Trío
Capítulo 14
Talbot pasó otro día solo mientras esperaba noticias de Kincade. Desayunó y pensó en ir al Louvre pero decidió que no. No estaba de humor para concentrarse. En vez de eso se fue de tiendas y compró una corbata de seda de color gris marmolado en Charvet y un Chanel N.º 5 para Naomi. Comió en el Café de Flore: una omelette aux fines herbes, ensalada y dos copas de Brouilly. Por la tarde, cuando volvió al hotel, el portero le entregó un mensaje junto a sus llaves. Era de Kincade. Decía: «La he encontrado.
Estoy en mi habitación». Talbot llamó inmediatamente a Kincade y se vieron en el bar.
—¿Qué tal fue tu noche? —preguntó, al ver que Kincade tenía un aire cansado y desaliñado.
—Curiosa… Te alegrará saber que me fui del club temprano y pasé el resto de la noche vigilando la casa de Soldat, por si acaso —explicó que no hubo ninguna actividad a lo largo de la noche, hasta que Soldat salió sobre las diez de la mañana. Kincade salió corriendo del coche y lo siguió hasta el Metro. Al ver que Soldat hacía varias maniobras evasivas en el camino —
retrocedió, entró en una tienda y salió por una puerta trasera—, Kincade se convenció de que iba a ver a la señorita Viklund. Por fin cogió el Metro en dirección a Corvisart y desde allí fue andando hasta un bloque de pisos en la rue Bobillot.
—El piso está en el 13e arrondissement. Lo vi entrar —dijo Kincade—.
Lo seguí hasta el portal y lo perdí, naturalmente. Pero en la entrada había un buzón con el nombre de Duhameldeb. Bingo.
—¿Es suya la casa?
—O de algún familiar. El caso es que apuesto a que Anny Viklund está ahí.
—Todas esas maniobras evasivas son sospechosas. Bastante reveladoras.
—Lo pillas deprisa, señor K.
Una vez más, Talbot empezaba a encontrar cargante el sarcasmo de Kincade.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó con sequedad, sin seguirle la corriente.
—Ahora viene la parte divertida. Vamos a ir en nuestro coche de alquiler, a vigilar y esperar.
Fueron en dirección sureste hasta el 13e arrondissement. Talbot no conocía esa zona de París. Era como otra ciudad, como los barrios periféricos de una ciudad de provincias, con torres destartaladas de viviendas de mala calidad y calles bulliciosas llenas de tiendas baratas.
Pasaron por delante de un mercadillo de ropa y verdura. La gente parecía pobre, necesitada. Aparcaron el coche en un punto desde el que se veía la entrada del edificio y esperaron. La tarde se hacía interminable. Talbot se fumó tres cigarrillos en dos horas. Kincade fue a un supermercado y compró unos refrescos y unos rollos de higo.
—No he comido un rollo de higo desde que era pequeño —dijo Talbot.
—Yo creo que soy adicto —confesó Kincade—. Este es mi trabajo, señor K. Sentarme a vigilar y pasar horas y horas esperando. No animes a tus hijos a dedicarse a esto.
—¿Qué crees que va a pasar?
—Anny Viklund saldrá por esa puerta en algún momento. Puede que hoy o puede que mañana. O pasado mañana.
Talbot tomó la decisión de esperar otras veinticuatro horas y punto final.
Entonces volvería a casa y buscaría el modo de salvar la película.
Kincade bebió un trago de la botella de gaseosa mientras masticaba un rollo de higo.
—¿Qué tal tu club anoche, el Inferno? —preguntó Talbot, con la mayor naturalidad posible.
—Estupendo. Me enrollé con un tío majísimo que se llamaba Jean-Louis.
—¡La hostia!
—¿Tú no haces esas cosas, señor K.?
—No pienso hablar contigo de mi vida privada.
—Como quieras.
Se quedaron un rato en silencio mientras Kincade se comía otro rollo de higo.
—Yo también he estado en un club —dijo Talbot—. En Brighton —
enseguida se arrepintió de la chulería.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—El Icebox.
—Lo conozco —dijo Kincade—. Está bastante bien.
—Eso me pareció. Iba a ver a un amigo. Un amigo del Ejército —
añadió, como si eso diera algo de decoro a la confesión.
—¿Estuviste en el Ejército?
—Sí, en la guerra. En la Segunda Guerra Mundial.
—Esa me suena —Kincade cerró los ojos un momento—. ¿Viste algún combate?
—Demasiados.
—Voy a tener que revisar mi dosier sobre ti, señor Kydd. Un soldado.
La Segunda Guerra Mundial. Ha visto combates.
—Tu dosier es cosa tuya.
—Supongo que tu amigo del Ejército también «entiende».
—Si quieres decirlo así…
—¿Se acostó con él?
Talbot suspiró.
—No es obligatorio acostarse siempre, ¿sabes?
—¿Entonces para qué ir a un club?
—Da lo mismo —Talbot no entendía cómo la conversación había podido desviarse tanto, por derroteros que no tendría que haber permitido.
Era consciente de que Kincade lo estaba mirando.
—¿Te gustaría acostarte conmigo? —dijo Kincade.
Típico de Kincade, pensó Talbot. Lanzar una granada en mitad de la conversación.
—No. La verdad es que no. Pero gracias por preguntar.
—No te asustes, era una pregunta hipotética —Kincade bebió un trago de gaseosa y eructó discretamente.
Talbot cambió de opinión en lo de quedarse un día más. Estaba de mal humor. Harto de las provocaciones y la cara dura de Kincade. Notó un picor en la espalda, como un reflejo físico de su estado de agitación mental. No tenía ganas de seguir más tiempo sentado en el coche, aunque comprendía las circunstancias excepcionales que lo habían llevado hasta allí. Le daría una hora más, y volvería a casa. La situación se le estaba yendo de las manos. Era ridículo. Por qué tenía exponerse a…
—Eh. Ahí está —dijo Kincade en voz baja.
Talbot miró hacia la puerta del edificio. Vio a Anny salir y echar a andar por la acera. Llevaba una gabardina corta, de color crema, gafas de sol y una de esas gorras de plato de las fuerzas aéreas que tanto gustaban a los cantantes de música folk, calada por debajo de las cejas. Nadie la habría reconocido, pensó.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—¿Hacemos? Tú la sigues. Mi trabajo ha terminado, tío.
Talbot salió del coche, sintiéndose un poco idiota, y siguió a Anny a una distancia prudente. Anny se paró en un parque descuidado y casi sin hierba donde unos niños jugaban en los columpios y en una especie de rueda que daba vueltas. Había un estanque lleno de basura flotando. Siguió adelante y giró en una calle. Talbot se fijó en el nombre: rue de la Colonie. Se veían varias tiendas: una carnicería, una zapatería, un supermercado y, en la esquina, una cafetería grande, con un toldo sucio de color marrón chocolate y mesas y sillas en la acera. Café Couderc, se llamaba. Anny encontró una mesa en la terraza y le hizo señas al camarero. Talbot se detuvo y se quedó detrás de ella para que no lo viera, otra vez con la sensación de estar haciendo el ridículo. Y el ridículo empezaba a dar paso rápidamente a la rabia. Era un productor de cine respetado y andaba persiguiendo a su protagonista, de incógnito en París, que había firmado un contrato con YSK
Films y estaba poniendo en peligro el trabajo y el sustento de todos, por no hablar del arte que intentaban crear. El cine le había puesto en situaciones ridículas y estúpidas, pero esta se llevaba la palma. Era hora de aclarar las cosas de una vez por todas.
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