Trinidad
Capítulo 21
Blackpool estaba angustiosamente huérfano de vida. Dejaba a Conor y Shelley virtualmente solos por el largo paseo, únicamente en compañía de la arena y la mar, el grito agudo de las gaviotas y el choque sordo de las olas. Todas las incertidumbres que habían surgido durante la separación desaparecieron desde el mismo instante en que los dos enamorados se reunieron.
Lo que había empezado en Belfast cobró vuelo, un vuelo etéreo en aquella gran población cavilosa. Allí no estaban vivos ni muertos, sino en suspenso, fuera, en el infinito, en un espacio inmenso libre de tiempo. Ambos comprendieron al momento que aquel viaje podía durar eternamente, que podían explorarlo juntos sin retroceder jamás, pues lo que les esperaba más adelante siempre era el amor, gozar del amor, de un modo cada vez nuevo, cada vez completamente distinto.
Quizá la actividad de los cuerpos se repitiera en buena parte; pero sus mentes no la interpretaban nunca igual.
Se hallaban delante de una cueva cuya boca cerraba una gran piedra que dejaba paso. Y entraban los dos, porque ésta era la única manera de penetrar en ella, por parejas. Las eternidades se les habían abierto y ambos sabían que se les había otorgado el don único, singular, de la regeneración constante y completa. Era un don, una cosa flotante y perdurable, que no terminaba nunca. Se asombraban al comprender que habían descubierto el nirvana.
Para Conor Larkin el amar a Shelley era como proceder a un inventario. Se había acercado hasta el mismo borde del abismo que prohibía esta clase de amor; pero había retrocedido en el último instante. Había huido de las Pompas Fúnebres de Callaghan. Primero debía encontrar a Shelley, tenía que verla una vez más antes de aquel compromiso final, saber si aquello era realmente cierto, o solamente una especie de ilusión poética.
Ya desde el comienzo, Shelley había entrado en escena, suscitando dudas acerca del curso que él, Conor, estaba imprimiendo a su propia vida. Shelley le hacía cavilar si lo que anheló siempre su corazón no era, quizá, el amor de una mujer. Acaso no lo hubiera comprendido nunca hasta que apareció ella. En el calor de aquella mujer había
encontrado la paz por primera vez desde que llegó a la edad adulta, una paz sin límites. Para él, Shelley era la dispensadora de paz. Las dudas sobre sí mismo se habían convertido en una guerra. Conor sabía que no podía acabar de decidirse a entrar en aquella trastienda hasta que hubiera visto a Shelley.
Todas las noches, y también durante los días, penetraban en la cueva para remontar el vuelo y se encontraban al poco rato en un lugar poblado por decenas de trillones de galaxias, explorando un tejido de milagros. Cuando comprendían que habían alcanzado el nirvana final, encontraban otro más emocionante todavía… y así una vez, y otra, y otra.
A medida que las horas de Blackpool iban transcurriendo, Brendan Sean Barrett, Dan Sweeney el Largo, la Hermandad, los vagones ténder y las armas se desdibujaban.
El hotel estaba desierto, salvo por unos pocos rezagados. Una tormenta tardía se presentó súbitamente levantando un oleaje terrible y llenando el cielo de cálida iluminación. La pareja salió al porche a contemplar la tempestad, hechizados los dos por los relámpagos que iluminaban las enloquecidas cumbres blancas.
La decisión vino con igual rapidez, con igual claridad. Por detrás, Conor cogió los hombros de Shelley.
–Quiero llevarte lejos de aquí -dijo-. ¿Querrás venir?
–He tenido las maletas hechas toda la vida -respondió ella. Conor miraba atentamente a la mujer, cuya silueta se recortaba sobre el telón de fondo de la tormenta-. Sé que has meditado esta proposición durante las doce semanas últimas. Quizá sea simple y clara, Conor, pero ¿estás seguro? ¿Estás absolutamente seguro?
–Contigo puedo lograrlo, Shelley. Contigo puedo lograrlo.
Aquella noche durmieron poco, porque todavía les quedaba algo más salvaje que descubrir. Cuando se pusieron a descansar llegó el momento de retener profundamente, de tocar, de reiterar la decisión de marcharse. Por la mañana la tormenta se había disipado, y los dos amantes estaban tan agotados y calmados como el mar.
