Trío

William Boyd · Capítulo 56 de 61

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Trío

Capítulo 9

Fue después de salir de Angulema cuando Anny se fijó en el coche que la seguía. En realidad eran dos: uno negro y otro plateado. Se turnaban para no perderla de vista, a bastante distancia, con la esperanza de que no se diera cuenta. Se desvió de la Route Nationale y esperó una hora en un pueblo antes de reanudar el camino a Burdeos por la RN. Pero en veinte minutos los dos coches habían vuelto a aparecer en el retrovisor, alternativamente, a lo lejos, sin acercarse. El coche negro y el coche plateado.

Hizo lo posible por dominar el pánico, pensando que el cabronazo de Alphonse se lo había dicho a Jacques. Pero Jacques no habría avisado a la policía, no. Entonces tenía que ser el FBI o —¿cómo se llamaba en su versión francesa?— la Sûreté. Se acordaba de haber leído el nombre en algún guion. Pero ¿cómo se habían enterado? Habían ido al apartamento, sí, a casa de Alphonse. A lo mejor tenían pinchado el teléfono… y si oyeron la conversación entre Alphonse y Jacques no les habría resultado difícil seguir el rastro del coche: modelo, color y matrícula.

Anny se estaba mareando. ¿Cómo podían seguirla tan pronto? ¿Qué le harían si la atrapaban? No podían detenerla… En Francia era intocable. Y

así, pensando, vio que lo que necesitaba era un abogado en Francia. Había confiado excesivamente en Jacques y —como le decía siempre su padre—

la única persona en la que podía confiar de verdad era ella misma. Sí, decidió, en cuanto estuviera en España y a salvo llamaría a su abogado en Estados Unidos para pedirle que le buscara un abogado en París, o en Madrid, alguien que pudiera archivar el caso en Europa. Para eso necesitaba dinero, pero Troy se lo enviaría hasta que consiguiera desbloquear sus fondos. Era rica: tenía muchísimo dinero; el dinero no era un problema. El problema era la confianza. Confiaba en Troy —sabía que podía confiar en Troy— y le daba mucha pena pensarlo: únicamente en Troy.

Entonces vio un cartel que anunciaba el aeropuerto de Burdeos —

Mérignac— y se le ocurrió una idea. Una buena idea, pensó. Dejar el Renault de Alphonse y alquilar un coche. Así ganarían más tiempo. Tarde o temprano se darían cuenta, pero para entonces ya habría cruzado la frontera española y estaría fuera de peligro mientras quisiera. Esperó a ver el siguiente cartel que indicaba la salida al aeropuerto de Burdeos y en el último momento salió de la Route Nationale con un viraje brusco y aceleró.

En el aeropuerto aparcó el Renault en el aparcamiento para estancias largas y fue andando hasta la sala de llegadas, donde estaban las empresas de alquiler de coches. Eligió una de las más pequeñas, S-O-L, Sud-Ouest-Locations, y alquiló un Simca 1000. Enseñó el pasaporte con cierto temor, pero la chica que atendía el mostrador no manifestó ninguna reacción al anotar sus datos. Le dieron las llaves, le indicaron dónde estaba aparcado el coche, y ya se marchaba, mucho más tranquila, cuando se acordó de que se había dejado el mapa de Francia en el Renault. Volvió corriendo al aparcamiento pero antes de acercarse al Renault vio dos hombres al lado del coche, mirando por las ventanillas, hablando y gesticulando. Los dos llevaban cazadora de cuero, eran jóvenes y tenían el pelo corto. Anny dio media vuelta sin esperar nada más, con un nudo en la garganta y sintiéndose de repente muy débil: casi pensó que iba a caerse, que no tenía fuerzas para tenerse en pie. ¿Qué podía hacer? Estaban más cerca de lo que suponía.

