Trinidad

Leon Uris · Capítulo 93 de 119

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Trinidad

Capítulo 12

Shelley leía los inexpresados mensajes. Sabía por experiencias que Conor no tardaría en internarse en aquel mundo misterioso por el cual ella no podía acompañarle. La primera indicación se la dio el hecho de que Conor se tomara tiempo libre. El astillero continuaba cerrado, pero él se había trasladado a Rathweed Hall todos los días para trabajar con el club. Luego solicitó tres días de permiso, el más largo que se tomaba.

Aquel día y aquella noche se abstuvo por completo del licor, detalle indicador de que no quería que nada le nublase la mente. Antes de marcharse solo, siempre se abstenía de beber.

Pero el detalle más elocuente fue la manera de poseerla aquella noche. Fue una posesión sin furia, un prolongar la unión sin estar completamente despierto ni completamente dormido, la manifestación más suave de amor, el intento de prolongar los minutos hasta la eternidad.

El despertador los retornó con una sacudida a la realidad. Ellos continuaron en su arrobo varios minutos más, hasta sobrepasar el margen de tiempo disponible; luego, pensativos los dos, se entregaron a las actividades del día.

A pesar de que Shelley se mostrase exteriormente plácida y tranquila, cada uno de ambos ocupaba el primer plano de la mente del otro, cada uno conocía las aprensiones del otro. Conor notaba el miedo, cada vez mayor, que invadía a Shelley, la cual esperaba que le dijese algo.

Shelley no le había hablado de las cartas anónimas. Había recibido tres, cada una manando veneno y pintándola como la peor especie de prostituta, por vivir con un católico. Cada una la amenazaba de muerte por tan inenarrable crimen.

Anteriormente había sufrido el trauma de romper con la familia.

Por lo visto toleraban bien que tuviese un amorío clandestino con un hombre casado; pero que viviera abiertamente con un católico romano se les hacía insoportable. Morgan ordenó a la familia que no la viesen y que no pronunciasen su nombre entre aquellas paredes. Robin fue el único que desafió el mandato del padre, prolongando una relación más

bien penosa con su hermana. Los demás obedecieron. Shelley y Conor se habían trasladado del pisito de la calle Flax a un barrio más acogedor, cerca de la carretera de Cavehill. Aunque dentro de Belfast ningún lugar resultaba suficientemente apartado.

–Quiero que te quedes en casa de Blanche -dijo Conor mientras desayunaban. Ella respondió que así lo haría-. Esta vez importa muchísimo. Yo estaré fuera varios días. El caso podría resultar arriesgado; por lo tanto comunica a Robin que estás en casa de Blanche y que si pasa algo anormal quizá tengas que salir de Belfast precipitadamente. Es mejor que Robin lo sepa. Vete a Dublín, entonces, a casa de Seamus, o a la de Atty Fitzpatrick.

Shelley aguardó a que Conor hubiese abandonado la mesa para permitirse un estremecimiento. Nunca le había dado parecidas instrucciones. Era evidente que correrían un gran peligro. Conor regresó con la pistola y la dejó sobre la mesa.

–Cógela -le dijo.

–¿No deberías llevártela tú?

–O salgo bien de la empresa, o no salgo. Ese cacharro no cambiaría nada.

Shelley miró el arma fijamente y movió la cabeza.

–Ya sabes que no sería capaz de utilizarla.

–La verdad es que cuando estabas de centinela a la vera de mi lecho parecías dispuesta a disparar -observó Conor.

–Aquello era diferente -replicó Shelley.

Conor se encogió de hombros y se sujetó la funda del sobaco.

–Es lo que nos pasa a los dos, muchacha. Tampoco estoy seguro de ser capaz de apretar el gatillo. Mi comandante se da perfecta cuenta de esa posibilidad.

–Creo que me gustas más así -dijo ella.

Conor miró el reloj e hizo una mueca.

–Lo más probable es que cuando regrese de este viaje, nos vayamos de Belfast por mucho tiempo. Yo me alegraré mucho. Cada vez que vuelvo aquí tengo la sensación de haber entrado en un manicomio.

Shelley no le había contado nunca lo que soñaba ella repetidamente.

Soñaba que se hallaba completamente sola y todas las calles estaban completamente oscuras y andaba interminablemente entre filas y filas

de casas de ladrillo rojo, cruzando laberintos y metiéndose en callejones sin salida sin haber encontrado ni rastro de vida humana. Y

se despertaba comprendiendo que había sido una visión de muerte.

