Trinidad
Capítulo 5
Mi padre y Tomas salieron a despedir a Kevin O'Garvey. Como la casa
de los Larkin seguía inundada por la gente del velatorio, nos mandaron
que improvisáramos una cama para Daddo delante del hogar de la
nuestra. Conor cogió otra botella de poteen de las viudas mientras yo
improvisaba un jergón de heno, cubriéndolo con el preciado edredón de
plumón de ganso que mamá había comprado con el dinero de los huevos
en la feria de Muff, antes de nacer yo. Estuve reanimando el fuego hasta
que regresó Conor y puso la botella en manos de Daddo.
– Por más que predique, tu padre ha sido el mayor soñador de todos - le
dijo Daddo a Conor-. Conozco a Tomas desde su primer llanto de recién
nacido… No pesaría, no, ni la mitad de lo que pesaba Seamus cuando
Kilty y yo lo carreteábamos por todo Donegal para escuchar a Daniel
O'Connell.
Otro largo trago de aquel whisky se abrió camino todavía, gaznate
abajo, siguiendo la vieja senda, trillada ya por muchísimos litros.
Conor y yo le llevamos hasta el jergón. Sus articulaciones crujían
como si estuvieran mal soldadas. Le apoyamos la espalda contra la pared
y apagamos la linterna, dejando sólo la menguada claridad del fuego de
turba. Ser tan menudito tenía sus ventajas; yo me acurruqué junto al
anciano, mientras Conor cogía un taburete bajo.
– El mayor soñador de todos - repetía lentamente el viejo, desatándose
las envolturas de las manos y dejando al descubierto una masa de
nudillos hinchados por el reumatismo. Se roció las manos de poteen y se
las froto para que penetrase el líquido, gimiendo mientras intentaba
flexionar los dedos- . Tomas no es menos Larkin que lo era Kilty, aunque
no sigan el mismo camina- .He conocido a todos los Larkin. Conocí a tu
bisabuelo Ronan, y también a tus tíos abuelos. La familia huyó de
Armagh y se vino a Inishowen poco antes de nacer yo… que fue el año
1803, el mismo que colgaron a Emmet en Dublín.
Nosotros permanecimos debidamente fascinados por el hechizo que
derramaba el anciano shanache al remontarse en un vuelo de sueños
mientras sus pensamientos saltaban de acá para allá como un duendecillo
picarón. Sin tener más que a nosotros dos, Conor y yo, como privilegiados
oyentes, fue pescando por el mar del tiempo en busca del momento
propicio para iniciar la odisea de los Larkin.
A finales del siglo xvii, los irlandeses habían disipado sus energías combatiendo en una docena de rebeliones contra el dominio británico.
El clan de los O'Neill fue el más alborotador y se levantó no menos de tres veces ya en aquel siglo. La mayoría de sus tierras habían pasado a manos de la aristocracia británica, que los desposeyó de ellas, sustituyendo a la gente del país con decenas de millares de escoceses. El Ulster fue colonizado como una plantación, para proteger la Corona contra los indígenas católicos.
Oliver Cromwell marcó el cenit de la degollina de irlandeses y después de aplastar otro levantamiento de los O'Neill, se adueñó de las tierras que quedaban en la antigua demarcación de Inishowen y Ballyutogue para pagar a sus oficiales y soldados. Cuando Cromwell hubo terminado la tarea, los católicos poseían menos del cinco por ciento de su propio país. La mayoría fueron desterrados al oeste del río Shannon… el infierno, o Connaught.
Con objeto de quebrar todo futuro espíritu de rebelión y asegurarse la conquista, un Parlamento de Dublín de ascendencia protestante aprobó una serie de leyes penales que reducían a los católicos a la condición de utensilios, sin ningún derecho como personas.
A ningún católico se le permitía poseer tierras.
A ningún católico se le permitía votar.
A ningún católico se le permitía desempeñar ningún cargo público.
A ningún católico se le permitía ser empleado civil del Estado.
A ningún católico se le permitía poseer un arma.
A ningún católico se le permitía ser dueño de bienes por valor de más de cinco libras.
