Trío
Capítulo 10
La mañana siguiente, después de desayunar lo de costumbre, Talbot se sintió mal de repente. Fue a su dormitorio y se tomó un trago del frasco de Previzole, con la esperanza de que el líquido blancuzco hiciera su efecto mágico, preocupado porque la puñetera úlcera estuviera otra vez dando guerra. El malestar no tenía nada que ver con su arenque diario, lo sabía…
Era el enfrentamiento que se avecinaba con Reggie, por contratar a Janet Headstone y el cambio de guion que proponía, lo que le estaba produciendo remolinos y burbujas en los ácidos del estómago y atormentando el duodeno.
Sabía perfectamente quién era Janet Headstone aunque no la conocía.
Era una novelista joven, descarada y cockney, con estilo propio, que escribía historias contemporáneas subidas de tono, con personajes de clase trabajadora, ambientadas en el East End de Londres. De la escuela del
« Kitchen Sink», pensó Talbot, de lo más resistente. Una de las novelas de Janet Headstone — En Canada Water— se llevó al cine (protagonizada por Samantha Frost) y se había convertido en un notable éxito de culto, si tal oxímoron era posible, con sus enamorados cockneys, jóvenes imposiblemente atractivos y guapos, idealmente a la moda y pobres. Janet Headstone escribió el guion y, de la noche a la mañana, su nombre pasó a estar muy solicitado en la industria del cine británico cuando se intuía que hacía falta algo «moderno», a la última y «chulo». Una chica guapa, con blusa y los dientes delanteros bien separados, que salía mucho en los tabloides y se dejaba ver por la ciudad con famosos artistas, futbolistas, personajes de televisión y gente por el estilo. A Talbot le horrorizó En Canada Water y no entendía qué pretendían Yorgos y Reggie con esta conspiración. Contratar a una persona como Janet Headstone para La
utilísima escalera a la luna de Emily Bracegirdle parecía algo terco y sin sentido.
Le pidió a Joe que llevara a Reggie a la oficina de producción en cuanto hubiera un descanso para cambiar de decorado. No podía correr el riesgo de que alguien del equipo los oyera o los viera en plena conversación. Talbot salió al jardín de atrás de la oficina y se tomó otro trago de Previzole. Tenía el estómago en llamas. La oficina de producción se encontraba en una vivienda adosada de dos plantas, en Napier Street. La fachada era de mortero de cemento, con vigas de estilo neotudor en la planta superior. Era muy cómoda y estaba muy cerca de la mayoría de las localizaciones de rodaje en Brighton. El jardín estaba un poco descuidado y lleno de sillas de plástico: ese verano la mayor parte de las reuniones de producción se hacían al sol. Talbot dio una vuelta por el jardín y colocó en posición normal una hamaca volcada. Estaba pensando: ¿qué haría Peverell Kyd en una situación similar? Para empezar, probablemente despedir a Reggie; luego, puede que denunciar a su socio, Yorgos. Peverell no se andaba con tonterías. Otro rasgo que su hijo no había heredado de él. ¿Entonces? Talbot se dijo:
«Incendiar y pasar a cuchillo no es mi estilo. Chacun à sa méthode».
Alrededor de las diez, Reggie entró en el despacho de Talbot después de llamar a la puerta, que estaba entornada. Talbot le pidió que se sentara, avisó a Rosie para que les llevara dos tazas de café asqueroso, y los dos encendieron un cigarrillo.
Talbot se fijó en que Reggie tenía un rasguño de dos centímetros y medio en la mejilla, y otros tres paralelos debajo, en el cuello.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó, señalando.
—Que soy muy torpe. Tropecé con un montículo cuando estaba cortando el césped y me caí contra una valla de alambre.
—¿Desde cuándo cortas tú el césped?
—Me gusta la jardinería. Me ayuda a pensar.
Talbot no quiso insistir. Las marcas parecían arañazos. De unas uñas largas y afiladas que alguien le había clavado en la cara.