Volvió a S-O-L, donde le dieron un mapa de la zona de Burdeos. Decidió quedarse un par de días allí, para ver si estando quieta, sin huir, conseguía despistarlos. Además, eso le daría tiempo de pensar y hacer planes. Cada vez le costaba más pensar con claridad. A lo mejor le convenía rebajar el Obetral…

El caso es que se quedó más de media hora sentada en el Simca, tratando de calmarse, obligándose a razonar con lógica. Lo primero que pensarían es que había cogido un avión. El coche abandonado en el aeropuerto lo insinuaría, y esa sería su primera comprobación: localizar a cualquier pasajera con el nombre de Anny Viklund. O quizá supusieran que había quedado con alguien, que iba a reunirse con un amigo, un cómplice…

y ni siquiera se les ocurrió que hubiera alquilado un coche. Tragó con fuerza y luego intentó llenarse la boca de saliva. ¿Qué tenía que hacer?

Necesitaba tiempo. Quedarse quieta, sin moverse. Si no te mueves no pueden seguirte.

Se obligó a mirar el mapa y vio que había una punta de tierra larga y estrecha en la costa, cerca de Burdeos, en el extremo de una amplia bahía.

Este saliente era un cabo, el Cap Ferret, y parecía poco poblado, con solo unos cuantos pueblos aquí y allá. O sea, era un rincón aislado y con una única carretera para entrar o salir. Siguiendo una especie de lógica inversa, pensó que a nadie se le ocurriría que una persona fugada escogiera deliberadamente como escondite un callejón sin salida. No. Eso los engañaría. Tal vez fuera el sitio ideal para esconderse, pensó, libre de persecuciones y de pánico. Tendría tiempo de decidir qué hacer; tiempo era lo que necesitaba, tiempo para elegir el momento de escabullirse y llegar a España, a la seguridad.

Caía la tarde cuando atravesó los pinares de Cap Ferret y llegó al primer pueblecito de la cadena que se extendía hasta la punta del cabo y el faro.

Reconoció los nombres que había visto en el mapa: Le Petit Piquey, Piraillan, Le Canon y L’Herbe. Después de L’Herbe la carretera giraba al oeste, bordeando el cabo por la orilla atlántica. Aparcó en una zona de pícnic, bajó del coche, se estiró y echó a andar por un camino de arena entre el aroma de los pinos, hasta las dunas y el mar. Por alguna razón quería ver el mar.

Le sorprendió un poco encontrar unos barracones grandes, de hormigón gris, construidos directamente entre las dunas, mirando hacia la inmensa playa. Eran fortines de la Segunda Guerra Mundial, sin armas y cubiertos de pintadas. Seguramente eran restos de la Muralla Atlántica de Hitler, recordó. A través de un sendero entre dos búnkeres llegó a la playa inmaculada y gigantesca. Contó los fortines que salpicaban la arena, mirando al norte y al sur, hasta donde alcanzaba la vista, algo amenazadores todavía, casi un cuarto de siglo después; recordatorios de la contienda, pensó, monumentos atroces y feos.

La marea estaba subiendo, y la espuma de las olas rotas se extendía cada vez más sobre la arena. El atardecer era templado y todavía quedaban familias y bañistas reacios a aceptar que el día tocaba a su fin. Había un pescador sentado en una silla de lona, con cuatro cañas plantadas en la

arena delante de él y los sedales hundidos más allá de la línea de las olas.

Anny se acercó hasta la orilla, sintió el frescor de la brisa marina en la cara y le entraron unas ganas enormes de desnudarse y entregarse al revitalizante embate del mar. Se alejó de los últimos flecos de espuma, de las olas perezosas que alisaban la arena al derramarse a sus pies. No podía quedarse allí, sabía que necesitaba encontrar un lugar seguro donde dormir. ¡Joder!

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo podía estarle pasando una cosa así? Miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a ponerse envuelto en un resplandor de luz suave y dorada. Próxima parada: Estados Unidos de América, pensó Anny. Pero ¿conseguiría volver?

