Trinidad
Capítulo 10
Yo cascabeleaba de contento cuando mi padre me dijo que iría a Derry
con él para una reunión de todos los candidatos de los tres condados del
partido irlandés. Eché, pues, a correr por la acostumbrada ruta, a través
de nuestra habitación principal, cruzando el patio y saltando la pared en
dirección a la casita de los Larkin. Las voces de Tomas y Finola
levantadas en viva discusión me detuvieron delante de su establo.
– Cochina ocasión esta para llamaros a Derry - decía Finola- con todos
aquellos orangistas enloquecidos y a punto de lanzarse al ataque.
– Yo creo que Kevin O'Garvey ha convocado la reunión
intencionadamente- respondía Tomas-. Quiere que este año olamos de
cerca el genio protestante.
– ¡Como si no lo conociéramos ya, con esos tambores suyos
redoblando todo el día y la mitad de la noche! Y como si no les oyésemos
cantar aquellas canciones horribles en las tabernas. Casi no hay
seguridad ni para ir a la iglesia…, cosa que tú no sueles hacer.
– Bah, mujer, tu voz sería capaz de hender las rocas.
– Y como si no fuera bastante malo meterte tú en Derry, tienes que
llevarte a Conor contigo, ¿verdad?
– Oirá los tambores durante todo el resto de su vida, mujer. Cuanto
antes sepa qué representan, mejor.
– ¿Y he de suponer que Liam no los oirá? ¿Te parece justo llevarte a
Conor y dejar a Liam, puesto que te empeñas en arrastrar chiquillos a
Derry? ¿Qué me dices de Liam?
– Alguien ha de quedarse a hacer el trabajo. Conor, por ser el mayor,
tiene ciertos privilegios.
– Ve y díselo a Liam. Está enfadado, y con razón. Es la tercera vez este
verano que te llevas a Conor y a él le dejas.
– ¡No quiero que se hable más de ello! - dijo Tomas en aquel tono suyo
que señalaba el final de una conversación. Aunque Conor era mi amigo
más entrañable, Finola decía verdad. Tomas casi siempre dejaba a Liam
en casa, y Liam se sentía profundamente herido. A Conor, por su parte, le
enojaba que le concedieran tales privilegios. Más de una vez trató de
convencer a su padre; pero Tomas no atendía a razones. No cabían dudas
acerca de cuál era su favorito.
Cuando hubo transcurrido un tiempo prudencial, me introduje en la
sala de los Larkin para anunciarles que yo también iría a Derry. La
noticia mereció una acogida fría; luego, Tomas nos ordenó, a Conor y a
mí, que enganchásemos los caballos a la gran carreta comunal. Se
trataba de un vehículo grande de cuatro ruedas y altas estacas utilizado
para acarrear mieses y también, en ocasiones, para el transporte de
personas. No era exactamente como el coche de Su Señoría, pero nos
llevaría a Derry.
Daddo Friel, que había recorrido el distrito haciendo campaña por
Kevin O'Garvey y se había hospedado en casa de los Larkin, también
esperaba para emprender el viaje hacia Derry. Tomas lo acompañó fuera
de la casita, lo levantó en brazos y lo subió a la carreta. Conor y yo lo
acomodamos en el heno, situándonos uno a cada lado, porque era un
regalo singular poder recorrer tan larga distancia en su compañía y que
él respondiera a todas las preguntas que se nos pudieran ocurrir.
Mi papá arrojó sobre la carreta un saco de comida y subió al asiento
del conductor, al lado de Tomas. Después, ambos se volvieron cara a sus
respectivas esposas, plantadas allí con una expresión tan sombría como si
emprendiéramos el último viaje hacia el árbol de los ahorcados. Mis
padres no eran aficionados a manifestaciones en público, pero los Larkin
solían besarse antes de emprender un viaje. Esta vez, sin embargo, Tomas
se limitó a agitar la mano, soltó el freno y puso a los animales en marcha.
Tres noches atrás, los del Constabulary habían realizado una
siniestra incursión, coronada por el éxito, en la destilería de poteen de las
viudas, y la habían destruido, cerrando luego la taberna clandestina del
pueblo. Por tanto, habían dejado tras ellos una sequía terrible, y nosotros
tuvimos que parar en casa de Dooley McCluskey con objeto de adquirir
unas botellas de whisky legal para el viaje.
Tomas paró a la sombra del árbol de los ahorcados mientras papá
saltaba al suelo y entraba en la taberna. Aquellos días el cruce de
caminos estaba lleno de hermanos de la templanza de la ciudad, así como
de muchos visitantes forasteros, que estaban de fiesta y pensaban asistir a
las ceremonias de los Orange.
– Seamus - me llamó Tomas.
– Diga.
– Conviene que vayas y asomes la cabeza para ver qué hace tu papá -
me dijo-. Es mejor no exponerse a ningún riesgo con esa turba por ahí.
El aire de la sala estaba cargado de humo de tabaco prohibido y olía a
cerveza ilegal y a whisky ilegal. La mitad de los buenos hermanos
presentes habían perdido el seso. Yo me empequeñecía todo lo posible en
el umbral, viendo cómo mi padre se internaba por el bullicioso tumulto,
sin mirar a derecha ni a izquierda.
