Trinidad

Leon Uris · Capítulo 19 de 119

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Trinidad

Capítulo 6

Rathweed Hall asentaba su refulgente opulencia en un elevado otero de los montes Hollywood apenas fuera del alcance de East Belfast, cuya deprimente vista se ahorraba gracias a una espléndida muralla de bosque mixto formado por abetos, mostajos, alisos, tejos y álamos temblones. La casa principal estaba emplazada de manera que proporcionase una avenida de visibilidad sobre Weed Ship Iron Works y además sobre la bahía de Belfast.

No era tan grande como solían ser las mansiones regias; constaba de sus buenas treinta o cuarenta habitaciones (según como se contaran) encerradas en un modesto recinto de trescientos ondulantes acres de prado y bosque. Sin embargo, en toda Irlanda no había otra que la aventajase, y a menudo la comparaban con los pequeños palacios del Loira, en Francia.

Desdeñando las filigranas, maderas oscuras, pomposidad y

exageración que caracterizaban las decoraciones victorianas, lady Livia y posteriormente Caroline la habían abierto al aire y la luz utilizando los productos más logrados de artesanos venidos allá, representando media docena de culturas diferentes.

Livia cuidó de que la casa se distinguiera por su carácter italiano gracias al mármol blanco de Paonazetto, surcado por delicadas venas y matizado por vetas rosadas y moradas, asombrosa maravilla que pregonaba el nombre y la absoluta singularidad de aquella mansión a los cuatro puntos cardinales del Ulster. El piso principal, vestíbulos, escaleras, salones y columnas utilizaban generosamente los paonazettos

para luego hundirse dramáticamente (en las habitaciones del dueño de la casa de los pisos superiores) en breccias, más oscuros, y antiguos

verdes. El peligro de una excesiva preponderancia del mármol quedaba conjurado por dos mil cuatrocientos metros cuadrados de alfombras de Savonnerie, cada una ideada para contrapesar su sector determinado.

El suelo de la sala principal aparecía cubierto por una alfombra

«polaca» de lustre sedeño que medía algo más de nueve metros por casi veintiuno y medio, tejida en Persia.

Todos los techos y umbrales de los pisos segundo y tercero, y muchas de sus paredes, estaban adornados con frisos azulados y tintes

de alabastro según la escuela de los hermanos Francini, y narraban, sucesivamente, toda la historia de Escocia e Irlanda.

Asimismo se encargó una original colección de murales en papel Cole para paredes que representaban escenas del Ulster. Estos papeles cubrían las paredes de las habitaciones de menos categoría, las habitaciones de los niños, la sala de armas, las salas de juegos, la sala de fumar y la biblioteca. Las escenas las habían grabado en madera, y después de aquella tirada única para Rathweed Hall destruyeron las planchas.

Caroline trajo la colaboración de Francia. Para tapizar la numerosa colección de chippendales auténticos convenció a Francois Bony, por aquellas fechas campeón de los diseñadores de París, de que recorriera el Lejano Oriente en busca de damascos chinos y brocados raros de los períodos mogol y manchú.

Intercalados entre una sobrecogedora abundancia de espejos dorados venecianos, colgaba un despliegue al parecer interminable y más sobrecogedor todavía de tapices de Gobelin, Karcher y Boucher.

Todo había sido escogido de modo que diera una sensación de euforia suave; todo, cada jarrón griego, cada candelabro, cada artefacto. La única parte de la casa que tendía hacia lo ponderoso eran las macizas lacas venecianas de las habitaciones particulares de sir Frederick.

Según una tradición secular, pocos nobles se gastaban el dinero en Irlanda. En cambio, sir Frederick rindió tributo a su patria de adopción adquiriendo tres docenas de candelabros de cristal de Cork.

El del saloncito principal pesaba más de una tonelada y colgaba de unos cables de acero especiales, escondidos, fabricados en sus talleres.

La porcelana era de Limoges -un juego completo para setenta personas- y la plata fina, Garrard, según su pauta típica.

Sin embargo, casi no había jardín a la manera clásica, ni otras cuadras que las necesarias para el transporte, ni retrato de la reina, ni capilla, ni asta de la bandera, ni una cimera de armas siquiera… lo cual venía a ser un alarde de ostentación a la inversa.

