Trinidad
Capítulo 11
El óbito de Rinty Doyle fue triste, muy triste. Apenas acudía a la taberna y a la shebeen, y menos aún a trabajar los campos, y se lamentaba copiosa y continuamente de dolores diversos, desde dientes cariados a hinchazón en las articulaciones. Cuando cayó enfermo de pneumonía y le dio la fiebre, se le localizó en la cabeza. Una noche, antes de la luna llena, bajó del desván, huyó de la casita en camisón y subió a los campos presa de un delirio.
Hasta la mañana siguiente no lo encontraron. Lo descubrieron los hombres que iban al trabajo. El bueno de Rinty se había plantado allí, los faldones de la camisa flotando al viento y un garrote en las manos, cerrando la entrada de los pastos comunales.
–¡Fuera de mis tierras! – gritaba, blandiendo el garrote-. ¡Fuera de mis tierras!
Los que le conocían sabían que nunca había sido dueño de mucho más que unos cordones de zapato, de modo que jamás pudo soñar en tierras propias, y comprendieron al instante que había perdido el tino.
Fueron a buscar a Brigid, la cual por poco si no muere decapitada cuando se acercó a él. Cuando los hombres se le acercaban, corrió más arriba, tirándoles piedras y gritando sin cesar:
–¡Fuera de mis tierras!
Como no querían hacerle daño al pobrecito cogiéndole a la fuerza, llamaron al padre Cluny. El cual tampoco fue reconocido por Rinty. Al cabo de larga discusión, enviaron un grupo al pueblo, y este grupo regresó con el mismísimo doctor Cruikshank. Por entonces Rinty se había escondido en las cuevas de la parte alta de los brezales. La búsqueda realizada todo el día resultó inútil, y la oscuridad les obligó a dejar las pesquisas para el día siguiente. Por la noche, todos le oyeron y vieron de nuevo, corriendo de acá para allá, más arriba de las casitas, gritando con una voz aguda como la de un alma en pena:
–¡Fuera de mis tierras!
La mañana siguiente lo encontraron misericordiosamente muerto.
Aunque con anterioridad había sido dura con el pobre desdichado, Brigid se mostraba muy compasiva con él incluso cuando hacía ya mucho tiempo que no podía trabajar, cuidando de que tomara una
comida decente todos los días y de que no le faltara dinero para su cuartillo por las noches. La verdad es que apreciaba tanto al viejo Rinty que permitió que le enterrasen en la parcela de los Larkin, a pesar de tratarse de un pariente bastante lejano. Todos los que conocían las tumbas de los Larkin sabían que eran las mejor cuidadas de Inishowen, de modo que el permitir que Rinty descansara allí representaba verdaderamente un gran honor para una persona de tan poca enjundia.
La necesidad de unos brazos fuertes se hacía sentir desde mucho atrás, así que después de enviar a Rinty al purgatorio, Brigid se puso en danza para encontrar un peón; cuando he ahí que el hado, siempre estrambótico e imprevisible, se dignó meter baza.
También Mairead O'Neill partió de este mundo una noche, rendida bajo el peso de los años, dejando a su hijo Colm en gran necesidad. Con la defunción de la madre de Colm, el corazón de Brigid se ablandó.
Ella y Colm habían vivido toda una vida en estrecha vecindad, y en todo este tiempo había visto en él muy poca cosa digna de mención.
Parece que cuando se procedió a repartir buena presencia, junto con una personalidad a tono, por este pícaro mundo, Colm estaba encerrado en el armario.
Vivir con espectros y recuerdos se había convertido en una segunda naturaleza para Brigid. Por ello se acordaba siempre del joven y bello Myles MacCracken, cuya imagen cobraba mayor gallardía aún con el paso de los años. Se acordaba del épico enfrentamiento con Tomas y Finola (cuyas almas descansaran en la paz del Señor) cuando quisieron endosarle a Colm. Y no digamos nada de su igualmente épico combate por los derechos sobre la tierra. Brigid era la custodiadora de las cenizas de la familia.