Conor apuró el té, se puso la chaqueta y la gorra y se permitió una última y lenta mirada. Sí, sería bonito marcharse de Belfast. No era ciudad para un hombre católico y una mujer protestante.

Los chulos de Sandy Row tenían una importantísima cuenta que saldar con respecto al encarcelamiento de Vessey Bain y Joey Hooker.

Las conversaciones sobre el tema no amainaban nunca en ciertas tabernas y en ciertas logias de Orange. Había tan pocas probabilidades de que olvidasen esta cuestión como de que dejaran de acordarse de la batalla del Boyne o de las murallas de Derry.

Y las damas de Oliver Cromwell MacIvor ardían en ganas de saldar una cuenta suya particular con Shelley por la vergüenza que había echado sobre su excelente y piadosa familia.

Conor y Shelley juntaron las mejillas.

–Pase lo que pase, contigo he tenido todo lo quería -dijo ella.

–Pase lo que pase -repitió Conor, y se fue.

Dan Sweeney el Largo vino a Belfast enseguida de recibir el cable de Owen O'Sullivan diciendo que las armas estaban en camino.

Cuando Conor le informó de la ruta que seguiría el tren, Sweeney envió a buscar a Kelly Malloy de Dungannon.

Kelly era cultivador de rosas, de profesión, creaba variedades de las magníficas rosas del Ulster, lo cual le daba cierta fama por toda la parte oriental de la provincia. Era jefe oficial de los «Dungannon Clubs» que habían brotado por la zona con el renacimiento gaélico; primos hermanos de las Wolfe Tone Societies y otros grupos de matiz republicano del norte.

Además, militaba en la Hermandad Republicana Irlandesa.

Su negocio requería cierto número de carretas, aparte de una relación íntima con los campesinos de las colinas del sector, donde él analizaba suelos continuamente, condiciones de riego y fertilizantes, y hasta utilizaba pedazos de sus tierras como viveros de rosales para la exportación.

Kelly calculó que podría organizar la recogida de las armas en las treinta horas y pico que le concedían. Para ello tendría que reunir un

grupo suficiente de simpatizantes y hallar un buen escondite temporal.

Las montañas de los alrededores de Omagh estaban llenas de chozas, subterráneos y pozos mina. Se escogió Sixmilecross como el mejor apartadero, bajo el manto protector de un bosque.

Cuando Kelly se marchó, Dan Sweeney encontró a Conor como

sobre brasas.

–¿Qué te pasa, Conor? – preguntó Dan sin rodeos.

–Deberías saberlo. Hasta cinco minutos antes de llegar Kelly, te estuve diciendo que en este caso el riesgo es superior al normal. Sabes perfectamente bien que quizá estemos coqueteando con un confidente.

Había que decírselo a Kelly. Yo estoy dispuesto a correr el riesgo; pero al menos sé que existe.

Largo Dan estudió a Conor, y se acordó nuevamente de sus propios recelos de que se trataba de un hombre complicado. Cada vez que se proponía designar a Conor como miembro del concejo venía la duda a modificar la decisión. Larkin continuaba escapándosele como hombre y acaso fuera tarde para ver cómo reaccionaba en una situación crítica.

–Un comandante está obligado a informar a sus hombres -le espetó Conor-. ¿Crees que un oficial británico no se lo explicaría a una patrulla?

–Ya te dije una vez, Conor, que no podemos llevar el juego según las normas británicas. Como puedes haber recogido en las conversaciones que hemos sostenido, tenemos cuatro miembros de la Hermandad entre Dungannon y Omagh. Cuatro hombres, fíjate bien. Son el número total, no hay más. Antes de que esta guerra termine, habrás tenido que enviar a la muerte docenas de veces a hombres valiosos, sin que ellos lo sepan… si es que posees dotes de mando…

–Quizá no las posea…

–Quizá no, en verdad -respondió Dan-. Aquí no hay que tomar sino una sola decisión y el resto es retórica inútil… esos rifles importan más que Kelly Malloy, los hombres que Kelly pueda reclutar y Conor Larkin por añadidura.

Conor bajó del tren de pasajeros más que mediada la tarde en Sixmilecross, examinó el paraje y le pareció bien. No llamaba la atención en absoluto y contenía un apartadero ignorado rodeado de árboles, tal como Kelly Malloy había prometido. El camino que

cruzaba la vía conducía directamente a las montañas hacia la parte de Ballygawley donde se extendía una colección de cabañas y minas abandonadas.

Conor siguió a pie hacia Carrickmore, preguntando por la granja de Sterling McDade, que al fin encontró.

