Trinidad
Capítulo 5
Imposible hacer frente a las armas británicas en un campo de batalla.
Nuestras armas eran las de los subyugados: una tenaz capacidad de
resistencia y de esfuerzo por conservar nuestra cultura, un sentido del
humor y, sobre todo, palabras. Nunca faltos de palabras, nosotros, los
irlandeses, establecimos un fuego de barrera en la euforia del
renacimiento gaélico.
Este fue el momento en que Dublín se echó a la calle yendo desde el
Worker's Republic de Connolly hasta el United Irishmen, así titulado en
honor a la insurrección de un siglo atrás, de Arthur Griffith. Este último
había estado en el Transvaal, regresando con visiones de triunfo. Una
belleza legendaria, de ascendencia escocesa, Maud Gonne, formó las
Hijas de Irlanda y recorrió las zonas rurales como defensora de la causa
de los campesinos, así como de la de los habitantes de los barrios bajos de
las ciudades. Las Sociedades de Jóvenes Irlandeses y los Clubs Wolfe
Tone se propagaban como un fuego en el monte. En América, el Clan de
los Gaélicos salió de su letargo.
En el frente político, el proyecto de autonomía había quedado
dormido por más de un decenio, durante el último mandato de los
conservadores. John Redmond, heredero del partido irlandés de Parnell,
se había desfondado. Harto de ineptitudes, Arthur Griffith fundó un
nuevo partido: el Sinn Fein.
Por el momento, el Sinn Fein era tan débil como la novel Hermandad,
pero la mayoría de los cerebros mejores se sentían atraídos por él y se
estaba convirtiendo en el portavoz central del republicanismo. Yo no
dudaba que el Sinn Fein estaba destinado a encargarse de la guerra de
palabras, del mismo modo que la Hermandad se encargaría en última
instancia de la guerra de proyectiles.
En aquellos agitados, anhelosos días, el nervio interior del
renacimiento se declaró en un manifiesto firmado por William Butler
Yeats, lady Gregory y un hombre llamado Edward Martyn.
«Tenernos intención de representar en Dublín, en la primavera de cada año, ciertas funciones teatrales celtas e irlandesas, que, sea cual fuere el grado de perfección que consigan, serán escritas con gran ambición y, en consecuencia, crearán una escuela de literatura
dramática celta e irlandesa… Demostraremos que Irlanda no es la patria de la bufonería y el sentimentalismo fácil, como la han pintado muchos, sino la cuna de un antiguo idealismo. Confiamos en el apoyo de todo el pueblo irlandés, que está cansado de no ser presentado como le corresponde, en esta tarea que proyectamos y que queda al margen de todos los problemas políticos que nos dividen.»
Y así nació nuestro teatro nacional, por obra de unos irlandeses que
hacían lo que se les daba mejor y nos procuraron un arrogante y
poderoso portavoz. El dramaturgo contra la Corona, el lector contra la
artillería y las bayonetas de la Corona.
En la primavera de 1905, mi obra La cabaña del monte fue estrenada
en el teatro del Mechanic's Institute de Abbey Street. Y fue recibida con
respeto. Más tarde a ese teatro se le conoció por el Abbey Theatre, el
Teatro Nacional de Irlanda, nuestro más hermoso triunfo como pueblo.
La noche después del estreno, la Hermandad Republicana Irlandesa
destinó a Conor Larkin a Belfast, el rincón más negro del país. Se le
ordenó que llevase una vida normal y que permaneciese al margen,
exteriormente, de toda actividad republicana. Debía estudiar la situación,
elaborar un amplio plano general de la ciudad, recorrer los bares,
escuchar. Más tarde se pondría en contacto con unos cuantos antiguos y
sólidos fenianos y buscaría cuidadosamente otros nuevos, así como
refugios y caminos de escape.
Y lo más urgente era que viese si Belfast podía ser la puerta de
entrada y el camino para traer en secreto las armas escondidas en
Inglaterra.
Durante los años pasados en el Queen's College llegué a comprender
que Belfast era una ciudad rara, dentro del panorama irlandés. Si había
un renacimiento en el sur, hacía muy poco impacto en aquella población.
Había alguna actividad en el frente laboral, y algunas publicaciones,
tales como La anciana de Irlanda de Shan Van Vocht, pero en general
tenían pocos compradores y a la causa republicana la impulsaban
solamente desde despachos escondidos y reducidos que disponían de
pocos fondos y recursos.
Porque Belfast era el corazón de la colonia protestante. Los condados
de Down y de Antrim nunca ofrecieron un número elevado de pobladores
católicos. En 1600, cuando los presbiterianos se establecieron como
labradores, Belfast nació en medio de una marisma. Casi todos los
primeros habitantes que tuvo venían de las fincas presbiterianas de los
dos condados adyacentes. La vida comunal y la cooperación en el trabajo,
tradición agraria introducida en Belfast, tendía a dar a esta población el
aspecto de una sucesión de pueblos enlazados más bien que de una
verdadera ciudad.
