Trinidad
El Prado Mágico
Subo al alto prado, mar de belleza,
Cuando el día entero se baña de luz
Y acomodado en vieja fortaleza
Espero las hadas vestidas de tul.
El grito de Wolfe Tone en su celda
Hasta mí, más claro, ha llegado.
Llamando a los que aran la tierra,
O el hogar y el establo han cuidado.
Miro caviloso el mágico prado
Donde tan lozanas crecen las aliagas.
No veo ni oigo ningún ser humano,
¿O es que me juegan sus tretas las hadas?
Callado desciendo del prado ideal,
Parda está la tierra y la mies madura.
La voz de Tone no me deja en paz:
¡Empuña el arma que sale la luna!
Conor Larkin, 1887, edad 14 años.
Cuando cruzamos el río Crana dirigimos una última mirada al lugar
aquel donde se abría y nos llamaba el mundo de más allá y donde
nuestros entendimientos se habían abierto a todo un ciclo de nuestra
propia tragedia irlandesa. Era también el lugar donde el tiempo se quedó
dormido en el instante aquel que llegamos a identificar como el paraíso.
9
Las estaciones llegaban y se iban, una tras otra. Nada cambiaba
mucho, sino el cansancio, cada vez mayor, de nuestro pueblo, subiendo
siempre los peldaños de la rueda de molino, siguiendo el interminable
camino de una lucha sin sentido. El paso se iba haciendo más lento, y
más ferviente la oración implorando que el sueño final viniera a darles la
paz. Cada día iba en aumento el número de «velatorios americanos», a
medida que hijos e hijas emigraban y sus familiares y vecinos se reunían
para llorarlos lo mismo que lloraban a los muertos; porque si una vez
abandonaban Irlanda… la habían abandonado para siempre.
La boda del señor Ingram y la señorita Enid Lockhart no cogió de
sorpresa a nadie. A Conor y a mí nos invitaron a la fiesta. No asistimos
por razones obvias, pero observamos la ceremonia desde fuera del templo.
Luego hubo una recepción en Hubble Manor, pues el señor Ingram se
había convertido en un señalado favorito de lady Caroline. Nosotros nos
fijábamos en todos los que cruzaban las grandes puertas de entrada. Debo
confesar que lady Caroline era la mujer más hermosa que había visto en
mi vida. Cuando la pareja volvió de viaje de novios por Escocia, Conor y
yo fuimos a ver a nuestro maestro. Conor había forjado una colección de
soportes para libros, la más hermosa que uno podía imaginarse, y se los
dio como regalo de bodas en nombre de ambos, suyo y mió. Creo que el
señor Ingram se emocionó de veras. No nos preguntó por qué no
habíamos asistido a la boda; ya lo sabía. Había muchas cosas entre
nosotros que nunca expresábamos en palabras concretas, porque
quedaban entendidas tácitamente.
– También a mí me gustaría daros algo - nos dijo-. La señorita Enid…
o sea, la señora Ingram, tiene un sobrante de Biblias familiares, con lo
cual a mí me gustaría regalaros la mía.
Conor y yo nos quedamos mirándola fijamente, cuando la puso sobre
la mesa, porque aquello era el contrabando más peligroso que pudiera
imaginar gente como nosotros.
– Los labradores de Escocia son gente muy pobre y trabajadora -
explicó el maestro-. Nunca lo han pasado tan mal como vosotros; pero su
vida tampoco ha sido una merienda campestre. - Luego pasó la mano por
los soportes para libros, sonrió y se acercó a la ventana, cogiéndose las
manos detrás de la espalda como le había visto hacer muchísimas veces
en clase-. Nadie sabía leer muy bien, excepto en el libro santo. Todas las
noches antes de acostarnos teníamos un rato de placer especial. Nos
reuníamos en torno a mi padre, junto a la lumbre, cuatro hijos y cuatro
hijas, y él nos leía la Biblia. Su padre había seguido esta misma tradición
tan fielmente que él, y casi todos los otros, hubieran podido recitarla de
memoria. La Biblia es el manantial de nuestro idioma. - Apartándose de la
ventana, añadió-: He llegado a enterarme de que no es un idioma tan rico
como el vuestro, aunque tampoco es muy pobre… ved, hasta hablo ya un
poco como vosotros. Si mis deseos se cumplieran, vosotros podríais leer la
Biblia en vuestro propio idioma. Ya veis, muchachos, nunca, en ninguna
otra parte, se han empleado las palabras ni expresado los pensamientos
de una manera más hermosa.
