Trío
Capítulo 2
Era rarísimo, pensó Elfrida, pero cuando estaba en casa, en Londres, no tenía la más mínima noción de cuánto bebía, ni idea. En Brighton, en Rottingdean, medía su vida en botellas de vinagre blanco de Sarson. Soltó el aire, cerró los ojos, notó que la habitación empezaba a dar vueltas y los abrió rápidamente… y se sirvió otra ginebra. Se había quedado sin tónica, pero la ginebra sola estaba rica, la verdad, no le molestaba para nada. Bebía menos, pero el efecto era más intenso. «Menos es más», pensó: una bonita paradoja si se hablaba de alcohol… En cuyo caso la norma era «más es más». Sí, claro, se acordó, retomando el hilo de sus pensamientos: siempre podía ir a la compostadora del jardín, desenterrar las botellas vacías que había escondido allí y contarlas bien pero —sinceramente— no le interesaba. En realidad le importaba un carajo.
Tenía la tele encendida, sin sonido; le gustaba eso, le gustaba el parpadeo mudo; le hacía sentirse menos sola en la casa, porque el valle de Health era muy silencioso de noche; rara vez pasaba un coche. Cogió una patata frita de la bolsa que tenía delante, en la mesa de la cocina, llenó el vaso hasta el borde y subió al estudio.
El círculo de luz de la lámpara de mesa iluminaba la libreta abierta con las primeras frases de El último día de Virginia Woolf. Se sentó, leyó lo que había escrito y no le gustó. Cogió la pluma, desenroscó la capucha, lo tachó todo y empezó de nuevo.
Virginia Woolf estaba soñando. En su sueño había un perro, un perro grande que intentaba lamerle la cara. Lo apartó y entonces se despertó sobresaltada, con las manos enredadas entre las mantas que la cubrían. Tosió y se sentó en la cama despacio, tratando de orientarse, hasta que poco a poco recuperó plenamente la conciencia y se fijó en que el sol formaba un rombo de luz pálida en la pared de su dormitorio. Por lo visto seguía haciendo buen tiempo. Su último día en la tierra sería clemente.
Mucho mejor, pensó, sin saber por qué había elegido meter «un perro grande» en el sueño. Era curioso cómo ofrecía estos detalles el cerebro de un novelista, por instinto y al instante. Tenía pensado empezar la novela con
«Virginia Woolf estaba soñando», pero el contenido del sueño le vino así, de sopetón. Curioso…
Bebió un trago de ginebra, aromática y templada. Hielo: eso era lo que necesitaba. Fue con el vaso a la cocina, sacó la cubitera del congelador, abrió el grifo y la puso debajo del agua para poder mover la palanca. Al mover la palanca, varios cubitos saltaron y cayeron al suelo de la cocina.
Sumergió tres cubitos en el vaso y la ginebra se desbordó. Bebió dos tragos largos para rebajar el nivel y notó en la cabeza el vértigo de la embriaguez.
Estaba embriagada porque había vuelto a escribir, y la ginebra, ahora fría, le supo mejor.
Más fría estaba mejor. «Menos es más y más frío es mejor», este sería su lema. Volvió al estudio, leyó lo que había escrito y no le gustó. Tachó las líneas y empezó de nuevo.
Virginia Woolf estaba soñando. Un perro —un setter irlandés— se le echó encima y le arañó los brazos con las patas, jadeando, con la lengua rosa y húmeda colgando. Abrió los ojos y se dio cuenta de que era su respiración la que se había acelerado, y le entró pánico, pensando que podía tratarse de un ataque. Se sentó en la cama y bebió agua del vaso que tenía en la mesilla. El sol iluminaba la pared de su dormitorio con un rombo de luz alimonada. Tenía pinta de hacer buen día para estar en marzo. Su último día en el planeta sería…
¿Sería qué? Tachó «Tenía pinta de hacer buen día para estar en marzo». Era banal, y no hacía ninguna falta hablar del tiempo: el sol en la pared ya decía todo lo necesario. Pero el arranque seguía sin convencerla, por alguna razón. El sueño del perro no venía a cuento. ¿Y por qué un setter irlandés?
¿De dónde salía eso? Volvió a su primera versión, legible todavía a pesar de que la había tachado. Quizá era mejor, quizá debiera quedarse con la primera idea. Tachó lo que había escrito y empezó de nuevo.
Virginia Woolf se movió en la cama, refunfuñó y abrió los ojos. Lo primero que vio fue un rectángulo de sol en la pared, a su lado. Se sentó, asaltada por la conciencia, recordando que ese día, el 28 de marzo de 1941, iba a ser el último de su vida.
Sí, mucho mejor. Más sucinto, más expresivo: «refunfuñó» estaba bien.
Haría a los lectores imaginarse a Virginia refunfuñando en sueños. Le gustó la imagen: una mujer madura, dormida. El gruñido la volvía humana. ¿Y si se tiraba un pedo? No, no era lo más conveniente. Se echó a reír. El tono de un pedo. Cogió el vaso y vio, con perplejidad, que estaba vacío. Eso era lo que pasaba cuando el acto de escribir te dominaba. El tiempo, la actividad, el consumo de alcohol transcurrían en otro plano existencial. Se levantó y tiró la silla. A la mierda. Bajó las escaleras con cuidado, con el vaso en la mano, tambaleándose un poco. Lo más prudente sería subir la ginebra y el hielo al estudio para evitar tantas idas y venidas. Sí, eso iba a hacer.
En la cocina casi se resbala con el agua de los cubitos de hielo derretidos en el suelo. Tendría que haber rellenado la cubitera. Daba igual.
Se sirvió un poco de ginebra y de pronto se sorprendió pensando en la asquerosa fiesta de Brighton, y en Reggie y esa mujer. ¿Cómo se llamaba?
Janet Algo. Notó las lágrimas calientes en los ojos. Una mujer joven, con las tetas grandes. Y era escritora, recordó. Eso era lo que le dolía, absurdamente, no que Reggie hubiera elegido a una mujer más joven y lasciva, sino que hubiera elegido a una escritora. Traicionaba a una escritora con otra escritora. Se bebió la ginebra de un trago. Eso era lo imperdonable.
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