Trinidad

Leon Uris · Capítulo 23 de 119

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Trinidad

Capítulo 10

Yo cascabeleaba de contento cuando mi padre me dijo que iría a Derry

con él para una reunión de todos los candidatos de los tres condados del

partido irlandés. Eché, pues, a correr por la acostumbrada ruta, a través

de nuestra habitación principal, cruzando el patio y saltando la pared en

dirección a la casita de los Larkin. Las voces de Tomas y Finola

levantadas en viva discusión me detuvieron delante de su establo.

– Cochina ocasión esta para llamaros a Derry - decía Finola- con todos

aquellos orangistas enloquecidos y a punto de lanzarse al ataque.

– Yo creo que Kevin O'Garvey ha convocado la reunión

intencionadamente- respondía Tomas-. Quiere que este año olamos de

cerca el genio protestante.

– ¡Como si no lo conociéramos ya, con esos tambores suyos

redoblando todo el día y la mitad de la noche! Y como si no les oyésemos

cantar aquellas canciones horribles en las tabernas. Casi no hay

seguridad ni para ir a la iglesia…, cosa que tú no sueles hacer.

– Bah, mujer, tu voz sería capaz de hender las rocas.

– Y como si no fuera bastante malo meterte tú en Derry, tienes que

llevarte a Conor contigo, ¿verdad?

– Oirá los tambores durante todo el resto de su vida, mujer. Cuanto

antes sepa qué representan, mejor.

– ¿Y he de suponer que Liam no los oirá? ¿Te parece justo llevarte a

Conor y dejar a Liam, puesto que te empeñas en arrastrar chiquillos a

Derry? ¿Qué me dices de Liam?

– Alguien ha de quedarse a hacer el trabajo. Conor, por ser el mayor,

tiene ciertos privilegios.

– Ve y díselo a Liam. Está enfadado, y con razón. Es la tercera vez este

verano que te llevas a Conor y a él le dejas.

– ¡No quiero que se hable más de ello! - dijo Tomas en aquel tono suyo

que señalaba el final de una conversación. Aunque Conor era mi amigo

más entrañable, Finola decía verdad. Tomas casi siempre dejaba a Liam

en casa, y Liam se sentía profundamente herido. A Conor, por su parte, le

enojaba que le concedieran tales privilegios. Más de una vez trató de

convencer a su padre; pero Tomas no atendía a razones. No cabían dudas

acerca de cuál era su favorito.

Cuando hubo transcurrido un tiempo prudencial, me introduje en la

sala de los Larkin para anunciarles que yo también iría a Derry. La

noticia mereció una acogida fría; luego, Tomas nos ordenó, a Conor y a

mí, que enganchásemos los caballos a la gran carreta comunal. Se

trataba de un vehículo grande de cuatro ruedas y altas estacas utilizado

para acarrear mieses y también, en ocasiones, para el transporte de

personas. No era exactamente como el coche de Su Señoría, pero nos

llevaría a Derry.

Daddo Friel, que había recorrido el distrito haciendo campaña por

Kevin O'Garvey y se había hospedado en casa de los Larkin, también

esperaba para emprender el viaje hacia Derry. Tomas lo acompañó fuera

de la casita, lo levantó en brazos y lo subió a la carreta. Conor y yo lo

acomodamos en el heno, situándonos uno a cada lado, porque era un

regalo singular poder recorrer tan larga distancia en su compañía y que

él respondiera a todas las preguntas que se nos pudieran ocurrir.

Mi papá arrojó sobre la carreta un saco de comida y subió al asiento

del conductor, al lado de Tomas. Después, ambos se volvieron cara a sus

respectivas esposas, plantadas allí con una expresión tan sombría como si

emprendiéramos el último viaje hacia el árbol de los ahorcados. Mis

padres no eran aficionados a manifestaciones en público, pero los Larkin

solían besarse antes de emprender un viaje. Esta vez, sin embargo, Tomas

se limitó a agitar la mano, soltó el freno y puso a los animales en marcha.

Tres noches atrás, los del Constabulary habían realizado una

siniestra incursión, coronada por el éxito, en la destilería de poteen de las

viudas, y la habían destruido, cerrando luego la taberna clandestina del

pueblo. Por tanto, habían dejado tras ellos una sequía terrible, y nosotros

tuvimos que parar en casa de Dooley McCluskey con objeto de adquirir

unas botellas de whisky legal para el viaje.

Tomas paró a la sombra del árbol de los ahorcados mientras papá

saltaba al suelo y entraba en la taberna. Aquellos días el cruce de

caminos estaba lleno de hermanos de la templanza de la ciudad, así como

de muchos visitantes forasteros, que estaban de fiesta y pensaban asistir a

las ceremonias de los Orange.

– Seamus - me llamó Tomas.

– Diga.

– Conviene que vayas y asomes la cabeza para ver qué hace tu papá -

me dijo-. Es mejor no exponerse a ningún riesgo con esa turba por ahí.

El aire de la sala estaba cargado de humo de tabaco prohibido y olía a

cerveza ilegal y a whisky ilegal. La mitad de los buenos hermanos

presentes habían perdido el seso. Yo me empequeñecía todo lo posible en

el umbral, viendo cómo mi padre se internaba por el bullicioso tumulto,

sin mirar a derecha ni a izquierda.

