Trinidad
Capítulo 15
Durante cinco semanas formé parte de un destacamento de veintidós
hombres, seleccionados uno por uno, y una mujer, Atty Fitzpatrick, que
se entrenaba en DUNLEER para una misión no revelada. Vivíamos en el
monasterio, asimilando al comer, beber, respirar y dormir los ejercicios
que nuestro instructor y jefe, Conor Larkin, nos metía dentro a
martillazos.
Yo figuraba entre los elegidos, no por mi talla o por mi bravura, sino
como cronista de la gesta. El objetivo constituía un secreto
herméticamente guardado y conocido solamente por Conor, Dan y
Charley Hackett, dinamitero de considerable pericia.
Nos entrenábamos de noche, siempre corriendo contra reloj, con un
fardo de cuarenta libras a la espalda y dando señalada preferencia a los
ejercicios en aguas agitadas navegando en curraghs y luego practicando
muchísimo el arrastrarnos sobre la barriga por las cuevas de los Twelve
Bens. Establecimos un sistema de comunicaciones «silenciosas» mediante
señales con las manos, disciplina que sólo se rompía cuando no podíamos
vernos unos a otros; entonces recurríamos a cantos de pájaros y gritos de
animales silvestres. He ahí lo que sí sabíamos:
Atty estaba al mando de un camión que contenta un puesto de
primeros auxilios.
Lord Louie ponía mucho empeño en que aprendiésemos a manejar y
utilizar aquellos pequeños y frágiles botes.
Gilmartin, veterano de la guerra bóer y miembro del Concejo
Supremo, trabajaba en equipo con Dan Sweeney para el manejo de una
ametralladora. Gilmartin era un poco chillón, pero el más militar de todos
nosotros, al mismo tiempo que competente marino.
Charley Hackett y sus ayudantes Jennings y Pendergast realizaban un
sinfín de ejercicios de instalación de conductores eléctricos,
ostensiblemente sobre dinamita.
Siempre que creíamos haber alcanzado la mayor pericia posible en
nuestros respectivos cometidos, Conor nos bajaba de un puntapié de
semejante pedestal y nos empujaba más allá de las facultades que hasta
entonces nos suponíamos. Durante aquellas semanas, Conor fue un
sujeto impecable, insoportable, esforzándose en hacernos alcanzar una
perfección superior a toda perfección. No sabíamos qué hazaña se
habrían propuesto, pero por la pasión que emanaba de sus personas
comprendíamos que íbamos a lanzarnos a una empresa titánica.
A primeros de junio de 1915, levantamos el campamento y, de dos en
dos y de tres en tres, nos fuimos a Derry, donde nos pusimos en contacto
con Darren Costello, comandante de la Hermandad en aquel sector y
desaparecimos en el refugio del Bogside. Conor, Dan y Charley Hackett
estaban reclamados por los tribunales y necesitaron unos días más para
llegar a Derry.
Cuando nos hubimos reunido todos, siguieron sin darnos ninguna
explicación. Nos cargaron en un par de camiones y nos sacaron de Derry
para llevarnos a un terreno que me resultaba más familiar, puesto que
nos dirigíamos hacia Ballyutogue.
En cuanto hubo oscurecido, paramos en un bosquecillo a cierta
distancia de la carretera, entre el núcleo central de Ballyutogue y la parte
alta y nos introdujeron en la iglesia de San Columbano, que estaba
singularmente desierta. Los únicos vecinos presentes eran Boyd
McCracken, hermano mayor de Myles, que había heredado una de las
peores fincas de Irlanda, y su hijo Tim, muchacho de catorce años a
quien yo apenas conocía.
Algunos bancos los habían cambiado de sitio; en el suelo había ropas
de cama junto con una cocina improvisada. Los ventanales los habían
cubierto para no dejar salir la luz al exterior. En un rincón, detrás del
pulpito, habían amontonado veinte sacos mochila como los que habíamos
utilizado para nuestro adiestramiento.
Nosotros rodábamos por el templo extendiendo los límites de nuestra
curiosidad y hasta un poco los de nuestra tensión, por la orden de no salir
del edificio. En la sacristía se celebró cierto número de conferencias entre
Conor y algunos otros, y al final nos reunieron a todos.
Alrededor de una pizarra, cerca del altar, habían colocado un
semicírculo de candelabros de hierro labrado. Cuando nos acercamos,
Conor esbozó una especie de plano y se volvió hacia nosotros.
