Trío
Capítulo 18
Como por la tarde empezó a llover y no podían rodar en el exterior, Rodrigo anunció misteriosamente que daban por terminado el día.
—¿No tienes «protección contra la lluvia»? —preguntó Anny.
—No creo en la protección contra la lluvia —fue la desconcertante respuesta de Rodrigo—. Destruye la espontaneidad.
Anny volvió temprano al hotel, y aun así el grupo habitual de cazadores de autógrafos ya estaba esperando a un lado de la puerta principal. El número había ido aumentando a lo largo de la última semana, como si por fin hubiera llegado a Brighton la noticia de que una famosa estrella de Hollywood estaba en la ciudad.
—¡Anny! ¡Anny! —Oyó las voces al salir del coche y, con ánimo benevolente, se acercó a sus admiradores y empezó a firmar. Había una media docena de personas, todas mujeres, curiosamente, y Anny, sin levantar la cabeza, firmó los cuadernos que le iban ofreciendo en fila. Pero el último se lo pasó un hombre: lo supo por las manos grandes que abrieron el cuaderno por una página en blanco.
«¡NECESITO TU AYUDA!», había escrito en mayúsculas grandes.
Anny levantó la vista y vio a un hombre con barba y sombrero de lana calado hasta las cejas. Llevaba gafas y fue este detalle extraño lo que prolongó levísimamente la fracción de segundo que tardó en reconocer a su exmarido. Era cierto que Cornell Weekes estaba en Inglaterra. Y en Brighton. Y delante de ella.
Anny miró de nuevo el libro.
—Joder, Cornell, no me lo puedo creer —dijo, con un tono cargado de decepción—. Te están buscando —añadió en voz baja—. El FBI ha estado aquí, hablándome de ti.
—Tienes que ayudarme, Anny. Eres mi única esperanza. Estoy desesperado.
Anny anotó su número de habitación.
—Ven esta noche —dijo—. Sube. Procura ponerte presentable.
Echó a andar y entró en el hotel sin mirar atrás.
En la habitación se tomó dos Equanil y un Seconal. Luego se dio una ducha, colgó en la puerta el cartel de «No molestar» y se metió en la cama.
Se quedó dormida y se despertó a las ocho de la tarde, aturdida y con la cabeza como un bombo, y se tomó un Obetral para espabilarse. Se vendían como pastillas para adelgazar pero todo el mundo sabía que eran anfetaminas mal disfrazadas. Se vistió y pidió al servicio de habitaciones un sándwich de jamón y queso y una jarra de café, y cuando se lo llevaron vio que no tenía hambre, por el Obetral. Se bebió dos tazas de café con un montón de azúcar y empezó a pensar qué haría cuando apareciese Cornell.
Una hora más tarde sonó el teléfono.
—Hay aquí un señor que se llama Ingmar Bergman y dice que tiene una cita con la señorita Viklund.
Ingmar Bergman era el director de cine favorito de Anny… Cornell lo sabía, porque le había contado muchas veces que soñaba con trabajar algún día en una película de Bergman… aunque tenía el problema de que no hablaba sueco.
—Que suba —dijo.
Cornell entró en la habitación con torpeza, irradiando su mezcla habitual de nerviosismo y chulería, como si le fastidiara tener que pedirle ayuda y al mismo tiempo fuera consciente de que la necesitaba, «por favor, Anny». Anny se fijó en que llevaba corbata y se había teñido el pelo de negro, como ella. No se dieron la mano ni un beso. Cornell se quitó las gafas y las guardó en un bolsillo. Anny vio que se había recortado la barba, salpicada de canas, y pensó que le sentaba bien. Demacrado y con los ojos oscuros y hundidos, se parecía todavía más al profeta que ella había visto en él: un visionario en el caos del siglo XXI, que cosechaba la oposición y el rechazo del resto del mundo.
Cornell echó un vistazo a la habitación y preguntó si podía comerse el sándwich, que seguía intacto en un plato. Anny le dijo que adelante, y vio
que se lo zampaba de seis mordiscos antes de servirse una taza de café frío.
De repente, Cornell dejó la taza en la bandeja, se inclinó hacia delante y hundió la cara entre las manos.
