Trinidad

Leon Uris · Capítulo 85 de 119

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Trinidad

Capítulo 4

Mi drama La noche del peregrino no fue un fracaso ni un éxito.

Tenía unos cuantos momentos felices, entre ellos un soliloquio

estremecedor, cerca ya de caer el telón por última vez, un discurso desde

el muelle, nada menos, que nunca dejaba de humedecer todo ojo irlandés

que lo viera.

Si hubo en La noche del peregrino algún mérito salvador le

correspondía a Atty Fitzpatrick, que hacía el papel de la protagonista.

Dicen que cuando la buena de Atty aceptó el papel mi corazón cantaba

tan fuerte que se le podía oír desde Tralee.

Dublín en particular era un mundo de hombres, con sus tabernas y

sus campos de deportes. Nuestras buenas muchachas católicas aprendían

el catecismo, alumbraban hijos y continuaban dóciles y sumisas en

cuestiones terrenales. Sin embargo, el renacimiento daba paso a cierto

número de damas extraordinarias, cortadas de una tela muy distinta. Este

grupo, descendiente de anglos en su mayoría, se sentía ultrajado por

siglos de desgobierno británico. Y ninguna más hermosa, más etérea que

Atty Fitzpatrick, una especie de Juana de Arco irlandesa. El mismo Dan

Sweeney el Largo la definía como la mejor combatiente de la Hermandad,

y a veces decía que era el único miembro del concejo supremo que tenía

un par de pelotas.

Había venido a este mundo en calidad de hija de lord y lady Royce-

Moore, familia de terratenientes del condado de Galway. Cuando Atty

Royce-Moore llegó a los veinte años había vivido sus temporadas de

etiqueta social y se había instruido en Londres y en el continente. Pero,

además, había sentido en su propia carne el problema de los campesinos,

y antes de cumplir los veintiún años había renunciado a su clase social.

La primera noticia que Irlanda había de tener de Atty se produjo

cuando pasó a heredera única de los bienes de la familia.

Inmediatamente fraccionó las tierras, vendiendo parcelas por cuatro

cuartos a los campesinos que las trabajaban desde tiempo inmemorial.

Este gesto estremeció a la nobleza campesina y a los británicos hasta sus

más hondas raíces imperiales, al mismo tiempo que le conquistaba el

afecto del pueblo.

Atty estaba siempre en actividad frenética. Si se producía una huelga

de pagos de arriendos y rentas en Wexford o en Waterford, o si se

declaraba una epidemia en el Liberties de Dublín, o si se intensificaban

las evicciones en el oeste, ella encabezaba la manifestación de protesta.

La habían encarcelado ya un par de veces, y solía jactarse de que antes de

terminar su carrera tenía intención de haber sido huésped de la Corona

en todas las cárceles de Irlanda. Y todo ello no siendo más que una simple

mujer.

Bueno, no era eso exactamente. Era una esbelta, estatuaria belleza,

más alta que la mayoría de hombres y proyectando una imagen sólo un

poco inferior a la de la mismísima Madre Irlanda.

Su matrimonio con Desmond Fitzpatrick parecía una cosa tan natural

como el brezo de las montañas. Fitzpatrick era el vástago de una antigua

familia católica normanda descendiente de aquellos guerreros que en el

siglo xii conquistaron Irlanda para los ingleses. Al cabo de un tiempo, los

normandos se integraron tan completamente que llegaron a ser «más

irlandeses que los irlandeses». Las familias antiguas, los Morris,

Fitzgerald, Barry, Roche, Burke, Plunkett, Joyce, Fitzgibbon y Fitzhugh

se lo pasaron mejor en todo tiempo que los croppies, los labradores

irlandeses. Antes de integrarse, fueron los poderosos «condes de

Irlanda». Cuando los católicos salieron de su Edad Media, nuestra clase

media y superior no-anglo venía principalmente de procedencia

normanda.