—Bueno… —dijo, y dejó la palabra en el aire unos segundos.
—Tengo la sensación de que me vas a castigar —observó Reggie.
—A lo mejor te lo mereces. ¿Qué demonios está pasando con Janet Headstone?
—Ah, claro. Ya lo entiendo. Janet Headstone.
—¡Exactamente! Explícamelo, por favor.
—Verás, la conocí en una fiesta —Reggie se inclinó hacia delante— y le conté que teníamos problemas con el guion. Dijo que le encantaría ayudarnos. Al día siguiente tenía que tratar un asunto con Yorgos, y en la reunión le hablé de Janet; y dijo «estupendo, es un genio, contrátala cuatro semanas», sin más. Di por hecho que lo aclararía contigo.
—Pues no. Me he enterado por casualidad.
—Bueno, te pido disculpas. Tú conoces a Yorgos mejor que yo.
—Sí, lo conozco. ¿Cuánto se le va a pagar a Janet Headstone por su mes de trabajo?
—Creo que… mil a la semana.
Talbot no se permitió cambiar el gesto ni un milímetro.
—Eso significa que has perdido dos días de rodaje.
—Yorgos dijo que podíamos sacarlo del fondo de contingencias.
—Pero esto no es una puta contingencia, Reggie. Tenemos un guion, muy bueno y muy caro, nada menos que de Andrew Marvell. ¿Qué crees que va a decir cuando se entere de que Janet Headstone está reescribiendo su trabajo? Ese tío es una pesadilla, un perdonavidas. ¿Quién va a darle la noticia? ¿Tú?
Reggie hizo como si no hubiera oído la pregunta.
—No lo está reescribiendo, está añadiendo cosas. Marvell no… no sería capaz de hacer nada parecido a lo que se le ha ocurrido a Jan.
—Ah, es «Jan», ya entiendo.
—Mira, vale, somos amiguetes. Nos hemos visto unas cuantas veces.
Estamos en la misma onda. Es encantadora…, refrescante, diferente. Te encantaría.
—Me da igual cómo sea. Lo que me molesta, Reggie, es que ni siquiera se te pasara por la cabeza hablar conmigo… Ver qué me parecía la idea. Me has puenteado, o esquivado, y has ido directamente a hablar con Yorgos. Él es más blando, y tú lo sabes. Eso es una deslealtad.
—Yo nunca sería desleal contigo, Talbot.
—Pues acabas de serlo, amigo mío. Tenemos una nueva guionista en la película que estoy produciendo, le pagamos mil a la semana, y yo, el productor, soy el último en enterarse.
El resto de la reunión ya no fue tan bien. Talbot quería machacar a Reggie «Rodrigo» Tipton, y le faltó muy poco para conseguirlo, según pudo comprobar con alegría. Reggie salió de allí para volver al rodaje cabreado y de malos modos. Talbot se quedó con la ligera sensación de haber hecho justicia.
También con la sensación del ardor ácido en el duodeno. La tensión y el enfrentamiento no le sentaban bien. Y sabía que aún le quedaban más enfrentamientos. Esta vez con Yorgos. Le dijo a Joe que se iba a Londres, que volvería al día siguiente por la mañana.
Pidió que le trajeran el Alvis del garaje del Grand y emprendió el viaje por la A-23. Le sentó bien ponerse al volante, sentir el poderoso zumbido del motor de tres litros vibrando en toda la carrocería, admirar cómo se iba
«comiendo» la carretera con su amplio capó plateado, como presumía el folleto publicitario. Este modelo, el TF 21 coupé de morro caído, con solo un año de vida, se ponía a ciento noventa kilómetros por hora en un visto y no visto. Adelantaba sin esfuerzo a los camiones y otros coches más lentos con un golpe de acelerador. Notaba el olor a cuero nuevo en los asientos y miraba de vez en cuando las agujas temblorosas de los marcadores del salpicadero como el piloto de un cazabombardero en vuelo rasante que desempeña su misión en territorio hostil. A veces los coches eran sencillamente maravillosos: el Alvis a toda velocidad le hacía sentirse joven de nuevo.