—Estoy agotado, Anny —dijo, con la voz amortiguada por las palmas de las manos. Y se echó a llorar sin hacer ruido, casi en silencio; únicamente el temblor de los hombros delataba su sufrimiento.
Anny lo miró, procurando olvidar el calambrazo de amor que sentía en ese momento por aquel hombre exasperante, aguantándose las ganas de abrazarlo, de acariciarle el pelo y susurrarle al oído para consolarlo. Sabía que con Cornell siempre pasaba lo mismo; la vida era un péndulo enloquecido: del amor a la ira, del cariño a la irritación, de la calidez al antagonismo más brutal. Y vuelta a empezar.
Dio un paso adelante y le puso una mano con ternura en la espalda.
—Por favor, Cornell —dijo, notando la tibieza de las lágrimas también en sus ojos. Era rarísimo verlo tan vulnerable. Solo recordaba haberlo visto llorar un par de veces. Cornell no soportaba llorar, siempre se lo había dicho: llorar era una especie de derrota; una señal de haber perdido.
—No puedes seguir así —le dijo.
Cornell levantó la cabeza, sorbió por la nariz y se secó los ojos con los talones de las manos.
—No tengo elección. No puedo volver a la cárcel. Me estoy jugando la vida, Anny. La vida —el énfasis con que pronunció esta última palabra pareció devolverle su energía habitual. Miró a Anny, que retiró la mano de su hombro. La oleada de amor que acababa de sentir se esfumó inmediatamente.
—No podemos volver a vernos —dijo con brusquedad—. ¿Qué quieres?
—Dinero.
—Entrégate, Cornell. Te lo ruego.
—¿Cómo puedes decir eso? No pienso pudrirme en una puta celda el resto de mi vida. Antes me mato.
—En ese caso, quizá deberías matarte. Ya sabes que, cuando la vida no vale la pena, matarse tiene sentido —contestó con dureza, y se arrepintió al
instante del tono—. Entrégate. Tal vez sea lo mejor… a la larga —añadió con un hilo de voz.
—Mi vida valdrá la pena en cuanto llegue a África, a Mozambique.
—¿Mozambique? ¿Allí no hay una especie de guerra, una insurrección?
—Justamente. Una potencia colonial contra un ejército rebelde que lucha para liberar su país. Por eso estaré a salvo. Tengo contactos en el FRELIMO.
—Joder —Anny vio en la mirada de Cornell el brillo familiar del fanatismo—. ¿Por qué pusiste esas bombas?
—Se llama lucha armada. Soy un combatiente por la libertad y estoy en guerra contra un Estado opresor.
—Igual que el FRELIMO. Deberías estar en casa.
—Esto no es una broma, Anny.
—Ya lo sé. Eso díselo al soldado que se ha quedado sin piernas gracias a tu bomba.
—Sí. Lo siento mucho por él… —Y enseguida se endureció visiblemente—. ¿Sabes qué? Es un puto soldado profesional. La profesión entraña riesgos. Daños, calamidades. Ese soldado estaba en combate. En zona de combate.
—Joder, Cornell. Estaba en Nevada.
—La guerra está en todas partes. El país está en guerra.
—Pues él no lo sabía, ¿a que no?
—Lo sabía. Estamos en guerra; es una guerra no declarada.
Anny sintió que el cansancio se posaba en sus hombros como un chal.
Con Cornell no había forma de razonar.
—¿Por qué tengo que ayudarte? —preguntó—. ¿Tienes idea de la cantidad de problemas que podrías crearme?
—Fuimos hombre y mujer —Cornell rectificó—. Marido y mujer. Eso tiene que significar algo. Compartimos la vida. Pasamos buenos ratos, Anny. Lo sabes. Hicimos un juramento.
—Que se declaró nulo al cabo de unos meses.
—Unos meses increíbles. Reconócelo, Anny. Fue… especial, diferente.
Yo te hice cambiar. Eso me lo debes.
¿Qué podía decir Anny? No tenía respuesta. Estaba mareada; era consciente del efecto que Cornell ejercía sobre ella. Cornell era una fuerza de la naturaleza, una fuerza suave pero concentrada, como el virus del resfriado o un día de lluvia interminable. En él ardía eternamente la llama de la injusticia que detectaba en todas partes, a todas horas. Un parquímetro era una injusticia para él; sacar la basura era una ofensa contra su libertad; la obligación de pararse en un semáforo en rojo minaba sus derechos humanos. Esta implacable falta de lógica se imponía a cualquier argumento racional que aspirase a proponer una explicación alternativa, un freno, una contradicción. El recuerdo que Anny guardaba de su vida de casada era el de una sensación de fatiga intelectual casi constante.