Hacia el final de la tarde empezaron a llegar carretas, de una en una, procedentes del vivero que Kelly Malloy tenía en Dungannon, y también de Coalisland Pomeroy y Ballygawley. A las siete de la noche estaban todos reunidos. Eran en total, contando a Kelly y Conor, los cuatro «hermanos», seis simpatizantes y seis carretas. Se repartió entre los reunidos toscos planos, señalando el emplazamiento de los escondites. Sterling McDade, el más feo de todos los irlandeses, era el que conocía mejor el terreno, pues había correteado por aquellos montes cincuenta veranos de su vida. A la luz de unas linternas fueron señalando a cada uno misiones concretas y rutas a seguir. Conor calculaba que entre el desatornillar las planchas y otros varios problemas, el transbordo de las armas requería un par de horas.

Siempre que el tren llegase al cruce no más tarde de la medianoche, Sterling calculaba que antes de despuntar el día podían quedar escondidas.

Mientras los hombres iban trazando planes, Conor los observaba atentamente. Eran los rostros de Ballyutogue, el cutis grueso, arrugado y correoso de hombres que no necesitaban explicaciones sobre lo que estaban haciendo ni por qué. Eran los Kilty y Tomas Larkin y los Fergus O'Neill de sus respectivos pueblos que habían vivido míseramente bajo la histeria de Orange y la arrogancia británica.

Fisonomías angulosas, todas ellas. Eran los irlandeses.

A las ocho y media, cada hombre, por turno, recitó, a entera satisfacción de Conor, el trabajo concreto que tenía que realizar. La esposa de McDade (que formaba un hermoso contraste con el marido) y sus hijas sirvieron unas frituras, un estofado para calentar el estómago y pan de bizcocho.

Mientras los minutos iban transcurriendo, los hombres chupaban la pipa y fijaban la mirada en el fuego. Kelly Malloy salió y regresó a las nueve y media anunciando que el jefe de estación de Omagh había telegrafiado que el «Red Hand Express» especial pasaría a eso de las

once. Se calculaba que llegaría a Sixmilecross a las doce y cuarto.

Aunque todos la esperaban, la noticia causó profunda sensación. Conor concedió unos minutos para que cada uno de ellos volviese la mirada hacia su propio interior, sin interferencias, y luego fue cuestión de ponerse en danza.

–Bueno, muchachos, un traguito, antes de enfrentarnos con la noche -dijo Sterling McDade.

–Nada de licor -prohibió Conor con voz tajante. Aunque luego se puso a reír-. Conviene que todos tengamos la cabeza despejada.

Mañana por la mañana festejaremos la ocasión, dadlo por seguro.

A las diez y cuarto, las carretas empezaron a salir de la granja de McDade en dirección a Sixmilecross, a intervalos de varios minutos.

Conor fue el primero en llegar y exploró el terreno. Todo despejado.

Cuando llegaba una carreta, la situaban en uno de los lugares disimulados preparados anteriormente, y los hombres se reunían junto a la vía. A las doce menos diez, todo estaba listo. A los caballos les habían puesto morrales; así comían y no hacían ruido.

Medianoche. Conor estudiaba el firmamento, contento de que una capa de nubes cubriera la luna y aumentase la oscuridad. Luego hizo un signo a Sterling McDade, quien encendió una linterna y se alejó por la vía para señalar la llegada del tren.

Las doce y dos minutos. Dos borrachos de la taberna de Beragh que venían por la vía llegaron tambaleantes al cruce y decidieron sentarse y descansar un rato; en seguida echaron mano de su repertorio de canciones.

Conor miraba desesperadamente hacia el lugar donde se había apostado McDade; después se volvió hacia los otros.

–¿Quién los conoce?

–Yo -respondió Adam Sharkey.

–Coge tu carreta, cárgalos y aléjalos de aquí.

–¿Y mi cargamento?

–Tendremos que arreglarnos con una carreta menos.

Cada uno de los restantes cargará cien rifles más y dos o tres cajas de munición. ¿Me habéis entendido?

–Sí -susurraron los otros mientras Sharkey salía del escondite.

Después de quitar los morrales a los caballos, subió a la carreta, aflojó

el freno, se dirigió hacia el camino y paró delante de los calaveras nocturnos.

–Que tengas buenas noches, Jerry Hayes, y tú también, Rory Gleeson.

–De veras creo que es Adam Sharkey, o un facsímil de su

espectro…, ¿y qué haces tú errando por aquí en medio de la noche?

