Trío
Capítulo 10
Una mañana de lunes normal y corriente a mediados de verano, pensó Talbot mientras iba por Great Marlborough Street a las oficinas de YSK.
Lunes por la mañana y último día de rodaje de La utilísima escalera a la luna de Emily Bracegirdle. Ese día iban a filmar a Ben llorando en el coche, con el cadáver de Emily a su lado, en el asiento del pasajero; y luego, cuando ese rollo de película estuviera ya dentro de su lata, colocarían las tres cámaras para captar una única toma del Mini sin parabrisas, saltando desde el acantilado de Beachy Head. Incluso habían montado una cuarta cámara en un barco, a poca distancia de la costa, para registrar el momento en que el coche caía en el mar.
Talbot era consciente de que debería estar allí, pero esta mañana lo reclamaban asuntos más urgentes. Si todo iba bien —si todo salía tal como esperaba—, a lo mejor podía llegar a Beachy Head a tiempo de presenciar el lanzamiento del Mini hacia el mar azul a última hora de la tarde. Se detuvo en la puerta del edificio de YSK y encendió un cigarrillo para tranquilizarse. Aún seguía inquieto y alterado por los ecos del rotundo desastre del día anterior con Gary. Gary se largó y lo dejó sintiéndose…
¿cómo? Vulnerable y avergonzado era la respuesta, atónito de su estupidez y acuciado por una ansiedad pertinaz… No era tanto culpa como un arrepentimiento implacable y cruel. Tardaría en olvidar la cara de Gary mientras rompía el cheque de cincuenta libras. Había sido un castigo devastador, por no decir brutal. Sin embargo, una de las consecuencias del grotesco malentendido es que le había aclarado la visión de las cosas.
Más tarde, sentado en su galería con su whisky, después de que Gary se hubiera marchado, tratando de serenarse —ojeando los retratos de sus modelos, masculinos y femeninos, los rostros en sombra y los ingenuos desnudos clásicos—, Talbot estuvo horas reprochándose y maldiciéndose.
Se acordó de una vez que una persona inteligente —algún guionista o director de cine con el que estaba hablando— le dijo que todas las emociones que uno experimentaba en la edad adulta se quedaban muy cortas en comparación con sus equivalentes de la adolescencia. Deseo, añoranza, odio, venganza, amor, vergüenza, frustración, celos, anhelo, etcétera: ninguna emoción adulta conseguía igualar o acercarse siquiera a la intensidad de esas emociones que uno había experimentado de adolescente.
Por eso, proseguía el argumento, los adultos siempre intentaban repetir ese nivel de experiencia, esa verdad emocional, porque ya tenían un patrón, una plantilla que recordaban con perfecta nitidez. Pero esa búsqueda era inútil, porque la experiencia original —la nítida, la sentida— siempre estaba fuera de su alcance, enterrada en las profundidades del pasado, irrecuperable. Y
por culpa de eso se jodían la vida. A esta búsqueda inútil se aplicaban los hombres y las mujeres por igual, según aquella persona inteligente que ofrecía su argumento en defensa del espíritu adolescente, tan denostado por su egoísmo, su falta de lógica, sus enfados, sus torpezas y sus frustraciones.
En este desplazamiento, en esta desconexión insalvable entre la adolescencia y la edad adulta, residían al parecer todos nuestros problemas personales, emocionales y sexuales.
Sí, desde luego, qué cierto, qué perspicaz, asintió Talbot irreflexivamente. Pero luego, pensándolo mejor, vio que discrepaba. En su caso, la adolescencia era una historia olvidada, como los etruscos o los neandertales. A él toda la intensidad emocional le había llegado en la vida adulta, después de enfrentarse con su naturaleza y aceptarla. Solo de adulto había experimentado y saboreado el auténtico deseo, la decepción abrasadora, la excitación sexual, el arrepentimiento persistente o el anhelo insatisfecho. El ardor y la inmediatez emocional de su vida adulta habían oscurecido y eclipsado lo que sentía y sufría como adolescente. Se preguntó por qué. Y se respondió que sus sentimientos adultos eran más sutiles, matizados y elaborados, en vez de toscos, vibrantes y confusos. Había dejado atrás esas fases incipientes del ser y ahora era más feliz.
