Trinidad

Leon Uris · Capítulo 102 de 119

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Trinidad

Séptima Parte

UNA TERRIBLE BELLEZA

1

El brigadier Maxwell Swan llegó a Hubble Manor en torvo

maridaje con Warren Wellman Herd. Después de unos comentarios de circunstancias, se encerraron con lord Roger en la biblioteca, desplegados delante de la gran chimenea de mármol bajo el retrato del rey Guillermo de Orange. Allí se habían refugiado generaciones y generaciones de los Hubble a meditar y tomar decisiones.

W. W. Herd era un hombre delgado y gris que pasaba fácilmente inadvertido; pero bajo esta apariencia se escondía un maestro en su oficio, es decir, un finísimo investigador privado. Hasta que se dejó conquistar por la pareja Hubble-Weed se ganaba unos ingresos más que respetables solucionando escándalos a los granujas. Swan tuvo que ofrecerle una pequeña suma para llevárselo, pero durante los siete años que duraba la asociación demostró que valía todo lo que le habían dado, y más aún.

Sir Frederick se había enfurecido multitud de veces, y se había sentido humillado al ver que algún competidor le ganaba por mano respecto a un invento que hubiera tenido que lograr él, o una manera ingeniosa de trabajar el mercado. Y se le ocurrió que debía haber la manera de conseguir por anticipado datos sobre las ideas y proyectos de sus competidores. W. W. Herd llevó este problema con mano maestra. Montó una unidad muy poco numerosa, pero increíblemente eficiente, constituyéndose así en precursor y fundador del espionaje industrial. La unidad de Herd había trabajado en el anónimo, sin que nadie la descubriera, por espacio de cinco años, y en muchísimas ocasiones había arrebatado el trueno y el rayo de las manos de los colegas de sir Frederick en la construcción de barcos y material ferroviario. También lord Roger pudo meter la mano sobre cierto número de patentes, en especial para sus telares mecánicos.

Cuando Swan le encargó una cuestión de faldas al parecer

insignificante, Herd comprendió que el asunto importaba muchísimo más de lo que parecía a simple vista.

Ahora Roger tamborileaba impaciente sobre el brazo del sofá, mientras W. W. Herd abría la cartera y sacaba un informe de varías páginas.

–Verá usted que el señor Herd ha estado a la altura que le caracteriza y no ha dejado nada en el aire -dijo Swan.

El investigador dejó el informe sobre la mesita de té.

–Me temo que las sospechas de Su Señoría han quedado

completamente justificadas -dijo en una especie de susurro ronco.

Roger se permitió un espantoso suspiro de resignación y cogió el documento. Llevaba la fecha de 15 de febrero de 1909 y ostentaba un frontispicio que decía: «Actividades del señor Jeremy Hubble, vizconde de Coleraine. Altamente confidencial. Dos copias solamente.»

Roger volvió a dejarlo, sin abrirlo.

–Creo que será mejor tener a Caroline aquí desde el primer momento -dijo, pulsando el timbre del servicio y ordenando al criado que acudió que fuera a buscarla.

Apenas puso el pie en la biblioteca, Caroline se dio cuenta perfecta de la atmósfera que reinaba allí.

–Cariño, me gustaría presentarte al señor Herd, o sea, al señor W.

W. Herd.

Caroline hizo un gesto de asentimiento mientras el hombrecito la saludaba con una leve reverencia.

–El señor Herd trabaja a nuestras órdenes desde hace ya unos años

-anunció Maxwell Swan.

–¿En calidad de qué? – preguntó sin rodeos la dama.

–En misiones especiales referentes a relaciones industriales -esquivó Swan. Caroline sabía que esta frase podía cubrir una multitud de pecados.

–¿Qué misiones? – insistió.

–De profesión, el señor Herd es investigador privado -contestó Roger.

–¿Y qué estuvo investigando que le haya traído a Hubble Manor?

Roger le entregó el informe. Caroline dirigió una mirada al legajo, lo dejó y paseó la mirada de uno a otro. Por lo que decían de lady Caroline, Herd comprendió que la entrevista podía prolongarse bastante.

–¿Y qué ha hecho Jeremy precisamente? ¿Es un desviado delirante?, ¿un homosexual que se adorna con falbalaes?, ¿toma opio?,

¿soborna profesores?, ¿o ha contraído una deuda de juego

monumental?

–No, no, no, no. Nada de ese tipo -contestó Swan.

