Trinidad
Capítulo 8
Daars, en Kinsale, condado de Cork, julio de 1885
–El carruaje de lord Arthur acababa de aparecer en el fondo de la colina.
–Gracias, Cronin -dijo Clara-, tomaremos el té en el apartamento de Su Señoría.
Clara salió al porche lateral y vio cómo el carruaje disminuía la marcha por la empinada cuesta. Daars coronaba la colina más alta de Summer Cove. Sus jardines y parques descendían por la ladera con una estupenda vista sobre la curva de la bahía hasta Kinsale. Desde allí se divisaba hasta más allá de Charles Fort y el mar libre, donde una pequeña flota de velas ondulantes corría hacia el refugio del puerto huyendo de un ramalazo de viento.
A los pocos momentos, Arthur Hubble, décimo conde de Foyle, sacaba el carruaje del camino principal para enfilar por la entrada lateral donde un par de manos fuertes cogieron las bridas y le ayudaron a bajar.
–Has llegado temprano -le saludó Clara-. ¿Has tenido buena travesía?
El conde se cogió las manos detrás de la espalda, sacó una mandíbula poblada de barba y ascendió los peldaños hacia el porche.
–Ventosa y fea -respondió pasando junto a ella.
Clara esperó hasta que él se hubo secado y calentado.
–Recibimos el telegrama, querido. Roger llegará hoy con el correo de Cork, de Dublín. Habría de llegar a tiempo para cenar.
Arthur expresó su malestar con un gruñido. Clara sabía que tenía mucho cariño a su hijo y Roger venía acá muy de tarde en tarde; pero siempre había motivo de ansiedad. Además, la visita de hoy, en esta época del año precisamente, significaba que venía a buscarle a él para llevárselo en seguida a Hubble Manor con ocasión del día de los Aprendices. Tales contrariedades solían hacerle recaer en el tartamudeo. Clara agradecía que Roger viniera a Daars solo, sin aquel pelmazo espantoso de Glendon Rankin. El administrador de fincas había quedado relegado a segundo término desde que Roger abandonó el ejército e hincó el diente en los asuntos del condado. Pero aunque
Rankin no estaría presente, había enviado una carta acongojadora antes de que llegara Roger; una carta que originó más tensión aún de la que solían provocar habitualmente.
Cronin puso el servicio del té, preparó una mesita con instrumentos de barbero y se retiró. Clara sujetó una servilleta alrededor del cuello de Arthur, le peinó la barba con mucho esmero, retocándosela con las tijeras, a la perfección, habilidad adquirida durante sus días de artista.
Lord Arthur abrió el cajón de la cómoda y releyó la epístola de Rankin. La carta empezaba explicando con mil rodeos la adhesión y fidelidad de la familia Rankin al condado, manifestadas durante siglo y medio de servicios al mismo. Rankin no se olvidaba de repetir el sacrificio supremo de su tío Owen, muerto de un disparo cuando cumplía con su deber, lanzando a un arrendatario que se resistía.
Continuaba diciendo que lord Roger había representado una muy conveniente adición a la empresa. Después seguían las recomendaciones de cautela, expresadas en palabras cuidadosamente escogidas, el miedo de que las medidas de Roger de apartarse de la agricultura para entregarse a la industrialización pudieran rayar en temerarias.
La brecha entre el hijo y el administrador era profundamente filosófica y se ensanchaba cada día. Roger traería consigo más ideas para mayores inversiones.
«La razón de que haya tan gran demanda de lienzos
manufacturados radica en que el algodón todavía no ha reconquistado plenamente sus mercados, después del hundimiento consiguiente a la guerra civil americana. Pero, Su Señoría, el algodón va ganando puntos y la industria del lino podría sufrir una depresión de la noche a la mañana. Es peligroso vender sólidas tierras para ese tipo de especulación.»
A continuación Rankin lamentaba las ideas radicales de reforma agraria que habían invadido Europa, pero insistía en que el hecho no se aplicaba a Irlanda. Sin un superintendente que le dijera qué tenía que hacer, el labrador católico no haría más, sencillamente, que desatar el caos.
La carta terminaba con todas las válvulas de Rankin abiertas y sangrando. Y sentaba el sobrecogedor pronóstico de que cuantos más bienes tuviera el condado en el capítulo de fábricas, mayor sería el
peligro de una calamidad total. Las ciudades estaban inundadas de católicos sin trabajo, que vivían en condiciones que engendraban epidemias, crímenes y fomentaban las ideologías papistas y anarquistas. Las ciudades harían que los Hubble se vieran metidos en el pozo sin fondo de los problemas relativos a escuelas, hospitales, asilos y beneficencia en general. ¿Por qué, ciertamente -argüía Rankin- se había de dejar arrastrar el condado a una «roya de la patata» urbana?