Apenas llegado al Ulster y después de poner en marcha el primer y modesto muelle de los astilleros actuales, sir Frederick decidió que en el despacho había de tener un cuadro de Turner que representara un barco. El dinero andaba escaso por aquellas fechas, y el óleo que

ansiaba valía bastante. El hecho de haber ganado en el juego una cantidad muy respetable le permitió adquirir Vapor en aguas

superficiales, precursor de una colección que había de ser la más notable de todas las particulares que hubiera en el Ulster. Más tarde, cuando sus actividades se ampliaron a los ferrocarriles, adquirió otro Turner, Ferrocarril en la tormenta de nieve, uno de los primeros óleos que se han pintado tomando un tren por motivo.

El arte engendró más arte, según el celo habitual de Weed. Unas correrías por Venecia y España motivaron que penetraran en su vida Hyeronimus Bosch y Goya. En grotesco contraste con las sobrias líneas de casa de campo que tenía el edificio y sus detalles de discreción, venía luego una legión de cuerpos desnudos, satanistas, monstruos dominados por mil perversiones, misas negras, sátiras grotescas de semihombres y semibestias. El Jardín de espinas, de Bosch, y El herido,

de Goya, formaban parte de aquella inestimable clasificación. Su mayor golpe y el que le distinguía como coleccionista era haber descubierto seis esbozos originales que Goya utilizó en su obra maestra de ochenta aguafuertes, los Caprichos.

Lady Livia se quejaba de que aquella mansión estaba en guerra consigo misma e iba tomando el aspecto de un asilo de dementes. Sir Frederick hizo caso omiso de la dulce rebeldía de su esposa hasta que la vio en su lecho de muerte, momento en que le prometió ordenar mejor las cosas. Y cumplió la palabra, construyendo el primero de los dos notables pabellones exteriores de Rathweed Hall, que le sirvió de pequeño museo para albergar la mayor parte de la colección.

Este edificio, casi a la altura de las obras de arte que contenía, se abría magnánimamente al público el día del cumpleaños de la reina y en otras numerosas solemnidades del año.

La francofilia de Caroline dio entrada a un nuevo chorro de arte.

Durante aquel intermitente escarceo amoroso que parecía sostener con París se identificó con la nueva ola y con los que la movían. Era amiga de los artistas, y a menudo les servía de modelo. Algunos fueron amantes suyos. Y como eran gente desconocida, sus obras se vendían a precios irrisorios. Muy a menudo Caroline pudo escoger entre las obras de uno de ellos antes de ser subastadas en el hotel Drouet por unos pocos francos. Sir Frederick despreciaba aquella «porquería» y se

negaba a colgar los cuadros en sus dominios. Con ello, las habitaciones particulares de Caroline se convirtieron en un bosque de Manets, Monets, Siselys y Pissarros. Un tipo llamado Degas la utilizó como modelo para una docena de esculturas de alambre de la serie La

bailarinita y otro individuo, un tal Renoir, la pintó dos veces; primero en Joven en el bosque y luego en La dama inglesa, que le regaló en pago de haberle servido de modelo para el primero. Claude Moreau, el amante más serio que tuvo, la representó desnuda en una apasionada riada de óleos, esbozos y acuarelas.

Hasta que un colega constructor de barcos francés, Gustave Caillebotte, se puso en contacto con él para hacerle una oferta por toda la colección de Caroline, brindándole una ganancia escandalosa, no se dio cuenta sir Frederick de lo que significaba la mencionada colección.

Esta oferta despertó su curiosidad, y la investigación que llevó a cabo puso de manifiesto que realmente aquel arte nuevo se iba abriendo camino fuera de París también. Entonces colgó el Renoir de Caroline en la galería y se sorprendió a sí mismo pasando muchísimo tiempo inmerso en él. Un día, con súbita decisión acompañada del

imprescindible puñetazo sobre la mesa, declaró que destinaba un pasillo entero de la galería a la «porquería francesa» de Caroline.

Sopesando el conjunto, se habría creído que Rathweed Hall había requerido toda una vida; pero al inquieto Frederick Weed no le costó tanto tiempo. Con agentes dragando el mundo y un ejército de expertos y artesanos en su zaga, quedó completo en un período, como si fuera bíblico, de siete años.

Roger Hubble, vizconde de Coleraine y heredero del condado de Foyle, llegó al cubil. Los zorros entraron en acción inmediatamente, pero habría sido difícil definir quién seguía a quién.

