Trinidad

Leon Uris · Capítulo 39 de 119

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Trinidad

El Prado Mágico

Subo al alto prado, mar de belleza,

Cuando el día entero se baña de luz

Y acomodado en vieja fortaleza

Espero las hadas vestidas de tul.

El grito de Wolfe Tone en su celda

Hasta mí, más claro, ha llegado.

Llamando a los que aran la tierra,

O el hogar y el establo han cuidado.

Miro caviloso el mágico prado

Donde tan lozanas crecen las aliagas.

No veo ni oigo ningún ser humano,

¿O es que me juegan sus tretas las hadas?

Callado desciendo del prado ideal,

Parda está la tierra y la mies madura.

La voz de Tone no me deja en paz:

¡Empuña el arma que sale la luna!

Conor Larkin, 1887, edad 14 años.

Cuando cruzamos el río Crana dirigimos una última mirada al lugar

aquel donde se abría y nos llamaba el mundo de más allá y donde

nuestros entendimientos se habían abierto a todo un ciclo de nuestra

propia tragedia irlandesa. Era también el lugar donde el tiempo se quedó

dormido en el instante aquel que llegamos a identificar como el paraíso.

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Las estaciones llegaban y se iban, una tras otra. Nada cambiaba

mucho, sino el cansancio, cada vez mayor, de nuestro pueblo, subiendo

siempre los peldaños de la rueda de molino, siguiendo el interminable

camino de una lucha sin sentido. El paso se iba haciendo más lento, y

más ferviente la oración implorando que el sueño final viniera a darles la

paz. Cada día iba en aumento el número de «velatorios americanos», a

medida que hijos e hijas emigraban y sus familiares y vecinos se reunían

para llorarlos lo mismo que lloraban a los muertos; porque si una vez

abandonaban Irlanda… la habían abandonado para siempre.

La boda del señor Ingram y la señorita Enid Lockhart no cogió de

sorpresa a nadie. A Conor y a mí nos invitaron a la fiesta. No asistimos

por razones obvias, pero observamos la ceremonia desde fuera del templo.

Luego hubo una recepción en Hubble Manor, pues el señor Ingram se

había convertido en un señalado favorito de lady Caroline. Nosotros nos

fijábamos en todos los que cruzaban las grandes puertas de entrada. Debo

confesar que lady Caroline era la mujer más hermosa que había visto en

mi vida. Cuando la pareja volvió de viaje de novios por Escocia, Conor y

yo fuimos a ver a nuestro maestro. Conor había forjado una colección de

soportes para libros, la más hermosa que uno podía imaginarse, y se los

dio como regalo de bodas en nombre de ambos, suyo y mió. Creo que el

señor Ingram se emocionó de veras. No nos preguntó por qué no

habíamos asistido a la boda; ya lo sabía. Había muchas cosas entre

nosotros que nunca expresábamos en palabras concretas, porque

quedaban entendidas tácitamente.

– También a mí me gustaría daros algo - nos dijo-. La señorita Enid…

o sea, la señora Ingram, tiene un sobrante de Biblias familiares, con lo

cual a mí me gustaría regalaros la mía.

Conor y yo nos quedamos mirándola fijamente, cuando la puso sobre

la mesa, porque aquello era el contrabando más peligroso que pudiera

imaginar gente como nosotros.

– Los labradores de Escocia son gente muy pobre y trabajadora -

explicó el maestro-. Nunca lo han pasado tan mal como vosotros; pero su

vida tampoco ha sido una merienda campestre. - Luego pasó la mano por

los soportes para libros, sonrió y se acercó a la ventana, cogiéndose las

manos detrás de la espalda como le había visto hacer muchísimas veces

en clase-. Nadie sabía leer muy bien, excepto en el libro santo. Todas las

noches antes de acostarnos teníamos un rato de placer especial. Nos

reuníamos en torno a mi padre, junto a la lumbre, cuatro hijos y cuatro

hijas, y él nos leía la Biblia. Su padre había seguido esta misma tradición

tan fielmente que él, y casi todos los otros, hubieran podido recitarla de

memoria. La Biblia es el manantial de nuestro idioma. - Apartándose de la

ventana, añadió-: He llegado a enterarme de que no es un idioma tan rico

como el vuestro, aunque tampoco es muy pobre… ved, hasta hablo ya un

poco como vosotros. Si mis deseos se cumplieran, vosotros podríais leer la

Biblia en vuestro propio idioma. Ya veis, muchachos, nunca, en ninguna

otra parte, se han empleado las palabras ni expresado los pensamientos

de una manera más hermosa.

