Trío
Capítulo 9
Había sido facilísimo averiguar dónde vivía Janet Headstone. Elfrida llamó a Joe, fuente de toda sabiduría, para decirle que Reggie quería enviar un libro a Janet.
—Podemos enviárselo nosotros —dijo Joe—. Sin ningún problema.
—No, ya se lo envío yo por correo. No es urgente.
Joe le facilitó la dirección de Janet en Brighton. Elfrida la anotó y le dio las gracias.
—No se lo digas a Janet. Es una sorpresa.
Y a continuación llamó a la empresa de taxis de Rottingdean y pidió un servicio de ida y vuelta. Advirtió de que la espera podía ser larga.
El taxista resultó ser un asiático joven que se llamaba Dalgit. Era un chico hablador, y Elfrida agradeció distraerse con sus muchas preguntas. Le preguntó cómo se ganaba la vida, y Elfrida dijo que era novelista. Escribía libros, contaba historias.
—¿Quiere decir que se queda en casa, se inventa historias y las escribe?
—Sí. Es una buena descripción.
—¿Y le pagan por eso?
—Sí. Te compran las historias.
— Kustik narak! —volvió la cabeza para mirar a Elfrida—. Me cuesta creerlo. Te sientas, piensas y escribes. Y te dan dinero. Voy a hacer lo mismo. Es mejor que conducir un taxi.
—No es tan fácil. Les tienen que gustar tus historias; solo te pagan si les gustan.
—¿Y qué tal escribir canciones? Canciones de música pop. Mucho más dinero.
—Puede. Yo no me dedico a eso.
Dalgit aparcó enfrente de casa de Janet Headstone. Elfrida observó la casa. Un adosado normal y corriente, solo que de color morado y con una de esas yucas tan vulgares en la entrada. Le pidió a Dalgit que aparcase un poco más lejos pero sin perder de vista la casa. Dalgit obedeció. Pasaron diez minutos y luego treinta. Así son las misiones de vigilancia, pensó Elfrida: el tiempo se hace eterno mientras esperas a que ocurra algo. Dalgit fue a comprar algo de comer y estuvo diez minutos fuera del coche. Volvió con un paquete de pescado y patatas fritas. Elfrida rechazó las patatas que le ofrecía Dalgit y siguió esperando en el coche, que empezaba a oler a vinagre. Sentía muchísimo no haber llevado una petaca de Sarson.
Pasó una hora.
—¿Qué hay en esta casa? —preguntó Dalgit.
—No lo sé. Eso es lo que quiero averiguar.
Alrededor de las 8:30 —llevaban una hora y media esperando—, un coche de lujo aparcó en la puerta de casa de Janet, y Reggie salió del coche con una bolsa colgada del hombro. Fue a paso rápido hasta la puerta principal y se arregló el pelo antes de llamar al timbre. La puerta se abrió y Reggie entró en la casa, pero Elfrida no vio a Janet.
Notó que se tensaba, ahora que había visto a Reggie llegar y ser recibido. Ya tenía la prueba ocular; sus sospechas eran ciertas. Lo del rodaje nocturno y las tomas complicadas eran una patraña. Elfrida exhaló e inhaló despacio; sintió que el corazón le latía más deprisa, y se fijó en que el coche de lujo seguía aparcado en la puerta de la casa. Un coche con chófer a su disposición, por supuesto: privilegios del director.
Se reclinó en el asiento al notar un espasmo muscular en el cuello, acompañado de una ligera náusea. No era la primera vez que pasaba esto con Reggie. Elfrida le había pillado por lo menos cinco veces en los años que llevaban casados, y creía que el número exacto de sus infidelidades sería el resultado de multiplicar esas cinco por dos o tres (por las veces que no lo había pillado). Entonces ¿por qué daba tanta importancia a esta pequeña transgresión furtiva? Porque la otra era escritora: novelista, como ella. Era irracional, pero eso volvía la traición mucho más amarga para ella.