Roger Hubble poseía todos los atributos que se le suponían. Tenía una figura inglesa relativamente buena, rufa y frescota. Un poquitín demasiado alto y delgado. Y cierto aire desgarbado parecía darle un carácter adolescente. Era bastante agradable y poseía un mínimo de rasgos molestos; acudía demasiado pronto a enseñar los dientes en una sonrisa estereotipada, y en ocasiones movía el cuerpo con una especie de sacudida, cuando habría sido mejor que hubiese permanecido quieto. Por lo demás, tenía unas maneras muy aceptables. Caroline y

sir Frederick veían ante ellos a un sujeto excesivamente vulgar, sin ninguna de aquellas cualidades especiales que había descubierto Maxwell Swan en él. A la luz del día, lo que destacaba era una cortesía superficial y una notable falta de contenido. Roger quedó debidamente impresionado por Rathweed Hall, los Weed Ship Iron Works y el dominio de los Weed en el escenario de Belfast. Permaneció completamente al margen, en un banquete para hombres solos dado en su honor en el Patrician Club, y si Caroline había estremecido más o menos su sensibilidad amorosa, no lo manifestó en manera alguna.

Fue precisamente esta falta de definición lo que empezó a intrigar a los Weed, padre e hija. Evidentemente, algo se cocía detrás de los ojos gris mate de Hubble. Sir Frederick prefería hombres de su propio temperamento, francos y abiertos. Este parecía estar tomando apuntes y efectuando evaluaciones dentro del secreto más absoluto. En un par de ocasiones Caroline observó en él una fugitiva y atemorizadora expresión de gran vehemencia que parecía estar en contradicción con su carácter habitual; aunque luego volvía a sumirse en su personalidad de antes, aceptable y mediocre. Es decir, quedaba la dosis suficiente de intriga para mantener la aventura en marcha.

El segundo día, sir Frederick invitó a Roger a que le acompañara a la península de Newtonards, donde tenía el campo de prueba de sus ferrocarriles. Entre las diversas dotes que poseía Frederick Weed, la de jefe de vendedores no era de las más desdeñables. La locomotora «Red Hand Express» estaba llamando la atención más allá de Irlanda. Como parte de las tareas de venta, sir Frederick organizaba todos los años una gira de su equipo de rugby por los Midlands ingleses, y lo transportaba en un tren particular arrastrado por el último modelo de

«Red Hand».

Los ferrocarriles, lo mismo que los barcos de vapor, se extendían cada día más y, si exceptuamos Estados Unidos, Gran Bretaña iba a la cabeza del mundo. La línea experimental inglesa Liverpool Manchester había realizado unos tanteos con los Talleres Weed, y aunque un pedido inglés le habría dado mucho prestigio, sir Frederick estaba pensando en caza mucho mayor. Gran Bretaña y el continente contaban sus líneas ferroviarias por decenas de kilómetros. Estados Unidos y Canadá los contaban por centenares y millares.

Dentro de un año se celebraría en Chicago, centro ferroviario de su nación, la mayor feria industrial jamás habida, y sir Frederick estaba dispuesto a concurrir a ella para desafiar a la locomotora «Baldwin» y a todas las demás grandes locomotoras americanas y llevarse una parte del negocio.

Esto planteaba un problema difícil que reclamaba un ingenioso motor de compromiso armonizando dos filosofías ferroviarias distintas.

La locomotora británica normal era un mecanismo más pequeño y refinado, construido para cubrir distancias cortas. Las partes activas de la locomotora británica iban cubiertas, eran más precisas y debían ser cuidadas con gran esmero. En Inglaterra había una mayor densidad de gente y de casas de campo, de manera que el terreno propiedad del ferrocarril quedaba meticulosamente delimitado por unas vallas. Los raíles estaban sólidamente agarrados, de forma que los motores podían atacar cambios de vías y curvas a toda velocidad y sin riesgo alguno, y ni siquiera llevaban faros.

Por el contrario, las grandes distancias de América se reflejaban en las dimensiones de las locomotoras. En los campos abiertos del Oeste era frecuente que los trenes corrieran centenares de kilómetros sin ninguna estación. Por consiguiente, el terreno de la vía quedaba abierto, los raíles estaban colocados más al descuido y no se cuidaban los motores con tanto esmero.

Era el goliat americano de grandes distancias y grandes velocidades contra la joya británica.