– A partir de este momento, quedáis sometidos a las más férreas
normas de seguridad - empezó diciendo-. Durante el día permaneceréis
dentro de la iglesia. Cuando sea noche oscura podréis salir al patio.
Fuera hay guardias que tienen orden de disparar a matar contra el que se
aventure más allá.
¡Sí, evidentemente, ése era el Conor Larkin comandante militar! No
había ni un dejo de calor afectivo o de humorismo en su voz, sino una
continuación del espíritu de mando que la situación requería y que todos
aceptábamos de muy buena gana.
– Estamos en el pueblo de Ballyutogue - prosiguió-, que es el de
Seamus O'Neill y mío. La mayoría de los vecinos del pueblo están fuera
recogiendo algas, según el derecho tradicional que les permite hacerlo
una vez al año. No se puede establecer ni el menor contacto con los que
queden. El padre Cluny y Boyd McCracken han utilizado este templo y la
casa de Boyd como refugios secretos durante años.
El ruido más fuerte era el de las llamas al oscilar. La iglesia quedaba
bañada en una luz suave, que daba un brillo anaranjado a la afligida
Virgen y al ensangrentado Jesús.
– A estas horas ya habréis colegido cierto número de cosas - dijo
Conor-. Os habréis imaginado que el objetivo se encuentra por este sector,
que hemos de cruzar agua para llegar a él y que iremos de noche. Las tres
suposiciones son acertadas.
Se volvió hacia la pizarra y rodeó con un círculo un punto del plano
esquemático que había trazado.
– Vamos a destruir el castillo Lettershanbo - nos comunicó.
¡DIOS MIÓ! ¡DIOS MIÓ TODOPODEROSO! Yo sentía cómo me
corría el sudor por las palmas de las manos, la lengua se me ponía seca y
él estómago se me endurecía dentro del puño del miedo más absoluto y
puro. No me atrevía a mirar a los otros; pero sospechaba que les pasaba
lo mismo que a mí.
– Muy bien, prestad atención - ordenó Conor-. Nuestro objetivo lo
constituyen cincuenta mil rifles, tres mil armas automáticas y morteros y
una reserva de trescientas toneladas de dinamita - señaló con una X un
punto de la pizarra-. Esto es Ballyutogue, nuestro emplazamiento actual.
Mañana, a la hora del crepúsculo, subiremos por la costa en dos
camiones. El primero lo conducirá un hermano de este pueblo; el
segundo (equipado para estación de primeras curas) lo guiará Atty.
La mujer asintió con un gesto.
-Seguiremos hasta este punto, inmediatamente después de Ballybrack
House; aquí hay una cavernita conocida por Agujero de Ballybrack. Allí
lord Louie os dará las coordenadas. Boyd y los hermanos del sector tienen
cinco curraghs escondidos en el Agujero de Ballybrack para cruzar el
agua. Hemos elegido el día de mañana atendiendo a la luna, las mareas y
el tiempo probable. Evidentemente, queremos tan poca luz sobre esta
empresa como sea posible. ¿Alguna pregunta hasta él momento?
Nadie preguntó nada.
– A lord Louie y a Gilmartin se les comunicó el detalle de la operación
hace sólo unos momentos. ¿Louie?
Lord Louie, que parecía singularmente fuera de lugar en nuestra
compañía, se puso en pie. Conor siguió diciendo:
– Todo debería producirse exactamente igual que en los
entrenamientos. Hemos realizado suficientes maniobras en aguas
revueltas para saber qué podemos espejar. Quizá un poco más de
influencia atmosférica aquí. Pero hasta bajo condiciones adversas, la
travesía habría de llevarse a cabo en media hora a lo sumo. Fijaos bien
los que os desviéis, tened la mirada atenta a la brújula y llevad los
cinturones salvavidas.
«Cruzaremos por equipos, los mismos que formamos en los
entrenamientos -continuó Conor-. Saldremos en el mismo orden también.
Dan, Seamus, Charley Hackett y yo en el bote número uno. El equipo de
Gilmartin en el número dos. Lord Louie en el número tres, y así
sucesivamente. Boyd se sumará al bote de Gilmartin.
Conor trazó otra X en la pizarra.
– Nos dirigiremos a esta torre, la Torre Martello - dijo-. El desembarco
debería ser similar a los que hemos ensayado en Slyne Head: oleaje
fuerte, resaca traicionera, fondo rocoso. Sacad los botes fuera del agua, a
terreno seco, y reuníos en la Torre. ¿Alguna pregunta?
