacia dentro la esquina de una página y lo abrió por ahí. Leyó unas líneas:

—Bueno —dijo él—. Si no les gusto qué le voy a hacer. Hay barreras inamovibles entre ellos y yo, y tengo que aceptarlas.

—Supongo que todos tenemos nuestras limitaciones —contestó Lucy sabiamente.

—Aunque a veces nos las imponen por la fuerza —dijo Cecil, viendo que Lucy, a juzgar por su comentario, no llegaba a entender del todo su situación.

—¿Cómo?

—¿No es distinto cuando nos encerramos nosotros que cuando nos quedamos fuera por las barreras que levantan otros?

Lucy lo pensó unos momentos y coincidió en que era distinto.

Talbot bostezó y cerró el libro, no le interesaba tanto, y se fijó en que algunas hortensias del parterre empezaban a marchitarse. Se levantó y fue hasta la zona pavimentada donde guardaba las pocas herramientas de jardinería en un arcón de madera, en la esquina de la casa, donde la tapia del jardín formaba un ángulo recto con el cuarto oscuro. En el rincón

también había un barril que recogía el agua de la lluvia, y Talbot levantó la tapa del arcón para sacar la regadera, llenarla en el barril y dar a las hortensias lánguidas su bendita ración de humedad. Ya puestos habrá que regarlas todas, pensó, y volvió al barril.

Más tarde se paró a pensar en lo extraña que era la sensación de que el tiempo se ralentizaba cuando ocurría un accidente: no exactamente a cámara lenta, sino como fragmentado, dividido en una serie de cortes bruscos. Con la visión periférica vio un bulto pequeño y oscuro que caía deprisa. Después oyó un trompazo, al estrellarse algo contra el borde de la tapia que separaba los jardines, y varios cristales de la ventana del cuarto oscuro reventaron, cubriendo el suelo de esquirlas alrededor de Talbot con un tintineo estridente.

Se tambaleó hacia atrás, notó el crujido de las esquirlas al aplastarlas con los pies y vio en el suelo una de las piezas metálicas con que los operarios unían los tubos del andamio. Se agachó para recogerla, imaginando, sin saber por qué, que estaría caliente, como un meteorito.

—¿Se encuentra bien? —preguntó una voz desde arriba.

Levantó la vista y vio al joven que lo miraba con medio cuerpo fuera del andamio. Curiosamente, Talbot no podía quitarse de la cabeza la desquiciante canción del parque, la tarta de azúcar derretida por la lluvia —

seguía sonando en la radio, como si fuera eterna— y la receta que no aparecía. De pronto se preguntó si estaba en shock.

—¿Le ha dado? —preguntó el joven, apagando la radio.

—No —gritó Talbot, recuperándose—. Me he librado por poco.

—No se mueva, señor. Enseguida bajo.

—Hay una puerta en el callejón —le indicó Talbot. Extendió las manos: le temblaban ligeramente. ¿Qué habría pasado si la pieza le hubiera dado en la cabeza? ¿Invalidez? ¿Muerte instantánea…?

Fue despacio hasta la puerta del jardín y la abrió. Recogió la pieza mientras el trabajador entraba.

—Casi me da —dijo—. Tiene que poner más cuidado.

El joven estaba jadeando, todavía sin camisa, con unos vaqueros sucios y unas botas resistentes. Talbot le pasó la pieza. El chico la examinó a fondo.

—¿Cómo ha podido caerse? No lo entiendo —la sostenía con la mano extendida, como si fuera una prueba—. Algún gilipollas se la ha dejado en la plataforma. He debido de darle un puntapié.

—A mí no me lo pregunte —dijo Talbot—. Solo sé que ha caído del andamio. Por poco me da y me ha roto la ventana.

El joven se pasó la mano por el pelo. Talbot se fijó en que tenía los pezones erectos, rodeados por un círculo pequeño y marrón. Era muy delgado, sin un gramo de grasa y con los músculos bien definidos: se le podían contar las costillas. Una línea de vello oscuro se deslizaba desde el ombligo por debajo del cinturón que sujetaba los vaqueros. No tenía pelo en el torso. Talbot notó una opresión en el pecho: le costaba respirar con normalidad. ¿Estaba en shock? ¿O era un ejemplo de ese tipo de situaciones que había llegado a llamar sus momentos Muerte en Venecia?

—¿Puedo echar un vistazo? —Se acercaron a la ventana rota—.

Supongo que es inevitable que a veces ocurran accidentes —admitió Talbot

—. Por suerte no me ha caído en la cabeza. Bueno, ya tiene usted su pieza.

—Lo llamamos abrazadera.

—Pues ya tiene su abrazadera.

El joven lo miró.

—Se ha hecho un corte en la cabeza.

Talbot se tocó la frente y vio la sangre brillante en la yema del dedo. Se sacó el pañuelo del bolsillo y el joven se lo quitó de la mano.