La sede de YSK Films Ltd. se encontraba en Great Marlborough Street, a una manzana al sur de Oxford Street. Al norte del Soho, decía Talbot cuando la gente le preguntaba dónde trabajaba. La Y y la S eran de Yorgos Samsa y la K de Kydd. Yorgos era el dueño del cincuenta y uno por ciento de la compañía y, como señaló en cierta ocasión, si Talbot se hubiera empeñado en que su nombre figurase en primer lugar, la empresa se llamaría KYS, un acrónimo cursi que no era el que buscaban, como el propio Talbot reconoció inmediatamente. YSK Films Ltd. le parecía un nombre perfecto.
Cuando Talbot entró en su despacho, Yorgos Samsa se levantó del escritorio con la cara cetrina distorsionada por una enorme sonrisa. Dio tres besos a Talbot en las mejillas —izquierda, derecha, izquierda— y acercó una silla a la mesita de café que había delante de la ventana, donde se celebraban las reuniones informales. Encendieron un cigarrillo y les llevaron el café. Todo parecía como siempre; la desagradable traición de Reggie y Janet Headstone era lo único que enturbiaba la envidiable armonía entre los socios.
Con apenas veinte años cumplidos, Yorgos Samsa huyó de Alemania en 1933, cuando Hitler pasó a ocupar la Cancillería, y se instaló en Inglaterra.
Esa era una de las historias. Talbot había oído otras conversaciones en las que Yorgos aseguraba ser el único superviviente de un naufragio en el mar Negro, y también que la Liga de las Naciones le había facilitado un pasaporte Nansen; en otras Yorgos era víctima de un juicio amañado en Transnistria —a saber dónde estaría eso— y tuvo que fugarse de la injusticia transnistriana. A Yorgos le gustaba cultivar la ambigüedad en lo tocante a su biografía. En realidad, Talbot no tenía una idea clara de cuáles eran su nacionalidad o nacionalidades. Había intentado averiguarlo en muchas ocasiones pero la respuesta de Yorgos siempre era vaga: «Soy una macedonia de frutas, Talbot, un poco de todo»; o «Soy de aquí y de allá»; o
«Mis padres eran gitanos y nunca me lo dijeron». Y cosas por el estilo.
«Digamos que soy un caballero inglés peculiar… como tú», le dijo una vez.
Y eso fue todo lo más que había podido sacarle; enseguida dejó de hacer preguntas.
Aunque Yorgos estaba gordísimo, los trajes de Savile Row, de corte impecable y chaqueta larga y cruzada, le hacían parecer corpulento más que obeso. Se teñía el pelo de negro y lucía en la cara ancha las marcas de un acné severo en la adolescencia. Hablaba un inglés casi perfecto, con un levísimo acento extranjero imposible de identificar. Le gustaba emplear coloquialismos, como muestra de fluidez, que no llegaba a entender del todo.
En la década de 1930, y llegado a Inglaterra de algún lugar de Europa continental, consiguió un empleo en el departamento de contabilidad de la productora de Peverell Kydd. Peverell detectó su talento manifiesto para los
números y no tardó en ascenderlo. Cuando Talbot heredó la productora, al morir su padre en 1948, era evidente que Yorgos tenía que ser su mano derecha. Y en la década de los cincuenta, cuando estaba inmerso en una dura crisis económica —casado, afrontando los gastos escolares de dos hijos, con una inesperada y desorbitada reclamación del fisco y una madrastra a la contra que había saqueado el fondo fiduciario de Talbot—, Yorgos consiguió la liquidez necesaria para no perder la solvencia y fue entonces cuando se asociaron formalmente. Así nació YSK Films Ltd., y Yorgos se adjudicó el cincuenta y uno por ciento. Hicieron películas y ganaron dinero, pero el aire de misterio perduraba.