A ningún católico se le permitía recibir instrucción, ni dentro ni fuera de Irlanda.
Ningún católico podía cobrar más de un tercio del valor de sus cosechas.
A ningún católico se le permitía ejercer como abogado, médico, comerciante u otra profesión liberal.
La religión católica estaba casi completamente prohibida y no se le daba facilidad alguna para formar nuevos sacerdotes, al paso que se proscribía a los instruidos en el extranjero.
Todos los católicos estaban obligados a pagar un tributo a la Iglesia protestante anglicana.
Esto dio origen a misas secretas. A los sacerdotes que regresaban del continente los perseguían, los colgaban, los arrastraban y los descuartizaban en las plazas de los municipios del Ulster.
Conor hurtó una chupada de la pipa que había llenado y encendido
para Daddo.
– La hora más negra de Inglaterra - decía el viejo. Como si
personalmente hubiera oído pronunciar aquellas palabras, recitaba a
Edmund Burke-: «El código penal era un aparato destinado a
empobrecer a los irlandeses y despojarlos hasta de su naturaleza humana,
un aparato tan ruin como no hubiera inventado jamás otro peor el genio
del hombre.» - Daddo chupó la pipa y suspiró-. Tales eran sus mismísimos
pensamientos, y lo que es más, un lord canciller dictaminó en cierta
ocasión que la ley no presume que exista ningún irlandés católico
Romano. En fin, nos arruinaron de tal modo que ningún mendigo de
Londres habría trocado su suerte con un campesino irlandés - Daddo
sostenía la botella de poteen delante de la cara, como si realmente
pudiera verla-. Y se maravillan de que bebamos tanto, como si no fuera la
única manera de conjurar la demencia total por lo que nos impusieron.
Pero chavales… hasta cuando nos encontrábamos en los momentos más
difíciles, conservamos vivo el antiguo idioma y no dejamos nunca de
escribir música y poesía, y nos agarramos tan furiosamente a nuestra
religión como nos habíamos agarrado a la botella… Como sabéis, yo fui
maestro de valla ([1]) de vuestros padres.
Gran parte de los inmigrantes escoceses del Ulster huían de la persecución religiosa de los ingleses. Los presbiterianos no tardaron en verse bajo multitud de disposiciones del código penal como gente «no anglicana», inferior. Esto desató un éxodo de escoceses e irlandeses hacia el Nuevo Mundo, donde se convirtieron en la reserva del movimiento pionero americano, soldados del ejército revolucionario, antepasados de muchos grandes americanos (entre los que se cuentan bastantes presidentes) y espina dorsal del naciente Canadá.
Los presbiterianos que se quedaron en el Ulster eran de opiniones liberales y de espíritu emparentado con los atormentados católicos.
Figuraron entre los primeros republicanos.
Para protegerse de la perversa política agraria se unían todos en la lucha contra los terratenientes y sus agentes. Steel-boys, Peep O Day Boys, Heart of Oak Boys, todos cabalgaban de noche, entregados a la tarea de helarle la médula espinal al opresor y mantener rentas y derechos dentro de límites humanos.
Hacia finales del siglo xviii se produjo un cambio impresionante en el Parlamento de Dublín. Inspirada por los principios de la Revolución francesa, una nueva generación -protestantes de la clase media superior, incluso algunos descendientes de Cromwell- empezó a considerarse irlandesa antes que otra cosa. Dejando ya de servir de sello de la Corona, buscaron la manera de sacudirse el yugo inglés.
Animado por un espíritu de reforma, el Parlamento de Dublín empezó a desandar el camino y abolió aquella inicua ley penal. Por los años 1790 se permitió que los católicos participaran en los arriendos de tierras.
Pero era tan grande la sed de tierras de éstos que en las subastas de terrenos en arriendo pujaban, arrojando al viento cautelas y realidades, dispuestos a vender el alma por conseguir los campos. Así empezaron a dejar atrás en sus ofertas a los presbiterianos, cuya privilegiada situación empezó a desmoronarse. Ello despertó sentimientos de cólera, miedo y pánico, y los Peep O Day Boys, que habían cabalgado contra el terrateniente, empezaron ahora a galopar contra la nueva amenaza: el indígena católico que trataba de reconquistar su tierra.