Paró en una tienda del propio pueblo de Cap Ferret a comprar más galletas, agua y dos paquetes de cigarrillos. Siguió hasta encontrarse con un puerto pequeño, con un robusto muelle de madera, del que salían los ferris.

Había bastantes coches aparcados, y Anny pensó que un Simca no llamaría la atención. Vio los raíles de un ferrocarril de vía estrecha, y enseguida apareció en el muelle el pequeño convoy que trasladaba a los turistas y bañistas entre el ferry y las playas. Había mucha actividad: perfecto. Aparcó en un hueco entre un Peugeot y un Fiat 500. Esta sería su base de operaciones hasta que llegara el momento de irse a España.

Se quedó en el coche, fumando y comiendo galletas hasta que cayó la oscuridad. Se obligó a repasar las diversas posibilidades a su alcance, pero la llegada de la noche afectó a su estado de ánimo y su situación empezó a parecerle cada vez más angustiosa y desesperada. Opciones. Plan B. Plan C.

¿Debería volver a París, con Jacques? ¿Y la descabellada idea de la rueda de prensa? No sería capaz de enfrentarse a eso, lo sabía. A lo mejor simplemente tenía que entregarse y probar suerte. También podía pedirle a Troy que viniera a rescatarla y la llevase a Inglaterra. Sabía que Troy vendría si se lo pidiera. Pero ¿y los hombres que la estaban siguiendo? ¿Y

los que se acercaron a mirar el Renault en el aeropuerto? ¿Quiénes eran y qué intenciones tenían? ¿Estaban lejos? ¿Qué le harían si llegaban a encontrarla…?

Anny salió del Simca. El calor del día se escapaba y de la orilla atlántica del cabo llegaba una brisa más fresca. Oía las bofetadas del agua en los pilotes del muelle al subir la marea, y un hilo de música alegre a lo lejos, en

algún bar del pueblo. De repente se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué hacer. Ni idea de adónde ir o a quién recurrir. ¿A Jacques? ¿A Troy?…

No le funcionaba el cerebro. A lo mejor tenía que haber hecho caso a Talbot. Pero ya era demasiado tarde. Ojalá pudiera dar marcha atrás. Había sido un error ir a Cap Ferret: se encontraba en un callejón sin salida. Se había metido en un atolladero, esa era la realidad. Y ¿qué hace uno cuando se encuentra en un callejón sin salida? Entonces le vino a la cabeza una respuesta y decidió sopesarla. Le pareció lógica, y el reconocimiento le produjo una sensación de calma absoluta. En este caso, lo que iba a hacer estaba enteramente a su alcance y sería la solución a todos sus problemas.

Se burlaría de los futuros potencialmente infelices que el destino le tenía reservados.

Volvió al coche y abrió el bolso de mano. En el neceser encontró sus pastillas: los tranquilizantes, las pastillas para dormir y las pastillas para adelgazar; el Equanil, el Seconal y el Obetral. Vació los botes en las rodillas y empezó meterse en la boca puñados de comprimidos que fue tragando con largos tragos de agua. Hecho esto, pasó al asiento trasero, echó el cerrojo a las puertas, se acostó y se envolvió con la manta escocesa. Se quedó quieta, parpadeando despacio en la oscuridad, contemplando el plan que ya estaba en marcha y sintiendo un alivio inmenso, abrumador. Todos sus problemas terminarían muy pronto. Sería como quedarse dormida, pensó. Al cabo de un rato, cuando ya empezaba a sentirse muy rara, a notar cómo se le escurría y se le escapaba la conciencia, cómo se deslizaba y se enredaba, le pareció oír un murmullo de voces. ¿Eran imaginaciones? ¿Estaba alucinando por culpa de las drogas? No, estaba segura de que había unos hombres al lado del coche, hablando en voz baja. Y entonces alguien intentó abrir la puerta. «Por favor, déjenme en paz —dijo en voz alta—.

¡Déjenme en paz!». Y se echó la manta por encima de la cabeza, cerrando el paso para siempre al mundo y su tumulto.

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