Trinidad

Leon Uris · Capítulo 27 de 119

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Trinidad

Capítulo 14

He visto patatas más parecidas a una cara de persona que los rostros

que Conor, nuestros padres y yo tentamos a la sazón. Nos habían

apaleado y llenado de cardenales. Ni Conor ni yo podíamos levantar el

brazo derecho de lo cansados que estábamos de tirar piedras. Los días

siguientes tuvimos un trabajo inmenso: desmontar las barricadas, limpiar

el revoltijo, llevar a los que se quedaron sin hogar a unos albergues

comunales para que cuidasen de ellos. Fueron unos días de llanto y

rabia. A los cinco católicos asesinados se les rindieron honras fúnebres

de mártires. Todo el Bogside caminó detrás de sus ataúdes, y hubo la

pompa trágica y los discursos inflamados propios de tales ocasiones.

Por todas partes se veían tropas británicas, y bandas dispersas de

orangistas merodeaban por allí mientras nosotros avanzábamos a través

de las cenizas con una calma llena de recelos. Desde Bishop Street

Without hasta Iniscarn Road y desde William Street hasta Brandywell, los

muchachos del Comité de Defensa habían montado un servicio de

vigilancia.

La magna reunión que había motivado nuestra venida a Derry tuvo

que ser aplazada a causa de los disturbios, cosa más que conveniente,

porque nosotros cuatro no estábamos en condiciones de ponernos delante

de las mujeres, allá en casa.

El antiguo Royal Fever Hospital, famoso en la época del hambre, era

desde hacía tiempo una ruina abandonada, cuando he aquí que la falta

de una sala de reuniones decente en el Bogside motivó que un consorcio

de organizaciones lo remozasen. Rebautizado con el nombre de Celtic

Hall, se convirtió en un eje de vida comunal, sirviendo de domicilio social

del partido autonomista y también de la Liga Campesina. Tenía una sala

de reuniones pequeña sin cabida más que para unos centenares de

personas, pero ¡qué panorama! Había colgaduras y banderas verdes y

arpas doradas, y hasta una banda reducidita que interpretaba canciones

de los levantamientos sin desafinar mucho.

Conor y yo acudimos allá temprano, reservando asientos en primera

fila para luego poder sentarnos a los pies de nuestros padres. El espíritu

que nos había salvado dos noches atrás se extendió de una manera

contagiosa. Kevin O'Garvey presidió la reunión, con todos los candidatos

en majestuoso despliegue detrás de él, y después de presentarlos uno por

uno, los correspondientes a Donegal y a Tyrone y al condado de Derry, se

elevó un gran bramido y la banda se puso a tocar y ellos hablaron con

gran optimismo sobre la elección. Hubo informes oficiales de diversos

comités, anuncios de futuras concentraciones, y se pasó el sombrero para

recaudar fondos.

La atmósfera estaba caldeada ya cuando Kevin O'Garvey presentó al

orador principal, venido expresamente de Dublín, nada menos, y que

impresionaba de veras. Se llamaba Desmond Roche y vestía a tono con su

nombre, como un gomoso dublinés. Jerarquía destacada del partido, se

decía de él que era amigo íntimo del mismo Parnell. Aunque era católico,

le habían cortado, evidentemente, de distinta tela que a los habitantes del

Bogside y a los croppies. Los Roche eran una antigua familia

aristocrática normanda que se contó entre los grandes condes irlandeses;

pero cuando habló, habló nuestro lenguaje.

Aguijoneando, deslumbrando y gritando hasta la última fila,

proclamó:

– Vamos a ganar de sesenta a sesenta y cinco escaños, y esta vez no

nos empujarán de acá para allá como a parientes pobres. El partido

autonomista irlandés será el que inclinará el fiel de la balanza entre los

conservadores y los liberales de Gladstone y ¡por Dios que al partido

gobernante le haremos pagar el precio de nuestro apoyo!

Bien, esas palabras templaron los ánimos, excitando a la

muchedumbre a prorrumpir en vivas y aplausos.

– Si os fijáis en la línea de mi nariz y en el acento de mi voz conoceréis

que soy, pura y simplemente, un «Paddy» más. No os dejéis engañar por

mi traje bonito y mi nombre… Soy tan mick ([2]) como el que más de esta

sala y no tiemblo de miedo delante de ningún inglés. Por mi propia

experiencia en Westminster os digo y repito que ningún inglés nos

entenderá jamás; pero puesto que hemos de tratar con ellos, Gladstone es

el mejor perro del cubil. Gladstone conoce la realidad de la autonomía

irlandesa. No seguiremos siendo aquella pobrecita gente rara, que vive en

chozas, ignorada por los concejos y los ministros de Su Majestad. ¡Bajo

Charles Stewart Parnell seremos los forjadores de nuestros propios

destinos!