– ¿Estáis seguros de que no patrullan aquel sector?
– Si - respondió Boyd McCracken-. He ido tres veces por tierra; una
noche. La Torre está abandonada y el sector de desembarco sin
vigilancia.
– ¿Qué me dices de la Royal Navy? ¿No hay en Lough Foyle un bote
de patrulla especial contra pescadores furtivos nocturnos?
– Darren Costeño y los muchachos de Derry llevarán a cabo una
maniobra de apoyo para asegurarse de que la Royal Navy esté encerrada
en el puerto y no pueda entrar en el lago - respondió Conor.
Unos murmullos de aprobación acogieron sus palabras, al darnos
cuenta todos de cuan bien habían meditado los planes.
– Como sabéis, la Torre Martello la construyeron los ingleses como
punto de defensa costera contra una posible invasión napoleónica.
Aunque no podría resistir el fuego de los cañones navales de nuestros
días, sigue siendo formidable. Dan y Gilmartin montaran un puesto de
ametralladoras para cubrirnos durante la travesía de regreso.
Conor fue hasta el pulpito, cogió un fardo-mochila y lo sostuvo en
alto.
– Los fardos con que practicasteis contenían dieciocho kilogramos de
piedras. Hemos quitado las piedras y las hemos sustituido por dinamita.
Los fardos cierran herméticamente y no hay peligro de que exploten por
sí solos…, pero no juguéis encendiendo cerillas por sus proximidades.
Risas nerviosas.
– Desde la Torre Martello - continuó- bajaremos a este punto…, aquí a
un trecho de cuevas y peñas. Durante la marea baja, entraréis en la cueva
que se os indicará, con agua hasta la cintura. Unos treinta metros
adentro de la cueva será cuestión de arrastrarse sobre la barriga por unos
cincuenta metros más. Entonces, si hemos dado con la cueva precisa, un
túnel nos conducirá adentro de Lettershanbo.
Otra ronda de comentarios le interrumpió un momento. Mientras
Conor hablaba, yo la recordé también… de aquéllos días de pescar algas,
cuando perseguíamos aquella chica…, ¿cómo se llamaba, vamos?
– Calculamos que no habrá de transcurrir más de media hora desde
que entremos en la cueva hasta que estemos ya en el castillo. Cuando
lleguéis al final del túnel, encontraréis una pared de ladrillo. Boyd,
¿quieres continuar tú ahora?
– Sí. - Al anguloso y prematuramente envejecido hermano de Myles
todavía se le notaba cierta familiaridad, a pesar de haber pasado
tantísimo tiempo-. Yo fui allá y viví en la cueva tres días enteros - dijo-.
Conor me encomendó la tarea de ir arrancando el mortero de la pared de
ladrillo. Me considero especialmente indicado para la tarea porque en las
temporadas de poca urgencia en el campo, trabajo en la cantera.
Laborando silenciosamente y sin ningún instrumento mayor que un
cortaplumas, lo dejé todo suelto, de manera que se pueden retirar los
ladrillos a mano y dejar un agujero suficiente para pasar, tendidos, por él.
Una vez hayamos pasado por dicho agujero, nos encontraremos junto a
un hogar de la lumbre de un aposento de los sótanos. Partiendo de allí, el
blanco está al final del pasillo. Yo pude andar por todas partes sin que me
descubriesen. Parece que no hay centinelas ni patrullas fijas que vigilen
el sótano. A pesar de todo, no hagáis ruido.
Boyd levantó en alto un par de zapatos con suelas de goma especiales
para moverse por las rocas resbaladizas de la orilla del mar y que,
además, apagarían el ruido de las pisadas por los suelos de piedra del
castillo.
– Tenemos una pila de zapatos de este tipo en la sacristía. Que cada
uno busque un par que le vaya bien.
– Charley - dijo Conor.
Charley Hackett, un sujeto parduzco conocido en varios continentes,
borró la pizarra y trazó un diagrama del sótano del castillo.
– Eso es el cuarto de la caldera - dijo-. Al restaurar el castillo,
instalaron la calefacción central con grandes conductos para el aire
caliente que iban a todas las habitaciones de Lettershanbo. Apuesto a que
dichos conductos transmitirán la explosión como un hilo de teléfono. Con
la ayuda de Dios, nuestra dinamita se abrirá camino hasta las trescientas
toneladas de dinamita de la Fuerza Voluntaria, la cual, al explotar a su
vez, mandará él castillo al infierno.
