Trinidad

Leon Uris · Capítulo 51 de 119

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Trinidad

Capítulo 9

Cuando chocó contra el suelo, Conor ya estaba inconsciente. Cooey Quinn penetró en el campo con una escuadra de portadores de camillas, mientras la excitación del público cobraba una virulencia epidémica. Los cinco jadeantes portadores levantaron a Conor y le depositaron oblicuamente sobre la camilla, la cual se rompió de puro vieja, dejando caer al jugador por segunda vez. Bajo las frenéticas indicaciones de Cooey, cada uno de los cinco portadores cogió al paciente por un brazo, o una pierna, o los hombros y así le sacaron fuera del campo.

Mick McGrath, segundo factor de la colisión, se puso a gatas gimiendo. Un par de compañeros de equipo le pasaron los brazos por debajo de los sobacos y le arrastraron a través del campo, yendo a tenderle al lado de Conor. Mick quiso levantarse, pero volvió a caer de bruces sobre el barro.

–¡Que se reanude el juego! – gritó el arbitro, dominando el bramido de la gente.

–¡Santa Madre de Dios! – gritaba a su vez Cooey, pasando el frasco de sales de una a otra nariz, arrodillado junto a sus dos ases-. ¡Ah, despertaos, muchachos! Hacedlo por mí, por Cooey, ¿queréis? ¡Maldita sea, echaos atrás, todos! ¡Dejadles terreno libre!

Mick despegaba los párpados y movía la cabeza de un lado para otro; y estaba sincronizando con los timbres que sonaban en sus oídos cuando Cooey le dio unos cachetes.

–¿Quién soy? – le preguntaba.

–¡Ssssiiittt! – gimió Mick-. ¡Ssssiiittt!

El trueno de las pisadas hacía retemblar el suelo; el juego se acercaba peligrosamente a los guerreros caídos. Cooey se plantó delante, haciendo ademanes a los jugadores de que se alejaran, no fueran a pisotear a sus muchachos. La lucha rodó hacia el otro lado del campo.

Mick recobraba el sentido despacio; tenía los ojos vidriosos.

Blandió un poco la cabeza para reunir en un punto toda la sangre que le flotaba suelta por la boca, la escupió (acompañada de un diente),

luego examino a Conor con la mirada y empezó a recordar qué había pasado.

Unos momentos después, Conor respondía a las sales y se

incorporaba sobre los codos. El primer saludo que recibieron, él y Mick, consistió en unos cubos de agua arrojada a la cara. Cooey corría y saltaba por el borde del campo, amenazando con el puño al equipo arbitral, dirigiendo gritos a su tambaleante equipo, soltando tacos contra los jugadores contrarios, y por fin volviéndose hacia Mick y Conor con gesto suplicante.

Un momento más y Conor logró ponerse en pie, levantando a Mick por el jersey a tiempo para ver cómo los Strabane Eagles marcaban contra los Bogsiders, con un gol limpio, que les daba la delantera.

El doctor Aloysius Malone, a quien habían conducido a través de la muchedumbre, se puso de puntillas y miró atentamente los ojos de Conor y luego los de Mick. Luego les hizo una serie de preguntas; por ejemplo: contra quiénes jugaban, cómo se llamaban sus hermanos y hermanas, y sus compañeros de equipo, y varios temas del catecismo.

Mientras el médico preguntaba, el nudo que Conor sentía en el cerebro adquiría el tamaño de un huevo, y al mismo tiempo que el nudo crecía, los párpados se le entornaban hasta no dejar más que una estrecha rendija.

Ausentes los ases del Bogsiders, los jugadores del Strabane se envalentonaban.

–¡Eh, Mick! – increpó Conor-. ¿Qué dices?

Mick sonrió, y de la boca le salieron unas salpicaduras de sangre.

Ambos entraron de nuevo en el campo y pareció que los graderíos iban a reventar. Cooey gritaba de gozo, al mismo tiempo que les recomendaba que tuvieran cuidado. El Bogsiders cobró ánimo y atacó con nuevo empuje, pero el partido acabó en empate.

El establecimiento de Nick Blaney más parecía un matadero que una taberna, mientras aficionados y jugadores de buen humor se reunían y felicitaban antes del banquete con que la GAA celebraba las finales de todo Derry.

Cooey Quinn se abrió paso a codazos hasta Conor y Mick,

acompañando a un tipo elegante, y poniendo una cara tan pesarosa como si hubiera recibido la visita de una bruja.