–Peor -interpuso Roger-. Se acuesta con una muchacha, una

católica. Procedencia: es hija de un sastre, un sastre con once hijos, todos pilluelos callejeros del barrio de Liberties. Ella es analfabeta y trabaja de costurera en el taller de negrero de su padre. Nos enfrentamos con una situación que puede volverse peligrosa. La chica parece estar embarazada. Dios sabe quién es el culpable, pero Jeremy acepta la responsabilidad. Conque, ya ves, estamos a punto de tener un condado como es de rigor, hasta con bastardos.

Roger saltó fuera del sofá y reanimó sus fuerzas con una copa de brandy.

–¿Cómo te has enterado? – preguntó Caroline.

–Observé una colección de detalles que despertaron mis sospechas -

dijo Roger- y ciertos asuntos sentimentales pretéritos no indicarían precisamente que Jeremy sea incapaz de dar tales tropiezos. Sus continuadas ausencias los fines de semana y en vacaciones, el hecho de haber despedido al criado, Donaldson, que le asigné yo personalmente, y otras cosas me hicieron deducir que se llevaba ciertos manejos a nuestras espaldas.

–Comprendo -dijo Caroline-, y con esto ordenaste una investigación secreta sobre tu hijo.

–Nuestro hijo -corrigió Roger.

–¿No has pensado que podías haber hablado conmigo primero? –

dijo Caroline.

Los músculos de los carrillos de Roger se contrajeron apretando los dientes. Ah, ahí la tenemos, pensó, disponiéndose a emprender la defensa de Jeremy, aunque hubiera hecho algo sin justificación posible.

¿Cómo se atreve? Pero ¿por qué habría de ser diferente esta vez?

–Lord Roger estaba extremadamente trastornado -interpuso Swan-.

Y no quería trastornarla a usted hasta que estuviera completamente seguro.

Caroline se apartó de su marido para dirigirse al investigador.

–¿Qué ha encontrado, exactamente, señor Herd? – preguntó.

W. W. Herd carraspeó en tono oficioso. La tarea de comunicar malas noticias a unos padres atónitos le concedía aquel momento de primer plano en el escenario.

–Comprendo la gran impresión que esto ha de causar en Su

Señoría.

–Nadie está impresionado, sino solamente curioso, señor Herd -

replicó la dama. Con lo cual el investigador supo que ni él ni su profesión gozaban de las simpatías de lady Caroline-. ¿Qué ha descubierto, y cómo lo ha descubierto?

Mientras descendía sobre el aposento una atmósfera de malestar y tensión, Herd fue a situarse delante del retrato del rey Guillermo, mirando al padre, que reprimía su aflicción, y a la condesa, poseída de una extraña cólera.

–La tarea en sí fue cosa más bien rutinaria -empezó-. Como sabe, su hijo tiene un juego de habitaciones en Marrion Square a un corto paseo del Trinity College. Como es un muchacho bastante sociable, su piso servía como de centro de reunión de sus compañeros. El hecho de despedir al criado, señor Donaldson, persona obligada a serle fiel a sir Roger, hubo de interpretarse como signo palmario de que el joven caballero quería estar… estar…

–¿Libre de ojos que le espiaran? – completó Caroline.

–Sí, eso podríamos decir -corroboró Herd-. Sin la presencia del señor Donaldson, podía dedicarse a ciertas actividades, libre de estorbos.

–¿Qué clase de actividades? – atajó Caroline.

–Oh, las habituales en muchachos universitarios. Libaciones en compañía de amigas. Aventuras sexuales. Perteneciendo al equipo de rugby y siendo muy popular en todo lo demás, Jeremy solía hallarse rodeado de un grupo numeroso. Además, era generoso y dejaba que sus amigos utilizasen alguna de sus habitaciones para citas, etcétera, etcétera.

–¿Qué quiere decir, exactamente, con eso de etcétera, etcétera? –

preguntó Caroline.

–Pues… pues, milady, está todo en el informe con gran detalle.

–El informe lo ha escrito usted, señor Herd. Estoy segura de que un hombre tan hábil ha de recordar hasta la menor palabra.

W. W. Herd se dio cuenta de que era él quien se sentaba en el banquillo. Lejos de mostrarse angustiada, la condesa arremetía contra él como un abogado que le sometiera a los tormentos del interrogatorio.

Volvió, pues, a aclararse la garganta, esta vez por la creciente desazón que le invadía.

