Trinidad
Capítulo 17
La victoria de Parnell disparó, en la comunidad protestante del Ulster, una inflamada reacción muy acorde con las líneas
preanunciadas por Frederick Weed, quien había efectuado acertados preparativos para unificar a los elementos divergentes. El partido de Defensa de la Unión, cuyo núcleo habían formado ya él y unos centenares de componentes de la nobleza campesina en las logias de caballeros, creció como una marea iniciada en los Orange Halls de la provincia.
La Orange Society se ceñía ahora el cinto para representar el papel que tenía señalado. Desde su concepción, durante las guerras campesinas de cien años atrás, había ido cayendo en el descrédito. Una conducta alborotadora por parte de unos hombres alborotados había provocado la repulsa de la nobleza campesina y del gobierno. No obstante, a lo largo de su diversificada historia, el espíritu del orangismo, que exigía la degradación del católico indígena, impregnaba a la comunidad protestante.
Aunque declarada fuera de la ley en algunas ocasiones, la Orange Society continuaba medrando activamente bajo endebles disfraces que la presentaban como una colección de sociedades benéficas y de clubs de bebedores. A medida que iban transcurriendo los decenios de 1800, el odio sectario se convirtió en un elemento permanente y característico de la vida del Ulster, y la Orange Society transformó su mancillada imagen, dejando de constituir una banda de maleantes para convertirse en un baluarte inspirado en la Reforma, contra los papistas. En el seno de la oficialidad británica se formaron cabildos secretos, mientras la expansión legal de la Orden alargaba sus tentáculos hasta Inglaterra, Canadá y Escocia. La sociedad devino respetable gracias a una avalancha de predicadores, anglicanos y aristócratas. Los
terratenientes y los industriales, todos ellos antes tan altaneros, veían cómo el antiguo orden se iba destruyendo siendo así que habrían podido apelar a los militares y correr sobre los nativos, haciéndoles catar las herraduras de sus caballos. Se precisaba un nuevo centro de poder, un poder de masas de gente, y la Orden de Orange era la indicada para suministrarlo. De ella nació el brazo político, el partido
para la Defensa de la Unión con Inglaterra, el partido unionista, que unía a todos los elementos protestantes bajo una sola bandera.
Después de las elecciones, sir Frederick voló a Londres en busca de apoyo. Sobre la tormenta en ascenso cabalgaba sir Randolph Churchill, quien se dejó convencer para realizar una gira por la provincia, y desembarcó en Larne, con sir Frederick, a comienzos de 1886. El joven Churchill, ultraconservador e imperialista declarado, tenía algo más de treinta y cinco años y aborrecía a Gladstone y todo lo liberal. Todavía le quedaba odio suficiente para dedicarlo a Parnell, el anarquista irlandés, que ahora estaba maniobrando y negociando, en beneficio propio, con los dos partidos británicos.
El brillante, aunque inestable, aristócrata se decía que si lograba derrotar la inminente Ley de Autonomía para Irlanda, el gobierno de Gladstone caería. Con lo cual volvería al poder su partido conservador, y, por añadidura, las aspiraciones de Parnell quedarían enterradas durante lustros.
En última instancia, a Churchill le impulsaba una ambición personal despiadada, implacable. A este fin, calculó astutamente que el único naipe que se podía jugar era el de la Orden de Orange y que había que trasladarse al Ulster y pulsar las cuerdas de la antigua paranoia protestante en una comunidad encabritada, enfurecida por la arrolladora victoria de Parnell. El Ulster protestante le abrió los brazos.
Caroline eligió para su luna de miel la península de Bere, salvajemente agreste y mítica, en el sudoeste de Irlanda, con preferencia a Venecia, España y otros lugares de rigor. Y la encontró más agreste y oculta de lo que había imaginado. Por su parte, Roger reconocía que, a través de Caroline, se le había abierto una puerta que creía cerrada, para él, por toda la vida. Y supo agarrarse inmediatamente a esta experiencia, poniendo al descubierto su carácter íntimo y esforzándose en realizar descubrimientos, a su vez. Había quedado abierto el camino para largos ratos de conversación, de amoroso autoexamen, lo cual preparaba el terreno para otras aventuras conjuntas, más íntimas y atrevidas.