Al devolver la carta al cajón, lord Arthur soltó unos gemidos ante la triste perspectiva de los próximos días. Clara le aplicó ron de laurel a la cara, le friccionó también el cuero cabelludo y, de momento, el puro placer superó al puro espanto. Después, una muy moderada aplicación de brillantina a la barba para darle algo de luz, un peinado, y el espejo.
Lord Arthur estudió el resultado final con profunda admiración.
Habían llegado los números de toda una semana del London Times.
Leyeron, intercambiaron chismorreos… pero Arthur estaba
indiscutiblemente triste.
–Artie.
–Di, ángel mío.
–¿No puedes disuadir a Roger de iros a Hubble Manor el mes próximo? Hace tres años te mantuviste firme en tu decisión y, sin embargo, la casa no se derrumbó.
Como Clara había acertado con el verdadero meollo de su
descontento, el lord escondió más profundamente el rostro en el periódico.
–¡Es tan desabrido todo aquello! – continuó la mujer-, y a mí, de veras, no me gusta que me tengan encerrada aparte como el tonto de la familia. ¡Aquella gente es tan condenadamente mojigata! Uno pensaría que eres el único miembro de los lores que vive con su amante.
–C… C… C… C… Clara.
–Vamos, Artie, no es preciso que tartamudees. Hace años que te lo digo.
–No estoy recitando a Shakespeare en el es… es… es…cenario de Londres y puedo tarta… ta… ta… mudear todo lo que me plazca.
–Es nuestra única fuente de discusiones. Aquella gente hace que me mire a mí misma como a una ramera. Hubble Manor es tan oscuro,
torvo y mohoso como aquellos severos ulsterianos, y todo ello hace que me sienta una cualquiera.
–Por favor, no quiero teatro.
–No diré ni una palabra más -prometió ella, poniéndose en pie con agilidad. Normalmente, le aventajaba varios centímetros en estatura, y estando él sentado, muchos más, es natural-. No sé por qué te has de vestir como un payaso, con aquel sombrero de hongo y aquel cuello naranja ridículos. Pareces un cómico salido de un music-hall del Soho.
Logia de moderación total de Ballyutogue, no faltaba más, y ahí vas tú, el conde de Foyle, con una petrificada sonrisa de estricnina en el rostro, desfilando en compañía de aquellos labradores que no se lavan nunca, patanes mal educados y sus pustulosos predicadores.
–¿Has te… te… te… terminado del todo?
–No diré una palabra más.
–Da la casualidad de que aquel horrendo, mohoso, mojigato lugar paga un sinfín de costumbres carísimas» que has ido adquiriendo, querida mía.
–Oh, me aburres, Arthur.
–Una vez al año me solicitan para unas cortas pompas rituales en aquel lugar que nos paga los billetes. Este año la situación política reclama mi presencia más que nunca. Un maldito feniano arremete contra el escaño del bueno de Walby. Francamente, no tienes derecho a buscar guerra todos los años por una cosa tan simple.
–Si es tan simple, de verdad, ¿cómo te quedas tan derrotado cada vez que Roger está a punto de llegar?
El pequeño lord Hubble abandonó su asiento temblándole los labios y con gotas de sudor en la frente. Quería hablar, pero no podía. Se fue con paso vacilante al dormitorio contiguo y fijó la mirada abajo, en la bahía, aunque sin ver nada. En cierta ocasión había estado de pie delante de su padre en aquella horrible biblioteca de Hubble Manor, y su padre tenía los ojos encarnados y vidriosos, y junto a él había un baúl lleno de órdenes de lanzamiento ejecutadas…
…Arthur Hubble se había pasado toda una vida esquivando
remordimientos de conciencia por murallas del hambre, barcos de la muerte, evicciones y defunciones por inanición, aunque nunca consintió
que tales remordimientos arrollasen la benevolencia que tenia consigo mismo.
Desde hacía mucho tiempo había aceptado resignadamente el hecho de que le faltaba valor para dirigir el condado. Fue el único conde de la dinastía que no sirvió en el regimiento que le correspondía ni prestó servicio civil ni colonial de ninguna clase. En cambio, se casó temprano y dejó a su mujer embarazada para alistarse en la Marina. Cuando Morris Hubble, su padre, empezó a declinar, él lo dejó todo en manos de MacAdam Rankin y, más tarde, de Glendon Rankin.