De todos modos, al ver lo idiota que había sido con Gary Hicksmith, decidió no dejarse engañar, sobre todo por Yorgos Samsa. Ese domingo, reflexionando y analizando, reviviendo y avergonzándose, reprochándose y
castigándose hasta que ya caía la tarde, encogido, bebiendo un whisky detrás de otro, Talbot elaboró un plan que lo resolvería todo, o eso pensaba.
Un plan que nadie imaginaría que Talbot Kydd fuera capaz de concebir.
Apagó el cigarrillo de un pisotón, tomó aire y echó un vistazo alrededor.
Para su sorpresa, a unos veinte metros, vio aparcado un Rolls-Royce con número de matrícula 1 AP. Lo reconoció al instante como el Rolls de Jimmy Appleby. ¿Qué estaba haciendo allí? Daba igual. Había llegado el momento de actuar. Llamó al portero automático, le abrieron y entró.
Yorgos estaba más elegante de lo normal, observó Talbot, pensando si iría a algún acto que exigía un código de etiqueta especial. Llevaba uno de sus trajes de chaqueta cruzada y raya diplomática ancha, y una pajarita flexible, azul marino con lunares blancos. Daba la sensación de que se hubiera vestido deliberadamente para la ocasión. Tenía la piel hidratada y brillante, y olía a colonia cara. Parecía muy relajado, y Talbot confió en que no se le notaran los nervios. En los próximos minutos iba a necesitar grandes dosis de confianza para marcarse un farol.
Yorgos lo tenía todo listo. Tres contratos por duplicado de El olor de las hojas cuando arden estaban pulcramente puestos en fila al borde del escritorio, mirando a Talbot, y a mano había una pluma de plata.
—Sé lo que puedes pensar, Talbot —dijo Yorgos con su tranquilizadora voz de bajo—. Pero, créeme, es la única forma de asegurarnos los derechos, de protegernos del Estado. La empresa de Luxemburgo será la propietaria de los derechos y solo nosotros podemos desbloquearlos. De ese modo, si el Estado quisiera venderlos a un tercero, si nos demandara o intentara impedirnos hacer esa película, tenemos las manos limpias. No pueden hacernos nada.
«Solo tú puedes desbloquearlos», le corrigió Talbot mentalmente, sonriendo.
—Es muy ingenioso, Yorgos. A mí nunca se me habría ocurrido.
¿Dónde firmo?
—¿Se lo has explicado a John Saxonwood? Hay que levantar todas las piedras, por si acaso hubiera alguna trufa podrida.
—Claro. Está encantado. Lo entiende todo.
Yorgos pasó las páginas del contrato y señaló dónde tenía que firmar Talbot y en qué cláusulas poner sus iniciales. Talbot firmó, transmitiendo así su parte de los derechos cinematográficos de Las hojas cuando arden a FUMODOR, S. A. (Luxemburgo). Observó que bajo la expresión relajada de Yorgos aún se detectaban leves convulsiones de euforia interior.
—Entonces, esto significa que los derechos ya no son míos… nuestros.
Teóricamente.
—Solo nominalmente. Oficialmente, legalmente, no son nuestros. Pero podemos recuperarlos cuando queramos… y ganar cantidades de dinero obscenas.
—Ah, sí, dinero.
—Piensa en lo que puedes hacer con todo ese dinero, Talbot. El dinero es la raíz de los buenos momentos al final del arcoíris.
Talbot sonrió.
—Me ha parecido ver el coche de Jimmy Appleby aparcado fuera. ¿Está aquí?
—¿Appleby? No. A lo mejor está de compras.