Volvía a experimentar los mismos síntomas mientras lo miraba hablar
—sin escucharlo—, sentado en una silla, al lado de la bandeja del servicio de habitaciones. Se fijó en la barba, el traje barato, los zapatos sucios, los calcetines desparejados: uno marrón, el otro azul. ¿Cómo había podido casarse con este hombre, este fanático de mierda?, se preguntó por milésima vez. Y no se le ocurrió ninguna respuesta. A lo mejor era el cansancio lo que la empujaba a tomar la decisión de ayudarlo en ese momento, pensó.
Un último gesto. Cualquier cosa con tal de que se largase; cualquier cosa para recuperar la calma y la tranquilidad, detener la eterna sensación de desorden que provocaba la presencia de Cornell Weekes.
—¿Cuánto necesitas?
—Cinco mil dólares.
—¡Joder! Cornell…
—Vale. Dos mil. Tengo que volver a Lisboa y allí coger un avión a Lourenço Marques. Y nunca volverás a saber de mí. No volverás a verme en la vida. Eso vale dos mil pavos, ¿no?
Tenía razón, pensó Anny. Los dos mil pavos mejor gastados de su vida.
Los mejores. Tomó la decisión.
—No tengo tanto dinero en efectivo.
—Pero puedes conseguirlo, ¿no? Seguro que te pagan una fortuna por esta peli.
—Lo intentaré —Anny tenía el cerebro a mil por hora, aunque borroso por el Obetral—. Hablaré con la oficina de producción. Con el productor.
—¿Cómo me lo darás?
Anny lo pensó un momento.
—Espera con los cazadores de autógrafos todos los días en la puerta del hotel. En cuanto tenga el dinero te lo pasaré.
—Vale, pero no tardes. ¿De acuerdo?
Cornell se levantó y dio una vuelta por la suite agresivamente. Volvía a ser el Cornell Weekes de siempre. Palpó las cortinas gruesas, sopesó el tirador de bronce con el que se abrían y cerraban.
—Vives a todo tren, ¿eh, Anny? —dijo en tono acusador, con desprecio
—. Seguro que así la vida es buena.
—Es un trabajo. Me dedico a esto. Me pagan el alojamiento.
—Debería darte vergüenza. Es asqueroso.
—No me da vergüenza, ni por un segundo. ¡Vete a la mierda, Cornell!
No tienes ningún reparo en beneficiarte de mi «asqueroso» trabajo, claro que no…, para ir a luchar con los buenos en la selva de Mozambique. ¿No te parece una ironía? ¿Una traición a tus nobles ideales? ¿Aceptas mi cochino dinero tan contento? ¿Por qué no atracas un banco, señor Luchador por la Libertad?
—Yo no puedo elegir. Tú sí.
—Tiene gracia que las cosas siempre acaben igual. Tú tienes razón. Yo estoy equivocada —empezaba a afectarle el cansancio de discutir con él. Le recordaba su breve matrimonio y las tensiones interminables. De repente echó de menos a Troy, tan sencillo, tan sincero.
—¿Sabes qué? Creo que tienes que irte —dijo, acercándose a la puerta de dos zancadas—. Te daré el dinero mañana o pasado mañana—. Abrió la puerta. Cornell se quedó donde estaba, con las manos en jarras, como sin ganas de marcharse.
—Supongo que tengo que darte las gracias —dijo—. Gracias, Anny. Sé que no es fácil para ti. Pero siempre he tenido la sensación de que entre nosotros había algo…
—No quiero tu agradecimiento, Cornell —contestó con hartazgo—. No quiero nada más de ti. Esto es lo último que haré por ti en la vida.
Al pasar a su lado, Cornell se acercó e intentó besarla, y ella le dio un puñetazo en el pecho.
—¡Auu! ¡Eso ha dolido, joder!
—No vuelvas a intentar tocarme.
—Vale. Vale. Déjame en paz.