Cuando Roger se hizo mayor, Arthur no tardó en cargar sobre los hombros del hijo todas las responsabilidades, de modo que él pudiera seguir persiguiendo los placeres sin estorbo alguno. Pero había calculado mal el celo de Roger, un celo que rivalizaba con el de su propio padre, lord Morris. Roger se hacía cargo de los asuntos sin tener en cuenta para nada que en el pasado el condado había estado absolutamente unido al suelo que poseía. Y le obligaba a él, su padre, a tomar las aterradoras decisiones que hasta ahora había evitado tan hábilmente.
–Artie -dijo Clara, viniendo a situarse detrás de él-, lo siento.
–Tienes toda la razón, Clara. No me dejaré intimidar y no me iré al Ulster. Me mantendré firme.
Ella se le arrimó para confortarle, sabiendo que el pequeño lord no decía la verdad, pero procurándole la sensación, por el momento, de que era muy valiente.
Roger confiaba poder pasar unos días navegando a la vela y pescando tiburones azules antes de entregarse a los negocios, pero se dio cuenta de que no sería posible. En lo único que su padre le aventajaba era en jugar al golf. Cuando Arthur se apunto cinco puttees
en el segundo agujero y cuatro en el sexto, Roger comprendió que valía más que comunicara el mensaje.
Durante el desayuno, Roger propuso un paseo a caballo. Arthur sabía que era el aviso de una conversación entre hijo y padre. Ya su propio padre, Morris, utilizaba los paseos a caballo para las conversaciones entre padre e hijo. Ahora le tocaba practicarlo con Roger. Sólo que Roger asumía el papel de padre, y él hacía de hijo una
vez más. Mientras se alejaban de Daars, Arthur se sentía como el muchacho a quien van a dar una lección, tratando de animarle.
Al sur de Summer Cove galoparon por unos prados cubiertos por una alfombra de florecillas amarillas. En Rinncurran las peñas y la cúspide se llenaban de ladrillos y yedra del Charles Fort, cuyas defensas daban sobre un angosto paso hacia el mar libre. El fuerte había sido construido a mediados del siglo xvii sobre el emplazamiento de un castillo de Barry Og y en el transcurso de las generaciones muchos nuevos dueños lo habían ampliado hasta hacer de él un inmenso conjunto de edificaciones. Parte de las mismas se aprovechaba todavía para albergar a la guarnición británica. La guardia reconoció a lord Arthur y, con ceremonioso ademán, le invitó a franquear la entrada. Padre e hijo dirigieron las cabalgaduras hacia un barracón abandonado, que empezaba a desmoronarse, y las dejaron libres en un cercado cubierto de hierbas y matas; luego subieron los peldaños de la pared de un baluarte del perímetro exterior. Con la esperanza de poner a Roger a la defensiva, lord Arthur le pasó la carta de Glendon Rankin.
Roger la leyó y se la devolvió.
–Me temo que al viejo Rankin le ha llegado el turno -dijo Roger en tono que no admitía réplica-. Quería, hablarte de su acomodo.
Arthur se quedó atónito y sin argumentos.
–Yo no me precipitaría… evidentemente, yo me he descansado muchísimo en ti; pero dominar todas las complejidades requiere tiempo, un largo tiempo, y la familia Rankin lleva en ello más de un siglo.
–Glendon Rankin no tiene ni la más brumosa idea de lo que está ocurriendo hoy -contestó Roger en tono seco.
–Lo que yo digo, Roger, es que cuando te hayas impuesto por completo en las empresas Foyle tu intervención crecerá en la misma medida. Sencillamente, no podemos echar por la borda el siglo y pico de experiencia de los Rankin.
Roger pasaba como una locomotora sobre las cautelosas
advertencias de su padre.
–En el último decenio ha habido tres grandes leyes de reforma -
dijo- y después de las próximas elecciones se desatará la locura de una reforma total. Glendon Rankin no es más que un recaudador de rentas.
No tiene ni sombra de cualidad alguna para hacer frente a las nuevas leyes ni a la Liga Campesina, ni puede seguir abriéndose camino con sus anticuados métodos de matón.
–Vamos, Roger, es demasiado pronto para que tú sepas todas las soluciones.
Roger le explicó su proyecto de dirigirlo todo, desde el semillero hasta la tela terminada y a punto para ser embarcada en los barcos de Hubble y vendida en las tiendas de Hubble. Era su proyecto que se extendía además, y de manera similar, a la lana, el ganado y las minas.
Se estaba librando de millares de acres de tierras de poco rendimiento y los convertía en grandes ranchos. En el terreno de la industria, Londonderry era una población ideal porque sufría una escasez crónica de empleos y la mano de obra seguía siendo la más barata de todas las islas británicas.