Antes de que Talbot pudiera sacar el tema, Yorgos le pidió disculpas por el malentendido con Janet Headstone.
—La culpa es toda mía, Talbot. Creía que estabas de acuerdo con Reggie. Tendría que haberte preguntado, haberlo comprobado —se dio una buena bofetada en el dorso de una mano con la otra—. Muy mal, Yorgos.
Pero mira… Podemos llevar al caballo hasta el agua y podemos encontrar oro. Haré un pequeño anuncio a la prensa, al gremio: «Janet Headstone contratada para escribir Escalera. Tony Blaze, Anny Viklund». ¡Bla, bla, bla! Tenemos todas las de ganar.
—Troy Blaze —corrigió Talbot—. Más vale que no nos equivoquemos, o los Appleby esgrimirán el contrato.
—Troy, Troy, Troy. Me falla la cabeza, Talbot.
Talbot tuvo que darle la razón en que haber contratado a Janet Headstone no era necesariamente una mala noticia.
—Pero ¿qué pasa con Andrew Marvell? —dijo. Marvell era el primer guionista. Un tipo difícil, imposible.
—Le pagaremos más dinero. Y Headstone no figurará en los títulos de crédito. Verás como así cierra la boca. A ese solo le interesa la pasta.
Yorgos fue a su escritorio y volvió con una carpeta.
—Un asunto más importante —anunció—. Tengo el contrato de Las hojas cuando arden. Es todo nuestro —estaba radiante—. Eres un tipo muy pero que muy listo, Talbot. Tu padre estaría orgulloso de ti.
—Si tú lo dices…
Talbot abrió la carpeta y encontró un contrato de varias páginas. Había una carta del abogado sujeta con un clip a la primera hoja, con un membrete que no reconoció.
—¿Quién es… quiénes son Cordwainer, Goodforth y Bonvoisin?
—Un importante bufete internacional. Se han ocupado de todo el papeleo.
—¿Por qué? ¿Qué le pasa a John Saxonwood? —John Saxonwood era el abogado de YSK Films. Un antiguo amigo del Ejército.
Yorgos se inclinó hacia delante y formó un tejado con las puntas de los dedos.
—John Saxonwood no puede ejercer en California. Está muy bien para Inglaterra pero no sirve para algo tan grande como Las hojas cuando arden.
Esta es la buena, Talbot, créeme: las pirámides, el Titanic, el canal de Suez.
Todo cambia para nosotros, para YSK, con Las hojas cuando arden, gracias a ti.
Después de la reunión —tan amigos, más disculpas, todo resuelto—, Talbot fue en taxi al despacho de John Saxonwood en la City, cerca del Banco de Inglaterra. Era una oficina descuidada. En la ventana de la sala de espera agonizaban unas cintas mustias; había revistas con varios años de antigüedad amontonadas en una mesa de cualquier manera y la alfombra estaba llena de manchas. Talbot no sabía si aquel abandono era intencionado, si pretendía enviar algún mensaje. La verdad es que no le resultaba fácil descifrarlo.
John Saxonwood le ofreció té o whisky. Talbot pensó que ya era hora de beber alcohol.
—He encontrado un Speyside de malta muy bueno cerca de Forres —
explicó Saxonwood—. Glen Feshan.
Sacó una mosca muerta de un vaso y sirvió dos dedos de whisky de color pajizo.
— Slangevar —brindó en gaélico.
Talbot olfateó el whisky y le dio un buen trago antes de aventurarse a sacar el tema de Cordwainer, Goodforth y Bonvoisin.
—Creo que he coincidido con Goodforth. Sam M. Goodforth, si lo prefieres. De Estados Unidos. De los otros nunca he oído hablar —contestó
Saxonwood—. No puedo ponerme en contacto con ellos. Creo que no tienen sede en Londres —se acercó a una librería a buscar algún libro de consulta.