El idilio quedó interrumpido de pronto, temporalmente, por la intempestiva aparición de sir Frederick. Después de enredarse en mal
pergeñadas expresiones de pesar, sir Frederick alegó que la situación era tan grave que debían regresar a Londonderry para atar cabos y tapar grietas en el Oeste, mientras él recorrería el Este en compañía de Churchill. Para resarcirles de tan inoportuna injerencia, prometió enviarlos luego a un lugar exótico del norte de África, un lugar donde podrían satisfacer las más eróticas fantasías y del cual ni siquiera Caroline tenía noticia.
La cruzada Churchill resultó mucho más espectacular de lo que podía esperarse. Unas concentraciones monstruo en el Ulster Hall de Belfast y por los condados orientales inflamaron pasiones que ya estaban a punto de estallar. Al mismo tiempo, en Inglaterra crecía la simpatía por la causa en nombre del Ulster. Adictos miembros del partido liberal que se habían mostrado partidarios del gobierno autónomo para Irlanda se sentían trastornados, las sólidas filas que formaban antes vacilaban ahora. La salida de Churchill de Belfast señaló el comienzo de tres días de disturbios contra los barrios católicos de la ciudad.
Internándose tierra adentro en el «Red Hand Express» particular de Weed, lord Randolph encontró una llave mágica en Lugan en forma de un grito de batalla que repitió luego a las enfervorizadas turbas de Portadown, Armagh y Dungannon.
–La autonomía no llegará aquí, entre vosotros, como un ladrón nocturno -les repetía a las embravecidas masas protestantes-. Yo os aseguro que en esta hora, la más negra que hayáis vivido, no os faltarán millares de corazones ingleses y de manos inglesas que unirán su suerte a la vuestra y compartirán vuestro hado. Yo os digo con orgullo, humildad y resolución: ¡El Ulster LUCHARA Y EL ULSTER
ESTARA COMO DEBE ESTAR!
A medida que la campaña de Churchill iba alcanzando todo su ímpetu, la consigna de El Ulster luchara y el Ulster estara como debe estar salía como un trompetazo en todos los periódicos por todos los ámbitos del Reino Unido. Roger se sumó a la comitiva a tiempo para tomar parte en la concentración de Ballymena, que estudió con esmero y frialdad puramente impersonales. El hechizo de Churchill había galvanizado a la sociedad entera, sin distinción de clases, a nobles y plebeyos por igual. Después de la reunión, Roger se encerró con su
suegro y Churchill en el castillo de lord Taggart-Royce, barón de Ballymena, donde solicitó que la última aparición ante el público tuviera lugar en las murallas de Derry. Al fin y al cabo, eran el símbolo más sagrado de la Corona protestante de Orange. Luego ¿qué mejor heraldo de un triunfo final? La propuesta parecía sobradamente lógica, y Churchill la aceptó.
–Allá sufrimos ciertos problemas exclusivamente nuestros -continuó Roger, después de haber conseguido la primera petición-. Escasez de población, falta de comunicaciones y una sensación de aislamiento.
–Creo que podríamos llamarlo mentalidad de asediado -
interrumpió sir Frederick.
–En efecto -contestó Roger-. Lo que yo desearía es exponer nuestra decisión de conservar el Oeste, pero manifestada de un modo que hiciese temblar la tierra.
Sería muy conveniente convocar una reunión especial en Hubble Manor antes de la concentración general. Podríamos reunir a los dirigentes de los tres condados para organizarlos y calentarlos; algo así.
Churchill se había habituado a pedir consejo a sir Frederick y dirigió una mirada curiosa en dirección a éste. Weed quedó impresionado, una vez más, por la astucia de su yerno. Constituiría toda una solemnidad reunir en Hubble Manor a todos los hombres poderosos o con ascendiente sobre las masas y ver a Roger
descendiendo como un águila y arrebatando la dirección política del Ulster occidental. Roger conseguiría de un solo golpe lo que él había alcanzado a fuerza de años en Belfast.
«Muy bien, chaval -pensó Weed-. Me estás jugando una treta, pero te cobraré un precio.»
Mientras daba una larga chupada al cigarro, elaboró la respuesta.
–Aparte del interés de Roger, por sus inversiones, la idea me parece acertada. Decididamente, el Oeste necesita una base de poder y un dirigente único y enérgico del nuevo partido unionista. Dejando aparte toda consideración familiar, Roger y Caroline son, indiscutiblemente, las personas adecuadas para esta misión. – Los ambiciosos se comprenden bien mutuamente. Era de rigor que ahora se amansaran el uno al otro-. Sólo insistiría en una cosa -continuó sir Frederick-. Para
garantizar el éxito de las reuniones, me gustaría que el reverendo O. C.