Las explicaciones de Roger quedaban, en gran parte, fuera del alcance del padre. Por lo demás, éste había tenido noticia de la amistad y la camaradería de su hijo con Frederick Weed y abrigaba sus dudas.
Sabía que Weed era un fanfarrón y un pirata. La aparente ingenuidad de Roger con respecto a Weed le angustiaba.
Lord Arthur se golpeó la palma de una mano con lo fusta de montar y siguió caminando a lo largo de la muralla.
–La dirección en que te lanzas encierra muchos azares.
–O nos libramos de la condición de simples terratenientes, o nos hundimos con ella -contestó Roger-. Esta es la realidad de los tiempos.
–Francamente, Roger, descubro que ciertos aspectos sociales de este movimiento en conjunto me entristecen más y más.
–No sé si lo entiendo bien -contestó su hijo.
–Estamos llegando al final de un siglo en el que hemos sido testigos de… cómo lo diría… una gran cantidad de ilustración. Estos días he leído bastante, he examinado algunas de las filosofías nuevas que nos llegan del continente. Esa revolución industrial tiene, toda ella, un fondo oscuro. No se trata tan sólo de lo que Rankin dice de los vicios y males de la urbanización. Francamente, a mí no me gusta demasiado el feo espectro de aprovechar el trabajo de niños, huérfanos y mujeres, y contribuir a través de nuestras fábricas a la suciedad de las ciudades.
El pequeño lord se sintió más desahogado después de haber dicho esto. Era una declaración valiente, que denotaba su recta conciencia social. Ahora estudiaba el desconcierto reflejado en el semblante de su hijo haciendo chasquear la lengua de contento. «Conviene bajarle los humos -pensaba Arthur-. Está demasiado seguro de sí mismo. Necesita que le enmienden la plana.»
–¿Sabes qué pienso, padre? – dijo Roger.
–¿Sobre qué?
–Sobre tus escrúpulos de conciencia y tu nueva ilustración mundana. Pienso que eres un hipócrita redomado.
–Perdona, ¿qué dices?
–He dicho que eres un hipócrita redomado. Nuestra fortuna
arranca de una colonización despiadada, de apropiarnos tierras de otros y de explotar la mano de obra más barata del mundo. ¿Qué salario crees que dan a un niño católico de nueve años que trabaja de pastor, y qué crees que cobra una campesina para la fabricación casera de lienzos?
–Hay una diferencia, Roger.
–¿Qué diferencia?
–El campo y el campesinado son un estilo de vida natural que perdura inalterado desde hace siglos. No importa a quién pertenezcan las tierras, el campesino es el mismo en todas partes. Las fábricas y las ciudades son obra del hombre, y todo lo malo que hay en ellas es obra del hombre. En esto Rankin dice verdad.
Roger perdía la paciencia.
–¡Dios mío, hombre, Dios mío! No doy crédito a lo que estoy oyendo. Tú pretendes ilustrarte. Bien, será mejor que te ilustre sobre lo que he descubierto estudiando los documentos de la finca. ¿Tienes la más vaga idea de lo que contienen?
–Rankin ha representado siempre los intereses del condado…
–Tú no estás enterado porque te has apartado de aquellos libros como de la lepra. Pero el hecho de que hayas nombrado un delegado tuyo no te absuelve de las porquerías que ha hecho en tu nombre.
–Pr… pr… pr… prohíbo que continúe esta conversación.
–Lo prohíbes, ¿verdad? – repitió el hijo, dando un rodeo para plantarse delante de su padre-. Pues no te separarás de esta muralla
hasta que me hayas oído -le gritó con el cuello hinchado de rabia-. Tu asignación, tu sed de placeres nos han tenido clavados a la pared desde el mismo instante en que pasaste a ser conde de Foyle. Un cochino despilfarro acumulado sobre otro despilfarro indecente. Dos establos de carreras que no valían un pito, una villa en el sur de Francia, las escandalosas rachas de compras de Clara, yates de diez mil libras; con sólo la cuenta de tu sastre se vestiría a medio Londonderry. Pero todo eso estaba muy bien, porque tú no sabías lo que Glendon Rankin tenía que hacer para que siguieras recibiendo tu asignación. Arrancaba el pellejo a tus arrendatarios, he ahí lo que hacía. Por cada diez libras de simiente que vendía en primavera, recogía cincuenta en otoño. En cada arriendo que terminaba, exigía sobornos si querían renovarlo. Estaba en contubernio con todos los prestamistas de Donegal, beneficiándose de unos intereses escandalosos y manipulando los precios de los frutos del campo. ¿Tienes la menor idea de cómo se ha lanzado de sus casas a mucha gente bajo tu humanitario gobierno? ¡Oh, hay más, padre, muchísimo más…!