En cambio, Colm no tenía muchas ideas sobre nada. Desde la cuna hasta el día en que murió su madre, el precioso hijo no había ni levantado un dedo en provecho propio. Mientras vivió Mairead, no aprendió ni a untarse el pan de mantequilla.
Entiéndanlo bien, no es que a su edad madura Colm se hubiese vuelto de pronto muy atractivo, sino que tampoco era bastante repulsivo. Como las casitas se tocaban, lo mismo que las fincas, hubo frecuentes ocasiones de hablar de asuntos de interés mutuo, tales como
compras y ventas de caballos, precios de los frutos, trabajos de los campos, etc. Muerta la madre de Colm y habiendo quedado el hijo en tan desesperante abandono, Brigid no podía hacer casi otra cosa que ampliar su caridad cristiana. Colm frecuentaba la cocina de los Larkin tanto como lo permitían las circunstancias, y, como hubiera podido predecirse de antemano, Brigid barría el suelo alrededor de sus píes, quejándose de que había heredado un huésped privilegiado que no pagaba pensión.
Un par de noches, de vez en cuando, Brigid permitía que Colm se calentase en su hogar. La verdad es que el hombre era completamente inofensivo y se contentaba con fumar la pipa, además de que, naturalmente, el cultivo de la tierra les daba abundante motivo de conversación.
No es que Brigid careciese totalmente y por completo de
pretendientes, y lo cierto es que alguna que otra vez iban a husmear por los alrededores. Pero se trataba de hombres de veinte o más años que ella y a los que sólo se les encendía la mirada después de haber visto su hermosa casita y sus fértiles campos. Eran una tropa lamentable y disipada, pues en los mejores casos se trataba de viudos con numerosa prole que iban a la caza de una esclava de la casa.
Si venía una velada musical, una boda, una feria, o un velatorio parecía más que natural que, teniendo desde siempre las casitas y las tierras contiguas, asistieran juntos…, aunque no ciertamente como una futura pareja.
Los años de acumulado desdén hacia Colm se fueron moderando, camino de la tolerancia. El hombre tenía sus buenas cualidades, también. Era un buen labrador, y buen comerciante. Pagaba las rentas y las deudas a tiempo. Su amor a la bebida discurría dentro de límites soportables. Además, había rezado el rosario con su santa madre todos los días de la vida y nunca faltaba a misa.
A medida que un mes desembocaba en otro y los meses daban paso a las estaciones y los años, Brigid Larkin fue habituándose a mirar a Colm O'Neill como a un ser humano bastante razonable, admirar sus rasgos buenos y no ver los malos tan malos como en otro tiempo temió.
Con el trato diario, llegó a ocurrírsele que Colm no era exactamente lo que llamaríamos un hombre duro. Nunca daba puñetazos a las mesas
como lo hacían Tomas y Conor. Haría siempre lo que le mandasen, con tal de que le alimentaran, le respaldaran la lumbre y ordeñasen sus vacas. Nunca levantaría la voz, ni mucho menos la mano, llevado por la cólera. Todo lo cual parecía altamente encomiable.
El problema todavía tenía otra faceta. La cama. ¡Quedaba tan vacía! Sin embargo, la idea de compartirla con Colm seguía disgustándola en extremo. De él no podía decirse, en este sentido, que fuese mejor que nada. Era la cama lo que llenaba a Brigid de aprensiones. Se sabía torpe y sin experiencia, y en el mejor de los casos la aventura se le haría bastante difícil. Con Colm sería más que difícil; sería imposible.
Si, con todo, tomaba la decisión de casarse con él, no podía acudir a la Casa de Dios a pronunciar promesas sagradas, mintiendo en lo íntimo de su corazón.
Los hombres tenían sus derechos matrimoniales, y las mujeres tenían el sagrado deber de producir hijos. ¿Podría resignarse a las dos cosas?