Conor asintió con la cabeza, indicando que le comprendía. Cuando

abrió la cubierta, yo me incliné ante él. Era una Biblia vieja, muy vieja, y

cada hijo que la había heredado había escrito su nombre en ella.

Empezaba con Adair Ingram, más de doscientos años atrás, hasta llegar a

Andrew.

– Nos sentimos muy honrados - dije- pero creo que no la merecemos.

-Quiero que la tengáis Conor y tú, especialmente porque creo que las

hadas os han dotado de un don singular para las palabras. A pesar del

padre Lynch, ¿tendríais la bondad de aceptarla, sólo por el espíritu de

aprender?

Conor y yo estuvimos a punto de morir de dolor cuando Andrew

Ingram y su encantadora esposa abandonaron Ballyutogue. Por

designación de lady Caroline, le nombraron director del mayor colegio de

Derry.

Desde el día que regresamos de la cabaña del monte, Conor y Tomas

se habían sumido en un período de silencio. A Conor le permitieron

volver a la herrería de Lambe, y estudiaba tan febrilmente como antes,

pero padre e hijo continuaban practicando un sucio juego. Tomas seguía

fingiendo que Conor se quedaría en Ballyutogue y se encargaría de la

finca, y Conor nunca se manifestaba claramente ni decía nada en sentido

contrario.

Por fin, la noticia de la defunción de Daddo Friel rompió el silencio.

Daddo había recorrido ya todo el camino que tenía señalado en este

mundo, pero aun así nos causó una pena terrible. Junto con Ingram,

había sido el gran maestro de nuestras vidas. Subimos, pues, a su pueblo

de Crockadaw para tomar parte en lo que sería el último gran velatorio de

Inishowen.

Kevin O'Garvey vino de Derry y pronunció un elogio fúnebre capaz de

poner al viejo feniano de pie en la sepultura. La noche se llenó de

anécdotas de Daddo. El círculo de amigos suyos lloraba ruidosamente

delante de los vasos de poteen.

La segunda madrugada, Kevin se derrumbó y se puso a parlotear de la

angustia que le inspiraba la lucha política que había desgarrado al

partido irlandés. A Charles Stewart Parnell lo habían apartado de la

jefatura y Kevin, que se contaba entre sus incondicionales, derramó en

nuestros oídos todo lo que rebosaba de su corazón.

Desde mucho tiempo, los enemigos de Parnell formaban una camada

de chacales siempre al acecho, esperando el momento de saltar a la

garganta del gran hombre. Y lo habían arrojado a esa galería de mártires

irlandeses que era la prisión de Kilmainham, años atrás, cuando la Liga

Campesina fue declarada ilegal. Los británicos acabaron dándose un

puntapié a sus propios labios, y volvieron a declararla legal.

Más tarde, Parnell fue acusado de complicidad en el asesinato político

del primer secretario británico en Dublín. Sólo en la sala del juzgado,

sometido a interrogatorio, acabó su acusador, Richard Piggot, por

derrumbarse y confesar que la carta acusatoria era una falsificación.

Luego, Piggot huyó a España y se suicidó.

Pero apenas había capeado Parnell una tormenta política cuando ya

los británicos se lanzaban de nuevo en su persecución. Por fin lograron

destruirle sacando a la luz un asunto antiguo. En los primeros tiempos de

su carrera, había tenido como asociado de confianza al capitán W. H.