MacIvor figurase entre los oradores principales.
Por primera vez desde que se conocían, sir Frederick creyó notar que Roger acusaba el golpe, y halló en ello un placer supremo.
–Se me antojó un sujeto un poco bronco -dijo Churchill-, pero cierto que somete a la turba a una especie de magia; debo reconocerlo en su honor.
–Sí, y las mejores reuniones de propaganda que usted haya visto fueron aquellas en que intervenía él. Bueno, ¿qué opinan, caballeros?
–A mí me parece muy bien -contestó lord Randolph.
–¿Roger?
–Delicioso, sencillamente delicioso -dijo Roger.
La vizcondesa Caroline se lanzó de cabeza a los preparativos, aunque todavía no estaba familiarizada con las condiciones, buenas y malas, de Hubble Manor. Y empezó reuniendo el necesario ejército de cocineros, criados, personal de limpieza, carpinteros, pintores y mozos de establo. La Manor, y particularmente el Long Hall quedaron libres de moho y se les dio toda la luz y alegría que el tiempo disponible permitió. Se repararon tiendas para que sirvieran de albergue y de centro de recepción, y se trajo de Belfast todo un tren de víveres junto con una orquesta, cantores y actores para divertir a los reunidos.
Roger se preparó para el nuevo papel, dejando a un lado la antipatía que le inspiraba desde siempre la Sociedad de Orange. A todos los grandes maestres de los tres condados se les envió invitaciones en forma de veladas convocatorias. Con un golpe maestro, lord Roger hizo que cada sacerdote protestante quedara afiliado automáticamente al nuevo partido unionista, y también a ellos se les aconsejó que asistieran.
Mientras los preparativos continuaban a una velocidad loca, el vizconde y la vizcondesa de Coleraine fueron hasta Cookstown para escoltar personalmente a lord Randolph por el Oeste.
Después del Dios salve a la reina y la invocación, el vizconde Hubble pasó, casi tímidamente, de la mesa de la presidencia a la tribuna, enfrentándose con una multitud de casi seiscientas personas. Sobre ellas, en un extremo del hall, colgaba de las desnudas viguetas una Union Jack gigante, que tenía por pareja una gigante bandera del
Ulster colgando en el otro. Detrás de Roger, un rótulo igualmente gigante cubría toda la anchura del hall, con estas palabras: El Ulster luchara y el Ulster estara como debe estar.
Sir Frederick seguía los preparativos y observaba la llegada del momento de la verdad con una punzada de envidia. Roger y su hija formaban una entidad que por la rapidez y la decisión de sus actuaciones se había colocado en cabeza de todos. La entrada en escena de la vizcondesa había deslumbrado por completo a la torva colección de ulsterianos.
Pero sir Frederick no tenía la más leve idea del golpe de efecto que su yerno escondía en la manga. Lord Roger se había acercado al atril con aire casi tímido y había pronunciado una bienvenida formularia como diciendo: «Es un gran día para vosotros, gente vulgar, porque esta empresa nos reúne a todos.»
Cuando se puso a mencionar la larga historia de saqueos y
renacimientos de Hubble Manor, Weed le vio alegando sus derechos a la jefatura fundándose en la permanencia de su linaje. Hasta aquí, muy bien. Pero en seguida vino la primera salida inesperada. Roger declaraba tranquilamente que lord Churchill había tenido la idea de celebrar la reunión final de la gira en el histórico Long Hall. Al dar una importancia exagerada a Hubble Manor, se situaba a sí mismo como centro del universo del Ulster occidental.
Porque si bien se habían juntado por un objetivo común, Roger daba por descontado, sin que cupiera la menor duda, que él y la nobleza campesina eran los padres benévolos, protectores y jefes de las masas protestantes.
–Se me ha pedido que aceptara el honor, y humildemente lo acepto, de asumir la jefatura de los unionistas del Oeste.
Ni Churchill había tenido la idea de celebrar la reunión allí, ni nadie había tenido la de situar al joven Roger en la junta directiva unionista, pero nadie estaba dispuesto a romper la unidad entre los convocados oponiéndose a esta audaz maniobra inspirada por la sed de poder, y todos la dejaron pasar sin comentarios.