Hubo algo en la concisa negación de Yorgos y en su excusa tan fácil que hizo sospechar a Talbot. A veces la señal reveladora era precisamente la falta de curiosidad que suscitaban las preguntas. Nombrar a Appleby tendría que haber dado pie a algunos comentarios informales, una anécdota, un recuerdo, una opinión. Pero no. Yorgos no quería hablar de los Appleby.
Talbot tuvo de pronto una visión convincente de la colaboración entre Samsa y los Appleby en la complicada maniobra de Las hojas cuando arden. Ya no era cosa suya: tenía su plan de fuga, al margen de quién más estuviera implicado.
—Sí, probablemente esté de compras en Oxford Street… Bueno, a propósito de dinero —dijo Talbot, procurando hablar con voz neutra y sin emoción—, creo que ha llegado el momento, Yorgos, de que compres mi parte de YSK Films. Quiero que compres mis acciones. Puedes quedarte con todas por un precio justo.
La sonrisa de Yorgos se atenuó y se evaporó en un instante. Frunció el ceño, pensando deprisa pero sin llegar a ninguna conclusión. Totalmente desprevenido, pensó Talbot. Esto no formaba parte del plan de Yorgos.
—¿Cómo? ¿Que te compre tu parte? ¿Estás loco, Talbot?
—No, estoy muy cuerdo.
—Acabas de firmar el contrato.
—Lo sé. Y sé lo que está pasando. Quiero que me compres el cuarenta y nueve por ciento de la empresa por doscientas mil libras —sonrió—. O te vas a enterar.
—Ha sido una jugada muy pero que muy inteligente, Talbot —señaló John Saxonwood con admiración, frotándose la mandíbula con aire pensativo—. Sí, rebosa astucia. Nunca me lo habría esperado de ti. Pero es muy arriesgada.
—Toda recompensa exige cierto riesgo.
—Pero este riesgo es imposible de cuantificar, de evaluar.
—No estoy seguro. En realidad no pensé que hubiera tanto riesgo. Si mi plan funciona es exclusivamente gracias a la extrañísima, curiosa y paranoica naturaleza de nuestro oficio —dijo Talbot—. Si es que es digno de llamarse oficio.
—Me sorprende un poco que no lo consultaras conmigo antes.
—Si lo hubiera consultado me lo habrías prohibido.
—Cierto. Pero bien está lo que bien acaba.
Talbot se había explicado con bastante detalle. Si hay algo que la industria del cine aborrece, detesta y desprecia por encima de todo, le recordó a John Saxonwood, es pleitear: la más vaga amenaza, el más leve tufillo a litigio de un proyecto es anatema. Sabía exactamente lo que hacía al permitir que Yorgos lo engañara. Yorgos y sus socios sin voz ni voto contaban ahora con un activo valiosísimo, como eran los derechos cinematográficos de El olor de las hojas cuando arden, pero los derechos perderían su valor —o lo verían drásticamente mermado— ante la más mínima mancha de escándalo. La amenaza de Talbot había sido muy sencilla, según le explicó a John Saxonwood, y Yorgos supo entenderla y sopesarla en cuestión de segundos. Tenía una opción muy clara: comprar la parte de Talbot al precio señalado —sin negociación posible—, o de lo contrario Talbot lo demandaría.
—Pero firmaste el puto contrato —dijo Saxonwood, desconcertado—.
Habías perdido la capacidad de presionar.
—Y, paradójicamente, eso me dio más poder. El «fraude» de Yorgos estaba impreso, plasmado en jerga legal —añadió—. ¿Por qué si no se bombardean las películas de éxito con acusaciones de plagio? —Era una pregunta retórica—. Porque los demandantes saben que, en lugar de ir a los tribunales y poner en peligro el proyecto o la viabilidad de la película que recibe el ataque, los estudios, los productores, pagarán para quitarse el problema de encima.
—O sea, mi «te vas a enterar» era una amenaza de querella descomunal.
A cañonazo limpio: la ley inglesa en todo su esplendor.