La locomotora «Red Hand» representaba un intento de

compromiso; era un artefacto mediano con bastante precisión para los raíles británicos y, no obstante, bastante fuerte y resistente para las grandes distancias. El «Red Hand» había conseguido triunfos espectaculares en los rincones más apartados de Australia, dando motivo para que los Weed abrigaran la esperanza de vencer también en las praderas americanas y canadienses.

Vender era una cosa que los americanos comprendían bien. Sir Frederick sabía que la clave estaba realmente en una sola palabra: velocidad. Y había decidido llevar a Chicago un motor compuesto que había establecido una marca al superar el tope recién establecido de las cien millas por hora.

Parecía tenerlo ya al alcance de la mano. Littlejohn había modificado con éxito el diseño fundamental, una configuración tipo

«Pacífico» construida para Nueva Zelanda. El furgón limpiavías y dos coches remolcados que venían a continuación contrapesaban

delicadamente los casi catorce metros y las sesenta toneladas de plancha lisa. Sus seis pares de ruedas de tracción alcanzaban los dos metros diez de diámetro, con la embolada meticulosamente aumentada de treinta y cinco centímetros y medio a cuarenta y medio, todavía poco más de la mitad de la embolada de los mayores leviatanes americanos.

Habían quitado de la locomotora los depósitos laterales,

sustituyéndolos por un depósito de agua de trece mil seiscientos litros junto con seis toneladas de carbón. Aunque también aquí se quedaba a la mitad, aproximadamente, de lo que solían llevar las locomotoras americanas.

Lo que hacía de ella una posible competidora era la fórmula combinada, el doble aprovechamiento del vapor, recuperándolo en un doble cilindro, sistema que los americanos no sabían igualar.

En consecuencia, la «Red Hand» podía correr las mismas largas distancias que una locomotora americana y arrastrar el mismo peso consumiendo solamente la mitad del carbón y el agua, y, no obstante, a mayor velocidad.

Littlejohn se doblegó de mala gana a ciertas exigencias americanas.

Así dejó al descubierto algunas partes móviles, para que los maquinistas pudieran engrasarlas. Cambiaron de sitio las válvulas y el aparato de tracción a fin de que el conductor pudiera sentarse en el costado derecho de la cabina. A Littlejohn le tenía perplejo que los americanos se empeñaran en conducir desde el lado contrario. Parecía una idiotez total; pero hubo que adaptarse a la idiosincrasia de aquella gente. Tres primeras series de pruebas contra reloj originaron nuevas modificaciones, de modo que la «Red Hand» número 367 corría regularmente a cien millas por hora en la línea Grayabbey-Portaferry bajo la brillante mano del maquinista Cockburn y el fogonero Henry Hogg.

Las cosas se iban acercando angustiosamente al punto decisivo.

El grupo se arremolinaba en el lugar de partida del terreno de pruebas. Sir Frederick daba vueltas en torno a su creación

acompañado de Littlejohn y su equipo, y hablaba al maquinista Cockburn en una reverente media voz y con el aire confidencial del entrenador que da instrucciones a un jockey. Una impartición final de sabiduría, una frase deseándole suerte, y sir Frederick se fue hacia la torre de observación, desde cuya plataforma se divisaba la mayor parte de la sección de cronometraje, de cuatro kilómetros y medio de longitud. Un sistema de comunicaciones telegráficas enlazaba la meta de arranque y la de llegada con la torre. La asfixiante calma sólo fue interrumpida por la palanca anunciando, primero, un aplazamiento, y, después, que la carrera había empezado. Como un solo hombre, todos los reunidos levantaron los gemelos y anteojos de campaña. Unas acompasadas bocanadas de humo entre los árboles distantes

anunciaban el asalto para batir la marca anterior.

–¡Ahí viene!

Un silbido agudo señaló la entrada de la «Red Hand», y cuando ésta pisó la línea de partida una multitud de relojes bien dotados de manecillas para los segundos tomaron nota de la hora.

La locomotora apareció a la vista con su penacho de humo en una suave curva y enfiló inmediatamente el trecho recto. Al pasar por debajo de la torre, ésta tembló por el impacto de hierro sobre hierro.

Un negro manto de hollín subió disparado hasta los espectadores, atacando sus pulmones, al mismo tiempo que un chorro de ruido ensordecedor les cubría los oídos. La «Red Hand» parecía lanzarse hacia aquella barrera final de tiempo buscando su propio punto de desintegración, y luego se perdió, se perdió, se perdió.