Ahora Conor parloteaba en voz baja, dichoso…
–Cuanto más lo pienso más me inclino por Australia. Allá podremos hacer lo que queramos, mientras yo conserve estas dos -decía,
levantando las manos.
–Adonde quieras -runruneaba ella.
El le cubrió la espalda de besos y la acarició de un modo que nunca dejaba de excitarla, aunque estuviera completamente agotada.
–¡Me siento tan a gusto! – decía Conor-. Antes de embarcar resolveremos el asuntito ese del casamiento, y desembarcaremos en Australia como marido y mujer.
Shelley lloraba de felicidad. Conor estiro el brazo hacia la mesita de noche y cogió un pañuelo para secarle las lágrimas y sonarle la nariz.
Cuando él se recostó contra la cabecera de la cama, ella culebreó hasta arrimarse a él todo lo que pudo y se quedó observando cómo su amado meditaba afanosamente.
–Nos iremos en uno de los primeros barcos que zarpan, desde aquí, de Inglaterra. Yo bajaré corriendo a Londres y me encargaré de sacar pasajes y arreglar los documentos. Tú volverás a Belfast, recogerás nuestras cosas y saldarás mi cuenta.
–¿No irás conmigo?
–No quiero volver a Irlanda -susurró Conor-. No quiero volver allá
-repitió-. No tengo mucho que hacer allí…
Ella le puso el índice sobre los labios para imponerle silencio.
–No digas nada más, Conor, excepto lo mucho que me quieres.
–¿Amarte yo a ti? ¿Estás tonta? Tienes los pechos demasiado pequeños, cuando cantas desafinas, andas con los pies planos, no eres capaz de beber un trago, y, lo peor de todo, rezas de pie.
Se pasaron el día deambulando por el paseo, repitiéndose mil juramentos, sin apartarse un instante el uno del otro. A la hora de comer se acariciaban con la mirada en un preludio de la nueva aventura de la noche.
Conor encendió la lumbre, y mientras Shelley se acurrucaba en el largo sofá y se calentaba repasaron sus planes. Luego él se sentó a la mesa escritorio y redactó unas cartas para Robin, Seamus O'Neill y Jeremy.
Una llamada a la puerta le interrumpió. Era el señor Thornton, el dueño del establecimiento.
–Lamento estorbarles -dijo el posadero-, pero abajo hay un hombre que quiere verle.
–¿A mí?
–Ha preguntado por Conor Larkin.
Conor levantó los hombros pensando que sería un elemento del equipo local que le conocería como jugador de rugby, y así lo dijo para apaciguar la inquisitiva mirada de Shelley.
–Ha de ser eso; nadie más sabe que estamos aquí -se puso la chaqueta y dio un beso a la amada-. Tardaré unos minutos nada más, amor mío -prometió.
El señor Thornton le señaló la larga terraza de más allá del vestíbulo que daba al mar.
–Le espera allá fuera, señor Larkin.
Conor salió, se dispuso a resistir el frío y miró a su alrededor. Unos brillantes tres cuartos de luna plateaban una mar singularmente en calma. En el extremo del porche había un hombrecito absorto en las maquinaciones de las olas. Conor se le acercó por detrás.
–¿Usted quería verme?
El hombre se volvió. ¡Conor se quedó mudo de asombro! Al
principio creyó que era… no, no podía ser. Se acercó más, pensando que la luna formaba espejismos en el rostro del hombre. Era muy viejo, pero la semejanza… Conor movió la cabeza confundido… ¿Sería posible?
–¿Kevin O'Garvey? – preguntó con voz ronca.
–Sí, soy yo -respondió Kevin. ¡Imposible confundir aquella voz!
–¡Debo ser víctima de una especie de locura!
–No, soy yo, en efecto. Sé que mi presencia ha de causarte una impresión tremenda. Lamento no haber podido avisarte por
adelantado.
–Espere un minuto -objetó Conor-, no puedo creerlo.
–He cambiado, lo sé; pero mírame bien, procura dominarte y te explicaré qué pasó.
Conor permanecía rígido, inmóvil; la mente se le nublaba al tratar de reconstruir rápidamente la secuencia de acontecimientos referentes a la desaparición de Kevin. Empresa difícil, porque por aquella época se dejó dominar por una profunda depresión.
–¡Jesús, tengo la cabeza atontada!