Cuando Cornell ya se había ido, Anny se acordó de su máxima y se negó a permitirse llorar: llorar era una especie de derrota, una señal de que había perdido. Pero es que había perdido, y lo sabía; o al menos se había rendido. ¿Qué había hecho? Las voces sabias de su cabeza le decían que estaba cometiendo un error garrafal; pero otras voces, las de su corazón, le decían que no tenía alternativa. Cogió un tenedor del carrito del servicio de habitaciones y se clavó las púas en el antebrazo hasta hacerse daño, hasta notar las terminaciones nerviosas, para olvidarse de Cornell Weekes. Apretó más fuerte, más fuerte. Soltó el tenedor y se quedó mirando la línea roja de cuatro puntos suspensivos que se había hecho en la piel. Muy roja. Vio cómo la piel se rompía y brotaban unas bolitas de sangre. Cuatro puntos de color rojo brillante. Los frotó con saliva a la vez que inhalaba y exhalaba, inhalaba y exhalaba.
Por un momento pensó en llamar al detective inglés que le había dado su tarjeta pero, por alguna razón, sabía que no podía delatar a Cornell.
Pobre Cornell: triste y hecho un lío. Mejor que se vaya a África, pensó; que se embarque en la nueva fantasía de liberar Mozambique del yugo de la dictadura portuguesa. Que se vaya a hacer realidad otro sueño imposible; a reparar más errores geopolíticos. En cierto modo, pensó, a un hombre como Cornell había que admirarlo. Brillaba con más fuerza que el común de los mortales. De todos modos, sería un dinero bien gastado. Empezaba a tranquilizarse un poco. «Es lo mejor que puedo hacer —razonó—: sacarlo de mi vida cuanto antes».
Y entonces se le ocurrió otra idea. Llamó a recepción y pidió que le pasaran con un número de París.
— Allò? Oui?
Era Jacques. Había vuelto de Guinea. Desconocidos países africanos pasaban de repente a formar parte de la vida de Anny. Sintió que se le tensaba el pecho de alegría.
—Soy yo —dijo—. Has vuelto. Qué bien.
—Acabo de volver —Anny prestó atención a la voz grave con que Jacques le hablaba de su reunión con Nkrumah y le contaba que Nkrumah le había condecorado con la Orden de la Estrella de Ghana.
—Creía que lo habían destituido. Que estaba en el exilio.
—Claro. Pero aun así me ha dado esa medalla.
—Felicidades —dijo Anny—. Cornell ha estado aquí.
— Putain!
—Sí, putain! Necesita dinero.
Hubo un silencio.
—¿Te dejará en paz?
—Creo que sí.
—Bueno, pues dáselo —Jacques se quedó callado—. Oye, voy a ir a verte. Echo de menos a mi niña bonita.
—Yo también te echo de menos —contestó Anny—. ¿Cuándo vienes?
Me queda todavía un mes de rodaje.
—Iré dentro de unos días. Te llamaré. Tengo que hacer un par de cosas aquí, en París.
—Vale. Estoy deseando que vengas.
— Je t’embrasse, chérie.
— Bisous —Anny colgó.
Se quedó un rato sentada, pensando. Preguntándose si había acabado con Jacques por culpa de Cornell. Si había sustituido a un hombre vacilante, imprevisible y desquiciante por otro tan seguro de sí mismo y de su escala de valores que casi irradiaba serenidad. ¿Por qué había hecho eso? ¿Qué decía eso de ella como persona? ¿Qué necesidades estaba satisfaciendo?
«Para, para, para», se ordenó. Sintió una leve sacudida de pánico, como si una máquina le hiciera vibrar todo el cuerpo, como si hubiera una máquina potente zumbando en la habitación de abajo. Que su vida se estuviera complicando tanto era una señal, y Anny sabía que eso no era bueno para ella. Primero las exigencias del rodaje, después la aparición de Cornell y ahora Jacques que decía que venía. Y Troy. ¿Por qué su vida era así, por qué iba acumulando una complicación tras otra? Quizá era demasiado.
Quizá era mejor que Jacques no viniese… Pero sospecharía si intentaba impedírselo.
Se tomó otro Equanil y llamó a la habitación de Troy. Troy dijo que en dos minutos estaría con ella.
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