John Saxonwood era muy alto. Medía casi dos metros. Una nariz larga y rota, torcida hacia la izquierda, estropeaba sus facciones delgadas y uniformes. Él y Talbot se conocían desde 1940, cuando eran suboficiales en el Regimiento de Infantería Ligera de East Sussex —conocido como Los Martinetes—, y habían combatido y holgazaneado juntos en la Segunda Guerra Mundial, avanzando con Los Martinetes por el norte de África con el objetivo de llegar a Italia.
—Mira, no me malinterpretes —dijo Saxonwood mientras Talbot seguía dando explicaciones—. Yorgos me cae bien. Él y tú me habéis hecho ganar mucho dinero con el paso de los años, pero lo que dice es una estupidez. Yo puedo llegar a acuerdos en California y lo hago continuamente; me basta con contratar a un abogado allí. Podría contratar a Goodforth si quisiera.
¿Dónde está el problema? No me cuadra.
Talbot se explicó un poco más.
—Como sabes, esta obra que hemos comprado —mejor dicho, los derechos cinematográficos de esta obra— es un bombazo.
—Ya lo sé. La he visto. ¿No te acuerdas? ¿Sigue en cartel?
—Se retiró hace un mes. Más de un año en Broadway, y ahora diez meses en el West End. Irán de gira por todas partes. Es el momento de sacar la película.
Saxonwood volvió a llenar los vasos de Glen Feshan.
—Bueno, no firmes nada sin que yo te lo diga. ¿Entendido? Tengo una sensación rara con este asunto; me preocupa un poco. Me duelen las articulaciones.
—Por supuesto. Mensaje recibido.
—Nuestro Yorgos es un tipo encantador, y puede ser muy convincente.
Date por advertido.
—Es mi socio, John. Un amigo de hace muchos años. Me sacó las castañas del fuego.
—Precisamente por eso tienes que poner aún más cuidado.
—Oye, esta obra la encontré yo. Yorgos no ha tenido nada que ver en esto. Somos socios pero El olor de las hojas cuando arden fue un descubrimiento mío. Moralmente me pertenece.
—«Moralmente» no es un término que los abogados reconozcan. Los productores de cine tampoco.
Talbot volvió en taxi al aparcamiento del Soho donde había dejado el Alvis, pensando todavía en la extraña cadena de circunstancias que lo llevaron hasta El olor de las hojas cuando arden.
En 1965 había estado en Nueva York para participar en una serie de reuniones. Un fin de semana, el sábado, fue a Greenwich Village y estuvo dando una vuelta por Christopher Street. Mientras paseaba vio chicos cogidos de la mano y hombres abrazados de los hombros, tranquilos y risueños. En un bar pequeño vio a dos hombres besarse abiertamente. Se sentía como un fantasma —un fantasma del pasado— o un extraterrestre: un inglés alto, calvo y trajeado, a punto de cumplir sesenta años, mezclándose con aquellos chicos que ahora vivían despreocupadamente, en público, lo que hasta entonces habían sido vidas secretas. Tuvo una sensación extraña, de liberación y de vergüenza al mismo tiempo: de liberación al comprender que nada le impedía comportarse como ellos si así lo quería, y de vergüenza por protegerse detrás de una barrera de camuflaje: su actitud, su mujer, sus hijos.
Al salir del bar se despistó en un cruce. Era media tarde y, en una calle lateral, encontró una iglesia pequeña convertida en teatro. La obra anunciada se titulaba El olor de las hojas cuando arden, y el nombre de su autora era Fleur Schwartz. De repente —seguía alterado por la revelación que había tenido en Christopher Street y necesitaba distraerse— se le antojó comprar una entrada.
Dos horas después supo que había sido testigo de un acontecimiento extraordinario. Al menos diez personas —el aforo del teatro era de unas sesenta— abandonaron la sala haciendo ruido, escandalizadas. Esa misma noche llamó por teléfono a casa de John Saxonwood y le dijo que el lunes por la mañana YSK tenía que conseguir, como fuese, los derechos de una obra de teatro titulada El olor de las hojas cuando arden, de Fleur Schwartz. El dinero no era impedimento.