—¿Y qué? Habías firmado.
—Da igual. Eso es lo bueno. Recuerda que Yorgos me estaba engañando de verdad. Mi querella habría jodido definitivamente la posibilidad de hacer una película con Las hojas cunado arden. Ninguna financiera invertiría en un proyecto, de cualquier tipo, que está pendiente de una querella importante, ni siquiera de una querella medio cocinada o una que el juzgado pueda archivar. Mucho menos de una querella interpuesta por un socio de la productora. Veneno puro y letal. Y Yorgos lo sabía.
Podría costarme un año, incluso dos… Pero recurriría cualquier sentencia desfavorable para mí. Yorgos también lo sabía: sabía que lo tenía bien pillado. Todo el sector del cine se enteraría de que Yorgos Samsa se enfrentaba a una denuncia por fraude puesta por su socio. La «mancha» del escándalo. Muy malas noticias para YSK Films y FUMODOR, S. A.
—Me quito el sombrero, Talbot. De todos modos, tienes unos nervios de acero. ¡La hostia!
—Por precaución, como seguridad adicional, amenacé con retirar mi nombre como productor de Escalera a la luna. Eso también haría sonar las señales de alarma. Olería mal. Y le advertí que, si yo retiraba mi nombre de la película, André Marvel, el guionista original, haría lo mismo. Otro problema. El mal olor se vuelve más nocivo. Con tanto humo, el sector no tardaría en preguntarse dónde está el fuego.
—El olor de las hojas cuando arden —dijo Saxonwood.
—Exacto.
—Tienes razón. Es un sector raro.
—Por eso la opción más sencilla para Yorgos, la solución más fácil, era comprarme mi parte. Fin del problema. De un plumazo. Asunto resuelto.
Talbot desaparecería para siempre. Yorgos lo sabía. Tardó unos diez segundos en aceptar —se encogió de hombros—. Estoy convencido de que los Appleby están detrás de todo esto, conchabados con Yorgos. Quieren meterse en el negocio del cine, pero solo con gente que piense como ellos.
Y yo no encajo en esa descripción, como se encargaron de dejarme bien claro el otro día —hizo una pausa—. Yorgos y los Appleby hicieron una tarta con la versión de Las hojas de FUMODOR, S. A. y decidieron no compartirla conmigo. Lo que no sabían era que yo tenía la receta. De todos modos, no me apetecía, no quería quedarme con ninguna parte de la tarta —
sonrió—. Y entonces se me ocurrió el plan, esta manera de tener mi propia tarta y comérmela, aunque sin tarta, no sé si me entiendes —vio que John parecía confundido—. Habrás oído esa canción tan boba que suena en todas partes —dijo Talbot, pensando que eso podía ayudar—. La de la tarta verde que se derrite con la lluvia en el parque.
—¿Te encuentras bien, Talbot?
—Mejor que nunca. Creo que ahora entiendo lo que quiere decir. La canción, digo.
—Me he perdido, amigo.
—De todos modos ha sido un precio justo. No demasiado por encima de lo habitual. No le pedí un millón. Eso habría sido codicia.
—¿Cuánto dices que fue?
—Doscientas mil libras.
—Con eso podrías tirar unos añitos.
—Eso pensé. A lo mejor me sumo al club de los ricos ociosos por una temporada. Me dedico a vivir de las rentas. Podría llegar a acostumbrarme.
—¿Qué te hizo tomar la decisión?
Talbot no sabía hasta dónde contarle a John. Optó por dar una explicación vaga.
—Este fin de semana tuve una experiencia que me removió bastante.
Me ha quitado una venda de los ojos, ¿sabes?, y me ha hecho reconsiderar
mis prioridades. Me ha hecho reconsiderar la dirección por la que estaba transcurriendo mi vida.
—Ya me lo contarás con más detalle algún día.
—Seguro, no te preocupes.
—¿Brindamos por tus tendencias maquiavélicas?
—Sí, por favor. Que sea grande.
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