–Como usted sabe, condesa, es un piso grande con cinco

dormitorios. El de Su Señoría, un cuarto para el criado, uno para las dos doncellas y dos dormitorios sobrantes. En los fines de semana solían ocupar dichos dormitorios sobrantes algunos caballeros amigos del vizconde, que cohabitaban con diversas damas. Por añadidura, en algunas ocasiones el piso era utilizado para este fin, también por las tardes. Unas doce veces durante estos meses pasados.

–Muy interesante -musitó Caroline-. ¿Cómo ha deducido el

número?

W. W. Herd se lamió los secos labios.

–Parece encontrarse mal, señor Herd -dijo la mujer-. ¿Llamo pidiendo que le traigan té, o quizá preferiría algo más fuerte?

Herd pensó que le iría bien tomar unas gotas de whisky, y lo tomó, dejando ya de ocupar el centro del escenario para ir a deslizarse en el borde de un sillón, buscando ayuda con la mirada en Swan, quien no le ofreció ninguna.

–Continúe, por favor -dijo Caroline.

–Deduje el número de manera muy sencilla. Despedido Donaldson y habiendo vuelto a Hubble Manor, busqué la amistad del criado nuevo de lord Jeremy, un tal Wordlock, así como la de las dos doncellas fijas.

–Con eso de que buscó su amistad quiere decir que los pagaba para que le informasen.

Herd volvió a mirar a Swan solicitando ayuda.

–En efecto -contestó el brigadier.

–Y de esta manera pudo usted contar las cabezas, o quizá debería decir, los cuerpos -comentó Caroline.

El investigador afirmó con un gesto.

–Y los amigos de Jeremy eran, más o menos, chicos de buenas familias. Gente aristocrática.

–Sí, milady.

–Y esas familias quizá se molestarían un poco si supieran que alguien espiaba a sus hijos.

Herd levantó prestamente la mano para defender con aire piadoso su honor profesional.

–Puedo asegurarle que todo, pero todo, ha quedado enteramente secreto y sólo existen dos informes.

–Y está igualmente seguro de que las doncellas nunca hablarán para nada de estos… recuentos de cuerpos.

–Han jurado guardar secreto -respondió, aunque poniéndose como la grana.

–¿Y qué me dice de las chicas que participan en… cómo lo expresa usted… la cohabitación?

–Ahí está el problema -dijo Herd.

–¿Prostitutas?

–Oh, no, milady, no precisamente. Vea usted, algunas eran católicas.

–¿Le alarma o le sorprende esto en algún sentido, señor Herd? –

preguntó Caroline.

–No tengo opinión -respondió Herd-. Yo me limito a investigar y dar cuenta de lo que he hallado.

–¿Y qué halló?

–Pues que algunas de aquellas chicas vivían por los alrededores del Trinity o trabajaban en establecimientos frecuentados por los estudiantes.

–¿Muchachas livianas?

–Sí, algunas, sí.

–Y quizá otras corrieran su primera aventura, o estuvieran profundamente enamoradas. Y quizá… ¿no, señor Herd…?, algunas de aquellas parejas estuvieran casadas en secreto.

El tic que W. W. Herd había dominado tan bien se manifestó de pronto después de un decenio de inactividad: el ojo izquierdo se le cerraba y abría, sin que pudiera evitarlo.

–Milady, debo protestar, No tengo ningún interés personal, ni querella contra nadie.

–¿No se ensaña un poco con el señor Herd? – dijo Swan.

–Lo siento -contestó Caroline-. Por supuesto, usted se limitaba a hacer su trabajo, ¿no es cierto?

–Sí, milady.

–Déjeme poner las cosas en orden. Estos últimos años, Jeremy se ha hecho muy popular entre sus compañeros del Trinity, ha dado fiestas alcohólicas en su piso y ha permitido que algunos amigos con menos posibilidades utilizasen las habitaciones alguna que otra vez para hacer deporte entre las sábanas.

–Sí, milady.

–Más o menos lo que normalmente se podría esperar de un

estudiante normal en las circunstancias en que se encuentra Jeremy -

dijo Caroline.

–Aunque no doy opiniones, estoy de acuerdo con eso -asintió Herd.

–¿No diría que aquello sea un lupanar?

–Ni pensarlo, milady.

–Y como usted es un sujeto que hace las cosas bien, se enteró de cómo marchaban los estudios de Jeremy, presumo, y halló que daba pruebas de una aplicación más bien notable, y no se inclinaba por sobornar a los profesores, ni trataba de engañar pagando a los estudiantes distinguidos para que le hicieran el trabajo.

