Trinidad

Leon Uris · Capítulo 9 de 119

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Trinidad

Capítulo 9

Septiembre de 1845

–¡Papá! ¡Tío Aidan! ¡Tío Cathal!

Kilty Larkin y sus dos hermanos, que estaban arrancando las últimas patatas del tablar, se volvieron para ver al joven Tomas que subía ladera arriba, a la carrera, agitando la mano y gritando al mismo tiempo.

–¡Papá! ¡Tío Aidan! ¡Tío Cathal!

Kilty arrojó un puñado de patatas chiquitas dentro del gran cesto colocado en las guías de la narria, y se estiró en toda su talla, que en verdad era bastante aventajada. Los tres hermanos ocupaban un buen pedazo de suelo, pues eran muy fornidos. Mientras se secaba la frente, una ráfaga de viento hizo volar su cabello, dándole el aspecto de un Moisés barbirrojo. Su hijo salvaba los últimos metros a tropezones.

–¡Eh, vamos, Tomas, deja ya de correr!

–Mamá… -jadeó el muchacho-, mamá quiere que vayáis

inmediatamente, todos.

–Bien, ¿qué pasa? – preguntó Cathal.

–A las patatas les ocurre algo extraño.

–Vaya, ¿qué puede pasarles? Ayer estaban perfectamente sanas.

Tomas movía la cabeza y se mordía fuertemente el labio inferior para no ponerse a llorar.

–¿Qué ocurre? – preguntó Kilty.

–Han empezado a ponerse negras ante nuestros propios ojos.

Los hermanos se miraron desconcertados, luego dieron media vuelta los tres a la vez y emprendieron la marcha, casi corriendo.

Cuando llegaron al gran cobertizo de piedra y turba utilizado para almacenar cosechas, se había reunido ya allí un grupito de mujeres y viejos. Maud, la esposa de Kilty; Jenny, la de Aidan, y Shidba, la de Cathal, estaban también.

Kilty se abrió paso hasta Maud. Con la cara alterada por el espanto, la mujer le cogió el brazo, y sin despegar los labios, le señaló el cobertizo. Kilty entró, seguido de sus hermanos. Los arcones despedían un olor acre intenso. Kilty hundió la mano y sacó un puñado de patatas, tratando de verlas bien en la oscuridad. Se habían vuelto

negras y se deshacían en una especie de pasta que chorreaba entre sus dedos. Hundió la mano más profundamente. Todas estaban igual. Los tres escarbaron un arcón tras otro hasta el final del cobertizo. En todas partes lo mismo.

–¡Santa Madre de Jesús! – gritó Aidan.

–Por amor de Dios, habla bajo -le atajó Kilty. Los tres se acercaron hasta casi tocarse las cabezas.

–¿Qué piensas de esto? – preguntó Cathal.

–En verdad que no lo sé -respondió Kilty.

–¿Crees que podrá ser la roya? – murmuró Aidan.

–De veras que no lo sé -repitió Kilty-. No había visto nunca una cosa parecida.

–Yo recuerdo que papá nos contaba que esto pasó en Armagh una vez. Cuando arrancaban la cosecha, las patatas parecían sanas; pero de pronto se volvían así.

–Veamos -dijo Kilty, aguzando el pensamiento-. Cathal, sal de aquí lo más silenciosamente que puedas y llévate un saco lleno. Coge unas cuantas gallinas y un lechón, ponlos en un pesebre, separados de los demás animales, y dales de comer patatas de ésas.

–De acuerdo.

–Bien, salgamos y mostrémonos tranquilos, por amor de Dios.

En el momento en que salían llegaron otros tres vecinos diciendo que en sus almacenes había ocurrido lo mismo. Mientras el grupo crecía y la confusión aumentaba, todos los ojos empezaban a volverse hacia Kilty. Este se mostraba casi altivo, hablando con voz pausada y tranquilizadora, y por el momento todo el mundo pareció calmado.

Sólo Maud, su esposa desde hacía quince años, sabía leer la desesperación que se arremolinaba detrás de aquel semblante impasible.

A las pocas horas, Cathal tuvo la respuesta. Los animales que habían comido patatas negras morían. Kilty despachó a sus hermanos y a Tomas hacia Moville, al norte; hacia Glencaw, tierra adentro, y hacia Muff, al sur, para reunir a los jefes titulares de los clanes. Cuando llegaron, a altas horas de la noche, la iglesia estaba llena de mujeres llorando y de hombres huraños, aterrorizados.

La reunión se celebró en una antigua torre normanda, abandonada, a una milla del pueblo, con la asistencia de todos los hombres de Ballyutogue. Daddo Friel fue el primero en informar que la cosecha de su pueblo de Crockadaw había empezado a pudrirse el día anterior.