—Déjeme —le dio un toque suave en la frente—. Es solo un rasguño.

Lo siento de verdad —tenía un acento de Londres muy marcado y de persona con cierta educación, pensó Talbot. Le devolvió el pañuelo.

Mientras se lo guardaba en el bolsillo, Talbot llegó a la conclusión de que sí estaba ligeramente en shock. Tenía las piernas flojas y le temblaba todo el cuerpo.

—Creo que necesito sentarme.

El joven le ofreció el codo y lo acompañó hasta el banco que había debajo del manzano. Sentado se encontraba mejor.

—Si avisa a un cristalero, nosotros lo pagaremos, por supuesto. Se lo diré a mi jefe.

—¿Qué? Bien. Es un poco incómodo, porque no estoy aquí siempre.

Pero tenemos un conserje.

—¿Puede darme un número de teléfono, señor? Nosotros nos ocuparemos de todo.

Talbot arrancó una página en blanco del final de Una habitación con vistas, sacó un bolígrafo del bolsillo y, sin pensar en lo que hacía, anotó el número de teléfono del Grand, en Brighton, y su nombre. A continuación tachó el número y el nombre hasta volverlos ilegibles y anotó el número del conserje.

—Paso la semana en Brighton —dijo—. Estoy trabajando allí. Me alojo en un hotel. Este es el número del conserje, puede dejarle el recado a su mujer.

—¿Me presta el bolígrafo?

El joven arrancó una tira del pie de la página, escribió sus datos y se los dio a Talbot: «Gary Hicksmith. Andamios Axelrod». Y un número de teléfono.

—Si el conserje llama a la oficina, lo arreglaremos todo cuando mejor les venga.

—Bien. Gracias.

—No me he quedado con su nombre, señor.

—Eastman.

—Señor Eastman.

Gary lo anotó. Talbot se puso en pie, algo menos tembloroso.

—¿Puedo hacer algo más por usted, señor Eastman?

—No, gracias. Ya me encuentro mejor.

—Daré el aviso y esperaremos a que venga el cristalero. Correremos con todos los gastos, naturalmente —negó con la cabeza, como desconcertado por el giro de los acontecimientos—. Nunca me había pasado esto. Nunca.

—Bueno, gracias —Talbot cogió el libro—. Me parece que necesito una taza de té.

El joven cogió la cámara de fotos y se la dio a Talbot.

—Buena cámara.

—Soy fotógrafo profesional.

—Ah. Genial. Estupendo —se quedó callado—. Podría haber sido peor

—añadió con una sonrisa—. Hay que dar gracias por las pequeñas cosas,

¿no?

—Solo se ha roto una ventana.

Se rieron los dos, manifestando su alivio con una carcajada compartida.

—Seguimos en contacto, señor Eastman. Es usted un hombre culto y un caballero. Cuídese.

Gary Hicksmith se marchó, y Talbot cerró la puerta del jardín con llave.

Estaba algo más tranquilo; el incidente y la escena posterior se desplegaron en su cabeza como una secuencia cinematográfica. La canción estúpida, el golpe en la ventana y los cristales rotos. Cayó en la cuenta de que casi no se acordaba de la cara de Gary, como si solo hubiera registrado los detalles del torso desnudo. ¿Pelo rubio tirando a oscuro y ojos azules…? De facciones proporcionadas, con barba de unos días y un diente delantero con una esquina rota…

Entró, se sirvió un buen vaso de whisky y bebió un trago, sintiendo el ardor en la garganta y el pecho. Era curioso cómo estos incidentes podían alterar la vida, llevarla por caminos inesperados. Cristaleros, montadores de andamios… Y ahora sabía lo que era una «abrazadera». Buscó el pañuelo en el bolsillo y vio la mancha de la sangre, todavía brillante. Se acordó del gesto de Gary: le había quitado el pañuelo de la mano para secarle el hilillo de sangre del corte. Eso fue raro. Que se hubiera encargado de hacerlo…

«Es usted un hombre culto y un caballero», había dicho. ¿Cómo encajaba esa frase en el repertorio de un trabajador? Hablaría con el conserje para que llamase a Andamios Axelrod y avisaran al cristalero. Algo le dijo que tenía que buscar el modo de volver a ver a Gary Hicksmith. Una forma extraña de compensar la decepción que se llevó con Lorraine. Gary Hicksmith le había removido algo por dentro.

Bebió un sorbo de whisky, pensativo, alterado. Tenía varias horas por delante hasta el concierto de la noche y la sensación de que necesitaba estar activo y distraído. Necesitaba conducir, sentarse al volante del Alvis. Sabía que a esa hora estaban rodando en el paseo marítimo de Brighton. Volvería a Brighton, pensó, a controlarlo todo, y después se iría a Londres.

Movimiento, distracción, deber cumplido: eso era lo que necesitaba. Dejó el whisky y cogió las llaves del coche.

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