–En efecto, no encontré nada de lo que dice.

Roger presenciaba la escena con enojo creciente, pero reprimido.

En varios momentos estuvo a punto de intervenir y cortarla, pero decidió dejar que Caroline terminase la jugada y no hacer una escena encima de otra. No obstante, le habría gustado que su esposa hubiera manifestado algo más de cólera por la conducta de Jeremy y se hubiera recreado algo menos en atormentar a Herd.

–Bueno, pues, señor Herd -prosiguió Caroline-, me gustaría saber algo de la chica con quien se ha liado Jeremy.

En este punto, a Herd le habría gustado tener el informe en la mano, pero sabía que la condesa no iba a permitírselo. Resignado a repasarlo punto por punto, sacó un cuadernito de un bolsillo interior y se cató unas gafas.

–La chica en cuestión se llama Molly O'Rafferty. Es hija de un tal Bernard O'Rafferty, que tiene diez hijos, seis chicas y cuatro varones, y

es propietario de un establecimiento de sastrería en Duke Street, unas dos manzanas más allá del Trinity College.

–¿Es un negocio próspero?

–Bastante -respondió Herd, pasando las hojas del cuadernito para apoyar la afirmación.

Maxwell Swan tenía los glaciales ojos fijos en Caroline. La conocía desde niña, y la miraba fascinado, viendo con qué arte desviaba el agua hacia el molino de su hijo. El brigadier se preguntaba qué tal resultaría la escena que representaría con Roger, cuando hubiera eliminado a Herd. Era muy posible que Roger y sir Frederick vencieran en este combate contra la muchacha, pero si mientras desataban las iras de Caroline, la victoria quizá les saliera muy cara.

–Ah, aquí está -dijo Herd, aclarándose la garganta una vez más-.

O'Rafferty se embolsa bastante más de de tres mil libras de beneficios al año. Ha dado el oficio de sastre a todos los hijos y el de costurera a las hijas. El negocio funciona como empresa familiar. Podríamos llamarlo una industria doméstica de gran categoría. El trabajo es de calidad, midiendo según el rasero irlandés. Parece que el padre pone a los hijos en el negocio en cuanto terminan los estudios.

–¿He entendido que usted hablaba de estudios?

–Sí, milady.

–No quisiera contradecir a mi marido, pero ¿son personas

instruidas, entonces?

–Sí, milady.

–¿En qué medida?

–Pues las chicas han asistido a la escuela desde un mínimo de cuatro años a un máximo de ocho.

–¿Escuela particular?

–Sí, milady.

–¿En un convento?

–Sí, milady.

–¿Y los chicos?

–Uno se graduó en Maynooth. Ahora es sacerdote en Kilkenny. De los otros tres… déjeme ver… sí, todos han llegado hasta la segunda enseñanza.

–¿Participan todos en el negocio?

–No, milady. Además del sacerdote, uno es dueño de un establecimiento en Londres, y otro ha emigrado a Chicago. También es dueño de su establecimiento. El hijo restante, Bernard, como su padre, actúa de gerente, y parece ser el llamado a heredar el negocio aquí en Dublín.

–¿Y las siete chicas?

–Cuatro se casaron, y dos de estas cuatro introdujeron a los respectivos maridos en la empresa. Molly y la menor, que todavía está en el colegio, siguen solteras.

–Resumiéndolo todo, pues, la familia O'Rafferty es una familia responsable, instruida, próspera y respetable.

–Yo no proporciono opiniones, pero ésta es la conclusión que sacaríamos.

–Entonces Bernard O'Rafferty no es el irlandés típico, abandonado y gandul, de los que se gastan el dinero en la bebida o el juego.

–No, milady, no tiene corredor de apuestas siquiera.

–Y tampoco tiene una casa arruinada en el barrio de Liberties -dijo Caroline, tirando a matar.

–No, milady; tiene un domicilio muy decente en Harold's Cross.

Roger salió disparado de su asiento.

–Nos gusta que sepas ir al detalle, Caroline; pero no sabría ver qué relación tiene eso con el problema.

–Pero, cariño -respondió ella amablemente-, has sido tú quien ha iniciado la investigación, y hasta el momento estoy bien segura de cuál es el problema. Continúe, por favor, señor Herd.

Roger volvió a desplomarse en el sillón con el rostro color ceniza, sumiéndose en un silencio elocuente.