O'Shea, que vivía separado de su esposa desde hacía mucho tiempo. Esta

pasó a ser la amante de Parnell y con el transcurso de los años le dio tres

hijos, uno de los cuales murió. Un decenio entero de convivencia entre

Parnell con Kitty O'Shea hubo de transcurrir para que el marido de ésta

considerase oportuno solicitar judicialmente el divorcio y acusar a

Parnell de haber premeditado y realizado a sangre fría una venganza.

Después de una sentencia de divorcio que no halló oposición por ninguna

parte, Parnell se casó con su bienamada; pero las puertas de la ira habían

quedado abiertas.

Al principio, el partido irlandés y el pueblo se reunieron a su

alrededor y le defendieron; pero al poco tiempo todos los pulpitos

católicos del país vomitaban condenas contra los adúlteros. Nuestro

propio padre Lynch no era de los que se quedaban en zaga. Cuando los

obispos intervinieron furiosos y el escándalo arreció, Gladstone, el

deslumbrante caballero liberal, exigió, como precio para presentar otro

proyecto de Ley de Autonomía, que Parnell abandonara la jefatura del

partido irlandés.

Los miembros de este partido que tenían escaños en el Parlamento se

reunieron en un salón de Westminster. En la batalla que se libró allí,

Kevin O'Garvey militó en el grupo de los veintiséis que continuaron leales

a Parnell. Entre los jefes de la oposición que le echó fuera se contaba el

mismísimo Desmond Roche, el que en otro tiempo nos había arengado en

el Celtic Hall de Derry.

Parnell regresó a Irlanda con Kevin O'Garvey y realizó un intento

baladí por reconquistar el dominio. La cuarta noche del velatorio de

Daddo Friel, Kevin nos confió que Parnell estaba agotado a consecuencia

de catorce años de batalla incesante. La salud de su amigo le tenía muy

preocupado.

– Está medio tullido de reuma y agriado por la derrota. Yo le supliqué

que descansara, pero no quiso atenderme.

Daba espanto escuchar tales palabras. Para Conor y para mí, Parnell

era como un dios. Tomas alimentaba el fuego de la amargura de Kevin

repitiendo una y mil veces que la libertad era un espejismo, y el único

final lógico, el árbol de los ahorcados. Por supuesto, yo sabía que estas

palabras iban destinadas a los oídos de Conor.

A Kevin lo llamaron y tuvo que ausentarse del cementerio en el mismo

instante en que Daddo bajaba a la fosa. Un mensajero de la oficina

general de Correos le traía un telegrama, que entonces solía ser heraldo

de alguna defunción. Tan pronto como pudimos marcharnos, corrimos

ansiosos en busca de Kevin y le encontramos en las afueras del pueblo,

con la cara manchada de lágrimas, sollozando convulsivamente, incapaz

de hablar. Conor le arrebató el telegrama de las manos y vi cómo del

rostro de mi amigo desaparecían las ganas de vivir.

– Parnell ha muerto.

Más tarde descubriríamos que se había tendido en su lecho de muerte

durante una corta visita a Inglaterra. Kitty estaba a su lado. El cadáver lo

retornaron a Dublín, donde a los dirigentes irlandeses los ultrajan en

vida, pero los exaltan una vez muertos. Las manifestaciones de dolor,

sincero y fingido, cuando le pusieron a descansar al lado de Daniel

O'Connell, no tuvieron jamás parigual. Todo esto ocurría en el año 1894.

Parnell nos abandonó a la edad de cuarenta y cinco años.

El magnífico partido irlandés que había forjado y que se convirtió en

una amenaza para los británicos, ahora se fragmentaba y doblegaba bajo

las exigencias británicas. Fallecido Parnell, gran parte de las

aspiraciones irlandesas fenecieron también. La llama que parecía

apagarse en Conor y en mí mismo, se apagaba en todo el pueblo irlandés.

La gran embestida hacia la libertad cesaba de repente, en medio de la

confusión. Volvíamos a ser labradores ignorantes, plantados fuera, a la

intemperie, helándonos de frío con las narices apretadas contra los

cristales de la ventana… esperando…, esperando…, esperando…

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