–Yo y mi vieja hemos tenido una agarrada furiosa. Lleva en la cara la sonrisa del ruibarbo del año pasado. ¿No podría llevarte a casa y dormir en tu establo esta noche, Jerry? – preguntó, bajando del carro y ayudándoles a ponerse en pie. Como cada uno echaba en dirección opuesta sin saber lo que hacían, Adam Sharkey los empujaba con fuerza hacia la carreta.

¡Allá abajo la luz de la linterna de McDade hacía señas!

–Arriba, muchachos, hala, subid y dormid un poco…, arriba…

El sonido de cuatro pitidos débiles llegaba a Sixmilecross en el mismo instante en que Adam Sharkey dejaba la carreta de allí, con los ocupantes de la parte trasera rompiendo a cantar:

Ellen O'Connor, Ellen que te vas,

Dime que me quieres, y que pronto volverás,

Los ángeles bondadosos te guiarán, vida mía,

Para guardarte del mal, hasta que vuelvas un día…

–Calma, chicos -susurró Kelly Malloy.

Un momento después la linterna de Sterling McDade se mecía adelante y atrás, adelante y atrás. Ahora se oía perfectamente el ruido del tren, que disminuía la marcha bajo la acción de los frenos. Los ocho del cruce de caminos se pusieron tensos. Cuando el convoy apareció a la vista, después de una ligera curva, Conor ordenó que los hombres fuesen en busca de las carretas. El tren crecía, crecía. Los frenos chirriaban y el convoy gimió hasta quedar casi parado. McDade corría a su lado, movió la aguja del apartadero y el tren entró poco a poco en la vía muerta.

–¡A la tarea! – gritó Conor.

Las carretas avanzaron en línea junto a la vía. Los caballos protestaban de la brusca interrupción de sus divagaciones y del extraño trabajo.

–¡Bajad el nivel del agua! – gritó Conor a los del vagón-. ¡Darren y Carberry, sacadlas del depósito! – decía, repitiéndoles las órdenes-.

Kelly, coge las llaves y quitemos esas planchas.

Mientras Kelly Malloy se deslizaba entre las ruedas, bajo el vagón, Conor encendió la linterna y subió a la locomotora para hablar unas palabras con los conductores.

¡Eran caras diferentes!

–¡Huid! – gritó Conor, saltando al suelo-. ¡Emboscada!

En aquel instante estalló el trueno de dos centenares de botas, de los soldados que saltaban de los vagones.

–¡Quedan todos detenidos!

Conor rodó bajo el vagón hasta donde estaba Kelly Malloy. Desde allí divisó el cruce de caminos, por donde venía una segunda fuerza militar, en furgoneta.

–¡Atención! ¡Atención! – gritaba el comandante por un altavoz-.

¡No hay escapatoria posible! ¡Quedan todos detenidos! ¡Dispararemos contra todo el que se mueva!

–¡Madre de Dios!

–¡Emboscada!

–¡Atención! ¡Atención! ¡No resistan! ¡Levanten las manos y reúnanse junto a la locomotora!

Los soldados bajados del tren formaron rápidamente un cordón alrededor del grupo de contrabandistas. Los soldados habían bajado todos del costado izquierdo del tren. Conor dio un codazo a Kelly, se lo señaló y Kelly movió la cabeza afirmativamente. Ambos rodaron por el no vigilado andén derecho, se pusieron en cuclillas y corrieron hasta el extremo del tren, mirando hacia unos matorrales protectores a unos metros de allí.

–¡Allá van dos más!

–¡Alto!

–¡Alto! ¿Me oyen? ¡Alto!

–¡Abran fuego!

Justo en el momento que llegaban al matorral los disparos

desgarraron las entrañas de la noche. Kelly Malloy soltó un alarido y cayó de bruces. Conor se dobló… Le invadía una sensación extraña…,

las piernas se le descarriaban… y se lanzó de cabeza hacia la espesura…

Shelley se incorporó y soltó un grito; el corazón le galopaba y tenía la cara empapada de sudor. La puerta se abrió de pronto. Blanche Hemming entró precipitadamente, iluminó la habitación y echó los brazos alrededor de su amiga.

–¡Conor! ¡Conor!

–¡Domínate! ¡Ha sido un sueño nada más!

–¡Blanche! ¡Lo he visto! ¡Sangra por todas partes!

–Sssiiittt…, por favor…, por favor…, Shelley…

–Trae a Robin -exclamó Shelley-. Blanche, trae a Robin… Tengo que salir de Belfast… enseguida…

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