El joven Desmond Fitzpatrick fue uno de los primeros seguidores de

Parnell. Era un abogado que defendía la causa de los campesinos en los

tribunales con éxito asombroso. Cuando se casaron y se trasladaron a

Dublín, se pusieron a trabajar por el renacimiento gaélico con fervor

incesante. Atty se convirtió al catolicismo y aparte de alumbrar tres hijos

continuó llevando a cabo su tarea decididamente. Marido y mujer se

constituyeron en mecenas del teatro nacional, que empezaba a remontar

el vuelo, y Atty hasta encontraba tiempo para colaborar como actriz,

principalmente para ayudar a los dramaturgos nuevos.

Los Fitzpatrick se identificaron inmediatamente con Arthur Griffith

cuando éste formó el partido político Sinn Fein y se contaron entre los

primeros miembros secretos de la renaciente Hermandad Republicana

Irlandesa.

Desmond Fitzpatrick cayó muerto en los Cuatro Tribunales cuando

estaba defendiendo a un croppie. Tenia entonces treinta y ocho años. Yo

estaba allí cuando sucedió.

Los que amábamos a Atty la vigilábamos atentamente para ayudarla a

superar lo que parecía había de ser una tragedia abrumadora. Pero en

lugar de dejarse abatir, Atty venció el dolor batallando más que nunca y

entregándose al movimiento con devoción fanática. Desmond Fitzpatrick

se había convertido en uno de nuestros primeros mártires y su viuda le

veneraba apasionadamente. Sin embargo, yo me había preguntado

alguna vez si el amor que los unía era muy profundo. Y llegaba a la

conclusión de que el lazo más fuerte que existía entre ellos era el del

republicanismo, y que la afinidad política había tenido más importancia,

en aquel caso, que el hecho de ser hombre y mujer.

Toda esta introducción sirve para acabar diciendo que mi drama fue

objeto de algunas sonrisitas, cuando Atty aceptó el papel varios meses

después de haber quedado viuda. Yo estaba nervioso como una prostituta

en el Vaticano, cuando he ahí que Conor vino a ver La noche del peregrino y me redimió expresando su aprobación con un abrazo de oso

después del telón final.

Ambos subimos entre bastidores para reunimos con Atty y organizar

una celebración de madrugada en la taberna del Jury's Hotel, refugio y

albergue de periodistas y gente de teatro.

Nadie era desconocido para nadie. Todo él mundo conocía a Atty

Fitzpatrick. Siendo como era la única mujer del concejo de la

Hermandad, estaba perfectamente enterada de que Conor había sido el

autor del plan para la entrada de las armas, de que era un artesano

distinguido y un campeón en el deporte. Apenas presentarlos, vi que entre

ambos se había establecido una corriente de mutua atracción. Conor

había pasado muchísimo tiempo sin tener verdadero trato con una mujer,

y se veía claramente que la que tenía delante le gustaba. Y ella hacía el

tiempo suficiente que era viuda para albergar sentimientos parecidos.

Y como mi reducida presencia no hacía falta para nada, recordé de

pronto que tenía que ocuparme de cierto reportaje, y les dije que me

reuniría con ellos más tarde, en el Jury's.

Si Atty Fitzpatrick entraba en una habitación, su presencia no solía pasar inadvertida. Ella y Conor se sentaron en el canapé y Atty fue

objeto del homenaje acostumbrado. Los dos bebieron unos sorbitos, hasta que la ausencia de Seamus O'Neill se hizo notoria.

–Me gustaría saber qué se ha hecho de él -decía Atty.

–Me parece que el muchacho es bastante benévolo para considerar que a mí me gustaría hablar contigo a solas -dijo Conor.

A la mujer le gustó esta declaración. La mayoría de hombres, o fanfarroneaban para situarse a la altura de ella, o se encogían ante su aventajada estatura.

– ¿Y te gustaría? – preguntó.

–No estoy completamente seguro -respondió Conor-. He sufrido en cierto modo la misma soledad que has sufrido tú. No diré que sea tan terrible como haber perdido el marido, pero tampoco diré que no haya sido muy penosa. ¿Cuál es el momento apropiado para dejar ya una soledad tan grande? Supongo que es natural que uno se plantee esta pregunta cuando encuentra a una persona de su mismo temperamento.

