Trío

William Boyd · Capítulo 35 de 61

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Trío

Capítulo 3

«NO TOMAR MÁS DE OCHO PASTILLAS EN 24 HORAS», decía el envase de Equanil. Anny no estaba segura de cuántas había tomado. ¿Seis?

Se convenció de que eran seis cuando hizo la cuenta; entonces podía tomar otras dos. Se acercó al fregadero de la caravana, llenó un vaso de agua y se tomó las pastillas. Tenía que reconocer que estaba un poquito grogui, pero eso era mejor que la pura ansiedad. Se asomó por las cortinas y vio a Shirley, que se acercaba por la calle. Dejó caer la cortina: ya estaba vestida, así que seguramente tenía que pasar a maquillaje. Era la única que trabajaba en las próximas escenas; todo el mundo la estaba esperando.

—Enseguida voy, Shirley —dijo, al oír el toque en la puerta.

—No. Aún no estamos listos. Es que hay aquí dos hombres que dicen que quieren hablar contigo, si puedes atenderlos diez minutos.

—No es buen momento. Diles que vuelvan mañana.

—Dicen que tienen que hablar contigo esta noche.

Anny sintió la oleada de pánico: el pajarillo que revolotea, atrapado en la caja torácica. ¿Cuándo iba a hacerle efecto el puto Equanil? Pensó deprisa; y abrió la puerta.

—Diles que puedo hablar con ellos esta noche, cuando terminemos.

Que vengan aquí, al tráiler —más tarde explicaría el plan que se desplegó milagrosamente en su cabeza. Supo por qué la buscaban y supo lo que tenía que hacer—. Ofréceles un café y unas galletas, ya sabes. Diles que pasaré en cuanto salga de maquillaje. Que a lo mejor tardo un poco.

—Vale. Han dicho que no les importa esperar.

Las escenas de esa noche no eran complicadas, le había dicho Rodrigo.

Emily había huido en un arrebato. Cayó la noche y se vio perdida en una zona desconocida de la ciudad. Echaría a andar despacio por una calle, encontraría un portal, se acurrucaría en un rincón, se quedaría dormida y

tendría pesadillas. Sin diálogos. Sin Troy. Una gran oportunidad para poner más música, dijo Rodrigo. Y luego, cuando se quedara dormida, meterían una increíble secuencia onírica. Una idea nueva.

—¿Cuál es? ¿Puedo saber lo que voy a soñar? —preguntó Anny.

—En cuanto esté escrito, cielo —prometió Rodrigo.

Rodar de noche era incómodo: muchas cosas podían salir mal. Sirenas, bocinas de los coches, reflejos de los faros de vehículos que pasaban cerca, aunque la calle, el plató, estuviera cerrada al tráfico. Rodrigo le recordó los pasos de la escena. Tenía que salir de un callejón, asustarse al ver un coche y esconderse en el jardín de una casa. Esperar a que hubieran pasado dos policías, y echar a andar por delante de una hilera de escaparates, hasta encontrar un portal en el que acurrucarse y dormir.

—Cinco tomas, puede que seis —dijo Rodrigo—. Está chupado.

En realidad fueron más bien diez, y la más larga la improvisaron.

Rodrigo le pidió que se quedara mirando su reflejo en un charco, hasta que los círculos concéntricos de una gota de lluvia solitaria distorsionaran su imagen.

Formó dos eles mayúsculas con el pulgar y el índice y se las puso a Anny delante de la cara, imitando un primer plano.

—Tu cara del revés. Un primer plano grande del revés. Imagínatelo. Se forman las ondas, y tu cara se rompe. ¡Genial!

—¿Por qué me paro y me miro en un charco? —preguntó Anny—.

Estoy aterrorizada, ¿no? Huyendo, perdida.

—La imagen es preciosa, cariño. De Óscar.

Anny registró todo lo que Rodrigo le pidió que hiciera, con la mitad de la cabeza puesta en el plan de fuga que estaba tramando. Se acurrucó en el portal, fingiendo que dormía, y repasó las diversas etapas del plan para asegurarse de minimizar los riesgos. Rodrigo por fin anunció que era hora de recoger.

—Has estado brillante, cariño —dijo—. Por cierto, me acaban de decir que dos personas quieren hablar contigo urgentemente. Policías o algo de eso. ¿Va todo bien?

—Todo controlado. Voy a verlos en mi tráiler.

—Bien. Hasta mañana.

—Mañana no vengo.

—Ah, es verdad —se quedó pensativo—. ¡Ay, Dios mío! Mañana viene Sylvia. Deséame suerte.

—Buena suerte. Y luego es fin de semana.

—Claro. Tengo el cerebro a rebosar. Nos vemos la semana que viene, preciosa. ¡Sé buena!