No obstante, sir Frederick se preguntaba si Roger y Caroline iban de común acuerdo en esta cuestión y hasta qué punto podrían llegar si se lo proponían de veras.
–Es para mí un gran placer presentarles a ustedes al primero de los oradores que les dirigirán la palabra sobre el tema de la separación económica de Inglaterra. No necesitaría que nadie me lo presentase a mí, porque es mi padre político, y tampoco necesita que se lo presentaran a ustedes, pues ¿quién no ha oído hablar en el Ulster de sir Frederick Murdoch Weed?
Mientras Roger rubricaba el deslumbrante tributo, sir Frederick apago el cigarro y bebió un último sorbito del vaso que contenía ginebra, y no agua, a la vista de varias docenas de ministros de la templanza. Luego dobló la espalda y se dirigió refunfuñando hacia la tribuna, disimulando la irritación que le causaba la treta de Roger, cuya mano estrechó con un apretón que parecía símbolo de la unidad del este y el oeste, de la riqueza, el poder y la estirpe del Ulster. Eran los dos capitanes del barco.
–No nos hagamos la menor ilusión sobre las consecuencias de la autonomía -empezó diciendo sir Frederick-. Significaría un golpe de muerte en toda Irlanda para los descendientes de protestantes, y nada menos. Mis antepasados y yo vinimos al Ulster -dijo, identificándose estrechamente con el estado llano que Roger había desplegado ante él-y de una arcilla despótica hicimos un verdadero Edén. Basta dirigir una mirada a la ignorancia y la miseria de las otras tres provincias irlandesas para ver quién ha hecho algo aquí. Y ahora esa mismísima gente atrasada, inepta, dirigida por Parnell y sus políticos de taberna de chusma, junto con la charanga del Papa, tienen la cara de decir que ellos, que no saben gobernarse a sí mismos, van a gobernar el Ulster.
–¡Jamás!
–¡No nos rendiremos!
–¡El Ulster luchará!
–¡Dios salve al Ulster!
La mitad de los oyentes se había puesto en pie. Frederick Murdoch Weed los hizo sentar, con un ademán. Paseando la mirada por ellos, veía hombres recién bañados y aseados en altares santos deslumbrantes de bondad.
–La buena vida de que disfrutamos, vosotros y yo -continuó-, la hemos conquistado mediante una inteligencia superior, una tradición de laboriosidad extremada, lealtad y decisión. Pero ahora, esa fuerza
ajena, esa fuerza de Dublín desprovista de genio industrial, ¡se dispone a asestarnos un golpe de muerte!
Roger captó unas ondas, y levantó la vista. Su radiante y bellísima esposa estaba en una de las pequeñas entradas laterales. Marido y mujer se sonrieron, expresando su mutua aprobación por aquel magno acontecimiento. Cada momento que pasaba aumentaba el poder de ambos y la primera y dulce degustación del triunfo conjunto esclavizaba el ánimo.
–¿Podéis traer a vuestras mentes, por un solo instante -tronaba sir Frederick-, el cuadro del Parlamento de Dublín en manos de campesinos irlandeses? Los mercados, los privilegios comerciales, las concesiones en materia de tarifas de que hoy disfrutamos como miembros que somos del Reino Unido se habrían evaporado de la noche a la mañana, y nos encontraríamos en competición directa con Inglaterra. Ahora, caballeros, imagináoslos en Dublín, en su Parlamento, vedlos contemplando por encima de la frontera la riqueza del Ulster. ¿A quiénes creéis que abrumarán de impuestos hasta dejarles sin sangre en las venas? ¡A nosotros! ¡Nosotros, los del Ulster, pagamos el pasaje de aquellas tres provincias miserables!
Los hombres congregados en Long Hall se habían estremecido hasta lo más hondo. Sus terminaciones nerviosas, siempre fácilmente excitables, vibraban ahora al unísono, y las frentes se poblaban de gotas de sudor. En otra parte, los blancos pañuelos que salían a la luz para secar aquellos sudores, habrían podido ser tomados por banderitas de rendición. ¡Pero no en Long Hall!
–Con un Parlamento en Dublín, ni una sola granja, ni una sola finca volverían a estar a salvo jamás. Las tierras por las cuales dieron su sangre vuestros antepasados serían objeto de leyes que os tendrían en perpetua servidumbre. La autonomía amañaría los límites de las circunscripciones electorales de forma que el Ulster protestante quedara reducido a la impotencia política. La autonomía significaría que ni un solo protestante leal podría ser funcionario de un gobierno repleto de decenas de millares de sujetos de su especie… y que prodigaría sueldos y subvenciones benéficas con vuestro dinero.
