Trinidad
Capítulo 19
Bradford
Robin palpó en las tinieblas, localizó la lámpara y la encendió.
Conor estaba junto a la puerta, abrochándose el tabardo. Robin se apoyó en el codo, movió la cabeza para despejarla de sueño y miró al reloj.
–Necesito un poco de aire -dijo Conor.
– Jeese, hombre, son más de las once. Mañana tenemos que jugar otro cochino partido.
–Lo sé. No tardaré mucho.
Robin se despejó de pronto, apartó las mantas y se sentó en el borde de la cama.
–¡Eh, Conor! ¿Qué gusano te corroe? Estos tres días has sido una auténtica cuba de vinagre.
–Vaya, tiéndete otra vez y duerme.
–¿Había alguna mala noticia en la carta que has recibido hoy de Shelley?
–¡Ninguna! – atajó secamente Conor.
– Jeese…
–Perdona… Estoy un poco nervioso, solamente.
–Bueno, no tardes. Nos espera un partido difícil.
Un último coche de alquiler esperaba a la puerta del hotel. Cochero y caballo dormían de buena gana. Conor tocó al hombre con el codo. El caballo dio un resoplido.
–¿Adónde, señor?
–Arriba, al Waping.
–¿Algún punto determinado?
–No, déjeme solamente en alguna taberna de la parte baja de Bulton Road.
Mientras se alejaban, Robin miraba desde tres pisos más arriba.
¡Qué demonios!, no era asunto suyo. Y no parecía probable que andara por ahí poniéndole cuernos a Shelley. Todos los católicos romanos tenían la extraña manía de marcharse solos. Robín se arrastró nuevamente hacia la cama, apagó la lámpara y se abrigó bien.
Conor despidió el coche delante de la catedral, donde Bulton Road se unía con Cheapside, y continuó a pie hacia el corazón de la ciudad irlandesa. Habían venido a Bradford a bandadas, huyendo del hambre, pasando de la nada a la nada, las mujeres de la limpieza, lavanderas, vendedores ambulantes, mineros, pobres, cargadores de lana, peones…
La miseria engendraba degradación. Aquello apestaba.
Venía un guardia en dirección a él.
–Perdone, ¿cómo puedo hallar Wild Boar Road?
–Cinco manzanas arriba, y a la derecha.
–Gracias -Conor subió, internándose en un silencio más y más profundo, hasta quedarse a solas con las farolas de la calle y poco más.
Llegó a la corta callejuela, inspiró profundamente y volvió la cabeza para mirar atrás por décima vez. Más arriba de la manzana se veía movimiento, una luz y gente que iba y venía. Conor reunió el ánimo y se dirigió allá; al cabo de un momento se detenía frente a las Pompas Fúnebres Callaghan. De la encortinada puerta de la calle entraba y salía continuamente una procesión incesante de plañideras y obreros tocados con gorras.
Conor cruzó la calle y entró.
La gente estaba arrodillada, rezando en torno de los restos mortales de Vincent O'Cooney, vecino del condado de Cork, que en paz descanse. Vincent O'Cooney, fallecido en un pozo de mina, a los treinta y dos años, dejando una viuda, Mary, y nueve hijos.
La estancia flotaba en sombras de cirios que proyectaban los pétreos rostros de los arrodillados devotos. Un sacerdote marchitado por los años emitía una desalentada compasión. Se oían pocos llantos, pocos gemidos. Estaban demasiado cansados.
–¿Es un amigo del difunto?
–Le conocía muy poco -respondió Conor, mirando por toda la estancia y tratando de localizar al tal Callaghan. Luego se arrodilló y se sumó al rosario, sin dejar de escudriñar las caras. Cuando el rezo tocaba a su fin, la puerta trasera se abrió, como a una señal, y apareció un hombre. Llevaba un ajado abrigo de vicuña y unos pantalones a rayas en zarrapastrosa concordancia con el ambiente.
Casi todo el mundo fue desfilando, perdiéndose en las tinieblas y dejando que la viuda continuara el velatorio. Estando la habitación casi
vacía, Conor se puso en pie, se secó el sudor que le inundaba la faz y se acercó al funerario.
–¿Señor Callaghan? – preguntó por fin.
El hombre hizo un gesto afirmativo, y añadió:
–Usted es forastero.
–Yo… pues, sí, fui amigo del difunto hace algún tiempo. Esto me ha cogido como de sorpresa. Pasaba por Bradford y… pues… me enteré de la noticia en una taberna…
–¿Quiere pasar a la trastienda y descansar? Se le ve agotado -dijo Callaghan.
Los labios se le quedaron secos. Por primera vez en su vida se sentía débil, como si fuera a desmayarse Todo empezaba a flotar… Callaghan le había cogido por el brazo y lo guiaba hacia la trastienda. Conor se detuvo de pronto.
–No me pasará nada -dijo. Y se volvió y abandonó el
establecimiento a una media carrera.
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