Se lo digo a ustedes, esto aceleró a la vieja sangre por las venas. La

desharrapada masa congregada allí pedía a gritos que Desmond Roche

continuara hablando. El emprendió el ascenso de la montaña de

ganancias que nos habían proporcionado la Liga Campesina y nuestra

lucha interminable contra la Corona, y exhortó a la andrajosa legión que

tenía delante a que doblara y triplicara sus esfuerzos, durante los días

venideros. Cuando por fin pudo sentarse, el público, puesto en pie, le

dedicó una tremenda ovación.

Cuando Kevin pudo restaurar el orden, nos invitó a que hiciéramos

preguntas. Y parecía como si Desmond Roche tuviera respuestas en los

labios aun antes de que las preguntas hubieran salido de los nuestros,

¡tan listo era aquél hombre! La ceremonia tocaba a su fin, y Tomas

Larkin se puso en pie. Todo quedó en un silencio, porque Tomas era alto

y fornido y todo el mundo estaba enterado de su heroísmo en la barricada

de William Street.

– Queda todavía una sola pregunta - dijo Tomas-, una pregunta que es

como una llama encendida desde el comienzo. Es una pregunta que yo no

sé responder cuando me la hacen, y que nos lleva a la desesperación. Aun

en el caso de que consiguiéramos una ley de autonomía para Irlanda,

dígame, en nombre de Dios, ¿qué le impedirá a la Cámara de los Lores

interponer su veto?

– ¡Yo responderé a esa pregunta! - gritó alguien desde el fondo.

Los cuellos se estiraban. Había otro sujeto elegante allá detrás.

Desmond Roche saltó sobre una silla y gritó pidiendo atención.

– ¡Caballeros! ¡Escuchadme! Esta mañana en mi hotel he recibido un

telegrama de Parnell, expresando la profunda inquietud que le causan los

disturbios ocurridos aquí. Decía en su mensaje que si era humanamente

posible, vendría a Derry hoy mismo. ¡Caballeros! Tengo muchísimo gusto

y me siento altamente honrado presentando a mi íntimo amigo, al hombre

a quien Irlanda ha llamado y que ha contestado a la llamada. Os entrego

vuestro jefe… ¡Charles… Stewart… Parnell!

¡Oh, santa Madre, jamás creí que pudiera vivir lo suficiente para verle

en persona! Ahí venía, andando tan tranquilo como usted quiera por el

centro de la sala, lo mismo que Jesús sobre las aguas. ¡Erguido! ¡Alto!

¡Majestuoso! ¡Guapo! Santa Madre, era guapo, ¡guapo como el mismo

Jesús! Todo el mundo se había subido a las sillas y gritaba con toda la

fuerza de sus pulmones, algunos hombres se pusieron a llorar y a saltar, y

él seguía tan tranquilo como en un paseo dominical, estrechando las

manos que le buscaban y saludando con la cabeza, como un rey. Sí, era el

mayor de nuestros caudillos exaltado por sus guerreros… y él, en cambio,

se comportaba con tan impasible dignidad.

Cuando se encontraba ya a la mitad de la sala y los ayudantes

trataban de abrirle paso, el griterío tomó forma.

-¡Parnell! ¡Parnell! ¡Parnell!

-¡Parnell! ¡Parnell! ¡Parnell!

El grito aumentaba, se elevaba, estremecía las vigas y ascendía

derechamente hacia el cielo. El crescendo fue realmente enloquecedor

cuando, ayudado por varias manos, subió al estrado y saludó, mientras el

público seguía rindiéndole homenaje apasionadamente.

-¡Parnell! ¡Parnell! ¡Parnell!

El levantó las manos, pidiendo silencio, y a los pocos segundos se

habría oído el murmullo de un duende.

– ¿Quién ha hecho la pregunta? - pidió, con un acento muy británico.

– Tomas Larkin, de Ballyutogue.

-¿El hijo de Kilty?

-Sí.

– Me siento muy honrado - respondió Parnell.

¿Podrían creerlo? Charles Stewart Parnell de pie allí, tan cerca que

me habría bastado estirar el brazo para tocarlo ¡y diciendo que se sentía

muy honrado de poder saludar a Tomas!