Vosotros y vuestras esposas y vuestros hijos os enfrentaríais con una fuerza de policía de su especie. Os enfrentaríais con su sistema de leyes
¡y no es preciso que os diga qué clase de protección y justicia podríais esperar de ellos! ¿Es éste el Ulster que vuestros antepasados soñaban cuando vinieron y trataron de iluminar a los paganos?
Sir Frederick hizo una pausa en deferencia a su propia pasión, cada vez más inflamada, se secó el sudor y echó una miradita a las notas que tenía preparadas. Y se dijo que ahora iba a darles el golpe allí donde más duele. Para ello bajó la voz desde los bramidos de toro hasta un sincero temblor de pena.
–Como hombre -dijo iniciando el párrafo final- que da trabajo a millares de personas leales, de las nuestras, he pasado largas horas meditando, atormentado por una pesadilla que se niega a dejarme en paz. Si un Parlamento de Dublín pudiera manejar la autonomía, tardaría muy pocos días en promulgar leyes de paridad para sustituir a los protestantes leales de las fábricas de la provincia. Hombres decentes…, leales…, temerosos de Dios se encontrarían con que la recompensa a generaciones de obediencia firme, constante, inalterable consistiría en verse tirados al arroyo. Y antes que expulsar del trabajo a protestantes, yo preferiría ver cerrados mis talleres. He manifestado esta postura mía, sin rodeo ni ambigüedad algunos a todos los miembros del partido de Gladstone. ¡El Ulster democrático ha de seguir siendo libre, con la ayuda de Dios y de nuestra noble reina!
Sentada ya la gravedad de la situación como cosa indiscutible, libre de especulaciones, la segunda separación de la Gran Bretaña quedó en manos del doctor Oliver Cromwell MacIvor. Su «doctorado» acababa de llegar por correo del mismo sitio donde había conseguido su título de «master». Era un diploma americano contra reembolso, procedente de un lugar llamado Manitou Springs (Colorado). El de «master» le costó cincuenta dólares. El «doctorado» le causó un perjuicio de cien.
El doctor MacIvor se rezaba silenciosamente a sí mismo para denotar que se hallaba en exclusiva comunicación con el más allá, enlazando las manos y moviendo la cabeza en asentimiento a medida que aquella poderosa voz de allá lejos se filtraba en su interior. En realidad procuraba ganar tiempo y se irritaba consigo mismo. Sir Frederick había recaudado gran parte de la trepidación del momento.
–Nuestro gran bienhechor, sir Frederick Weed, os ha dicho lo que sería de vuestras tierras y vuestros empleos. Yo voy a deciros lo que
será de vuestras almas. ¡Oh, Dios! ¡No nos abandones! ¡Estamos solos y es de noche, y nos encontramos entre salvajes hostiles!
–¡Amén!
–¡Jesús, sálvanos!
Mandíbulas y puños apretados. Nuevo sudor salía en pos del primero.
–Autonomía -gritaba el predicador- significa imperio de Roma.-Lo repitió tres veces, por si alguien no lo hubiera oído-. Y el imperio de Roma significa que el primer acto de un Parlamento de Dublín infestado de basura papista sería imponer un tributo que vosotros tendríais que pagar con vuestros sudores y vuestro trabajo honrado para que fuese a llenar los cofres de la Iglesia católica. ¡Un tributo para henchir de tesoros los sótanos del Vaticano! ¡Un tributo para la edificación de lujosas, adornadas catedrales por todo lo largo y lo ancho del Ulster protestante! ¡Un tributo para pagar vestiduras sacerdotales recamadas de oro y plata!
Y así continuó, haciendo un retrato de horrores de colegios con la enseñanza a cargo de sacerdotes y monjas, de colegios usurpados por los jesuitas y niñitos protestantes obligados a arrodillarse en rituales paganos. Gráficas descripciones de Roma, la ramera, la mujer escarlata que devoraría la carne protestante como larvas de mosca, dejaron aplanados a los oyentes.