Conor asintió con la cabeza, indicando que le comprendía. Cuando
abrió la cubierta, yo me incliné ante él. Era una Biblia vieja, muy vieja, y
cada hijo que la había heredado había escrito su nombre en ella.
Empezaba con Adair Ingram, más de doscientos años atrás, hasta llegar a
Andrew.
– Nos sentimos muy honrados - dije- pero creo que no la merecemos.
-Quiero que la tengáis Conor y tú, especialmente porque creo que las
hadas os han dotado de un don singular para las palabras. A pesar del
padre Lynch, ¿tendríais la bondad de aceptarla, sólo por el espíritu de
aprender?
Conor y yo estuvimos a punto de morir de dolor cuando Andrew
Ingram y su encantadora esposa abandonaron Ballyutogue. Por
designación de lady Caroline, le nombraron director del mayor colegio de
Derry.
Desde el día que regresamos de la cabaña del monte, Conor y Tomas
se habían sumido en un período de silencio. A Conor le permitieron
volver a la herrería de Lambe, y estudiaba tan febrilmente como antes,
pero padre e hijo continuaban practicando un sucio juego. Tomas seguía
fingiendo que Conor se quedaría en Ballyutogue y se encargaría de la
finca, y Conor nunca se manifestaba claramente ni decía nada en sentido
contrario.
Por fin, la noticia de la defunción de Daddo Friel rompió el silencio.
Daddo había recorrido ya todo el camino que tenía señalado en este
mundo, pero aun así nos causó una pena terrible. Junto con Ingram,
había sido el gran maestro de nuestras vidas. Subimos, pues, a su pueblo
de Crockadaw para tomar parte en lo que sería el último gran velatorio de
Inishowen.
Kevin O'Garvey vino de Derry y pronunció un elogio fúnebre capaz de
poner al viejo feniano de pie en la sepultura. La noche se llenó de
anécdotas de Daddo. El círculo de amigos suyos lloraba ruidosamente
delante de los vasos de poteen.
La segunda madrugada, Kevin se derrumbó y se puso a parlotear de la
angustia que le inspiraba la lucha política que había desgarrado al
partido irlandés. A Charles Stewart Parnell lo habían apartado de la
jefatura y Kevin, que se contaba entre sus incondicionales, derramó en
nuestros oídos todo lo que rebosaba de su corazón.
Desde mucho tiempo, los enemigos de Parnell formaban una camada
de chacales siempre al acecho, esperando el momento de saltar a la
garganta del gran hombre. Y lo habían arrojado a esa galería de mártires
irlandeses que era la prisión de Kilmainham, años atrás, cuando la Liga
Campesina fue declarada ilegal. Los británicos acabaron dándose un
puntapié a sus propios labios, y volvieron a declararla legal.
Más tarde, Parnell fue acusado de complicidad en el asesinato político
del primer secretario británico en Dublín. Sólo en la sala del juzgado,
sometido a interrogatorio, acabó su acusador, Richard Piggot, por
derrumbarse y confesar que la carta acusatoria era una falsificación.
Luego, Piggot huyó a España y se suicidó.
Pero apenas había capeado Parnell una tormenta política cuando ya
los británicos se lanzaban de nuevo en su persecución. Por fin lograron
destruirle sacando a la luz un asunto antiguo. En los primeros tiempos de
su carrera, había tenido como asociado de confianza al capitán W. H.