Resultó que Fleur Schwartz estaba muerta —se suicidó a los treinta y tres años—, pero sus herederos, en este caso su madre, estarían más que contentos —encantados— de aceptar un anticipo de mil dólares, por un período prorrogable de dieciocho meses, a cuenta de un precio final de diez mil. Una semana más tarde Talbot había firmado el contrato y pagado el anticipo. Tres meses después, Buck Lowry, nada menos, estrenaba la obra en Broadway, y lo demás ya forma parte de la historia del teatro. YSK, así lo dijo Yorgos, acababa de sentarse encima de una montaña de dinero.
Lo que convirtió Las hojas cuando arden en un éxito tan sonado fue el tema de la obra. En una palabra: el incesto. El personaje central, «Bud»
Lagrange, desarrolla un insano interés sexual por Esmeralda, su hija de veintiún años que acaba de volver a casa de sus padres después de separarse de Freeborn, un marido maltratador. El ambiente social es de chusma blanca en su variedad sureña. La historia transcurre en pleno verano, en una aldea de Louisiana: todo el mundo está sudando y lleva la mínima cantidad de ropa que permite el decoro. El título de la obra se explica durante una conversación que Bud tiene con un amigo. Dice que cada vez que Esmeralda se le acerca nota su olor. ¿A qué huele?, pregunta el amigo.
Huele como las hojas cuando arden, contesta Bud. Al final, tras una serie de enfrentamientos cada vez más tensos —Freeborn intenta inútilmente, con violencia, recuperar a su mujer—, Bud no es capaz de resistir su deseo inmoral y, una noche, borracho, en el clímax del acto II agrede a su hija e intenta violarla. Esmeralda mata a su padre con un cuchillo de cocina. De pie, a su lado, cubierta de sangre y con el cuchillo en la mano, lanza un salvaje alarido de victoria. Telón.
Todos los productores, magnates, empresarios y estudios querían los derechos cinematográficos, pero no estaban disponibles. Los tenía una pequeña productora inglesa —¡inglesa!—, de Londres. Los puñeteros británicos se habían adueñado de una obra estadounidense totémica.
Yorgos, contentísimo, atendía y rechazaba las ofertas de cientos de miles de dólares por la compra de los derechos. En un momento dado, cuando la Warner Bros elevó el precio a un millón de dólares, Talbot consideró la conveniencia de aceptarlo y embolsarse una ganancia descomunal.
—No, no, no, Talbot —dijo Yorgos—. Esto solo pasa una vez en la vida. El caballo regalado ha entrado en nuestra cacharrería y no vamos a mirarle el diente. Esto lo vamos a hacer nosotros, Talbot: tú y yo, nadie más.
Talbot aparcó el Alvis al lado del Austin 1100 de su mujer, en el amplio patio de gravilla de su casa, en Chiswick. Era un chalet de ladrillo, con la planta superior de teja plana y una torreta que rompía agradablemente la simetría del tejado. Varias plantas trepadoras adornaban la fachada (parra virgen, rosales y yedra muy bien podada), y todo irradiaba solidez y elegancia artística. O, pensó Talbot mientras abría la puerta principal, elegancia, solidez y un toque artístico apreciable en los ornamentos de ladrillo azul y los tragaluces con marco de madera.
Naomi, su mujer, estaba en la cocina, hablando por teléfono. Se lanzaron besos mientras Talbot abría la puerta del frigorífico y buscaba unas tónicas. Cogió dos y fue al salón, donde encontró la ginebra en el aparador, entre las demás botellas. Las puertas del jardín estaban abiertas, pero el sol seguía abrasando y Talbot no tenía ganas de calor. Preparó dos gin-tonics: encontró hielo en la hielera pero se había olvidado el limón. Estaba dando media vuelta cuando Naomi entró con unas rodajas de limón en un plato.
—Sabes leer el pensamiento —señaló Talbot, dándole un beso en la mejilla.
—¿A ti también te hace falta uno? —preguntó Naomi, cogiendo su vaso.