Dooley McCluskey temblaba de extasiado gozo por la rapidez con que

amontonaba chelines. Mi padre golpeaba nerviosamente el mostrador con

los dedos, tratando de captar la mirada de aquel avaro.

– Necesitamos seis botellas - decía papá-, la mitad a cuenta de Tomas y

la mitad a la mía.

A McCluskey le disgustaba vender al fiado y nunca dejaba de quejarse

por ello, pero viendo que se trataba de Tomas Larkin, sacó las botellas,

aunque refunfuñando. Y como seis eran demasiadas para que las llevara

papá solo, entré con intención de ayudarle.

– ¡Eh, Paddy! - gritó una voz detrás de mi padre. Ay, ay, aquello no

presagiaba nada bueno. La voz pertenecía a un forastero que se había

acercado por entre la gente y había visto que mi padre era demasiado

bajito para significar una gran amenaza-. ¡Eh, Paddy! - repitió-. He visto

que te parabas. Si te entretienes más, te encontrarás saliendo en dirección

opuesta.

Dooley se pasaba la lengua por los labios, con gesto nervioso,

mientras deslizaba las botellas sobre el mostrador. La taberna quedó en

silencio, dirigiendo la atención hacia el pobre Fergus.

– Ah, es un bebedor, ¿no es cierto?

– No te molestes con él, Malcolm, no tiene grasa ni para freír un

huevo.

– Si no fuera por las orejas, el sombrero le bajaría hasta los hombros.

– Me han dicho que se dejó esas patillas porque su hermano se llevó la

navaja a América.

– ¡Que no te caigas, con tantas botellas, Paddy!

Padre me dio un par de ellas, fingiendo no oír nada, y cargó con las

restantes. Pero he aquí que entonces el tal Malcolm le cerró el paso. Yo

aceleré el paso en dirección a la puerta.

– Arriba la escala y bajemos soga larga… Dios bendiga al rey Billy, y

mierda para el Papa. ¿No está bien esto, Paddy? - decía el sujeto llamado

Malcolm.

– Fuera de mi camino - respondió sosegadamente mi padre.

– Ah, pero no será antes de que hayas rezado un Ave María.

Reinaba un silencio total. Dooley McCluskey se persignaba mientras

mi papá y el tal Malcolm se miraban de hito en hito… Y Malcolm no

bromeaba. Estaba borracho, era malvado y fornido, terrible combinación.

En aquel preciso instante noté que alguien se había parado detrás de mí.

Gracias a Dios, era Tomas Larkin. La masa humana amontonada delante

de mi padre se deshizo, quedando sólo Malcolm como contendiente. Mi

padre dio un rodeo y siguió adelante ileso. La cobardía de Malcolm

levantó un murmullo de descontento.

– Déjalo, hermano Malcolm - recomendaba la voz de Luke Hanna.

– No le detengas, Luke - dijo Tomas-. Me gustaría conocer al hermano.

Sin embargo, el hermano Malcolm parecía más que contento de que

le ordenasen dejarlo, así que refunfuñó algo y se marchó otra vez hacia el

mostrador. Como Tomas echaba tras él, Luke le cortó el paso.

– Por amor de Dios, Tomas - dijo.

Tomas Larkin paseó la mirada por toda la sala con aquella

devastadora expresión de desprecio tan suya.

-Sácalo de aquí - le dijo a Luke.

– Lo sacaré.

Luke siguió a Tomas fuera de la taberna, lo cogió por el brazo y lo

volvió cara a él.

–Lo siento, Tomas - le dijo.

– Podías haberlo impedido.

– No te enfades, Tomas. Son, ¿qué te diré?, como niños en la primera

feria de primavera después de un invierno duro. Tienen ganas de jugar,

nada más. Yo no habría permitido que ocurriera nada.

–Sé perfectamente cómo son - replicó Tomas.

– Malcolm no es mal chico. En su propia casa no es peor que yo.

– Quizá. Quizá todos ellos sean buenos en sus casas. Pero cuando se

reúnen en pandilla y llevan esa maldita faja se convierten en una manada

de animales.

– Eh, para un poco…

– Una manada de animales, malvados, carniceros.

Eran amigos esos dos; lo habían sido casi siempre. Al fin habían

aprendido a vivir en mutua compañía. Ambos se sentían ofendidos. Ahora

fue mi padre quien se llevó a Tomas, dejando a Luke Hanna,

profundamente lastimado, bajo el árbol de los ahorcados.

Yo caí en un sueño estupendo y recuerdo que entré en Derry como a

través de una neblina. Tambores y fogatas rompían el silencio y la

oscuridad de la noche. Habíamos cruzado las líneas enemigas en las

colinas que rodeaban la ciudad. Todos los clanes escoceses se hallaban

concentrados en sus respectivos campamentos, excitándose los humores

para la batalla que librarían por la mañana. Y nosotros estábamos en las

tierras bajas, donde se habían concentrado nuestros clanes- nuestros

septs- con picas y arqueros vestidos de pieles. Nuestro rey, sujetando un

par de perros lobos por sus correas, llamaba a los cabecillas a concejo

para rechazar a los usurpadores.

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