Atty sopesaba las palabras, a quien las pronunciaba y la situación.

Nadie sabía de verdad cuan terriblemente la había afectado la pérdida de Desmond. Algunos la llamaban la valiente Atty. Sabía que otros la consideraban insensible. Ella había estado entre hombres, en el mundo de los hombres la mayor parte de la vida. Y lo singular del caso era que había sido siempre ella la que imponía las condiciones de tal convivencia. Raras veces había habido una relación con nadie que no hubiera sabido gobernar ya desde el principio, o al menos manipular luego a su antojo. Ahora, este talludo sujeto la intrigaba, exhalaba una atmósfera de agradable novedad y parecía completamente libre de estupideces. Pero también la intimidaba un poco… o quizá más que un poco.

–Me siento solo, Atty -dijo Conor, dirigiendo las palabras al fondo de aquellos grandes ojos castaños que habían derretido a medio Dublín.

La mano de la mujer fue a posarse pausadamente sobre la suya.

–También yo -dijo ella.

La noche siguiente el teatro estaba a oscuras y Atty le invitó a su casa, en el pueblo suburbano de Rathgar, a un corto viaje de tranvía desde el sur de Dublín. La casa de Atty Fitzpatrick, unida a las vecinas de Garville Avenue, era un edificio de tres pisos y medio y fachada

plana que lucía una puerta de colores vivos y latones pulidos a la perfección.

Las inclinaciones proletarias de Atty no pasaban del umbral. Era una casa gobernada con inmaculado esmero y dotada de una colección de preciosos atractivos. Los pequeños eran adorables y estaban habituados a aceptar las idas y venidas de personas extrañas, así como largas ausencias de sus padres en beneficio del movimiento. Después de una comida en la que Conor procuró y consiguió atraerse el afecto de los pequeños, éstos desaparecieron como obedeciendo a una indicación, cual si supieran que mamá y el forastero habían de ocuparse de asuntos republicanos.

–Ven -dijo Atty, pasando por alto el saloncito de las visitas.

Y le guió hasta el piso superior, abriendo la puerta del cuarto de la fachada. Esta habitación era un combinado de saloncito íntimo, biblioteca y despacho, y había sido el refugio particular que utilizaba con su difunto esposo, contiguo al dormitorio de ambos. Ahora servía como de recordatorio, lleno como estaba de escritos suyos, libros de leyes, fotografías y otros vestigios de la vida y actividades de ambos en pro del movimiento. Después de la muerte de Desmond, Atty había pasado cerca de dos meses sin apenas salir de aquel refugio. Pero en cuanto salió ya no volvió a entrar… hasta este momento.

En la pequeña parrilla de debajo la campana de chimenea de mármol, Conor encendió un fuego de turba con la pericia de un muchacho campesino, y apenas percibir su olor se sintió transportado a tiempos pretéritos. Hablaron de la situación de los campesinos del oeste y de la Liga Campesina y de rejas de hierro labrado y de cárceles.

Hablaron de la fuerza de la vida por aquellos días en Dublín y de otras tierras más allá de Irlanda. Hablaron de armas y de la Hermandad y del huidizo sueño republicano.

Y vino el momento en que Conor ya no podía seguir quedándose sin sentirse un tanto cohibido.

–Se nos ha hecho tarde ya, Atty -dijo-. Será mejor que me vaya.

–Parece que acabamos de empezar -replicó ella-. ¡Ah, todo el mundo sabe que soy una charlatana! Pronuncio discursos y hablo en las reuniones del concejo como una banshee obsesionada. Dan Sweeney me ha pedido y repetido en más de una ocasión que me calle. Pero casi

nunca puedo hablar con una persona sola. A veces converso con Seamus; pero siempre da la impresión o bien de que nos damos palmaditas a la espalda en una taberna, o bien que comemos a toda prisa para llegar a tiempo a la función, o a una asamblea. A veces Des y yo, en cambio, nos pasábamos la noche entera aquí conversando, y nos quedábamos atónitos al ver nacer la luz del día. ¿Lo comprendes?