–Os presento a Derek Crawford -dijo con evidente disgusto-. Quiere hablar con vosotros dos.

El gomoso era un hombre alto, con unas manos nudosas y una cara maltratada que indicaba que tiempo atrás también luchó en algo.

–¿Podemos ir a un domicilio privado? – inquirió.

Se abrieron paso lentamente, como chapoteando contra el oleaje, para salir de la taberna de Nick Blaney y emprendieron calle abajo en dirección a la fragua recién reconstruida de Conor. Este despidió al muchacho que estaba de guardia y dedicó unas atenciones a los hinchados labios de Mick. Derek Crawford paseó la mirada por la herrería y apoyó un pie sobre un yunque bajo.

–Magnífico juego -comentó-. ¿Os ha dicho Cooey quién soy yo?

–No.

–Derek cuida del East Belfast Boilermakers -explicó Cooey.

La mención del equipo de rugby más prodigioso del Ulster obró el efecto deseado. Era el club de los Weed Ship Iron Works, único equipo profesional de Irlanda, casi tan ilustre como el mismísimo equipo nacional.

–Iré al grano directamente, muchachos -empezó Derek-. He

realizado una gira por la provincia en busca de talentos nuevos. Hemos contratado a tres muchachos del equipo nacional, el equipo que ganó para Irlanda la triple corona al eliminar a Escocia, Inglaterra y Gales en una sola temporada. No sería preciso decir que la hazaña provocó los gritos y protestas de la Amateur Union, como tampoco sería preciso decir qué clase de equipo sacaremos al campo la temporada próxima.

Por ello os invito a los dos a que vengáis a Belfast para someteros a una prueba, y apuesto a que ambos entráis en el club.

–¡Santa Madre! – farfulló Mick por entre los hinchados labios.

–Nosotros no jugamos al rugby -puntualizó Conor.

–Todo el que sepa jugar el gaélico (nosotros lo llamamos «garlic»)…

-Derek hizo una pausa, esperando la risa que había de acoger la gracia de sustituir la palabra «gaelic» por la similar en sonido de «garlic», que en inglés significa «ajo»- puede aprender el rugby normal. Tenemos el club de los jóvenes, que es más o menos de aficionados; pero vosotros podríais estar, casi con toda seguridad, en la plantilla del Boilermakers antes de terminar la temporada.

–¡Santa Madre! – repitió Mick.

Derek Crawford les pintó un cuadro exótico. Tendrían empleo seguro en los astilleros, con un sueldo mínimo de una libra semanal, y mientras jugasen en el club de los jóvenes, les darían (por debajo de la mesa) diez chelines por partido. Más tarde, cuando pasaran al primer equipo, cobrarían una libra por partido, además de unas primas cuando ganasen.

Mick, que después del choque no tenía la cabeza perfectamente bien, casi se desmayó al escuchar lo que les ofrecían. Crawford siguió con su voz aguda y rápida, ensalzando la decisión de sir Frederick Weed de tener el mejor club del mundo y recargó las pinceladas finales con una florida descripción de la gira anual del equipo por los Midlands ingleses… en un vagón particular del «Red Hand Express

Train». Conor no dijo nada Cooey estaba terriblemente inquieto.

–Ah, es una oferta estupenda -dijo Mick.

–Sí, pero ¿qué me decís de tener católicos en el astillero?-espetó Cooey.

–Cuando se trata de los Boilermakers, sólo tenemos una religión: vencer. Cerca de la mitad de nuestros muchachos son católicos.

Personalmente, no quiero saber nada de tonterías sectarias; mientras pertenezcáis al equipo tendréis un trabajo decente y no se os presentará ningún problema en los astilleros. Es más, si nos dais unos cuantos años buenos como jugadores, tendréis el pan seguro para toda la vida. Sir Frederick siempre jubila a sus muchachos a lo grande.

Conor cogió a Mick por la manga antes de que pudiera aceptar definitivamente, y dijo:

–Hemos de discutirlo con Cooey.

–Sin duda, muchachos. Yo estaré en el Donegal House hasta

mañana por la mañana. Por amor de Dios, no os perdáis esta magnífica oportunidad. Cometeríais un error espantoso.