Los Catholic Defenders respondieron a un ultraje con otro y hasta perpetraron unos cuantos de su propia cosecha. El Ulster se convirtió en escenario de saqueos y pillajes entre un campesinado católico hambriento de tierras y un campesinado presbiteriano ya situado.
– Fue más o menos por esta época cuando los Larkin de Armagh
entraron en escena - iba diciendo Daddo-. Ronan, tu bisabuelo, era el jefe
de los Defenders de aquel condado. En 1795 se entabló una lucha
definitiva entre los Peep O Day Boys y los Defenders. La contienda se
libró cerca del municipio de Armagh, en un lugar llamado el Diamond, y
fue una batalla encarnizada. Treinta chavales nuestros murieron allí,
entre ellos dos hermanos Larkin. Ronan no había concitado la pelea, pero
tuvo que intervenir para salvar a nuestras fuerzas, y, triste es decirlo, los
protestantes salieron victoriosos.
«Tan dulce hallaron el triunfo que lo compararon con la victoria del
rey Guillermo de Orange sobre Jacobo en el Boyne, un siglo antes, y en
su honor cambiaron el nombre de la cuadrilla por el de Orange Society…
nombre que en lo sucesivo haría correr escalofríos por nuestro cuerpo.
»Así quedamos separados para siempre de los presbiterianos, que
habían sido hermanos nuestros. Y la aristocracia británica los utilizó a su
antojo para aplicar el antiguo principio de "divide y vencerás".
La alianza para la liberación de Irlanda fue una cosa rara. El frente intelectual y político lo dirigían descendientes de anglicanos a los que se sumaba en las zonas rurales el campesinado católico. Estas dos facciones se aliaron desarticuladamente bajo la bandera de los United Irishmen, entidad dirigida por un soñador y caminante solitario irremediable, Theobald Wolfe Tone, que había renunciado a la clase de la que descendía.
Miles de irlandeses, restos de los ejércitos derrotados, habían huido en diversas épocas de la historia a las acogedoras costas de Francia. El París de fines de siglo estaba saturado del opio de la rebelión. Aquí Wolfe Tone defendió la causa irlandesa. La Francia católica sentía cierta afinidad por la católica Irlanda, la suficiente para convertirse en desganado aliado, la víspera de la insurrección de los United Irishmen de 1798.
Estos se habían fijado como meta la emancipación de los católicos.
Después de las guerras campesinas, los presbiterianos del Ulster temblaban de miedo, temiendo por su propia supervivencia. A medida que se extendía el levantamiento, millares de miembros de la Orange Society se unieron a la Corona, alistándose en el Yeomanry, el cuerpo de alabarderos inglés, y arremetiendo contra los católicos con asesina pasión vengativa.
En el sur de Irlanda, los católicos obtuvieron una efímera victoria.
El resto de la rebelión se hundió en pocos días, pues la invasión,
apoyada por Francia, fracasó totalmente a causa de una tempestad en el mar que debilitó su flota.
– En el Ulster los presbiterianos del British Yeomanry desataron una
orgía de sangre tan asquerosa que un comandante británico dimitió de su
puesto, hastiado. Todas las plazas de pueblo del Ulster aparecían
enrojecidas por las salpicaduras caídas del poste de los azotes - explicaba
Daddo, empezando a adornar las sangrientas andanzas de la Orange
Society unida a las fuerzas inglesas-. Las palizas para arrancar a las
víctimas nombres de miembros de los Defenders y los United Irishmen
dejaron a más de uno tullido para toda la vida. Lord Cornwallis, que
había aprendido lo que era perder revoluciones en las colonias
americanas, se aseguraba de que su espada no había de volver a rendirse
jamás. La locura por aplastar a los católicos se incrementó con la llegada
de regimientos de galeses y alemanes de Hesse, decididos a no dejarse
superar en la carnicería llevada a cabo por los presbiterianos.