–Sí -respondió Conor-. Cuando el amante es al mismo tiempo el mejor amigo, el mundo entero cabe en una habitación, aquella en que estáis los dos.

–¡Oh, Dios mío! – exclamó Atty-. Ya estoy representando el papel de la viuda solitaria, y precisamente detesto que me compadezcan.

–No te preocupes; pero creo que el último tranvía para Dublín está a punto de llegar.

–Conor, pon otro ladrillo de turba en la lumbre -respondió ella-. Si pierdes el tranvía, hay una cama abajo, junto al cuarto de los niños.

Entre haber utilizado esta casa como refugio y haber celebrado reuniones que duraron toda la noche, los pequeños están habituados a encontrar personas extrañas en ella por las mañanas.

–De acuerdo -dijo Conor. Y se echó otro chorrito de coñac-. Eres toda una mujer, Atty, y en poquísimo tiempo habrás dejado atrás lo peor de tus penas.

–¿Por qué lo dices?

–Porque lo que más amas en este mundo es tu propia energía. No sé si habría nada que pudiera destrozarte.

Ella meditó si aquello era un cumplido o un menosprecio.

–¿Y tú?

–Yo descubro que me cuesta infinito caminar solo. Hasta que conocí a Shelley, la soledad no me importaba. Pero luego, y después de haberse ido ella, odio todos los momentos de soledad que he de vivir.

Se sentó en el suelo, contemplando la encendida turba, igual que Atty, satisfechos ambos de dejar que cada uno siguiera el curso de reflexiones que se le antojara. Luego, Atty se sorprendió pensando en Conor. Era un hombre amedrentador. A diferencia de casi todos los que había conocido, no temía sus propias debilidades ni hacía el menor esfuerzo por disimularlas, como tampoco intentaba poner de relieve su

masculinidad. Teniéndole ahora aquí, en esta habitación, no había más recurso que compararlo con Desmond.

Larkin se introducía profundamente y a la callada. Seamus le había contado que alguna que otra vez estallaba en furiosas cóleras de poeta; pero a menudo se requería años de acumular motivos y más motivos en su interior para llegar al estallido. En verdad, aquel hombre no tenía nada de la jactancia y la efervescencia de Desmond. Des estaba enamorado de sí mismo, amaba sus piruetas de sala de juzgado, amaba el sonido de su voz al pronunciar un discurso, amaba especialmente lo que estaba haciendo por Irlanda, porque volvía a reflejarse sobre él y le cubría de gloria.

El cuarto estaba tibio y sensual como solía; pero esta sensualidad no se debía a Desmond y Atty. Era la sensualidad del movimiento. ¿No era el movimiento lo que ella y Des querían de veras? Trabajar y vivir por aquella empresa que llevaban a cabo juntos había pasado a ser el latido mismo de sus corazones. Una realidad que ella había meditado muchísimas veces después de la muerte de Desmond. Cosa rara, en esta habitación nunca se habían echado uno en brazos de otro. ¿Era el movimiento el recurso que empleaban ambos para esconderse de sí mismos? ¿No sabían acaso que no eran capaces de dar ni de recibir recíprocamente la clase de amor que ambos habían derramado en el movimiento?

Todo lo que Atty sabía de Conor indicaba que no era menos devoto de la causa. Sin embargo, poseía la facultad de orientar el corazón y el alma hacia la mujer amada. Desmond le había concedido a ella la independencia que solicitaba dentro del matrimonio. Desmond sólo la necesitaba de una manera nominal; él era feliz con su propio ego.

Conor Larkin poseería a su mujer, y sólo él brillaría en los ojos de ella.

Atty lo adivinaba.