Una larga visita al padre Cluny le proporcionó respuestas a unas cuantas preguntas. El sacerdote hizo notar que ella, Brigid, no sería la única mujer de Ballyutogue que hallase en la relación sexual con el marido una parte de los sacrificios que nos impone la vida. Dios, decía el sacerdote, nunca pretendió que la unión sexual fuese un aspecto placentero del matrimonio. Los deleites carnales en sí mismos eran pecados horribles, y toda esposa católica había de llegar a comprender que tales placeres no debían representar ningún papel en el matrimonio.
La cuestión estaba, encareció el padre Cluny, en que Brigid amase a Jesús y a María más de lo que aborrecía la idea de realizar su función de esposa y madre cristiana. Cuando notase que lo que predominaba era el amor a Dios, podría aceptar las incomodidades del sexo.
El padre Cluny era ciertamente un hombre sabio, y le dio a Brigid mucho material sobre el que reflexionar. Sí, concluyó ella después de muchas meditaciones y plegarias, amaba a Dios lo suficiente para vencer la repugnancia. Al fin y al cabo, ¿no era lo que sentían la mayoría de mujeres de Ballyutogue?
La cosecha estaba en el almacén, y había sido excelente. En esta época del año los días y las noches se hacían largos y desocupados, y Colm se sorprendía pasando más horas cada día en la casita de Brigid.
La cual, a pesar del amor que tenía a Dios, no acababa de hacerse a la idea de dormir con aquel hombre.
…De modo que allí estaba él una noche de invierno, sentado junto a la lumbre, como Su Señoría en la casona, jugando al glink con su camarada Muggins Malone…
…Lo que iba a venir no tardó en llegar…
–Os agradeceré que no recojáis la mitad del fango de la población para venir a extenderlo por mi casa…
…A lo cual Muggins se escabulló silenciosamente hacia la taberna de Dooley McCluskey…
…Dejando a Colm rascándose la cabeza y mirando a su alrededor en busca de huellas delatoras.
–¡Si no hay barro ninguno por aquí! – exclamó-. Te aseguro que hemos dejado las botas en el establo, antes de entrar.
–Bueno, es posible que esta vez las hayáis dejado -atajó ella-, pero parece que me paso la mitad de las horas del día limpiando lo que tú ensucias y atendiendo a las necesidades de tu reverencia.
Colm se rascó la cabeza un poco más; luego se fue murmurando hacia la puerta del establo, elevo el volumen de sus parloteos y se calzó las botas.
–¿Y adonde imaginas que te vas ahora, Colm O'Neill?
–A casa.
–¿O a la de Dooley McCluskey?
Bien, hay que tener en cuenta que Colm era hombre de
temperamento dócil, y no demasiado rápido en captar pensamientos premeditados. Aunque éste se veía sobradamente claro. Colm se puso en pie, refunfuñando:
–Ciertamente, puedo ir allá, si me place -dijo-. Ya sabes, no estamos casados.
Era cierto que desde que murió su adorada madre, Brigid había atendido algunas necesidades suyas, pero a la vez estaba haciendo mella en su libertad. Una libertad que Mairead le había garantizado desde la cuna y que había alejado de él todo deseo de cargar con el
estorbo de una mujer. Ahora Brigid Larkin extendía ante sus ojos todos los males del matrimonio. ¿Por qué no había de beber en la taberna de Dooley McCluskey? Había recogido ya la cosecha. Había pagado ya las rentas. ¿Por qué diablos no había de beber?
Con la misma claridad alboreaban en la mente de Brigid unas cuantas ideas nuevas. Había ciertas necias y malditas concesiones que los hombres exigían, y habría de tener el buen criterio de aceptar esta realidad si quería alcanzar a Colm para marido.
–Ea, vamos, Colm -le arrulló-. Tengo el puchero en el fuego y el té estará listo dentro de un minuto.