Se produjo un silencio sobrecogedor que duró hasta ser perforado de nuevo por la clave telegráfica, que sir Frederick sabía leer tan aprisa como el telegrafista.

«Noventa y seis con dos décimas.»

Abatimiento; seguido de un inquieto renacer de la esperanza en cuanto se inició el viaje de retorno. Ochenta y nueve con tres décimas.

Depresión.

La tercera carrera sería la que decidiría. Hasta el estoico Littlejohn crispaba las manos alrededor de la barandilla, secos los labios y el corazón desbocado, porque se veía a simple vista que aquélla era una carrera extraordinaria. Sir Frederick cortaba el cigarro a mordiscos

mientras la «Red Hand» pasaba como una exhalación. Sir Frederick iba y venía como un orate esperando que el cronometrador oficial confirmara el tiempo registrado por él y dijera que habían conseguido la meta. Noventa y ocho millas bien completas.

Todos los demás soltaron un gemido al verle levantar los brazos al cielo, rugiendo. Las dos carreras finales fueron de corte académico.

Con ello vinieron las acusaciones, los vilipendios, y el corro en torno de sir Frederick se ensanchó con objeto de dejarle espacio suficiente para zurrar el aire. De regreso a los talleres, sir Frederick se encerró en una pequeña oficina del coche del jefe. En el apeadero del interior de los talleres, escapo hacia su oficina sin decir palabra a nadie y cerró de un portazo. Después de diez minutos, que le concedió para que los hervores se redujeran a un mero borbotear, el brigadier Swan tuvo la bravura de entrar allá

–¡Cochino canalla! – le saludó el amo-. ¡Cochino canalla! Lo teníamos en la mano, en la mano, seguro. Cockburn ha cerrado las admisiones. ¡Eso es! Tiene un corazón de cachorrillo. Le habría bastado con abrir unas cuantas válvulas una media vuelta, hasta un cuarto de vuelta. ¡So canalla sin valor! Ya no fabrican hombres, Max.

Quiero que dimitan, inmediatamente.

Swan depositó dos hojas de papel delante de sir Frederick.

–¿Qué diablos es eso?

–Sus dimisiones. Tanto Cockburn como Henry Hogg quieren

marcharse.

Weed desgarró los papeles y los echó a la papelera.

–Bueno, no se marcharán tan fácilmente. ¿Qué… qué posible

explicación podía tener Cockburn? ¿Qué posible excusa para esta actuación?

–Ninguna en absoluto. Ha dicho que todo estaba abierto al máximo.

–¡Una historia muy verosímil!

–Dice que el tren no quiere correr más aprisa, sir Frederick. Hoy lo ha empujado hasta el límite máximo.

Weed iba y venía por la habitación.

–¡Claro que no correrá más aprisa! Yo le dije al canalla de Littlejohn que aumentara la embolada hasta sesenta centímetros. Diez cochinos centímetros más. Se lo dije ya en el momento que vi los planos,

hace seis meses. Sesenta centímetros de embolada, Littlejohn. Esas fueron mis palabras, así como Dios ha de juzgarme. ¿Dónde rediablos está Littlejohn?

–Prefiere no verle a usted hasta dentro de un par de días.

–Ah, lo prefiere, ¿eh? Y supongo que también tienes su renuncia al empleo.

–No, no la tengo; pero me ha dicho que si usted mencionaba los sesenta centímetros de embolada le replicase que con ellos el tren habría quedado sembrado en pedazos por todo el condado de Down.

Dice que ha tenido usted suerte de que no se hiciera pedazos en la tercera carrera.

–¡Porquerías! ¡Lo único que consigo son porquerías! – Weed inclinó la cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas-. Arregla lo de Cockburn y Hogg, ¿quieres, Max? Una gratificación, una palmadita a la espalda.

Envíalos al pabellón de pesca; déjales que cojan las cañas y saquen unos cuantos salmones. Di a Littlejohn y a los muchachos que celebraremos una reunión a primera hora de la mañana. Mira si la 367

admite otra modificación todavía. Si no, habremos de lanzarnos como el rayo a otra tarea. Ahora el tiempo cuenta contra nosotros.

Swan hizo un gesto de asentimiento y dio unos pasos para retirarse.

–Ah, de paso, su invitado de usted está en mi oficina arañando el aire.

–Ah, sí, Hubble. ¡Jesús, lo olvidé! Bueno, tráelo acá.