¿Sería ella capaz de vivir una experiencia parecida? ¿Cuántas mujeres habían percibido aquella fuerza tremenda en Larkin y habían huido de su lado? ¿Cuántas otras habían anhelado probarla, pero no lo habían conseguido? ¿Se podía poseer a un hombre como él en una relación accidental? ¿O sería tan fuerte que la haría cambiar por completo de mentalidad para poder poseerle?

Aquel hombre daba miedo, pero era también una tentación irresistible. ¿Qué sensación causaría tener al primer hombre capaz de adueñarse de ella por completo? Atty sufrió un escalofrío.

–Quiero volver a verte -dijo de pronto-. La función termina dentro de unas semanas. ¿Por qué no voy de visita a Belfast?

Palabras así las había dicho anteriormente a hombres que deseaba.

No obstante…

–Me siento halagado -respondió Conor-. Pero me temo que tu fama te precedería, y allá destacarías como la estatua preciosa que eres.

Francamente, Dan Sweeney y el concejo entero se opondrían con sobrada razón a que se nos viera corretear en público, particularmente en Belfast.

–No pensaba en eso. ¿Preferirías bajar tú a Dublín?

–No estoy en condiciones de ausentarme con frecuencia y, además, si debo decir verdad, no me siento muy a gusto entre aquellos intelectuales rimbombantes. Claro que quiero entrañablemente a Seamus, pero no me siento de verdad en mi ambiente.

–La mayor parte de aquellas conversaciones son pura fanfarria.

Todo el mundo charla, charla, charla. Arthur Griffith, Yeats, Seamus O'Neill, Atty Fitzpatrick… -dijo ella.

–Las palabras son nuestras balas, Atty.

–No tengas una opinión tan pobre de ti mismo. Cuando los

charlatanes hayan gastado sus municiones verbales, la Hermandad habrá de recurrir a hombres como tú para hacer el trabajo. Además, tampoco eres tan malo peleando con palabras. He leído algunas poesías tuyas.

–Seamus no debería enseñar aquella porquería por ahí. Hace muchísimo tiempo que no escribo.

–Pues deberías escribir.

–Bueno, Dan me dice que cuando me encierren en la cárcel tendré todo el tiempo que quiera.

Por segunda vez hizo presa en ellos una oleada de turbación.

–Es curioso -dijo Atty en voz baja-. Siempre me había vanagloriado de ser una mujer deseable y de mi habilidad por rechazar

pretendientes. Ahora me resulta un poco difícil, Conor. Hasta hoy, nunca había pedido a un hombre que me llevase a la cama.

Conor se levantó y la puso en pie. La estrechó entre sus brazos, y en verdad que tenía entre ellos un gran pedazo de mujer. Luego la apartó.

–Yo creo que será mejor que lo dejemos madurar durante algún tiempo.

Atty palideció. Las lágrimas de la humillación pugnaban por salir al exterior.

–Me he puesto en ridículo yo misma.

–Estás sola, necesitas un nombre, y no hay nada malo en que así sea. Eres también una mujer maravillosa, Atty, y no quiero hacerte el agravio de tomarte a la ligera.

Atty consiguió emitir una carcajada teatral.

–Estoy viviendo una experiencia nueva.

–No te rechazo, muchacha. Te lo aseguro, en el momento que te he visto me ha venido la idea de poseerte. Pero me doy cuenta de lo injusto que sería poseerte a ti cuando todavía lloro interiormente por mi Shelley. ¿No lo comprendes?

Ella lo comprendió muy bien, si es que no lo había comprendido antes. Sabía que el precio de jugar con aquel hombre consistiría en poner en peligro sus barreras, destrozar el recogimiento en sí misma y el contento de sí misma que había logrado conservar mediante un matrimonio feliz y tres hijos. Aquel hombre la llevaría a parajes de su propio interior que ni ella misma había visitado nunca por sí sola. Por un instante demencial sintió el afán de acompañarle al dormitorio vecino, que mantendría a oscuras, y pedirle que le amase de mentira, si así le placía, o que llorase sin rebozo, apoyada la cabeza contra sus senos. Pero tuvo miedo de hacerlo, porque nunca había concedido cosa igual a ningún hombre.

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