–Ya sé que te sientes desconcertado. ¿Podemos sentarnos y hablar?
Conor movió la cabeza asintiendo y se sentó, o se dejó caer, en una mecedora, mientras Kevin acercaba otra frente a él.
–¿Por dónde empiezo? Bien, veamos. Por motivos que sabrás
dentro de unos minutos, desde mi desaparición no he establecido contacto con nadie, en Derry, excepto con el padre Pat, a quien hice jurar que guardaría el secreto. El padre Pat me escribió, después de haber sido trasladado del Bogside, explicándome que había tenido que informarte de sus sospechas acerca de que yo había establecido algún pacto con los Hubble para que no se investigara la situación de la fábrica de camisas.
Conor movió la cabeza afirmativamente, todavía tratando de despejar la niebla que envolvía su cerebro.
–Supongo que esa noticia causaría un efecto terrible en ti.
Conor volvió a mover la cabeza.
–Debes tratar de comprender el que produjo en mí la noticia del incendio. Yo era tan culpable de aquel centenar de muertos como si hubiese pegado fuego al edificio con mis propias manos. El horror de aquella tragedia estuvo a punto de aplastarme. Por lo demás, toda mi vida había sido un fracaso. Ah, sí, tomé en consideración la posibilidad de volver a Derry y enfrentarme con los hechos; pero no pude; no tengo valor suficiente, Conor. Además, estaba como conmocionado, con una conmoción profunda, depresiva… ¿Me comprendes?
–También lo estuve yo -respondió Conor-. El dolor de lo sucedido acabó por echarme de Derry. No puedo ni siquiera tratar de imaginarme el efecto que había de causar en usted.
–Yo huí -respondió Kevin.
Conor abandonó la mecedora de un salto, dejándola que se
balanceara vacía.
–No doy crédito a lo que estoy escuchando. Todo es una fantasía demente. Si no estoy soñando ¿cómo podía saber usted que yo estaba aquí? Nadie sabe que estoy en Blackpool, y menos que nadie el espectro de Kevin O'Garvey.
–Brendan Sean Barrett me lo dijo.
–No conozco a ese hombre. El no podía saberlo.
–Por amor de Dios, Conor, los de la Hermandad no son idiotas.
Apenas desembarcaste en Inglaterra, fuiste identificado. Militantes de
la Hermandad te han vigilado en todas las ciudades del recorrido.
Callaghan estaba en la estación del ferrocarril cuando bajaste del tren en Bradford. Todavía parece que dudas de mí… Bueno, pues ¿fuiste o no fuiste a las Pompas Fúnebres Callaghan de Wild Boar Road hace dos semanas y te marchaste, o no, del establecimiento sin haber establecido contacto?
Conor le miraba con ojos un tanto extraviados. Si se trataba de un fantasma, era un fantasma bien informado, ciertamente. Otra vez estudió la demacrada faz, que había llegado casi hasta la inanición por la pena; pero, indudablemente, era Kevin O'Garvey el hombre que tenía delante.
–Entonces, es cierto -dijo Conor.
–Sí, es cierto -le contestaron.
–¿Cómo sabía usted que yo estaba en Blackpool?
–Parece que olvidas que pertenezco a la Hermandad desde los días de los fenianos. Siempre estuve en contacto, incluso durante el tiempo que fue una organización durmiente. Apenas me eligieron para el Parlamento, ayudé a reanudar su funcionamiento en Londres.
–Continúe -murmuró Conor.
–Brendan Sean Barrett recibió una carta de Dan Sweeney en
seguida que llegaste tú en esta gira. Nos aconsejaba que te vigilásemos de cerca -Kevin señaló el edificio del hotel con un movimiento del pulgar-. Una mujer, creo. Cuando saliste de Swansea comprobamos tus billetes del ferrocarril y tus reservas de hotel.
–Comprendo -dijo Conor, totalmente deshinchado-. De modo que la Hermandad recela de mí.
–Tú mismo le dijiste a Sweeney que pensabas en serio en esa mujer.
El no hacía otra cosa que tomar minuciosas precauciones.
–Y tenía razón -admitió Conor-. De modo que usted ha pasado todos estos años escondido en Inglaterra.
–No es exactamente así. Después del incendio de Whiterspoon McNab, los muchachos me encontraron un país seguro. Un lugar donde un abogado puede ejercer y ganarse la vida sin que nadie le someta a interrogatorios.