Sir Frederick se derrumbó detrás de la mesa, estudiando por milésima vez las características de la 367 y buscando dónde se le podría dar un empujoncito más. No quería volver a empezar desde el principio, en fecha tan avanzada. Roger Hubble entró y le mostró toda una bocaza llena de dientes comprensivos. Sir Frederick pensó: «Si dice

"maldita suerte" ensucio los pantalones.»

–Lamento la mala suerte -dijo Roger-. ¡Maldito contratiempo!

–Sí -retumbó sir Frederick, levantándose otra vez y deambulando para moderar las llamas.

Nunca había sido maestro en el arte de contenerse, y aunque Swan le había advertido que no embistiera demasiado enérgicamente contra Hubble, dos días de vacío total y luego el hado de la «Red Hand» 367 le habían puesto los nervios de punta.

Roger se encaramó a un bajo poyo de la ventana, fijando la mirada en el conjunto de los astilleros, cuando he aquí que Weed interrumpió el paseo y dio una brusca media vuelta.

–¿Por qué demonios se niega usted a venderme la línea de Donegal y aquella miseria de la L. C. D.?

Roger acogió la embestida con calma.

–¿Le sabría muy mal que habláramos de ello? – continuó Weed.

–Me imagino que hablaremos, tanto si me sabe mal como si no-contestó Roger.

Weed volvió a su mesa, separó bien los dos faldones de la levita y buscó el dossier indicado.

–Oiga, Hubble, ambas líneas están lamentablemente destrozadas, el material rodante no se tiene en pie. Le hemos ofrecido tres veces más de lo que vale todo aquello, y, por añadidura, le sacamos a usted de una situación desagradable.

–Creo haber informado al brigadier, con una claridad meridiana, que las líneas no están en venta.

–Yo sugiero que es una decisión poco afortunada. ¡Vaya, hasta sobre la base de asociarnos, estoy dispuesto a derrochar millones en ellas para rehabilitarlas! Me parece, señor, que usted podría tomar en cuenta la buena marcha de su propia parte del Ulster. Esto lo hago en bien del Oeste, ya sabe.

Roger se levantó pausadamente del poyo, fue a sentarse frente a sir Frederick, estiró las piernas y fijó en él una mirada tremendamente seria e inquisitiva. Sus grises ojos buscaron los de Weed, y los encontraron. Los dos hombres se sondeaban con la mirada; ninguno de ambos cedía.

–¿De veras? – dijo Roger.

–Muy ciertamente, señor. Hasta un colegial vería que al Oeste una línea trans-Ulster sólo puede traerle beneficios.

–Como guste -contestó Roger.

Una de las regordetas manos de sir Frederick arañaba el dorso, de la otra.

–Me dice el corazón que usted se está poniendo cínico, lord Roger.

Veamos, ¿duda de mis móviles?

–Claro que sí -respondió el otro, desencogiéndose de nuevo y volviendo a la ventana.

Empezaban a asomar las primeras características que Maxwell Swan había descubierto en Roger Hubble. Un tipo con la sangre fría de verdad, pensaba Weed.

–¿Qué quiere dar a entender, exactamente?

–Esa preocupación que decía por el Oeste del Ulster es lo que tiene usted más lejos del pensamiento. Es una monserga indecente.

Weed no pudo disimular la sorpresa, pero sí logró reprimir la cólera.

–Siga, por favor -pidió.

–Ciertamente -contestó Roger-. Mire usted, una de las tragedias que nos afligen aquí en Irlanda es la de que, aparte de Belfast, la Gran Bretaña no ha invertido ni un chelín en industrializarnos. Hemos quedado convertidos en un país de feudos medievales a punto de descomponerse. A nuestra manera reducida, nosotros, en Londonderry, somos el centro comercial natural del Oeste. Nuestra pobre industria y nuestro puerto llenan la función de terminal de ferrocarril, centro de distribución, etcétera, etcétera, para la población hasta el mismo Galway. Un ferrocarril trans-Ulster nos obligaría a combatir contra un descarado intento de saquear Londonderry, destruir su función natural, robarle sus bienes y reducirlo a moscardón de Belfast.

–Oiga, en usted el descaro sólo queda igualado por la imaginación-exclamó sir Frederick, tratando de montar en indignada cólera, pero en realidad manteniéndose a la defensiva, como lo estaría aquel a quien sorprendieran in fraganti.