Lord Randolph Churchill nunca oyó discursos como los tres
escuchados hoy. Se daba cuenta de que había venido a Hubble Manor y a Londonderry como florete de una lucha por el poder entre Hubble y Weed. Se había dejado meter en una situación incómoda por un trío de groseros. Aunque cada uno de los tres utilizaba a los otros dos en la consecución de sus ambiciones particulares, sir Randolph se dijo que no podía fiarse de aquella gente y que no les debía permitir que se aprovecharan de la Corona de una manera tan descarada. No tenían nada en absoluto de caballeros, y sólo Dios sabía hasta qué extremos serían capaces de llegar para que aquella provincia suya, pequeña y sucia, siguiera siendo británica. Mirando aquella turba de gente, se le ocurrió que, bajo el disfraz de la lealtad, serían capaces de traerse acá todo el ejército británico, si era preciso, para salvarse a sí mismos.
Lord Randolph dio las gracias a sus patrocinadores, y comprendiendo
que el auditorio estaba emocionalmente agotado, mantuvo sus comentarios en el tono de una mansa y desgarradora sinceridad.
–Vine al Ulster con el corazón afligido, pero me vuelvo a Inglaterra muy animado. Me entristece ver a los hombres del Ulster haciendo ejercicios militares en los campos, por las noches, con rifles de madera, preparándose para la defensa de su Dios, su reina y su libertad. Sin embargo, me reconforta pensar que docenas y docenas…, ¡no, centenares!… de oficiales británicos me han dado palabra de que, si fuese necesario, vendrían y os dirigirían en la batalla.
«Ruego a Dios, desde lo más profundo de mi corazón, que el eco de nuestras voces se oiga por todos los rincones de Inglaterra y que las gentes de Gladstone mediten y consideren detenidamente la gravedad y las con secuencias que traería promulgar una ley malvada de autonomía. Y ruego a Dios que vuestros hijos y los dos míos, Winston y Jack, a quienes tanto quiero, no se vean atormentados ni por un momento en todas sus vidas por la maldición de un problema irlandés.
Mientras lord Roger y sir Frederick se regodeaban con sus
respectivos triunfos, Churchill, el inglés de pura cepa, el que hablaba con toda la pompa inglesa, lograba que el auditorio derramara copiosas y patrióticas lágrimas.
–Parnell ha introducido a hombres repugnantes en el reino sagrado de Westminster. Hombres tan extranjeros, por su manera de ser, como los chinos o los negros. Hombres a los que domina y maneja a su antojo, por completo, y que se entregan a la destrucción del Imperio británico. Vosotros, bravos camaradas del Ulster, defendéis el baluarte más avanzado de nuestra gran aventura imperial, y no debéis titubear.
Yo os encargo que defendáis las murallas lo mismo que defendisteis las de Derry. Hay dos Irlandas, en espíritu, en religión y en la realidad. La Irlanda leal a la Corona debe continuar dentro del Imperio. –
Levantando una mano, como si fuese una copa llena, en un brindis, terminó con una nota poética-. Sigue navegando, oh, barco del Estado…, sigue navegando, oh, gran Unión… ¿Habrá de separarse de la Gran Bretaña el Ulster? Por el Dios que nos hizo, ¡jamás!
El impacto del triunfo de lord Randolph Churchill en el Ulster reverberó por toda Gran Bretaña. La prensa montó una campaña vitriólica contra la traición de Parnell al mismo tiempo que la Cámara
de los Lores cerraba filas preparándose a vetar todo intento de autonomía. Los sitiados orangistas encontraron voces aliadas en Inglaterra y hermanos celosos en la Escocia presbiteriana.
El sentimiento antiirlandés, siempre a punto de emerger, hizo erupción en Inglaterra al encenderse la indignación pública pensando que unos vasallos británicos leales del Ulster estaban a punto de ser vendidos a los bestiales irlandeses.
La Orden de Orange acumulaba una amenaza sobre otra, de forma que se acentuaba la posibilidad de una guerra civil en Irlanda.
Al final, la unidad del partido liberal se deshizo. Noventa diputados de la minoría de Gladstone cruzaron la línea para votar con los conservadores y derrotar una Ley de Autonomía ya muy aguada. La última votación arrojó trescientos cuarenta y uno contra trescientos once.
El gobierno de Gladstone cayó. Randolph Churchill causante mayor de esa caída, fue recompensado con el cargo de canciller del Tesoro y jefe de los conservadores en la Cámara de los Comunes.
Había jugado el naipe de Orange.
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