Arthur levantó la fusta, pero Roger la detuvo con el brazo sin sufrir ningún daño.
–Te estás poniendo en ridículo, padre. Pegas como una mujer.-
Arthur se convirtió en una masa temblorosa mientras su hijo le cogía por las solapas y le gritaba en pleno rostro-. Tú no eres mejor que yo, ni que tu padre, el conde del hambre, a quien tanto desprecias. No eres mejor, nada en absoluto; de modo que en el futuro ahórrate tus tontas filosofías.
–¿Has… has te… te… terminado del todo?
–¡No! A partir de hoy, yo dirijo la empresa… todo. Tú recibirás tu maldita asignación; pero no quiero que te entrometas. O te decides por mí, o puedes ir a colgarte con Glendon Rankin.
–Roger -gimoteó Arthur-, Roger -gritó cogiéndose
desesperadamente a los brazos de su hijo-. Hijo mío, tú no hablas en serio…
Roger apartó de sí, con firmeza, las manos de su padre.
–Me temo que insisto en que pongamos este convenio por escrito.
–Mi propio hijo… ¡Es una estafa!
–En verdad que no, padre. Dimitiré inmediatamente. Y lo haré con la gozosa certidumbre de que Glendon Rankin te habrá llevado a la bancarrota antes de tres años.
–Muy bien…, muy bien… -susurró Arthur-. Lo pensaré. Te daré la respuesta.
–No, padre. Te has pasado la vida sin pensar nada y esquivando la realidad. Me darás la respuesta aquí, ahora mismo.
–¡Estoy asombrado, asustado, total y completamente atónito!
–No deberías estarlo -atajó fríamente Roger-. Esto se te venía encima desde que me hiciste poner pantalones de hombre mucho antes de lo que requería mi edad. Tú me has empujado hasta aquí, padre. Tú me has empujado hasta aquí para poder tener el escalón de delante de tu puerta limpio de sangre.
Arthur no tenía salida alguna, excepto la de arrojarse muralla abajo. Un cuerno del fuerte hendió el aire, aumentando el frenesí que le dominaba. Hasta ellos llegaban los ecos de un sargento soltando una exagerada andanada de órdenes. Roger continuaba imperturbable, sin jactancia ni irritación. Aquello era una limpia operación de cirujano.
El poco espíritu de lucha que su padre hubiera tenido se había disipado. Ahora la voz de Arthur era como un lloriqueo.
–¿Qué diablos le diré a Glendon Rankin?
–Un simple documento con tu firma bastará. Del resto me encargo yo.
–Muy bien. – El pequeño lord pasó por delante de su hijo como el hombre que ha salido de una trampa y busca aire para respirar.
–Padre, hay otra cuestión. – Arthur se volvió-. La perspectiva política es fea. En Belfast me pidieron si podían contar contigo para aparecer en público durante las festividades del 12 de Julio. Yo acepté, condicionalmente, en tu nombre.
–No tenías derecho a comprometerme.
–He dicho que la perspectiva es fea.
–Hace quince años que no voy a Belfast para la fiesta del 12 de Julio. Además, ¿qué demonios haría yo un mes entero hasta el día de los Aprendices?
–Hamilton Walby se encuentra en un grave aprieto. Necesitan tu presencia allá todo el mes.
En la última boqueada de independencia que daría jamás ante su hijo, Arthur Hubble se puso todo lo colérico que pudo. Roger sabía que la protesta nacía de la resistencia a perderse lo mejor de la temporada de sociedad de Kinsale y a incurrir, además, en las iras de Clara.
–No voy a someterme -dijo con énfasis lord Arthur- a un mes de paranoico redoblar de tambores, discursos pedantes y un histérico aullar himnos. ¡Yo… no… iré!
Después de decir esto, bajó los desmoronados escalones del baluarte y montó su caballo.
Roger le siguió, bajando la mano para levantar el cerrojo de la puerta.
–Saldremos pasado mañana -anunció como cosa que no admite
vuelta de hoja-. He cablegrafiado a mi madre, en Londres. En atención a las apariencias, seria mejor que ambos cumplierais juntos vuestros deberes públicos, durante este período. Lady Edna se reunirá con nosotros en Belfast. Te recomendaría que organizaras un viaje a París o a Italia para Clara.
Roger picó espuelas y se fue, dejando a padre y caballo inmóviles.
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