El corazón y el estómago me dolían vivamente mientras Daddo
explicaba los horrores perpetrados al aplastar el levantamiento. Daddo
canturreó una tonada, pero tenía la voz tan cascada que apenas podíamos
distinguirla; luego la reconocimos como una de las canciones que
habíamos oído muy a menudo cuando los protestantes celebraban el 12 de
julio.
«Pobres croppies, sabéis que vuestra sentencia ha sonado Cuando oís el temido redoble del tambor protestante
En memoria de Guillermo enarbolamos su bandera
Y pronto la brillante Orange echará por el suelo al harapo verde.
Abajo, abajo, croppies, estaos quietos.
«Cuando aquello terminó, Wolfe Tone fue capturado y se suicidó en el
calabozo. Se dice que mataron a unos cincuenta mil. No en el campo de
batalla; sino la mayor parte asesinados a sangre fría. Ronan Larkin y sus
hermanos huyeron y se escondieron en los montes Mourne.
Un orden nuevo y permanente había nacido del levantamiento. Los presbiterianos se separaron para siempre de los católicos. Demostraron su valor y su fidelidad a la Corona y establecieron ese principio del Ulster de lealtad fanática a los británicos. Lo trágico del caso era que dos campesinados se habían dejado arrastrar a un conflicto sectario en
el cual no vencería ninguno de los dos, sino la aristocracia británica, dueña de las tierras porque las había robado.
– Al final, Ronan fue traicionado por un confidente. Recordad bien
mis palabras, zagales, cuando os digo que los confidentes son el veneno
de la vida irlandesa. Guardaos de ellos toda la vida. A Ronan lo cargaron
de cadenas y lo llevaron del Mourne a Armagh para atarlo al maldito
poste de flagelación, en la plaza. Y le azotaron con tal saña que habríais
podido verle los huesos del cuerpo, al descubierto, a través de la carne
desgarrada. Luego lo coronaron con brea hirviendo.
–Jaysus… - murmuré yo.
Conor, cuando estaba excitado, no despegaba los labios. Sólo
entornaba los ojos y el cuerpo se le ponía rígido con una tensión
amenazadora.
– Le dejaron con la vida saliéndosele del cuerpo - prosiguió Daddo- y
diciéndole que a la mañana siguiente volverían para completar el castigo.
Había de ser arrastrado, descuartizado y decapitado y habían de clavar su
cabeza en una pica para exhibirla corno escarmiento de las futuras
rebeliones de croppies.
Durante la noche, los pocos que quedaban de su partida, incluidos los dos hermanos supervivientes, regresaron sigilosamente, arrollaron a los yeomen de guardia, cortaron las amarras que sujetaban a Ronan al poste, lo cargaron en un carro y huyeron corriendo. El caso es que Ronan siguió con vida.
Los tres hermanos Larkin, ayudados por la organización
clandestina, se trasladaron aquí, a Inishowen y Ballyutogue, precisamente al nacer el año 1800. Como no se podían conseguir tierras buenas, arrendaron parcelas por encima de los doscientos metros sobre el nivel del llano, tan metidas ya en la maleza que eran poco más que peña pelada. Pero ellos arrancaron la piedra y la utilizaron para levantar paredes. Luego transportaron allí tierra buena (cada hombre llevaba dos baldes en cada viaje) y la mezclaron con algas marinas y cenizas de algas para hacerla más fértil. Mientras, para subsistir, allanaban los derechos de pesca de lord Hubble sobre el lago Foyle, llegando a ser los primeros pescadores eficientes del sector. El segundo año ya hubo cosecha, y durante un tiempo pudieron ir aumentando la
superficie cultivada y conservar el arriendo gracias a un trabajo extenuador.
– Después de la paliza recibida, Ronan nunca llegó a recuperar todas
sus fuerzas, y sólo engendró tres hijos, el mayor de los cuales fue Kilty.
Sí… cierto, todo un hombre ese Kilty. Ya nació arañando.