–No quiero té -replicó él, enmurriado-. Quiero marcharme y nada más.
Brigid le pacificó sacando una botella de poteen. Después se explayó comentando cómo se preocupaba continuamente de su bienestar, desde que su santa madre les había dejado. Luego vino una discusión práctica sobre el terrible despilfarro de mantener dos casitas, dos fincas y dos…
de todo. Se podía ahorrar una cantidad increíble de dinero.
Colm la oía en parte, y en parte no, porque se disponía a poner a prueba su recién adquirida autoridad y despachaba varias copitas de
poteen en rápida sucesión, que aumentaron la graduación de su coraje.
Se puso en pie un tanto inseguro, inspiró profundamente y expulsó un eructo de la auténtica masculinidad.
–Vi cómo tratabas a Rinty Doyle. Vaya, si el pobrecito andaba por ahí lamentándose como un perrito cruzado. Y puesto que hablamos de perros, no volveré más hasta que des entrada al mío para que pueda calentarse a la lumbre en mi compañía. ¡Caramba, mujer, llevas esta casa como si fuera una institución! ¡Si hasta las vacas tienen miedo de cagar en tu establo!
–¡Madre Santa! ¡Sujétate la lengua, Colm!
–¿Por qué? – exclamó él, tambaleándose-. ¡Cagar en el establo!
¡Cagar en el establo!
–¡Puedes marcharte!
–Sí, me marcho. No aguantaría ni la mitad -dijo chasqueando los dedos-, ni la mitad.
–¡Y no te arrastres más para acá!
–Nooo, no lo haré; no volveré hasta que recibas a gusto a mis compañeros y mi perro, y te diré además que Fanny O'Doherty no me encuentra tan desagradable…
–¡Caramba!
Brigid se sorprendió llorando desconsoladamente, cuando estuvo sola. Ya no podía contar sino consigo misma, y con nadie más. Había quedado tan malparada que ya ni Colm O'Neill la quería.
Colm pasó una semana sin asomar por allí. Todas las noches Brigid iba de una habitación a otra estudiando el esterilizado mundo que había creado. Gracias a Dios no andaba por allí ningún patán echándolo todo a perder. Podía continuar así hasta el final… si a ella le parecía bien…
No hubo una gran fiesta cuando Colm y Brigid se casaron. Tanto los solterones viejos como los casados cargados de hijos movían la cabeza con aire de personas enteradas. Colm había conquistado algunas concesiones, de momento, pero ¿cuánto tiempo tardaría ella en reanudar sus fumigaciones?
Pasado el día de la boda, Brigid empezó a coquetear con la gloriosa idea de la maternidad. Sin embargo, en medio de las ansiedades que sentía por sí misma, se acordaba demasiado poco de Colm. El pobre Colm era casi tan inexperto como ella, igualmente tímido y con muy poca capacidad para adaptarse a la nueva situación.
Noche tras noche continuaban desnudándose separadamente, cada uno de ambos metiéndose bajo las sábanas a toda prisa para que el otro no le viera, y se quedaban quietos, espalda contra espalda, sin hablarse ni tocarse, sin que ninguno de los dos tuviera medios ni recursos para cambiar de estilo.
Al cabo de un tiempo, el trabajo del día y el licor le la noche se cobraban su impuesto, y Colm rompía la tensión, anunciando con un tonante ronquido, que había llegado el sueño.
Al cabo de unos meses, a Brigid ya no le importaron ciertas cosas, tales como que Colm y su perro abandonaran el fuego para ir en busca del de Dooley McCluskey. A decir verdad, era un alivio que Colm saliera; de este modo ella podía prepararse para la cama sin la turbación habitual.
Al llegar y pasar varias estaciones sin que Brigid diera noticia de estar encinta, las comadres viejas y sabias de Ballyutogue empezaron a comentar que el legado de los Larkin había llegado a su fin.
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