–¿Adonde se fue?
–Al Paraguay. Pasé tres años antes de recobrar una semblanza de normalidad. Naturalmente, nunca dejé de estar en contacto con la Hermandad. Utilizando el Paraguay como base, empecé a viajar por cuenta de la organización, cuyo pasaporte me servía para entrar y salir de América, así como de Inglaterra.
–¡Y en todo ese tiempo jamás permitió que ninguno de nosotros supiera que usted vivía!
–Sólo el padre Pat. Es sacerdote, y podía hablarme de mis amigos y de Irlanda. Dejando que lo supieran otros, no habría causado más que dolores y angustias.
–¿Qué me dice de su esposa, amigo?
–He derramado torrentes de lágrimas por ella, puedes creerme.
Pero Teresa sabía que yo era feniano desde el día que nos casamos.
Siempre comprendió que había cosas más importante que nuestras dos personas. Mira, Conor, a mí se me recordaba como a un militante de la Liga Campesina, un abogado que luchaba por su pueblo. Yo era un hombre respetado, quizá hasta amado. Dejando que los otros se enterasen no habría conseguido nada, excepto el destruir esta imagen.
Conor dejó de deambular y reunió el ánimo…
–¿Por qué ha venido aquí?
–Vine a Inglaterra para traer dinero del Clan de América. Tres mil libras. Se lo entregué a Brendan Barrett para que te lo pasara a ti.
Cuando los muchachos comprobaron que después de haber escapado de casa de Callaghan te portabas de un modo extraño, celebramos una reunión. Yo les convencí de que a mí me hablarías claro, siendo como somos antiguos, muy antiguos amigos.
–Le hablaré claro -aseguró Conor-. Dígale a Barrett que he terminado. Usted me conoce lo suficiente para responder de mi integridad. Confío que tiene bastante confianza en mí para creerme si le digo que nadie sabe nada de la Hermandad a través de mí.
–Fíjate, Conor, nadie te ha tomado por un confidente aunque te portases como te portabas. Todos estábamos enterados de tu afecto por esa mujer.
–Muy bien, pues, Kevin. Es una separación limpia, y ninguna de las dos partes le debe nada a la otra.
–En efecto. De modo que has terminado de veras. ¿Por ella?
–Sí, por ella.
–¿Tanto la quieres?
–Sí.
Kevin movió la cabeza tristemente.
–Con Teresa era muy distinto. Teresa era de los nuestros, era una chica católica. Sabía que yo era feniano y nunca dejaría de serlo. Ya ves, la Hermandad no podía representar jamás un obstáculo entre los dos.
–No es ella -puntualizó Conor-, sino yo quien escoge. Ella haría todo lo que yo le pidiera; pero he descubierto que hay algo que amo más que los sufrimientos de Irlanda.
–Y tienes derecho a ello, ciertamente. La Hermandad lo sentirá mucho. Los viejos militantes tenían gran opinión de ti.
–Amo a mi mujer -dijo Conor con firmeza-. La amo de una
manera… que usted no entendería.
–Debes amarla, sin duda.
–¡Qué diablos, Kevin! Vea lo que ha hecho de usted el amor a Irlanda.
–Sí, en efecto. He llegado a una edad en que me paso mucho tiempo meditándolo. Lo cierto es que he incurrido en dos grandes errores en mi vida. El primero consistió en tratar de pactar con el demonio encarnado en Roger Hubble. El segundo fue de huir. Había de regresar a Derry y enfrentarme con lo que hice, aunque ello significara pasar el resto de mis días en un calabozo y perder el amor de mi pueblo. He vivido en el limbo, Conor. Y el limbo no es lugar adecuado para morada de un hombre. Es una muerte en vida mucho peor que la muerte, es un rezar por la muerte.
–El lugar donde yo voy no es el limbo -soltó Conor.
Kevin detuvo la mecedora y se levantó con gesto cansado.
–Claro -dijo-, ya sé que lo tienes calculado todo.
Conor le cogió por el brazo.
–Usted piensa que soy un miserable traidor, ¿verdad?
–¿Cómo podría pensarlo? Te llevé en brazos cuando eras un bebé.
He seguido todos los pasos de tu vida. ¿El hijo de Tomas un traidor?
