Trío
Capítulo 27
Jacques volvió a París al día siguiente. No parecía que nada hubiera cambiado, pensó Anny, agradecida, segura de no hacerse falsas ilusiones.
Cabía la posibilidad de que Jacques hubiera visto el beso con Troy como simple interpretación, lo que hacen los actores para dar realismo.
Estuvieron cariñosos cuando se vieron a solas: no hubo conversaciones incómodas; se besaron con auténtica pasión. Esa noche, en la cama, Anny le cogió el pene con la mano y se ofreció a masturbarle, pero Jacques dijo:
«No, gracias, ma puce, eso lo hago yo mejor, que tengo más práctica». Se echó a reír —se rieron los dos— y la abrazó. Anny no detectó nada raro, no percibió rastro alguno de sospecha o desconfianza; aun así, seguía teniendo la extraña sensación de que Jacques la observaba en silencio, la analizaba, la estudiaba, como si buscara pequeños cambios en su comportamiento o su actitud. Ninguno de los dos habló de Troy o la escena del beso.
Dos horas después de que Jacques se marchara a Londres para coger el avión, Anny recibió una llamada de recepción.
—El señor Bergman está aquí y quiere verla.
Cornell se presentó sin afeitar y con la ropa arrugada, como si hubiera dormido en el suelo. También parecía mucho más alterado.
—Esto no puede ser, Cornell —dijo Anny con cansancio—. Ya te advertí que no quería volver a verte. Te están buscando. No son idiotas.
Creen que intentarás localizarme. No voy a dejar que me arrastres contigo otra vez.
—Nadie piensa arrastrarte. Me voy… pero me hace falta más dinero. La documentación que necesito cuesta una fortuna. Es una pesadilla.
—¡No quiero saber nada! —protestó Anny—. ¡No quiero saber nada de la mierda en la que estás metido! ¿Vale?
—¡Dame un poco de paz, Anny! ¿Tienes idea de lo dura que es mi vida ahora mismo? ¿En este momento?
—¿Y quién tiene la culpa? ¿Eh?
Anny entró rápidamente en el dormitorio y rebuscó en sus bolsos, donde encontró primero un monedero y luego otro. Tenía dinero. Lo contó: ciento cuarenta y cinco dólares. Volvió al cuarto de estar y le dio los billetes con el brazo extendido. Cornell los cogió, un poco avergonzado, pensó Anny. Si ya le había dado dinero una vez, reflexionó, no pasaba nada por darle un poco más. En ambos casos era cómplice. Sintió un leve malestar: demasiado tarde.
—No hay más —dijo—. Me has dejado sin blanca.
—¿Podemos pedir algo de comer? Estoy muerto de hambre.
—No. Lárgate, Cornell, y no vuelvas, por favor. Déjame en paz de una puta vez. Fuera de mi vida.
Cornell la miró con gesto sombrío, dolido.
—Siempre has tenido esa mala hostia, y un lado cruel. Que sepas que te devolveré el dinero.
—No te preocupes por el dinero, por favor. Es un placer. Un regalo: un regalo de despedida.
Anny fue hasta la puerta y la abrió.
Cornell se puso en marcha despacio, con cara de perro apaleado, de víctima de las injusticias de la vida. Acarició la mejilla de Anny, y ella le apartó la mano de un manotazo.
—¿Me das un beso de despedida, cielo? —preguntó mansamente.
Anny le dio un beso en la mejilla. ¡Lo que hay que aguantar!, pensó.
Luego cerró la puerta con llave. No estaba llorosa, ni siquiera enfadada, solo tenía el mal pálpito de que la cosa no terminaba ahí. Estaba segura de que, por hache o por be, Cornell Weekes encontraría el modo de complicarle la vida.
Llamó a la habitación de Troy. En cinco minutos Troy estaba en la puerta, con la botella de vino tinto, como de costumbre. Se besaron. Anny lo abrazó. Y por fin se tranquilizó, sintió la calidez de esa extraña seguridad que Troy le infundía.
—¿Dónde está nuestro amigo Jacques? —preguntó Troy, sacando un sacacorchos del bolsillo.
—Ha vuelto a París.
—No sospecha, ¿verdad?
—No lo sé. No creo. Por lo menos no ha dicho nada, aunque estaba un poco raro. Como en guardia. Y luego ha venido el puto Cornell a pedirme más dinero.
—Tú no tienes mucha suerte con los tíos, ¿eh? —dijo Troy, descorchando la botella con un estallido húmedo. Sirvió dos copas y se sentó a la mesa. Sonrió—. Aparte de mí.
—Te voy a poner a prueba —contestó Anny—. Has arrancado con buen pie.
Empezó a desnudarse.
—Mañana tenemos el día libre —dijo Troy—. ¿Quieres venir a conocer a mis padres?
—¿A Swindon? —Anny se acordaba.
—Al soleado Swindon.
Estaba desnuda. Se acercó a Troy y se sentó en sus rodillas. A lo mejor eso era lo que necesitaba: ver un poco de vida normal. A los padres de Troy en Swindon. Sería la mejor terapia. Troy la besó en el hombro.
—¿Qué dices?
—No se me ocurre nada en el mundo que me apetezca más —le aseguró Anny.
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