–No me salga con ésas, sir Frederick -dijo-. Usted y yo sabemos que si el trans-Ulster se hiciera realidad, el primer paso que usted daría sería el de reducir los precios del transporte marítimo por debajo de los nuestros. Se encargaría de que desde Inglaterra resultara más barato enviar las mercancías a Belfast y luego las llevaría por ferrocarril hasta Londonderry, o las traería de Londonderry para acá. Lo primero que se hundiría serían las líneas marítimas de Londonderry, porque Belfast controlaría todos los transportes. Nuestro puerto quedaría en la miseria y la poca competencia que podamos ofrecer en construcción de

barcos quedaría eliminada. Belfast sustituiría nuestras funciones naturales con barcos Weed y locomotoras «Red Hand».

La sirena de la tarde interrumpió el discurso, seguida del movimiento masivo de obreros. Esta noche sir Frederick no se plantaba en el puesto habitual junto a la ventana para recibir el homenaje de sus legiones.

–He ahí la razón de todo ello -dijo Roger, señalando a los obreros que pasaban-. Belfast es el corazón de la Irlanda protestante; Londonderry está en segundo término. Para mantenerse en su acorazado predominio, Belfast ha de monopolizar los empleos y la industria. Ustedes no pueden permitir que Londonderry ni la Irlanda católica se lleven ni la menor partícula de la prosperidad que reina aquí. Todo es un complot de Belfast para encerrar dentro de sus dominios ferrocarriles, puertos, fábricas… Cuando usted, con su infinito afán devorador, hubiera aniquilado toda posibilidad de competencia y nos hubiera reducido a la servidumbre, nosotros tendríamos que conformarnos con las migajas que quisiera arrojarnos.

¿Verdad que comprende mi punto de vista? ¿Verdad que sí, sir Frederick?

Lo que Frederick Weed comprendía perfectamente era que tenía delante a un hombre tan implacable como él.

–Esa tesis de usted es una locura, una demencia; carece de base en absoluto -dijo.

–Quizá -admitió Roger-. Digamos que mis sospechas carecen de base, totalmente. A pesar de todo, han cruzado por mi mente. Luego no es lógico que me exponga a ningún riesgo sólo por la posibilidad de que me equivocase en mis deducciones. ¿Verdad que no?

–Lo que les pasa a ustedes, los del Oeste, es que están un poco excitados. Tienden a dejarse llevar por sus fantasías.

–Ah, sí, no cabe duda de que aquel aislamiento nos pone un poco nerviosos. Pero después de las próximas elecciones, a ustedes, los de aquí de Belfast, no les será tan fácil hacerse dueños de Londonderry.

Apropiarse del Oeste formaba parte del plan desde hacía mucho tiempo. Weed dijo en tono cauteloso:

–No sé si le entiendo bien.

–Parnell nos arrebatará los escaños. Ambos lo sabemos. Buen Dios, hasta es posible que perdamos el de los Comunes dentro del condado.

Cuando Parnell y la banda de música del Papa entren en formación en Westminster nos van a meter en una red de triquiñuelas

parlamentarias.

–Sí -concedió Weed-, Parnell es un granuja inteligente, en efecto.

Ojalá lo tuviera trabajando para mí, se lo digo a usted de veras.

–Entonces, ¿qué planes tiene, sir Frederick?

–Nosotros ya pensamos en después de las elecciones. La victoria de Parnell, más que ningún otro factor, provocará la unión de los más diversos elementos protestantes, gracias al miedo que inspira a todos la autonomía. Hemos empezado a formar el Partido de Defensa de la Unión. He ahí una medida.

–¿Para levantar una muralla alrededor del Ulster? – interrumpió Roger.

–Es cierto. La fría realidad nos dice que las tres provincias meridionales de Irlanda las hemos perdido ya. Según la definición que usted mismo ha sentado, se han descompuesto bajo un sistema agrario fenecido. El Sur está que rebosa de católicos.

–Entonces el juego consiste -dijo Roger- en evitar que Parnell se apodere del Ulster, ¿no es cierto?

–Ese es el juego -asintió tranquilamente Weed-. Estamos tomando medidas para soltar a nuestros pastores y que marquen la «R» de Reforma en la frente de todo recién nacido. Buscaremos el apoyo de nuestros piadosos hermanos presbiterianos de Escocia. Les

arrancaremos las pelotas a los de Westminster.

