Trío
Capítulo 15
Anny levantó la vista del café cuando un hombre se sentó delante de ella.
—Hola, Anny —dijo con cordialidad.
Anny lo miró, consciente de estar poniendo una cara de asombro de dibujos animados. La última persona con la que esperaba encontrarse estaba sentada enfrente de ella: Talbot Kydd, su productor.
—Hola, Talbot.
Se fijó en que llevaba un traje gris oscuro, con camisa azul clara y corbata fina de color granate estampada con escudos pequeñitos, y el pelo blanco peinado hacia atrás como dos alas tiesas a cada lado de la calva brillante. Iba elegante y bien vestido, como de costumbre, pensó Anny; tenía un aire casi señorial. Podía pasar por un embajador retirado o el director de un museo importante, un experto en arte, o un banquero rico, o un conde distinguido, un miembro de la pequeña nobleza.
—¿Cómo narices me has encontrado? —preguntó por fin—. No me lo creo.
—Ha sido un viaje trepidante —contestó Talbot, con su acento tenso y engolado—, pero aquí estoy —señaló el café y la calle—. En el quinto pino de París. ¿Qué está pasando, Anny? Hoy tenías que estar en Brighton, rodando la escena de tu boda en secreto con Troy. No aquí.
Anny notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Ya lo sé —murmuró—. Sé que tendría que estar allí. Siento mucho que haya pasado esto.
—Oye —Talbot le habló en un tono más firme—. Podemos solucionarlo todo. Tenemos abogados, tenemos influencia. No has hecho nada grave.
—Lo sé, pero esto no tiene nada que ver conmigo. Esto es por Cornell, por lo que hizo y lo que representa. Quieren arrastrarlo por el fango y a mí
con él —hizo una pausa—. Tengo que tomar postura. Tengo que denunciar lo que me está pasando, esta caza de brujas.
—No. Tienes que hacer tu trabajo. Ese que se te da tan bien.
—No, Jacques lo está organizando todo. Vamos a dar una rueda de prensa, aquí en París. Ya ha avisado a todos sus amigos en los medios de comunicación. Vamos a desenmascarar a esos cabrones. A contar al mundo cómo actúan el Estado y el FBI en Estados Unidos. Soy inocente. Estoy metida en este lío sin ser culpable de nada y quieren destruirme —se dio cuenta de que estaba jadeando y procuró tranquilizarse.
Vio que Talbot apretaba los labios y sopesaba la situación.
—No creo que dar una rueda de prensa sea una idea prudente —señaló con amabilidad—. Es una confrontación pública en toda regla. Los estás invitando a que te ataquen.
—Parece ser que ya están aquí, en París: el FBI y la CIA. Han estado acosando a Jacques. Ha tenido que llamar a su abogado. Quieren hundirme, Talbot. Tenemos que responder al fuego con fuego.
—Está bien, está bien. Discutamos las opciones —propuso Talbot.
Le ofreció un cigarrillo y Anny lo aceptó. Le dio fuego antes de encender el suyo.
—Hay otro modo de ver este problema —dijo con paciencia— y a lo mejor no lo has pensado. Has firmado un contrato y te hemos pagado mucho dinero para que aparezcas en nuestra película. Y ahora te fugas. La película no ha terminado.
—No es culpa mía.
Talbot sonrió, esta vez con tristeza, pensó Anny.
—Si no terminas la película, Anny, la verdad pura y dura es que no volverás a trabajar en el mundo del cine. Se te verá como un riesgo demasiado grande. Nadie estará dispuesto a asegurar una película en la que tú trabajes y, como bien sabes, no se puede empezar una película sin un seguro: una «garantía», lo llaman. Creo que no has pensado en esto. Lo mejor que puedes hacer con diferencia es volver, volver conmigo, y resolveremos el problema de tu exmarido con el FBI. Podemos decir que te amenazó, que amenazó con matarte si no le dabas el dinero. Tenías miedo…
—hizo una pausa para dar una calada—. Pero si no vuelves, será… —se
interrumpió de nuevo, pensando qué decir—. Será un escándalo en nuestro mezquino mundillo. Un escándalo descomunal del que nadie se olvidará nunca. De ti tampoco.
Anny estaba desconcertada. No había considerado esta posibilidad y vio que se asustaba por momentos. ¿Dónde se había metido Jacques? Había dicho que la apoyaría. Sintió el familiar aleteo del pajarillo del pánico encerrado en la caja torácica.
—Lo siento, señor Kydd… Talbot. Lo siento por ti, por la película, por Troy, pero no puedo volver. Sería peligroso. Intentarán encerrarme en prisión, lo sé. El único sitio en el que estoy segura es aquí, en Francia. Aquí no pueden detenerme.
—Te equivocas si tomas esa decisión, Anny.
—¡Qué novedad! —Se echó a reír—. Siempre me equivoco al tomar decisiones. Soy especialista. Es lo que mejor se me da. Cagarla.
Todavía riéndose para sus adentros, algo sorprendida por la agudeza de su observación, apagó el cigarrillo.
—¿Qué tiene tanta gracia? —dijo una voz.
De pronto vio que Jacques estaba delante y la miraba con rabia. Talbot volvió la cabeza. Se levantó. Dos hombres altos enfrentados.
—¿Qué cojones está haciendo aquí? —preguntó Jacques.
—Tratando de convencer a Anny de que vuelva conmigo.
—¿Para que la metan en la cárcel en Estados Unidos?
—No irá a la cárcel, idiota. Lo resolveremos todo y podrá terminar la película que se comprometió a hacer con nosotros.
—¿Por esa mierda de película… está dispuesto a ponerla en peligro?
¿Por eso es capaz de entregarla al FBI?
—Nadie va a poner en peligro a nadie, monsieur Duhameldeb…
Y entonces Anny vio que Jacques estampaba un puñetazo en la cara de Talbot, fuerte, sin previo aviso… Lo derribó de un solo golpe. Talbot cayó con un grito ahogado de asombro, se llevó la mano a la boca y se quedó en la acera despatarrado. Movió violentamente la cabeza e intentó levantarse, pero Jacques se lo impidió con un empujón.
— Putain d’Anglais —le lanzó un escupitajo—. El café de Anny lo pagas tú. Cárgalo en la cuenta de tu película de mierda.
Cogió a Anny de la mano y se la llevó bruscamente, a grandes zancadas.
Anny miró un momento por encima del hombro. Vio que la gente ayudaba a levantarse a Talbot, que tenía sangre en la boca. Le dio vergüenza. ¿Por qué le había pegado Jacques? Talbot era una buena persona. Solo intentaba ayudarla, a su manera.
Jacques le tiró de la mano, y Anny apretó el paso para no quedarse atrás.
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