El espíritu del terrateniente se introdujo también, y lord Donegal fue
uno de los grandes arrendadores urbanos de todas las islas británicas,
dando origen a los futuros barrios bajos e implantando la característica
monotonía del ladrillo rojo. Al final recibió el premio que merecía,
arruinándose en el juego.
En 1800, con medio siglo de retraso, Belfast se sumó a la revolución
industrial, vanguardia de la más inmunda miseria del reino. El hedor de
los barrios pobres de Belfast brotaba de las abiertas cloacas, se elevaba
volcánicamente de montones de estiércol, tenerías, casas particulares que
fabricaban cerveza y del amoníaco de la orina con que regaban las
paredes de los patios a los que se penetraba por callejuelas de menos de
dos metros de anchura. Una vez dentro, se cerraba el paso de manera que
la suciedad no pudiera salir y el aire y la luz no pudieran entrar. Familias
de doce personas, y más, vivían amontonadas en chozas abismales, sin
agua ni desagües. Los pocos baños públicos eran insuficientes para hacer
frente a la avalancha de suciedad. Llagas abiertas, cabello greñoso y
desarrollo corporal defectuoso formaban parte del atuendo de los pobres.
Los telares retumbaban implacables, desgarradores; primero tejiendo
algodón, después lino; con la mano de obra suministrada por mujeres y
niños, puesto que Belfast, lo mismo que Derry, era una ciudad de obreras,
de hembras. Como el lino subía y bajaba en los mercados en una
repetición de ciclos de recesión, ascenso y nueva depresión, los escasos
peniques semanales resultaban todavía inseguros, por lo cual millares de
hiladores y tejedores se marchaban a América.
Durante los dos primeros siglos no hubo en Belfast población católica
digna de mención. Cuando empezaron a llegar otros católicos, los
presbiterianos escoceses, liberales, convivieron humanamente con ellos.
Pero luego los católicos vinieron en oleadas masivas, empujados por los
lanzamientos de los campos, el desempleo rural y, posteriormente, por la
época del hambre. Y entonces las actitudes cambiaron para siempre.
Los católicos se asentaban en su propio «pueblecito» alrededor del
corazón que era el templo. Los otros no los recibían a gusto, no querían
tenerlos en tan gran número. Los católicos venían a introducirse en un
orden establecido ya, en el que no tenían voto alguno, y muy poquita voz.
En Belfast, los católicos eran gente extraña, invasores. A medida que su
número iba creciendo, los «pueblos» católicos enlazaban unos con otros,
en la parte occidental de la ciudad, y en otros sitios quedaban como
enclaves aislados. En Belfast, lo que había sido al principio una serie de
asentamientos comunales se convirtió en dominios tribales de dos clanes
hostiles.
Cuando el telar movido a vapor trajo la gran explosión industrial, en
el cinturón de Lough Belfast y las ciudades vecinas del sur, centenares de
telares brotaban a lo largo de los cursos de agua. Al hundirse el algodón,
durante la guerra civil americana, Belfast ascendió a la categoría de
capital mundial del lino.
Hacia 1878, Frederick Weed había empezado ya su poderoso astillero,
y otros se inauguraron también, y por primera vez hubo trabajo para
millares de hombres. Casi todos los trabajadores de sir Frederick eran
protestantes y la mayoría habitaba en Belfast Este y en el Shankill, que se
convirtieron en sus fortalezas particulares.
El complejo industrial de Belfast se enriqueció con industrias de
maquinaria pesada, armamentos, cordelería, destilerías, elaboración de
tabaco, harineras, muelles de despalmado y unos astilleros de primer
orden. Ni entonces, ni nunca más ha habido nada capaz de impedir que el
sudario de basura industrial contaminara el aire de Lough. El año 1870,
el horror que causaba este hecho trajo comisiones de investigación que se
dijeron muy preocupadas, asegurando que la polución del aire y el agua
de Belfast obraba un efecto debilitante en sus moradores. Pero nadie hizo
caso de estas voces de alarma, porque nada podía detener al telar, al
martinete de vapor y a la remachadora.
Los barrios bajos protestantes y el distrito del puerto eran sentinas de
delitos e inhumanidades. Los barrios bajos católicos eran llagas
purulentas de las islas británicas y ni a los agentes de la ley ni siquiera a
los curas les gustaba demasiado internarse por ellos. Eran demarcaciones
de las que habían desaparecido la mayoría de huellas de la civilización
occidental. Dichos barrios sufrían a menudo los asaltos del cólera y la
fiebre tifoidea y su porcentaje de tuberculosis superaba muchísimo al del
resto de la nación. Sus moradores, sin instrucción, diezmados por el
escorbuto, leprosos sociales y ruinas humanas, quedaban abandonados
allí, revolcándose en una miseria de la que había huido toda sombra de
moralidad. Mendigos, carretones de enfermos, asilos, prostitutas, chulos,
navajeros, robos, hambre, locura, droga, alcohol eran nuestro pan de
cada día. Cuándo no había peleas de perros o de gallos en las que apostar
la última moneda que le quedaba a uno, las madres echaban a sus
propios desnutridos hijos a la palestra a que batallaran entre ellos hasta
cubrirse de sangre.