En el banquete celebrado en la sala de actos del Celtic Hall, dos muchachos del Strabane Eagles y Mick y Conor de los Bogsiders fueron designados para el County Derry Team, el equipo del condado de Derry, para llevar su bandera en el partido de desempate del campeonato de Irlanda. El azar de la moneda designó a Cooey Quinn para manager, quedando el otro, el no favorecido, como ayudante suyo.

Mientras la hermandad predominaba por todas partes como correspondía a un festejo en honor de los cocampeones del condado de Derry, Mick y Cooey estuvieron todo el rato clavados en sus asientos.

Ambos se encerraban en un silencio huraño y se dirigían feas miradas hasta que la llamada para el último tren hacia Strabane vació la sala, que quedó bastante desordenada.

Conor hizo un gesto al padre Pat, quien cerró la puerta en seguida que hubo salido el último asistente. Mick quiso escabullirse, pero le cerraron el paso.

–No voy a quedarme aquí y hablar mientras Cooey me haga sentir como un cochino traidor.

–Pues eso eres, precisamente -replicó Cooey-. Quizá no oyeras los discursos esta noche, ni las palabras del mismísimo padre Pat acerca del significado de nuestros juegos. Da una mirada alrededor de la sala, Mick MacGrath; fíjate en los cuadros de las paredes, si quieres. Este es el significado, hombre de Dios, que nosotros hagamos deporte en y por nuestro país, y no nos vayamos a jugar cochinos partidos para los cochinos ingleses… Perdone mis palabras, padre, pero es que me siento destrozado por dentro.

–Tonterías -replicó Mick.

–Es una tontería, ¿verdad? Por si fuera poco ultrajar los ideales que inspiraron la fundación del GAA, ¿qué te parece abandonar a tus compañeros cuando podemos aspirar a ser campeones de Irlanda? Eso es venderse miserablemente, y tú lo sabes.

–¡Te aplastaré la cabeza, helo ahí! – balbució Mick a través de unos labios tumefactos.

–Calma, calma -recomendó el padre Pat-. Estás empleando

palabras un poco gruesas, Cooey.

–¿Usted cree? Habría tenido que oír las mieles del bueno de Derek Crawford. Quien se llevó también a los dos muchachos aquellos del Strabane Eagles, y Dios sabe a cuántos mas del equipo del condado.

Nosotros le importamos menos que una basura… y dispense, padre. Yo le pedí que aplazara las pruebas hasta después del partido de desempate… Pero, ¿piensa que aceptó? Está insuflando una infinidad de aire caliente en el globo de unos empleos que no verá nunca.

–Yo he comprobado lo que dice, Cooey -interpuso el padre Pat-. Es un equipo profesional, y no pueden probar jugadores durante el invierno, eso es evidente. No le regalaría a Mick un billete de ida y vuelta a Belfast si no hablara en serio.

–Los billetes no le cuestan un penique. Su amo es el dueño del ferrocarril.

–¡Cállate, Cooey! – exigió el padre Pat-. ¿Qué opinas, Conor?

–A mí no me afecta el caso; yo no puedo abandonar Derry -

respondió Conor.

–Demos gracias a Dios de que alguien conserve un poco de lealtad todavía -exclamó Cooey.

–Mi decisión no tiene nada que ver con la lealtad -objetó Conor-. Yo tengo un negocio. No puedo irme.

–¿Y yo, qué? – alegó Mick.

Conor levantó los hombros.

–Bueno, respóndele, Conor -dijo el sacerdote.

–Yo ya veía a Mick en el puesto de encargado de fragua, dentro de un par de años; pero si estuviéramos conversando él y yo solos, le recomendaría que se marchase corriendo de este lugar. Creo que deberías ir, Mick. Si no escalas el Bogsiders, te expones a que aquí te esperen con la manta… para mantearte.

Las mejillas de Cooey Quinn se quedaron sin sangre. El

achaparrado y patizambo Cooey tenía treinta y siete años; había dejado atrás la edad de los sueños. En sus mejores tiempos nadie le habría ofrecido la menor posibilidad de ingresar en el Boilermakers.

¿Fútbol gaélico? Un pobre deporte de muchachos que se jugaba en campos pedregosos cubiertos de hierbajos y en los que sólo se recaudaban medios peniques. Una taberna llena de héroes pretéritos empinando el codo. El, Cooey, seguiría empujando un carretón, y la mujer y los hijos seguirían trabajando en la fábrica de camisas hasta que emigrasen o murieran. Sin embargo, los Bogsiders eran el orgullo de su vida. No, mejor dicho, lo único que había en su vida. Era él, Cooey Quinn, quien había descubierto a Mick y a Conor y había hecho de ellos unos grandes jugadores. Era él quien les había insuflado la personalidad de irlandeses, que parecían tan prestos a despreciar a la primera oferta que les hacían unos malditos extraños.