Le dio un abrazo —parecía sinceramente emocionado por las tomas que habían rodado esa noche— y Anny fue a cambiarse de ropa y a que la desmaquillaran. Tenía el pelo alborotado, lleno de ramitas y hojas, de tanto pasar entre matorrales y arbustos, y la cara tiznada de barro; necesitaba volver a la normalidad. Mientras la desmaquillaban pidió que la esperasen con su coche a la vuelta de la caravana de maquillaje. Una vez limpia y aseada, peinada y con el pelo reluciente, se escabulló, subió al coche y ordenó al conductor que la llevara al hotel. Allí le dijo que no iba a necesitarlo más, y calculó que tenía entre cuarenta y cinco minutos y una hora para escapar de Desmondson y Radetski. Se los imaginó sentados en el tráiler, esperando, tomando el café y las galletas de Shirley. Una media hora más tarde, Shirley iría a buscarla a maquillaje y volvería diciendo que la señorita Viklund se había ido al hotel. Solo entonces se descubriría el truco y se daría la voz de alarma.

En el hotel preparó una bolsa de viaje a toda prisa y dejó en recepción una nota para Troy. Pidió un taxi, sin indicar ningún destino, y cuando llegó el taxista le dijo que la llevara al aeropuerto de Gatwick.

Se pasó la noche sentada en el aeropuerto —en un rincón oscuro de la terminal, sin atreverse a registrarse en un hotel— y consiguió dormir un par de horas en un asiento tapizado antes de que el personal de limpieza la despertase de madrugada. Entonces compró un billete para el primer vuelo con destino a París. Estaba segurísima de que nadie sospecharía qué había sido de ella.

Solo después de que el avión hubiera despegado empezó a relajarse de verdad. Sabía exactamente por qué habían ido a buscarla al plató Radetski y Desmondson. Se lo advirtieron cuando la interrogaron en la fiesta de Dorian Villiers: era evidente que no la creían, a pesar de la contundencia de sus respuestas.

—Comprenda, señorita Viklund, que Cornell Weekes es un fugitivo de la justicia. Está en busca —explicó Desmondson con paciencia, como si aleccionara a un niño—. Hemos dado orden en todos los puertos. Fue así como lo localizamos.

—En busca y captura —subrayó Radetski—. Es un delincuente convicto y fugado. Un terrorista.

—No lo he visto desde que nos divorciamos —repitió Anny—. ¿Cómo creen que he podido ayudarlo? ¿Que le he dado dinero? Solo intenta incriminarme.

Era consciente de que no llegaría muy lejos negando las acusaciones implícitas de la policía. Se imaginó que Cornell había dado información muy precisa del lugar y la hora de sus entrevistas, con detalles adicionales

—como lo de mezclarse con los cazadores de autógrafos, el servicio de habitaciones o la decoración de la suite— y que sus descripciones, su testimonio, habrían sido de lo más convincente para los detectives. Si consiguió ganar un poco de tiempo fue únicamente gracias a su buena interpretación y a su posición de estrella de cine estadounidense. Tenían que estar cien por cien seguros antes de acusarla de colaboración y complicidad, denunciarla y detenerla. Esos pocos días le permitieron trazar un plan y confirmar, mediante una rápida llamada de teléfono a Jacques, que era casi imposible extraditar a un ciudadano de Estados Unidos desde la República Francesa. El trámite podía prolongarse años, o décadas, le aseguró Jacques: pas de problème.

Estaría a salvo —esa era la prioridad— y entonces podría evaluar el daño que le había hecho Cornell a su vida y su futuro. Iba mirando las nubes por la ventanilla ovalada, pensando con amargura lo deprisa que todo había cambiado, para mal: el cabrón de su exmarido se había cobrado su venganza bien a gusto. Pero mientras hay vida, hay esperanza, se dijo.

Mientras hay esperanza, hay vida.

Pidió a la azafata otro café y pensó en la película, en las consecuencias que tendría para todos su abandono del rodaje. Lo sentía. Y estaba triste por Troy, por lo que estaría sintiendo y lo que pensaría de ella. Estaba segura de que volvería a verlo, pasara lo que pasara. Estaba segurísima. Se había metido en un lío del carajo. De repente estaba envuelta en una pesadilla de

la hostia que no era culpa suya, pero tenía la obligación consigo misma de no convertirse en víctima, de no hundirse en esa ciénaga.

Pire hypothèse. Force majeure. Sauve qui peut. Eso le había dicho Jacques por teléfono. ¿Cómo se traduciría? «En la peor hipótesis. En caso de fuerza mayor. Sálvese quien pueda…». El ruido de los motores del avión cambió ligeramente al comenzar el descenso. París, Jacques y la seguridad la estaban esperando. No podía malgastar las pocas fuerzas que le quedaban, tan valiosas, pensando en lo que había dejado atrás.

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