Después de un largo rato de silencio total, estalló un griterío confuso. Kilty asumió el mando, desviando la oleada de miedo que se formaba.

–Cuando nos separemos, quiero que cada uno de vosotros estudie su propia situación y me informe exactamente qué necesita para pasar el invierno y ponerse a sembrar en primavera. Cuando tenga todos los datos, formaré con Daddo y conmigo mismo una comisión de dos para ir a Derry y ver a MacAdam Rankin en persona, el jefe de

administradores de fincas rústicas.

–¡Y vaya que se desvivirá por nosotros el magnífico canalla!

–Debo insistir en que os calléis todos. En días pasados hemos tenido nuestras diferencias con MacAdam Rankin; pero nunca nos habíamos visto ante la pérdida total de nuestro alimento básico. Hasta Rankin tendrá que darse cuenta de que muriéndonos todos de hambre no le haremos ningún favor a Su Señoría.

Aquello parecía bastante lógico. El conde de Foyle debía tener arrendatarios, si quería conservar y aumentar su fortuna. De modo que reaccionaría de modo que salvaguardara su propio interés.

–Enteradme de vuestras necesidades fundamentales -repitió Kilty, enérgicamente- y Daddo y yo negociaremos, solicitando lo suficiente para mantener el cuerpo y el alma juntos. Mientras, no pidáis ningún dinero a los prestamistas… y, por amor de Dios, absteneos de sembrar el pánico.

Fortificados por la pétrea solidez de Kilty, los demás se marcharon con un poco de esperanza.

Los Larkin formaban tres familias, con un total de veinte personas.

Kilty era el mayor, digno hijo de Ronan, el que combatió en el levantamiento del noventa y ocho y logró que la tierra diera cosecha donde no la había dado nunca. El y Maud tuvieron cuatro hijos, tres niños y una chiquilla pequeña, el mayor de los cuales era Tomas, que tenía catorce años. Tomas era alto y fuerte como todos los Larkin, pero haroneaba y soñaba y pasaba el mayor tiempo posible sentado en las

rodillas del shanache y maestro de valla ambulante. A Cathal, el mediano, le abrumaba el inmenso pesar de no tener heredero varón.

Sólo tenía cuatro hijas, la mayor de diecisiete años, y ninguna casada.

Por fin venía Aidan, con cuatro chiquillos escalonados desde los nueve años hasta los pañales.

Las tres familias estaban muy unidas, y esta unión las hacía más fuertes en épocas de crisis. El consejo de familia discutió la situación con tranquila seguridad. El problema inmediato consistía en disponer del alimento suficiente para pasar el invierno, después de pagar las rentas. La parte de cosecha que les correspondía les permitiría resistir; pero en primavera no tendrían dinero para simientes y otros gastos.

Se decidió, pues, que uno de los tres cruzaría el charco y se iría a Inglaterra a trabajar en el muelle y en la recogida de las últimas cosechas. Kilty era el que tenía más posibilidades de ganar buenos salarios, y, además, el único que podía marcharse.

Aidan no tenía quien le sustituyera en los campos, y casi lo mismo se podía decir de Cathal. Estando él, dos hijas podían ayudarle; pero solas, si él se iba, no sabrían desenvolverse.

Cuando dejaba de navegar por las nubes, el joven Tomas ya casi era capaz de trabajar como un hombre.

Kilty le encareció la importancia y la responsabilidad de ascender a cabeza de la familia, y el muchacho prometió desempeñar la tarea.

En conjunto, los Larkin parecían bien situados; no tendrían que luchar mucho más que de costumbre. Pero entonces llegaron los informes de los vecinos y los pueblos cercanos, y las perspectivas de los demás se presentaban muy negras.

Armados con una relación detallada de las necesidades de los arrendatarios de las tierras del conde de Foyle, Daddo Friel y Kilty tomaron el camino de Derry para ver a MacAdam Rankin.

Después de reflexiones y consultas, decidieron que se podría hacer frente a la situación aplazando el pago de las rentas. Convencerían a Rankin de que no teniendo patatas los cultivadores, les permitiese quedarse con cierto número de cabezas de ganado y otras cosechas para alimentarse con ellas. En el transcurso de dos siglos y medio, los arrendatarios católicos de Inishowen y de nueve condes de Foyle se habían levantado en sangrientas revueltas; pero ésas eran ya cosas del

pasado. Hacía mucho tiempo que se habían suprimido las leyes penales y desde Inglaterra soplaba un espíritu de reforma y compromiso. Hacía ya más de dos años que Kilty había abandonado las incursiones nocturnas. Ahora las negociaciones habían dejado de ser un recurso excepcional.

Kilty y Daddo se sentían optimistas. Al fin y al cabo, estaban en 1845, y tratarían con hombres civilizados.

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