–¿Cómo? – preguntó Roger-. ¿Cómo?

–Enseñándoles que el Imperio empieza y termina aquí, en el Ulster.

Perded el Ulster y lo perderéis todo. Impondremos una unión total y permanente con Inglaterra…

–¿Aunque signifique separar el Ulster de Irlanda? – puntualizó Roger.

–Quiero saber cómo se propone conservar el Ulster. Los católicos nos superan todavía en número, incluso aquí, ¿no es cierto?

Weed se sentía incómodo. Sabía perfectamente bien a donde dirigía los tiros Roger Hubble.

–¿Debo decirle qué ideas tiene usted en la cabeza, sir Frederick?

–Sí, se lo ruego…

–Usted está dispuesto a reducir la extensión del Ulster. ¿Verdad que sí? Usted planea un Ulster en el que los católicos no le superen en número ni en prole, y esto significa renunciar al Oeste.

–Yo no daría por tan seguro eso de que estemos dispuestos a ceder nada -esquivó Weed.

–Pero ha cruzado por su mente… la idea esa de soltar el Oeste.

¿Verdad que sí?

–Claro que sí. No se puede sostener a una pequeña y aislada comunidad protestante en un mar de indígenas hostiles. He ahí una de las razones por las que nos precipitamos a establecer la preeminencia de Belfast… antes del otoño. Hemos de plantar los mojones de un Ulster manejable, un Ulster que podamos conservar en nuestro poder.

–Y de Londonderry se puede prescindir…

–Para conseguir un Ulster manejable, habría que resignarse.

–Entonces, sir Frederick -atajó Roger sin perder punto-, le supongo a usted bien preparado para presentarse ante una convención de grandes maestres de Orange y advertirles que, por sí y ante sí, sir Frederick ha eliminado su ciudad santa, Londonderry… y

precisamente por cuestiones de negocios. ¿Qué le parece que dirán ellos entonces del bueno de sir Frederick?

–¿Qué demonios quiere usted sugerir? – espetó Weed, ya incapaz de contener la marejada de cólera.

–Le sugiero que quizá pueda usted decirle a un judío que no podrá ir nunca a Jerusalén, y a un musulmán que jamás podrá viajar a La Meca; pero que Dios se apiade de usted si un día le dice a uno de Orange que no puede ir a desfilar alrededor de las murallas de Derry.

Frederick Weed palideció ante el hombre a quien había

subestimado tan lamentablemente y se sintió invadido por una sensación extraña que muy bien podía ser miedo. Por la llama viva, celosa de aquellos ojos grises, comprendió que su dueño le jugaría la partida en sus propios reductos de Orange.

–¿Trata usted de hacernos chantaje para obligarnos a conservar Londonderry?

–Por supuesto que sí -runruneó el joven Hubble-. Usted se ha unido y abrazado a Inglaterra para salvarse, y nosotros nos abrazamos a ustedes por el mismo motivo. Usted tiene sus argumentos que esgrimir: bastión del Imperio, lealtad, importancia industrial… Nosotros también tenemos el nuestro. Nosotros somos la ciudad santa de Londonderry, sin la cual no hay Ulster posible. Usted le hace a Inglaterra el chantaje de la unión; nosotros se lo hacemos a usted.

–No se contenta con cualquier porquería, ¿verdad que no, Hubble?-

dijo Weed.

Roger pasó bruscamente de la expresión amenazadora anterior a una jocosidad jovial, se metió las manos en los bolsillos y saltó sobre la punta de los pies, dando un suspiro.

–Todo ello forma parte del Ulster, y el Ulster forma parte de Inglaterra. Lo que hacemos ahora es planear un futuro en el que se le arrancará a Irlanda una de sus provincias. Por el método que sea, con el pretexto que se quiera… amenazas contra nuestra madre patria, furor religioso, cualquier cosa.

Roger preguntó si a sir Frederick le sabría mal que cogiese un cigarro puro. El cigarro llevaba la faja particular de Weed; pero Roger sabía que era Villar Barquinero, Habana; o acaso Excepcionales Rothschild. Cortó las puntas, lo encendió y se puso a chuparlo meditativamente.

–Ya sabe, navegamos todos en el mismo barco. Londonderry,

Belfast, todos juntos en el mismo barco.

Weed no contestó, pero sabía que Roger Hubble había entrado a formar parte del grupo escogido, compuesto ahora por tres personas, al que no podía intimidar.

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