–¿Por qué será, padre Pat? – rechinó Cooey-. Cada vez que tenemos en Derry un hombre que vale ¡ha de marcharse de aquí!

–Porque en Derry todo lo que un hombre puede esperar es llegar al nivel superior del estancamiento.

Cooey parecía aplanado, y Mick McGrath se puso a llorar. En cierto modo resultaba cómico, por lo abotargados que tenía los labios.

Por otra parte, aquellas lágrimas daban doble pena, porque brotaban de un muchacho duro y recio que había derramado muy pocas en toda su vida. Conor trató de consolarle, pero él se apartó, se puso de cara a la pared y la aporreó a puñetazos.

–Mira qué has hecho y a qué extremo has llegado, Cooey -le espetó Conor.

Mick dio media vuelta.

–¡Maldita sea! ¡Miradme! Tengo cerca de treinta años, y hasta que Conor abrió la fragua no había podido trabajar más que un par de años. ¡Jesús, al menos debo intentarlo! ¡No tienes derecho a hacerme sentir como un condenado traidor!

–Cooey Quinn -dijo el padre Pat-, por estos contornos los sueños reciben sobradas patadas. No puedes cortarle el paso a un hombre que tiene la posibilidad de luchar por ver un día el sol.

–¿Y mis sueños, qué, padre? – replicó Cooey. Y paseó la mirada por las paredes, llenas de fotografías de equipos andrajosos. En un relámpago fugitivo se vio a sí mismo solo con sus pensamientos en el carro de reparto. Allí estaba también su fotografía, en la pared, mayor que las otras, y al lado, en un marco, un relato de sus hazañas. Los titulares del Belfast Telegraph pregonaban: «Cooey Quinn, el gran

extremo izquierdo del Boilermakers después de marcar tres tantos en el

partido en que, por sí solo, derrotó al Brighouse Rangers. ¡El más famoso

atacante irlandés en una arremetida! ¡Cooey Quinn, vitoreado por

millares de personas! ¡Cooey Quinn, un nombre que perdurará en los

anales!» Un momento después, Cooey Quinn se acercó a Mick y le dio un codazo en el costado-. Como dice Conor, siempre que vuelvas serás bien recibido. Hala, Mick, vámonos al Donegal House a ver a ese Crawford.

El padre Pat y Conor se hicieron fuertes contra la dentellada del aire mientras se encaminaban, automáticamente, hacia la taberna de

Nick Blaney.

–¿Y tú, Conor?

–No sé, padre. ¿Verdad que esto no puede terminar aquí?

–El Bogside se nos mete en la sangre a todos, antes o después; pero es una parte de Irlanda. Quizá sea la propia Irlanda.

Uno tras otro, se marchaban; se marchaban todos los muchachos que tenían una pizca de valor, que no estaban dispuestos a conformarse con el nivel superior del estancamiento. Las cartas de Seamus O'Neill habían representado una vía de comunicación con el mundo exterior, incitándole. Conor quería conservar la paz que había encontrado; pero el camino de la vida le aconsejaba que se fuese. Aquellas filas de chozas medio derruidas, las calles fangosas, la terrible convicción de que no se podría evitar el propio hundimiento, la desesperación que minaba todo anhelo de vida. El triunfo conseguido significaba, para Conor, una derrota y cada nueva prueba de dicho triunfo aumentaba el peso de la piedra de molino.

Mick tendría su oportunidad, y acaso regresara suficientemente bañado de gloria para llenar todo lo que le quedase de vida. ¿Era Derry, de verdad, el corazón y el compendio de Irlanda? ¿Era el final del trayecto?

El herrero se detuvo un momento, contemplando la fragua, toda reconstruida de ladrillo y rebosando de trabajo.

–¿Eres tú, Conor? – llamó el aprendiz que estaba de guardia.

–Sí.

–¡Ah, qué suerte que estés aquí!

Cuando entraba, su hermana le echó los brazos al cuello y le estrechó contra sí.

–¡Es papá! – dijo llorando.

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