Daddo se dejó llevar por un súbito acceso de entusiasmo que nos
envolvió también a nosotros. Mientras Kilty yacía ahí al lado de su última
noche de velatorio, un narrador, un shanache embrujado ponía en
marcha su leyenda, sorbiendo el calor del fuego junto a nosotros, un par
de chicuelos. En el curso de mis días, escucharía las gestas de Kilty
Larkin una y mil veces, pero ya nunca volvería a experimentar lo que
sentí en aquel primer momento de revelación.
– Habéis oído decir que sólo los cerdos pueden ver el viento; pero yo os
aseguro que Kilty Larkin lo veía. A caballo, entraba y salía del viento,
atacando con una guadaña invisible, y no le tocaron ni una sola vez.
«Cuando Kilty se hizo cargo de las tierras, al fallecer Ronan, ya tenía
algunas ideas propias. Como por ejemplo, la de negarse a pagar el tributo
a la Iglesia anglicana. Vinieron los constabulary, esos cochinos policías
irlandeses renegados, y se cobraron el tributo de sus cosechas. Poco
después el comandante constabulary desaparecía misteriosamente, y dos
semanas más tarde lo sacaban del agua en Dunagree Point. Era la señal
de una nueva alborada.
Durante años ningún arrendatario reparaba su casa ni mejoraba los
campos, porque si lo hacía le subían la renta, fundándose en que el
terreno había aumentado de valor. Kilty estudió las fincas protestantes de
abajo, suponiendo que seguían mejores métodos. Adoptó de ellas todo lo
que pudo y embelleció, además, su casita, separando cerdos y gallinas de
la vivienda principal y enjalbegando paredes y vallas. Naturalmente, el
agente del dueño casi le dobló la renta.
Este tipo de política agraria condujo a una guerra local. Los
constabulary no se enfrentaban ahora con una banda mal organizada de
reventadores de vallas, sino con una fuerza de asalto experta y feroz que
sabia cómo causar perjuicios. La primera gran hazaña consistió en un
golpe maestro de Kilty al organizar el boicot contra los campos del conde
de Foyle en la época de la cosecha. Los amos trajeron trabajadores de
Escocia, y transportaban las mieses bajo la protección de las armas de los
constabulary.
Pero los campos del conde eran muy extensos y la fuerza
constabularia demasiado reducida. Antes de que pudieran llegar tropas a
reforzarla, los trabajadores importados estaban ya completamente
aterrorizados; se quemaba las cosechas y se asesinaba a los confidentes.
Las pérdidas de lord Hubble ascendieron a millares de libras.
Las represalias vinieron en forma de evicciones, subidas de las rentas
y flagelaciones públicas.
– La víspera del 11 de julio de 1843, Kilty rayó a una altura épica -
explicaba Daddo con un tono de voz que era casi un canto triunfal-. Los
protestantes se habían empapado de licor hasta los globos de los ojos,
celebrando las fiestas del rey Guillermo. Kilty montó un bonito reclamo.
A uno de quien sospechaba era confidente, le proporcionaron
informaciones falsas sobre un planeado asalto al castillo del conde en
Hubble Manor. Los otros se tragaron el anzuelo, trasladaron allá a los
constabulary y a soldados y dejaron expedito el camino de Derry.
»No se había visto cosa igual desde aquella antigua incursión céltica
de Cooley a la requisa de ganado hasta nuestros días… Yo… mismo…
cabalgaba a la izquierda de Kilty. Y la luna llena nos iluminaba el
camino.
»Los corrales de ganado vacuno del muelle de Derry estaban hasta los
topes, esperando el momento del embarque para Inglaterra. Nosotros los
asaltamos con tal furia que a mí se me rompieron los cordones de las
botas, reventando las vallas y provocando una estampida. En menos de
una hora condujimos más de dos mil cabezas del mejor vacuno de lord
Hubble al lago Doyle y las ahogamos, desapareciendo luego en el viento.
»El confidente que había dado una información falsa a sus dueños
sufrió un destino terrible a manos de éstos. Con lo cual, después, otros
confidentes titubeaban bastante antes de dar el soplo. En fin, sabían muy
bien que aquello había sido obra de Kilty Larkin; pero les daba miedo
encerrarle… y les aterrorizaba aún más dejarle en libertad.