—He tenido un día un poco desquiciante. Si se pone aún más desquiciante te lo contaré.
Talbot cayó en la cuenta de que llevaban casi dos semanas sin verse, por las exigencias del rodaje, y volvió a sorprenderle, como por primera vez, lo mucho que estaba engordando Naomi. Unos pechos como un parachoques, las caderas bien anchas y una papada muy llamativa. Nunca había sido delgada, pero era evidente que estaba acumulando kilos.
—¿Qué tal en el colegio? —preguntó Talbot, mientras se sentaba y buscaba un cigarrillo.
—Horrible. Todos queremos que lleguen las vacaciones —Naomi sonrió—. No hay que quejarse. C’est normal, y esas cosas. ¿Tú qué tal?
¿Cómo va la peli?
—La verdad es que todo va relativamente bien, dentro de lo que cabe. Y
eso, por supuesto, me preocupa. Me da que se avecina una tormenta.
La conversación le hizo fijarse, como siempre cuando pasaban un tiempo separados, en el formalismo y la cautela con que se hablaban. Eran como dos desconocidos que, en una fiesta, coinciden en la misma mesa y hablan de cosas sin importancia. No un hombre y una mujer casados desde hacía veintiséis años.
—Yorgos está tramando alguna putada —explicó con deliberada grosería, para que la conversación resultara más natural.
—¿Yorgos no está siempre tramando alguna putada? —contestó Naomi, con una leve sonrisa, como si recogiera el guante. Yorgos no le caía bien.
—Sí, pero esta vez parece algo más subversivo de lo habitual. Aún no he podido llegar al fondo del asunto. Todo tiene que ver con la obra de teatro. De momento no veo cuál es su plan.
—Seguro que lo resuelves. Como siempre —Naomi abrió una reluciente caja de madera de castaño veteada, sacó un cigarrillo y lo encajó en una boquilla de ébano corta. Talbot se inclinó hacia ella y encendió el mechero.
—Humphrey llegará en cuestión de una hora —anunció Naomi, lanzando el humo al techo—. ¿Qué tal si vamos a cenar fuera?
Humphrey era su hijo.
—Tengo que volver a Brighton, mierda. Esta noche hay rodaje. Me esperan.
—Bueno, Humphrey se quedará una semana. Tiene un concierto en el Festival Hall el sábado que viene.
—Eso no hay que perdérselo —dijo Talbot—. Anótalo en la agenda. Me buscaré alguna excusa para ir al centro.
A Naomi le gustó la respuesta. Se levantó para coger una postal de la repisa de la chimenea y pasársela a su marido. Talbot vio una cascada larga y fina, en una selva verde y frondosa. Le dio la vuelta y leyó los clichés de costumbre. Era de su hija.
—¿Qué está haciendo Zoë en Nueva Zelanda? —preguntó—. Creía que estaba en Singapur.
—Dando clases de esquí a niños.
—¿En Nueva Zelanda esquían?
—Eso parece.
Talbot se acordó de Zoë cuando era pequeña. Vivaracha, aventurera, divertida: siempre le hacía reír. Y ahora estaba lo más lejos posible de su familia geográficamente, siempre viajando, siempre inalcanzable. Al menos Humphrey seguía en el país; un chico tímido y torturado.
—¿Se va a quedar en casa? —preguntó.
—¡Qué pregunta tan tonta! Pues claro, es gratis.
Talbot preguntó cómo le iba a Humphrey en Manchester. Tocaba los timbales en la Orquesta Hallé.
—Dice que le encanta —Naomi aplastó el cigarrillo en un cenicero—.
Que lo prefiere a Londres.
Talbot se sirvió un poco más de ginebra. Con cuidado. Tenía que conducir.
—¿No estarás trabajando demasiado, cariño? —preguntó—. Pareces un poco cansada.
—Pues claro que estoy trabajando demasiado. Es la carga adicional de la directora: una piedra colgada del cuello, gratis. Soy como tú, una especie de productora con un equipo de gente que parece empeñado continuamente en dejarme tirada, por una cosa o por otra.