¡Nunca! Tú no puedes traicionarnos. No está en ti. Pero puedes
traicionarte a ti mismo, y, peor todavía, puedes traicionar a esa mujer.
Vais a Australia, ¿verdad?
–¿Cómo lo ha sabido?
Kevin levantó los hombros.
–Estuviste un año allí. Es el lugar de la tierra más alejado de Irlanda. Espero que estará bastante lejos. Deseo que no vuelvas a oír el nombre de Irlanda, como he tenido que oírlo yo. Recuerdos, olores, caras que pasan por tu lado, palabras… con el tiempo, esto puede llegar a destruirte. Cuando se produzca el levantamiento, deseo que no te enteres. La noticia te mataría, sin duda. Pero… ya le dije a Brendan Sean Barrett que venir a verte serviría de poco. Le dije que Conor Larkin es un hombre que piensa por su cuenta. No te apures.
Pasaremos las armas allí, sea como sea. Bueno, llevo aquí más rato del que debía. Que Dios te acompañe, Conor.
El herrero se puso las manos en los bolsillos y se limitó a saludar con una inclinación de cabeza, sin mostrar deseo alguno de despedirse con manifestaciones de afecto, sino solamente de que Kevin comprendiese los motivos de la resolución que había tomado y le dejase en paz. Kevin hizo un gesto de entendimiento y echó a andar por la larga terraza. Pero en lugar de entrar en el vestíbulo bajó los escalones hacia la playa. Los pies se arrastraban por la arena como ventosas. Y le llevaban hacia el agua.
–¡Espere! – le gritaba Conor-. ¡Espere! ¡Va en dirección contraria!
Kevin no parecía oírle, y Conor pensó que además de sordo debía estar ciego. El viejo continuó por la playa, en dirección al borde del rompeolas, donde la arena se endurecía, y siguió en línea recta hacia el agua.
–¡Espere! – gritaba Conor corriendo tras él, escaleras abajo. ¡De repente quedó sujeto, incapaz de moverse! La arena le había aprisionado y lo tenía inmóvil. ¡Y allí seguía, pugnando inútilmente por libertarse mientras Kevin se iba internando en el mar.
–¡Espere! ¡Espere!
Kevin O'Garvey seguía andando sin cesar. El agua le llegaba a la cintura, luego al pecho, luego le cubrió el lustro y todo su cuerpo desapareció…
–¡Espere! ¡Espere! ¡Espere!
–¡Conor, despierta! ¡Conor! ¡Conor!
Conor levantó la cabeza de la almohada como si la tuviera de piedra. La luz del día inundaba la habitación y la cortina se movía bajo los impulsos de una suave brisa tibia. Conor tenía los dos puños cubiertos por la enrollada, atormentada sábana. Luego percibió la desesperación del cuerpo de Shelley apretado contra el suyo, mientras los dedos le daban masaje en la nuca.
–¡Conor! – gritaba Shelley.
La cabeza de Conor se desplomó de nuevo sobre la almohada, y así estuvo un rato, jadeando, esperando que el corazón dejase de galopar.
Luego salió de la cama con esfuerzo, sin atreverse más que a dirigir una mirada fugitiva a los alarmados ojos de Shelley.
Sobre la mesa había dos cartas. Otra había quedado a medio escribir. La había dejado cuando Shelley se acercó a él. Entonces habían gozado del amor una vez más y se habían quedado dormidos.
Conor no dijo nada; se vistió calladamente, dio unos mordiscos al desayuno, y luego se excusó para ir a dar un paseo solitario por la playa.
Regresó al cabo de una hora y poco más con el filo de la pesadilla eliminado del organismo. Al cruzar el vestíbulo ¡tuvo un sobresalto!
¡Junto al mostrador de recepción estaban las maletas de Shelley! Subió las escaleras corriendo y abrió la puerta con furia. Shelley estaba sentada, muy tiesa, en el borde de una silla, con vestido de viaje.
–¿Qué diablos…?
–Dentro de una hora, aproximadamente, sale un tren para
Liverpool -dijo ella-. Llegaré a tiempo para enlazar con el vapor de Belfast.
–Pero no debías marcharte hasta mañana. Naturalmente, si quieres volver allá pronto, todo eso que adelantamos para emprender la marcha.