Más allá de los ghettos, las grandes moles de los edificios Victorianos
huérfanos de inspiración aportaban una fachada de grandiosidad para
esconder la podredumbre. Venían y se sucedían las construcciones para el
comercio, la industria y las dependencias del gobierno y cerca de la orilla
del mar se levantaban las casonas de la costa de oro más reciente de este
mundo.
La época de oro de los motines de Belfast formaba parte de la lista de
calamidades acarreadas por unos evangelistas escupefuegos que tenían a
los pobres protestantes sobre el filo de la navaja. Colosales reuniones al
aire libre organizadas por los reverendos Drew, Cooke, Hanna y otros de
su calaña desembocaron en salvajes motines, en los años de 1813, 1832,
1835, 1843, 1864, 1872, 1880, 1884, 1886 y 1898. El derramamiento de
sangre, en Belfast, no es un fenómeno del siglo xx. Era la tragedia de
unos pobres a los que arengaban para que luchasen contra otros pobres
de las unidades tribales de protestantes de Sandy Row, el Shankill y
Belfast Este dándose cornadas con las unidades tribales católicas de los
Falls, el Pound y Divis.
La estructura de gobierno consistía en una múltiple alianza del
partido de Defensa de la Unión, la Orden de Orange y elementos del clero
protestante. Objetivo de este gobierno: maniobrar continuamente
aprovechando, y estimulando, la división de la clase obrera, para
conservar por entero el control de la policía y el aparato de gobierno.
Oliver Cromwell MacIvor encajaba en esta ordenación como el
predicador más temido y temible de todos. Entronizado actualmente en su
magnífica iglesia de los Mártires, en Shankill, tenía una influencia y un
poder enormes.
Generosamente subvencionado por Frederick Weed, el reverendo
MacIvor daba la nota del espíritu imperante a la vuelta del siglo. Una
palabra suya habría bastado para sumir el Shankill en el frenesí y la
desesperación, o para hacerle formar y desfilar como marchando a una
cruzada. Era el hombre adecuado para servir de comunicación entre el
gobernante y las masas, y tenía una misión clarísima. MacIvor era el
conservador del mito, el satírico en cristiandad, porque en ninguna otra
parte del mundo había conservado un poder tan infinito aquella deidad
política que llevaba ya dos siglos de existencia y que se llamó Guillermo
de Orange. Desde más allá de la muerte, seguía hablando a través de su
portavoz Oliver Cromwell MacIvor.
Para respaldar el poder espiritual del reverendo, Weed y sus
camaradas lo habían investido, además, de un poder práctico. En su
calidad de dirigente, entre otros, de la Orden de Orange en Belfast tenía
derechos de contrato en los Talleres Weed y en cierto número de fábricas
e hilanderías. Una palabra suya podía proporcionarle empleo a un
hombre, o convertirle en un forajido social. Gracias a sus hábiles manos,
sir Frederick tenía la situación en el Shankill notablemente controlada.
Entre Maxwell Swan y la iglesia de los Mártires, del Shankill, embotaban
la mente de los hombres, reprimiendo los anhelos que hubieran podido
sentir de librarse de la servidumbre a que los sometía la era industrial.
MacIvor, con su eterna «Reforma», mantenía desterradas la cultura, la
belleza y la libertad de pensamiento. La iglesia de los Mártires del
Shankill era el símbolo y compendio del ulsterismo.
Con el advenimiento del siglo xx, Belfast pasaba a ser un factor de
primer orden en el contexto británico, un gigante de la industria, una
fuente de ingresos que compensaba sobradamente la existencia de aquella
colonia real, perfecta, que resolvía por sí misma el problema de los
disidentes que pudieran surgir en su seno, proporcionando de paso cierta
prosperidad marginal a unos cuantos personajes y un verdadero cuerno
de la abundancia a los escogidos. El comercio y la economía toda de la
ciudad dependían en gran parte de su condición de ciudad británica, por
lo cual la sola idea de un gobierno autónomo irlandés o de un ideal
republicano provocaba reacciones de miedo y cólera.
Belfast marchaba con el reloj atrasado dos siglos, era un recinto con
estructura feudal en el que a los «desleales» indígenas se los seguía
castigando a disfrutar únicamente de una minúscula porción de riqueza,
trabajo y poder.
Mantener a la clase obrera apartada constituía la norma fundamental
para asegurarse de que el chorro de riqueza siguiera afluyendo a los
bolsillos de los acomodados y de que el progreso y las ideas liberales
continuaran desterrados.
Los colonos de Derry habían fundado una fortaleza amurallada en un
puesto avanzado rodeado y constantemente sitiado por católicos hostiles.
Belfast era distinta. Belfast era una monstruosidad deliberada. Belfast
había nacido como el hijo mongoloide del imperialismo británico.
Conor Larkin había oído de labios de su amigo Andrew Ingram, y
luego de los de Dan Sweeney el Largo, que estaba destinado a ser un
soldado en insegura batalla. Y cuando llegó a aquella tosca entidad de
ladrillo rojo, ningún otro lugar tenía más acentuado el carácter de campo
de una dudosa batalla.
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