– ¿Y si no produce el efecto, Charley?
– Habremos hecho un largo viaje para reventar unas cuantas
ventanas.
– ¿Has visto alguna vez algo parecido y que saliera bien?
– No, y no voy a daros mi parecer - respondió Charley-. No obstante,
hay un dinamitero conocido mío, cuya opinión tengo en alta estima y me
adhiero a ella. Pues bien, en cuanto entremos en el castillo, colocaos
detrás de mí y en silencio, soltad los fardos en el cuarto de la caldera y
volved al instante a la cueva. Jennings, Pendergast y yo nos concedemos
diez minutos para instalar los cables por todo.
Conor volvió a tomar la palabra.
– En el cuarto de la caldera se juntan dos corredores. Boyd lo sabe. En
caso de que encontremos compañía poco agradable, Seamus manejará el
fusil ametrallador. Es el punto más delicado de la operación. Si lo
recordáis, en DUNLEER echamos suertes sin que yo os dijera para qué.
Bien, Seamus, tú sacaste la paja más corta…
– Como de costumbre - respondí yo.
– Tú serás el último que volverás al túnel. Tendrás que moverte con
rapidez frenética, porque cuando te vayas, el alambre detonador estará
sin vigilancia unos diez minutos. Si lo descubren y lo cortan, habremos
venido aquí por nada. Si nos atacan, Seamus habrá de proteger el
alambre.
No diría que fuese la vez en toda mi vida que he tenido más miedo. Lo
ahorraba para el día siguiente, pero sabía, a pesar de que Conor mirase
esas cosas con altivo desdén, que iba a sostener una conversación
confidencial con Jesús y María… Me dominé todo lo que pude, dije unas
palabras humorísticas para aliviar la tensión, pero casi vomité de miedo
al pronunciarlas.
-Nos hemos reagrupado ya en la Torre Martello - siguió explicando
Conor- y hemos vuelto a cruzar hacia la orilla del lago correspondiente a
Inishowen, con la esperanza de haber dejado en Lettershanbo un destrozo
y una confusión que impedirán que nos perdiga nadie. Atty y un hermano
de Ballyutogue continuarán en el agujero de Ballybrack con los dos
camiones. Allí permanecerá hasta una hora antes de amanecer, o cuando
esté segura de que hayan regresado todos los que hubieren de regresar. Y
se os llevará a la iglesia de nuevo. De allí nos trasladaremos a la casa de
Boyd.
-Convenientemente situada arriba en los brezales - interrumpió Boyd.
– Desde allí, el joven Tim nos hará desaparecer por las montañas. No
os encontrará nadie, creedme. Atty tiene las instrucciones para los gastos,
y os las repartirá. Abandonaremos las montañas de uno en uno, en
direcciones distintas.
Conor se golpeó la palma de la mano con el puño de la otra y repasó
lentamente la mayoría de puntos expuestos; luego su cara se convirtió en
una máscara torva.
– Saldremos mañana. No habrá aplazamientos. La operación se ha
montado de forma que coincida con la incursión de Darren Costello en
Derry, y no estaremos en comunicación con él. Si hallamos una mar
picada y alguno de vosotros zozobra, no nos pararemos a buscarle. Si
alguno es herido al lado del castillo de forma que no pueda seguir al paso
de los demás, tendremos que abandonarle. Si alguno requiere atenciones
médicas allí, tendremos que abandonarle. Todos os presentasteis
voluntarios sobre la base de que emprendíais una misión suicida. Hemos
hecho todo lo posible para que podáis regresar vivos. Si cogen a alguno,
queda juramentado a guardar el secreto. Si alguien revela algo a los
británicos y ellos no le matan, la Hermandad le matará. ¿Queda todo
claro?
Quedaba brutalmente claro.
– Dan - dijo Conor.
Dan Sweeney el Largo había reunido las fuerzas hasta más allá de su
capacidad para hacer el viaje sin ser una carga, pero el dolor le iba
destrozando ante nuestros propios ojos.