Dooley McCluskey temblaba de extasiado gozo por la rapidez con que
amontonaba chelines. Mi padre golpeaba nerviosamente el mostrador con
los dedos, tratando de captar la mirada de aquel avaro.
– Necesitamos seis botellas - decía papá-, la mitad a cuenta de Tomas y
la mitad a la mía.
A McCluskey le disgustaba vender al fiado y nunca dejaba de quejarse
por ello, pero viendo que se trataba de Tomas Larkin, sacó las botellas,
aunque refunfuñando. Y como seis eran demasiadas para que las llevara
papá solo, entré con intención de ayudarle.
– ¡Eh, Paddy! - gritó una voz detrás de mi padre. Ay, ay, aquello no
presagiaba nada bueno. La voz pertenecía a un forastero que se había
acercado por entre la gente y había visto que mi padre era demasiado
bajito para significar una gran amenaza-. ¡Eh, Paddy! - repitió-. He visto
que te parabas. Si te entretienes más, te encontrarás saliendo en dirección
opuesta.
Dooley se pasaba la lengua por los labios, con gesto nervioso,
mientras deslizaba las botellas sobre el mostrador. La taberna quedó en
silencio, dirigiendo la atención hacia el pobre Fergus.
– Ah, es un bebedor, ¿no es cierto?
– No te molestes con él, Malcolm, no tiene grasa ni para freír un
huevo.
– Si no fuera por las orejas, el sombrero le bajaría hasta los hombros.
– Me han dicho que se dejó esas patillas porque su hermano se llevó la
navaja a América.
– ¡Que no te caigas, con tantas botellas, Paddy!
Padre me dio un par de ellas, fingiendo no oír nada, y cargó con las
restantes. Pero he aquí que entonces el tal Malcolm le cerró el paso. Yo
aceleré el paso en dirección a la puerta.
– Arriba la escala y bajemos soga larga… Dios bendiga al rey Billy, y
mierda para el Papa. ¿No está bien esto, Paddy? - decía el sujeto llamado
Malcolm.
– Fuera de mi camino - respondió sosegadamente mi padre.
– Ah, pero no será antes de que hayas rezado un Ave María.
Reinaba un silencio total. Dooley McCluskey se persignaba mientras
mi papá y el tal Malcolm se miraban de hito en hito… Y Malcolm no
bromeaba. Estaba borracho, era malvado y fornido, terrible combinación.
En aquel preciso instante noté que alguien se había parado detrás de mí.
Gracias a Dios, era Tomas Larkin. La masa humana amontonada delante
de mi padre se deshizo, quedando sólo Malcolm como contendiente. Mi
padre dio un rodeo y siguió adelante ileso. La cobardía de Malcolm
levantó un murmullo de descontento.
– Déjalo, hermano Malcolm - recomendaba la voz de Luke Hanna.
– No le detengas, Luke - dijo Tomas-. Me gustaría conocer al hermano.
Sin embargo, el hermano Malcolm parecía más que contento de que
le ordenasen dejarlo, así que refunfuñó algo y se marchó otra vez hacia el
mostrador. Como Tomas echaba tras él, Luke le cortó el paso.
– Por amor de Dios, Tomas - dijo.
Tomas Larkin paseó la mirada por toda la sala con aquella
devastadora expresión de desprecio tan suya.
-Sácalo de aquí - le dijo a Luke.
– Lo sacaré.
Luke siguió a Tomas fuera de la taberna, lo cogió por el brazo y lo
volvió cara a él.
–Lo siento, Tomas - le dijo.
– Podías haberlo impedido.
– No te enfades, Tomas. Son, ¿qué te diré?, como niños en la primera
feria de primavera después de un invierno duro. Tienen ganas de jugar,
nada más. Yo no habría permitido que ocurriera nada.
–Sé perfectamente cómo son - replicó Tomas.
– Malcolm no es mal chico. En su propia casa no es peor que yo.
– Quizá. Quizá todos ellos sean buenos en sus casas. Pero cuando se
reúnen en pandilla y llevan esa maldita faja se convierten en una manada
de animales.
– Eh, para un poco…
– Una manada de animales, malvados, carniceros.
Eran amigos esos dos; lo habían sido casi siempre. Al fin habían
aprendido a vivir en mutua compañía. Ambos se sentían ofendidos. Ahora
fue mi padre quien se llevó a Tomas, dejando a Luke Hanna,
profundamente lastimado, bajo el árbol de los ahorcados.
Yo caí en un sueño estupendo y recuerdo que entré en Derry como a
través de una neblina. Tambores y fogatas rompían el silencio y la
oscuridad de la noche. Habíamos cruzado las líneas enemigas en las
colinas que rodeaban la ciudad. Todos los clanes escoceses se hallaban
concentrados en sus respectivos campamentos, excitándose los humores
para la batalla que librarían por la mañana. Y nosotros estábamos en las
tierras bajas, donde se habían concentrado nuestros clanes- nuestros
septs- con picas y arqueros vestidos de pieles. Nuestro rey, sujetando un
par de perros lobos por sus correas, llamaba a los cabecillas a concejo
para rechazar a los usurpadores.
OceanofPDF.com