¿Era posible, o imaginable siquiera, que Caroline aprobase aquel desastre?

–Continúe, por favor, señor Herd -repitió Caroline-. Hábleme de la chica.

Y en este momento se dulcificó visiblemente, fijando la mirada más allá de las altas pilas de libros, en el gran cristal policromado del otro extremo de la biblioteca, cuyos colores vivificaban en aquellos momentos los rayos del sol.

Herd jugaba con el cuadernito de notas, pasando la vista por una letra tan pequeña que casi resultaba ilegible.

–Ahí vamos. Mide cinco pies y dos pulgadas y media de estatura.

Pesa…

–No, no -interrumpió Caroline-. Dígame solamente la impresión que le causaría si entrase en la biblioteca en este momento.

Por primera vez, W. W. Herd pareció humanizado y libre de la carga de su profesión.

–Yo diría que es muy hermosa. Sí, arrebatadoramente hermosa.

–¿Cuándo la conoció Jeremy?

–Hace diecisiete meses. Hay una taberna de estudiantes llamada Lord Sarsfield en la margen del Liffey. Por las noches, Molly O'Rafferty canta baladas allí. Es muy popular.

–¿Tiene buena voz?

–Sí, señora. Hasta yo iba de vez en cuando a la Sarsfield para escucharla -dijo, con unos acentos de intimidad.

–¿Cuántos años tenía cuando conoció a Jeremy?

–Dieciséis.

–¿Con una reputación de acostarse con cualquiera?

–No.

–Usted ha investigado el caso a fondo, ¿verdad que sí? ¿Era virgen cuando mi hijo la conquistó?

–Por lo que yo podría deducir, sí.

–Y en los meses que han vivido juntos, ¿ha dormido ella con otros hombres?

Herd luchaba consigo mismo. Sabía a quién había de obedecer, pero también sabía que no le convenía tomar por tonta a la condesa.

–No, milady, no ha dormido -respondió, apartando los ojos de Swan y lord Roger.

–Ya sé que no le gusta aventurar opiniones, señor Herd, pero ¿diría usted que Jeremy y Molly están verdaderamente enamorados?

–Un momento nada más -interrumpió Roger-. Eso queda

completamente fuera de los dominios del señor Herd. He tenido muchísima paciencia, Caroline, y sé perfectamente qué propósito perseguías. Considero más conveniente que esas cosas las discutamos tú

y yo en privado. ¿Hay realmente algo más que tengas que preguntar y no puedas encontrar en el informe?

–Una cosa solamente -dijo Caroline-. Se sospecha que la chica está embarazada, dice. ¿Cómo lo sabe?

Herd palideció.

–¿Lo encontraré en el informe? – preguntó Caroline.

–Prefiero no dar esta información. E1 brigadier Swan será testigo de mi adhesión a su familia de usted, condesa, pero siendo como soy un investigador privado debo decirle que hay medios de conseguir información que deben permanecer estrictamente confidenciales.

–Le sugiero que no salga de aquí hasta que yo lo haya averiguado.

–Creo será mejor que se lo cuente -indicó Swan.

–Lo siento, pero debo negarme.

–Entonces, se lo diré yo a usted -replicó Caroline-. Usted fue a ver al confesor de la muchacha y le amenazó de muerte para coaccionarle y hacerle revelar el secreto de confesión. ¿No es así, señor Herd?

El silencio devoraba la biblioteca.

–¡Oh, Dios mío! – gritó Caroline-, ¡no pongas esa cara de asombro, Roger, ni usted tampoco, Swan! No les favorece nada.

–¿Cómo lo has sabido? – preguntó Roger en un alarido loco.

–Nuestro hijo me lo ha contado, he ahí cómo.

–¿Jeremy te lo ha contado? ¿Jeremy?

–La desesperación y el pesar por lo que le habían obligado a hacer llevaron al cura hasta el borde de la demencia. De modo que fue a pedir perdón a Jeremy y luego se puso en manos de su obispo. ¡Qué pandilla de gángsters!

–Pero… pero tú estabas enterada desde el principio. Estabas enterada y nos has hecho pasar por toda esta charada…

–Sí, estaba enterada, Roger. Sabía lo de Molly O'Rafferty desde el día que Jeremy la conoció. Ya ven, caballeros, se han tomado una infinidad de molestias por nada.

Dicho lo cual, Caroline salió majestuosamente de la biblioteca, dejándolos boquiabiertos.

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