Daddo soltó una carcajada seca al recordar el hecho, sin duda
corregido y aumentado en su mente por el paso, del tiempo.
– Kilty fue el primer arrendatario que se sentó a negociar. Y barrió el
tributo. Fijaos bien, esto ocurría en aquellos tiempos en que no existía
aún ninguna de esas fantasiosas Ligas protectoras. Sí, era un gran
muchacho. Años después, Kilty y yo nos hicimos fenianos. El
levantamiento no fue gran cosa, y en premio a nuestras fatigas nos
excomulgaron, igual que habían excomulgado a Ronan y sus hermanos
por pertenecer a los United Irishmen.
La mente del narrador derivaba hacia otro tema…
– La Iglesia siempre se untó el pan con la basura de los británicos… -
Daddo se quedó seco repentinamente, cansado ya, y la intensa magia de
sus pensamientos se desfondó-. ¡Ah, qué grande fue aquella incursión…
Conor…!
–Sí - dijo Conor, abandonando el taburete y arrodillándose delante del
shanache, que levantó la mano para tocarle la mejilla y el cabello, al
mismo tiempo que emitía una especie de carcajada gutural.
– La sombra de Kilty ha significado una pesada carga para tu padre;
pero también Tomas alimentó sus sueños particulares, lo mismo que los
tienes tú. Pero el hambre los mató. Fuésemos lo que fuéramos antes, ya
no hemos vuelto a ser lo mismo, después del hambre; ni hemos vivido un
solo día sin temerla… Conor…
– No, Daddo.
– Tomas es capaz de sufrir el ataque de la locura, esta noche. Yo he
notado cómo le invadía. Todos los Larkin padecieron esa locura…
Ronan… Kilty y también tu padre. Esta noche estará bajo su influjo.
Conor se apartó. Sus ojos exploraban ya más allá de la casita,
buscando a su padre.
Apoyándose en las manos, Conor saltó la pared que separaba las dos casitas y recibió en el rostro el runruneo del rosario. Abrió la puerta con cautela. La habitación principal estaba llena de gente en vela, arrodillados todos, todos golpeándose el pecho con los puños, a compás, murmurando peticiones a los santos, que seguramente los estaban contemplando desde una gloriosa, desconocida morada.
Los ojos de Conor resbalaban sobre la turba, buscando a su padre.
Finola estaba arrodillada junto al cadáver, la cara escondida entre las manos, completamente agotada por una segunda sesión de
lamentaciones. La mujer levantó los ojos despacio, estableciendo contacto con su hijo por un procedimiento que no necesitaba amplificadores.
Conor retrocedió calladamente. Bajo un cielo inusitadamente poblado de estrellas, Conor recorrió el sendero, dejando atrás una docena de casitas, y luego empezó a subir cuesta arriba en dirección a la taberna clandestina.
La taberna dormía en la oscuridad; ningún ruido salía de ella.
Conor empujó la puerta. Acompañando el gemido de sus goznes, un fuerte olor de whisky salía al exterior.
–Papá.
Sin que nadie le respondiera, Conor avanzó a tientas, buscando la vela colocada en un pilar y logró encenderla. La estancia se iluminó de mala gana por la pequeñez de la llama.
Tomas Larkin estaba acurrucado sobre un barril, doblado sobre sí mismo como un toro derrotado, con unos ojos tan fijos y ciegos como los de Daddo y sin darse cuenta en absoluto de la presencia de otra persona. Conor se acercó a él.
–Papá.
Tomas levantó los ojos y parpadeó, sin reconocer a su hijo.
–Kilty -susurró con un extraño dejo de horror estremeciendo su voz-, las patatas se han vuelto negras. Se han podrido delante de mis propios ojos. Dios mío, Kilty, ¿qué vamos a hacer?
–Papá, soy yo, Conor. Estás saliendo de una pesadilla.
–Oh, Jesús, ayúdanos. Vamos a morir. Vamos a morir, todos.
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