Talbot se echó a reír con ganas. Naomi también se rio. Y, por un momento, el formalismo —la intimidad fabricada— se esfumó y, mientras ella se reía, Talbot vio una imagen borrosa de su mujer tal como era cuando la conoció, en los primeros años de la guerra. «Dios mío —pensó—, cómo pasa la vida».
—Más vale que me vaya —dijo.
Se despidió en la puerta con un beso, dijo que llamaría dentro de un par de días, subió al Alvis y salió a la carretera, pero en vez de girar hacia Brighton siguió de frente hacia Primrose Hill.
Aparcó el coche algo lejos de la esquina, volvió andando a su apartamento y entró por la puerta del jardín, su acceso habitual. Así no se cruzaba con los vecinos, a los que prácticamente no conocía, y viceversa.
Como mucho entraba por la puerta principal del edificio un par de veces al año.
Había comprado la planta baja de la esquina de una hilera de adosados de estuco de principios de la época victoriana, en una calle tranquila, cerca de King Henry’s Road. Tenía un jardincito con una puerta que daba a un camino de hierba. Cruzó el jardín —un cuadrado de césped descuidado con un borde de hortensias y un antiguo manzano con un banco de madera enmohecido alrededor del tronco— y entró por la puerta de atrás. El dormitorio, el baño y el cuarto oscuro estaban en el sótano. La planta a ras de suelo era más amplia y espaciosa. Una cocina-comedor, un salón con dos ventanas francesas de ocho paños que daban a la calle y al jardín, y otra habitación que había sido el dormitorio principal, eso creía. Ahora era su
«galería».
La vivienda estaba amueblada con sobriedad pero con gusto: sin cortinas —las persianas de madera interiores estaban en buen estado—, el suelo de tarima oscura con alfombras persas, un sofá Knole y un par de butacas tapizadas con fundas. En las paredes había unas cuantas fotos en blanco y negro —un desnudo contorsionado de Bill Brandt en una playa, una de Cartier-Bresson y una de Ingrid Soames, de dos rosas—, pero nada que en realidad revelase la personalidad del dueño de la casa.
El nombre que figuraba al lado del timbre de la vivienda A era
«Eastman». Sus vecinos (habían construido cuatro apartamentos en las dos plantas de arriba) lo llamaban «señor Eastman» las pocas veces que se veían, normalmente porque había que hacer reparaciones en los desagües o en el tejado. Talbot era todo lo anónimo que se podía ser en esa época, o eso creía, y se esforzaba mucho en seguir siéndolo. Nadie sabía cuándo entraba o salía, gracias a la puerta del jardín. Su teléfono rara vez sonaba. Pagaba los recibos al contado… Hasta había comprado la casa al contado, por doce mil quinientas libras, pidiéndole a John Saxonwood que se encargara de todo y no hiciera preguntas. Que él supiera, Talbot figuraba en el censo electoral como «señor Eastman». Nunca recibió allí correspondencia que no hubiera iniciado él. La principal finalidad de ser el señor Eastman de Primrose Hill no era tanto estar solo como descubrir quién era en realidad.
Y ¿quién era exactamente ese «ser» que ocultaba con tanto celo, ese ser íntimo?
Encendió las luces —dejaba las persianas del salón casi siempre cerradas— y echó un vistazo rápido para comprobar que todo estaba en orden. Luego se abrió la bragueta y se sacó la polla. Dio un paseo por la habitación, se sirvió un whisky y se lo bebió de un trago. Se quitó toda la ropa y la dejó doblada encima de una butaca. Desnudo, se sirvió otro escocés bien grande, se sentó en la otra butaca y se fumó un cigarrillo, pensando, imaginando. Cuando se sintió a tono, buscó las llaves en su escondite secreto y abrió primero el cerrojo y luego las dos cerraduras de la galería. Entró y cerró la puerta con llave.
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