¿Qué pasaría si ella tuviera una aventura con un director de cine? Sería un
golpe durísimo, definitivo, para el ego de Reggie. Jamás se lo perdonaría. Y
ella tampoco iba a perdonárselo.
—Dos minutos —le dijo a Dalgit, y abrió la puerta.
Hacía calor en el coche, y le sorprendió lo mucho que había refrescado cuando echó a andar hacia la casa de Janet Headstone. Estaba tiritando. Se acercó al coche de lujo y tocó en la ventanilla para despertar al chófer, que estaba echando una cabezada.
El chófer bajó la ventanilla.
—Disculpe —dijo Elfrida con su mejor sonrisa—. Pasaba por aquí y estoy segura de haber visto bajar del coche al director de cine Reginald Tipton. ¿Es cierto? Soy una gran admiradora de su trabajo.
—Sí, es él, aunque ahora dice que se llama Rodrigo Tipton.
—¿Vive aquí?
—No. Tiene una reunión con la guionista.
—Ya. ¡Fascinante! Muchas gracias.
Se alejó sin apartar la vista de la casa y vio que se encendían las luces en el piso de arriba. Por un segundo estuvo a punto de volver y llamar al timbre, pero casi al instante comprendió que saldría muy mal parada de una confrontación en la puerta. Sería ella la que pasaría vergüenza, no Reggie; él se inventaría cualquier mentira, ingeniosa y absurda, y su amiga lo respaldaría. Volvió al minitaxi con Dalgit y le pidió que la llevase al Repulse.
Era raro estar en el Repulse de noche, cayó en la cuenta de que siempre había ido a la hora de comer. Para empezar, el local estaba abarrotado, lleno de gente joven, con ropa informal y colorida. ¡Y cuánto ruido! Se abrió camino a empujones hasta la barra y esperó con el dinero en la mano. La atendió una chica con un flequillo hasta las pestañas, tan largo como el suyo. «Un gin-tonic largo, por favor». Se lo sirvieron, se lo bebió en diez segundos y levantó un billete en la mano para pedir otro.
«Ahogando tus penas —se dijo—. Ojalá pudiera ahogarlas, como una camada de gatitos». Le sirvieron la ginebra, pagó y se la bebió, pensando qué hacer con Reggie y esta nueva traición: la más vil. «¿Quieres estar casada con un hombre que es capaz de hacerte esto?». Respuesta: «no».
«Pues ese hombre vive en tu casa —le recordó a Elfrida el interlocutor que
tenía en la cabeza—, y cuando haya terminado esta película volverá al valle de Health y lo colonizará de nuevo. ¿Vas a consentirlo?». «No». «¿Vas a echarlo a patadas?…». Reflexionó unos instantes antes de responder. «Sí.
Esta vez creo que lo haré… Pero voy a elegir el momento. Que siga jugueteando con Janet, sin saber nada, hasta que haya terminado esta estúpida película, y entonces recibirá su merecido. Con mis condiciones».
Le pareció un buen plan, sonrió para sus adentros y murmuró un «sí».
«Otra ginebra, y después le pido a Dalgit que me lleve a Rottingdean».
Vio al camarero joven del pelo larguísimo y le hizo una seña.
—Un gin-tonic grande, por favor.
El camarero se lo sirvió.
—Hola —dijo—. ¿Te acuerdas de mí? Normalmente vengo a la hora de comer.
—¿Eres del ejército de salvación?
—Da igual.
Se terminó la copa, fue al lavabo de señoras y se quitó la venda de crepé del arañazo infectado. Seguían allí, los bichos, amontonados debajo de la piel, alimentándose de su herida. Bestioles, pensó, de repente le vino a la cabeza la palabra en francés, se multiplicaban e invadían su arañazo como un cultivo repugnante en una placa de Petri. ¡Qué idiota era la doctora Ingham! ¿Qué sabía ella de nada?
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