O'Shea, que vivía separado de su esposa desde hacía mucho tiempo. Esta
pasó a ser la amante de Parnell y con el transcurso de los años le dio tres
hijos, uno de los cuales murió. Un decenio entero de convivencia entre
Parnell con Kitty O'Shea hubo de transcurrir para que el marido de ésta
considerase oportuno solicitar judicialmente el divorcio y acusar a
Parnell de haber premeditado y realizado a sangre fría una venganza.
Después de una sentencia de divorcio que no halló oposición por ninguna
parte, Parnell se casó con su bienamada; pero las puertas de la ira habían
quedado abiertas.
Al principio, el partido irlandés y el pueblo se reunieron a su
alrededor y le defendieron; pero al poco tiempo todos los pulpitos
católicos del país vomitaban condenas contra los adúlteros. Nuestro
propio padre Lynch no era de los que se quedaban en zaga. Cuando los
obispos intervinieron furiosos y el escándalo arreció, Gladstone, el
deslumbrante caballero liberal, exigió, como precio para presentar otro
proyecto de Ley de Autonomía, que Parnell abandonara la jefatura del
partido irlandés.
Los miembros de este partido que tenían escaños en el Parlamento se
reunieron en un salón de Westminster. En la batalla que se libró allí,
Kevin O'Garvey militó en el grupo de los veintiséis que continuaron leales
a Parnell. Entre los jefes de la oposición que le echó fuera se contaba el
mismísimo Desmond Roche, el que en otro tiempo nos había arengado en
el Celtic Hall de Derry.
Parnell regresó a Irlanda con Kevin O'Garvey y realizó un intento
baladí por reconquistar el dominio. La cuarta noche del velatorio de
Daddo Friel, Kevin nos confió que Parnell estaba agotado a consecuencia
de catorce años de batalla incesante. La salud de su amigo le tenía muy
preocupado.
– Está medio tullido de reuma y agriado por la derrota. Yo le supliqué
que descansara, pero no quiso atenderme.
Daba espanto escuchar tales palabras. Para Conor y para mí, Parnell
era como un dios. Tomas alimentaba el fuego de la amargura de Kevin
repitiendo una y mil veces que la libertad era un espejismo, y el único
final lógico, el árbol de los ahorcados. Por supuesto, yo sabía que estas
palabras iban destinadas a los oídos de Conor.
A Kevin lo llamaron y tuvo que ausentarse del cementerio en el mismo
instante en que Daddo bajaba a la fosa. Un mensajero de la oficina
general de Correos le traía un telegrama, que entonces solía ser heraldo
de alguna defunción. Tan pronto como pudimos marcharnos, corrimos
ansiosos en busca de Kevin y le encontramos en las afueras del pueblo,
con la cara manchada de lágrimas, sollozando convulsivamente, incapaz
de hablar. Conor le arrebató el telegrama de las manos y vi cómo del
rostro de mi amigo desaparecían las ganas de vivir.
– Parnell ha muerto.
Más tarde descubriríamos que se había tendido en su lecho de muerte
durante una corta visita a Inglaterra. Kitty estaba a su lado. El cadáver lo
retornaron a Dublín, donde a los dirigentes irlandeses los ultrajan en
vida, pero los exaltan una vez muertos. Las manifestaciones de dolor,
sincero y fingido, cuando le pusieron a descansar al lado de Daniel
O'Connell, no tuvieron jamás parigual. Todo esto ocurría en el año 1894.
Parnell nos abandonó a la edad de cuarenta y cinco años.
El magnífico partido irlandés que había forjado y que se convirtió en
una amenaza para los británicos, ahora se fragmentaba y doblegaba bajo
las exigencias británicas. Fallecido Parnell, gran parte de las
aspiraciones irlandesas fenecieron también. La llama que parecía
apagarse en Conor y en mí mismo, se apagaba en todo el pueblo irlandés.
La gran embestida hacia la libertad cesaba de repente, en medio de la
confusión. Volvíamos a ser labradores ignorantes, plantados fuera, a la
intemperie, helándonos de frío con las narices apretadas contra los
cristales de la ventana… esperando…, esperando…, esperando…
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