– Muchachos y muchacha - dijo con voz ronca-, jamás creí poder ver,
en toda mi vida, el día en que veinte irlandeses fuesen capaces de
organizar una misión como ésta sin armar el caos más espantoso. Pero…
aquí estamos…, y allá está…, allá está el objetivo… Si este disparo no se
oye por el mundo entero, no nos importa; nos conformamos con que lo
oigan en Londres. La Madre de los Parlamentos ha utilizado la guerra
actual como última excusa para seguir denegando las justas
reclamaciones del pueblo irlandés. Es completa y muy poéticamente
adecuado que utilicemos esta misma guerra en defensa de dichas
reclamaciones. El éxito de esta misión podría significar muy bien la
consecución o no consecución de nuestros objetivos durante la presente
generación de irlandeses. Que cada uno de vosotros haga bien el trabajo
que tiene encomendado. El momento que estamos viviendo pertenece a
todos nosotros, y al pueblo irlandés también; pero no pertenece a nadie en
particular. ¿Tienes que decirnos algo, Conor Larkin?
De modo que helo ahí; por toda la superficie del universo, por todo el
círculo de la vida. Todo empieza y termina en el mismo sitio, ¿verdad que
sí? Conor y yo en Ballyutogue. Sí, con el tiempo, todos volvemos al hogar.
Ahora, plantado allí, ante nosotros, ya no era el comandante severo;
ahora tenía el semblante de un muchacho, formándose, ardiendo en
rescoldo…, lejos, muy lejos de nosotros…, tan extraño, tan
tremendamente extraño… Le rodeaban unos hombres que le adoraban y
una mujer que le amaba más allá del amor. Y él parecía no darse cuenta.
¿Se sentía satisfecho por fin? ¿Había conseguido al menos una respuesta,
una sola, que le explicara el largo y penoso viaje de su vida? ¡Ah, Conor,
muchacho; Conor, muchacho! ¡Qué gusto da estar aquí contigo en este
momento! No me lo perdería por nada del mundo. Ni siquiera a cambio
del día de la insurrección.
–Sí alguno de vosotros no regresa, lamentaré no haber sido bastante
inteligente, o bastante minucioso. En cuanto a las palabras que os
pudiera decir… Amigos, hay demasiada literatura grandilocuente y
también demasiadas baladas pedantes que expresan nuestro afán de
libertad. ¿Qué podría añadir un tonto como yo? Como católicos, de niños
aprendimos a creer en misterios. Algunos de los que analizaron aquellos
misterios hallaron que no eran tales. Pero sí existe un misterio que
desafía todos los intentos por explicarlo. No hay misterio más profundo
que el amor que un hombre siente por su país. Es la belleza más terrible
de todas. Ninguna tragedia mayor se echó jamás sobre nuestra gente, que
a través de generaciones de sufrir a manos de extraños, ha perdido este
apasionado amor a su patria. Mañana presentamos nuestros argumentos
para reanimar la flama de ese espíritu que flaquea.
El aire era dulce y fresco al lado de la tumba de mi padre. Yo estaba
sentado a su vera imaginando que tenía una flauta en las manos y tocaba
una danza para hacerle sonreír.
De pronto noté un movimiento allí cerca, en la parcela de los Larkin,
y vi las figuras de Conor y Atty. Me quedé transportado mirándoles, y
cometí el imperdonable pecado de escuchar lo que decían.
– Oh, Dios mío - susurraba Atty-, abrázame, hombre.
Atty lloraba dulcemente en brazos de Conor. Luego él le habló sobre
las tumbas.
– He visto otra verdad - murmuraba Conor-. Sólo se me ha revelado
aquí, en este instante. Si amas a tu país, has de esforzarte por hacerlo
vivir más allá del pobre momento de existencia mortal que te corresponde.
Aquí estoy, en medio de los míos, y quizá tenga que reunirme pronto con
ellos. Mi madre…, mi bisabuelo Ronan…, mi abuelo Kilty… y mi padre.
Y me estaba preguntando: ¿Habremos llegado los Larkin a nuestro fin en
Irlanda? Brigid no tiene hijos, Dary es sacerdote, y los pequeños de Liam
no sabrán siquiera que son irlandeses. Me doy cuenta de que he querido
cometer el crimen de no atreverme a necesitarte; pero siempre te necesité,
y te necesito ahora. Quiero regresar y te veo ya llevando a mi hijo en las
entrañas.
– Soy fecunda; soy fértil como las llanuras de Kansas - dijo ella-, pero
no puedo esperar demasiado.
– Sí - repitió él-. Volveré indemne de esta aventura, porque sé la verdad.
La multitud de fantasmas brumosos, las correrías por el mundo y los
infiernos de duda se resuelven en una sola cosa. Esa cosa eres tú, Atty…
Eres tú a quien llamaré cuando me llegue la muerte.
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