El hecho de que Shelley no le respondiera le dijo todo lo que tenía que saber, y sólo entonces vio sus ojos, rodeados de un círculo encarnado. Conor quedó demasiado asustado para hablarle enseguida.
–No le des demasiada importancia -dijo por fin-, no ha sido más que un mal sueño.
–El primero de otros muchos, me temo -respondió ella.
–Shelley, escucha, cariñito. Hace un momento, ahí fuera, he meditado a fondo, y sé qué importa realmente. Lo que importa son dos personas; y todo lo demás es nada. ¿Qué has ganado al fin, si no tienes el amor de una mujer? El único remedio capaz de eliminar el aguijonazo y el dolor del mundo consiste en que se reúnan dos personas capaces de constituirse cada una de ambas en refugio de la otra.
–No podemos pasarnos la vida en un refugio -replicó ella
blandamente-. Los que lo intentan se esterilizan.
–Shelley…
–Déjame terminar, un hombre debe hacer lo que debe. Y también una mujer ha de seguir el camino que tiene señalado. Lo que hay que hacer debe hacerse, por muchos sufrimientos que entrañe. Sólo así se conquista el derecho de hallar refugio en otra persona para vencer las horas negras. Porque, amor mío, cuando llegue la hora otra vez, no tienes más recurso que salir y enfrentarte con el mundo, a pesar de todos los aguijonazos y todos los sufrimientos.
–No -replicó Conor-. Yo no haré eso contigo. Al final tendrías que pronunciarte por mí y contra tu familia. Yo sería el enemigo de tu padre y tu hermano. Si te llevo a Irlanda otra vez, te marchitarás a fuerza de sufrimientos.
–Y si huimos, te marchitarás tú.
–Shelley, eso que poseemos entre los dos es una cosa nueva. Nunca creímos que pudiéramos poseerla. Ahora, el estirar el brazo, apoderarnos de ella y cortar con el pasado asusta un poco; pero entre ambos tenemos la potencia y el amor suficientes.
Shelley MacLeod permanecía inalterablemente tranquila. Aquella serenidad en el centro de un volcán multiplicaba todavía su belleza.
–¿No sabes, Larkin? Yo puedo enfrentarme con cualquier cosa menos con un sueño de irlandés. Un sueño que nos seguirá con paso tozudo no importa dónde queramos escondernos. Lo que hemos descubierto aquí se nos agriará, y a medida que tú te vayas amargando, esta maravilla se volverá contra nosotros, violentamente. ¿Cuánto tiempo podremos resistirlo, Conor? Un año, dos, tres… Más pronto o más tarde nos vencerá y habremos dilapidado la facultad de combatir.
¿Qué sucederá entonces?
–¡No quiero regresar a Belfast, Shelley! No quiero seguir dedicando mi vida a esa idiotez irlandesa. Es una cochina maldición. Shelley, ven conmigo…
–¿Para verte morir, hombre de Dios? ¿A pedazos, como tu padre?
¿Crees que te amo tan poco!
–¡Shelley, te lo suplico!
La muchacha se libró de su abrazo y retrocedió.
–¿Quién es Kevin O'Garvey? – preguntó en un grito.
Conor se quedó inmóvil, paralizado.
–¿Quién es Brendan Sean Barrett? ¡Oh, Conor, durante unos días deliciosos me engañé a mí misma, convenciéndome de que podíamos superarlo todo! Pero en todo momento, bajo la furia de la posesión carnal, notaba los hervores internos que agitaban tu ser. Oh, amor mío, te quiero tanto… casi lo bastante como para huir corriendo…
Tal como el gigante de su padre había quedado desamparado
delante de él, Conor lo estaba ahora ante las fuerzas que le habían conducido hasta este momento. El dolor de aquella situación le hacía arañar el aire… sin poder contener un alarido… y demasiado afligido para llorar…
–Yo estaré en Belfast -gimió ella- y tú también. Tú harás lo que tienes que hacer. Si la situación se pone muy mal, si estás solo si estás asustado, yo correré a tu lado. Siempre correré a tu lado. Si estuviese casada, abandonaría el lecho de mi marido para correr hacia ti.
Conor retrocedió hacia el porche y se cogió al pilar, temblando, de pies a cabeza, hasta el último milímetro de su ser. Así oyó las pisadas de Shelley… luego… oyó cómo se cerraba la puerta. Conor se volvió lentamente. Shelley se había marchado.
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