– La cuestión es ésta, Tomas, y todos los demás que se hayan hecho la

misma pregunta, la cuestión es que no se trata de una batalla de un solo

día. Ninguna ley, ninguna disposición legal, por sí solas, terminarán la

lucha. Esto es una guerra, una guerra que sólo terminará cuando Irlanda

haya conseguido la independencia total. En el pasado hubo batallas,

dirigidas por Wolfe Tone y O'Connell; batallas para la conquista del suelo

y de la libertad religiosa. La autonomía es la batalla de hoy, la estrategia

de hoy en esa guerra. Con esta elección conseguiremos que Irlanda y la

cuestión irlandesa se conviertan en el problema más importante de toda la

política británica. Utilizaremos todas las tácticas parlamentarias que

tengamos a mano para sacar el mayor partido de la atmósfera de

liberalismo actualmente en boga. Un veto, o dos, o tres, de los lores

podrán aplazar, nada más, la carrera hacia la autonomía, pero jamás

podrán desviarla.

Evidentemente, la cuestión quedaba tan clara que hasta yo la

comprendía. Parnell habló con voz calmosa y siempre competente de

todos los problemas, fuesen de la clase que fueren, que le consultaron. Su

lógica, su tranquila resolución se contagiaba a todo el mundo, elevaba

todos los espíritus. Conor había escuchado todo el rato boquiabierto,

como un aguilucho hambriento. Cuando se dio por terminada la reunión,

fue el primero en llegar junto a Parnell, y aunque había una agitación y

un revuelo indecibles en torno al jefe, se produjo ante mis ojos un

acontecimiento mágico. Conor Larkin y Charles Stewart Parnell parecían

estar solos en la sala y hablándose, aunque sin palabras, como si cada

uno de ellos hubiera hecho vibrar una entraña muy profunda del otro.

Parnell levantó la mano y cogió la de Conor, y Conor hizo una mueca de

dolor, y creo que fue entonces cuando Parnell vio las otras heridas y

cardenales. Y lo supo al momento.

– ¿Eres el hijo de Tomas Larkin?

–Sí, me llamo Conor.

– Yo me hospedo en el Donegal House. ¿Por qué no pasas por allá,

digamos dentro de una hora, y charlaremos?

– Oh, no podría, señor; al menos sin mi amigo Seamus.

– Claro, quise decir que pasarais los dos.

Yo estaba tan excitado que cuando nos acercábamos al Donegal

House faltó poco para que vomitase. El vestíbulo estaba lleno de figuras

políticas, de solicitantes y de visitas, pero ¿no saben?, el mismísimo

Desmond Roche nos aguardaba y nos hizo pasar antes que a nadie,

introduciéndonos en el salón de Charles Stewart Parnell.

Allí estábamos los dos, de pie, solos delante de Parnell. Yo sentía el

impulso de ponerme de rodillas y rezar; pero me arrimé bien a Conor y

procuré responder sensatamente a las preguntas que me dirigió aquel

hombre. El y Conor conversaron, durante una eternidad, casi diez

minutos enteros, cuando he ahí que Parnell cogió algo de encima de la

mesa.

– Me gustaría que te quedaras con este libro, Conor, y, por supuesto,

debes compartirlo con Seamus.

Conor se humedeció los labios y se esforzó por leer la cubierta. Luego

movió la cabeza y lo devolvió.

– Darme este libro seria perder el tiempo - dijo.

– Veamos, tú tendrás el propósito de saber leer perfectamente algún

día, ¿verdad que sí?

–Sí, lo tengo, señor Parnell.

– Guárdalo para entonces. Se titula Los derechos del hombre y es

obra de un americano llamado Thomas Paine. Contiene unas cuantas

ideas importantísimas que deberías conocer.

Parnell puso el libro en las manos de Conor, y éste bajó los ojos, que

estaban a punto de llenársele de lágrimas.

-Señor Parnell - susurró-, ¿por qué diablos está perdiendo su tiempo

con un don nadie como yo?

Charles Stewart Parnell levantó ambas manos, y con la izquierda tocó

a Conor, y a mí con la derecha.

– Ese es uno de los mayores problemas que tenemos aquí en Irlanda.

Nos hemos sentido don nadie durante muchísimo, demasiado, tiempo. Tú

eres alguien, Conor Larkin… ¿Me entiendes, muchacho?

–Sí, le entiendo - contestó él.

Mientras Conor retrocedía para salir de la habitación, yo no pude

resistir el impulso que me arrastraba hacia Parnell. Le rodeé con los

brazos y le dije:

– Dios le bendiga, señor Parnell.

Tendidos en el heno, nos pasamos la noche entera agarrados a aquel

momento, negándonos a soltarlo. Conor hojeaba el libro, recogiendo aquí

y allá palabras que sabía. Tarde, muy tarde, vino Tomas a ver cómo

estaban nuestras heridas y a abrigarnos. Se adivinaba en él una profunda

tristeza. Había traído a Conor a Derry para deshechizarle, para enseñarle

realidades feas. Y en cambio el fuego había prendido en Conor y no se le

apagaría en toda la vida, y su padre se sentía terriblemente afligido.

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