Trinidad
Capítulo 2
1906
En el cuartel general del Partido de Defensa de la unión reinaba un abatimiento paralizador. Después de una noche entera de preocupadas llamadas telefónicas, la cinta telegráfica de Londres se rompió por fin, luego de haber relatado por extenso la devastadora noticia. El partido conservador, con sus aliados del Ulster, los unionistas, había sufrido una tremenda derrota en las elecciones. Tres lustros de gobierno de espíritu imperial habían llegado a su fin.
Sir Frederick y lord Roger salieron del cuarto del concejo y cruzaron el grupito de fieles desalentados. Weed salmodió unas frases asegurando que el Ulster continuaría la lucha, a pesar del alud liberal.
Pero sus palabras no despertaron sino débiles aplausos.
Fuera, el aire frío del amanecer les dio de lleno en el rostro. Al internarse por Great Victoria Street, a la claridad gris del alba, sólo los golpecitos de los respectivos bastones y el clip-clop del carruaje que los transportaba iban puntuando el silencio. Al llegar al hotel Antrim, se retiraron inmediatamente al apartamento de ir Frederick, donde se les reunió al poco rato el brigadier Swan para hacer balance de los destrozos.
No era como si el país se encontrase otra vez en una nueva algarada republicana; pero, indudablemente, el problema de la autonomía volvería a plantearse. ¿Hasta qué punto se beneficiaría el nuevo partido nacionalista Sinn Fein?
La clase industrial dominante del Ulster se estremecía siempre que se hablaba de gobierno autónomo. Su posición competitiva dependía principalmente de mantener a la provincia diez años retrasada con respecto a Inglaterra en materia de salarios y condiciones de trabajo de los obreros. A Swan, Hubble y Weed no les convenía que la amenaza se extendiera.
Sin embargo, cabía distinguir un detallito afortunado en aquellas elecciones. En el pasado los liberales necesitaban al partido irlandés para formar con él un gobierno de coalición. Y a cambio de su apoyo los irlandeses les arrancaban una promesa de autonomía. En cambio esta vez la victoria liberal era tan arrolladora que tendrían la mayoría
sin los irlandeses, a quienes en realidad no necesitaban. Por su propia iniciativa, cuando se veían libres de presiones irlandesas, los liberales nunca habían manifestado prisa alguna por conceder la autonomía.
Por supuesto, el último baluarte protector de los unionistas seguía siendo, como siempre, el veto de la Cámara de los Lores, si el caso lo requería.
Roger estaba pensativo; hablaba poco.
–Yo digo que estás un poco fúnebre -comentó Weed.
–El problema se resume en que, con el tiempo, tendremos que jugar a fondo la carta de Orange. Quizá repetidas veces.
El triste mensaje fue calando mientras aparecía el mayordomo.
–Usted perdone, sir Frederick. El reverendo MacIvor espera en el vestíbulo y desea verle.
–Bah, porquerías -refunfuñó Weed-, es la última persona que deseo ver en el día de hoy. Dígale que estoy indispuesto.
–No, espere un minuto -interpuso Roger-. Veamos qué tiene en la mente el iluminado.
En el transcurso de los años, Oliver Cromwell MacIvor había prosperado mucho más todavía de lo que le hubieran permitido las generosidades de su bienhechor. Teniendo la iglesia de los Mártires del Shankill llena hasta rebosar y no necesitando ya las limosnas de sir Frederick, había elevado mucho sus miras y ambiciones. Por decreto singular, había proclamado una secta nueva, la «Iglesia Presbiteriana Universal», nombrándose a sí mismo «moderador» y creando una versión protestante de Estado casipapal.
Para respaldar «su» nueva iglesia, había establecido al lado de la Casa del Señor en el Shankill el Centro Misionero y Teológico Presbiteriano. En Londonderry, Lame, Belfast Este y Dungannon habían brotado templos de la nueva fe, y había en proyecto una docena más. Una casa editora propagaba el evangelio fundamentalista de MacIvor, orientado de cara a las masas, con la mano derecha, mientras con la izquierda hacía circular la condena dictada por Roma.
A medida que su poder sobre las masas aumentaba, el reverendo MacIvor se introducía en la Orden de Orange, en la que conseguía jerarquías elevadas, y husmeaba por los aledaños del partido unionista.
Durante este ascenso, las autoridades toleraban el lenguaje desaforado
y las ocasionales incitaciones a la revuelta del reverendo, porque casaban con el esquema general del Ulster. Roger había advertido repetidamente a sir Frederick que la creciente independencia de MacIvor era una amenaza, pero Weed calculaba que nunca llegaría el día en que no pudiera dominar al sujeto aquel.
Introdujeron, pues, a Oliver Cromwell MacIvor en el saloncito. El reverendo no perdía jamás su magnetismo personal. Esperaba que le invitasen a tomar té, y lo aceptó.
–Estamos todos agotados -dijo el menudo predicador- después de dos noches en vela rezando. Ha sido un día trágico para los cristianos.
Sus gruesos labios sorbieron la taza de té, dando motivo a que Weed hiciera una mueca de disgusto.
–Evidentemente, todos estamos un poco abatidos -dijo sir
Frederick-, pero en conjunto no prevemos ningún trastorno
importante. Creemos firmemente que la legislación que promulga la autonomía tardará aún muchos años, y sin duda los Lores correrán en nuestro auxilio con el veto cuando llegue la ocasión.
MacIvor dejó la taza y dio salida a la mirada aquella de «soy más santo que tú» que hacía estremecer al rebaño, aunque obraba muy poco efecto en este saloncito.
–El Ulster ha entrado en el valle de las sombras. No es hora de entretener con juegos de palabras a los protestantes de esta provincia, cuya misma existencia está en peligro.
Roger procuraba astutamente intrigar al sujeto. Le parecía evidente que MacIvor husmeaba buscando el texto que había de recitar en una especie de drama del poder. ¿En qué posición se creía situado, exactamente? ¿Qué naipe guardaba en la bocamanga?
–Yo diría, reverendo -explicaba sir Frederick, continuando el diálogo-, que una reacción excesiva en esta fase del problema podría resultar un bumerang que se volviese contra nosotros. Estoy en contacto con muchos liberales. No es lo mismo prometer la autonomía a Irlanda durante una campaña electoral que cumplir luego esta promesa. En verdad, no creo que hayamos de desatar un huracán como advertencia. Esperemos y veamos qué intenciones tienen. Creo que eso de la autonomía quedará a un lado hasta que se pudra.
Estas palabras hicieron que MacIvor se pusiera en pie, meditadamente.
–No entiendo cómo no saben leer la sentencia escrita en la pared.
No entiendo cómo pueden decidir quedarse quietos teniendo como tenemos un puñal apuntado a la garganta.
Bien, por supuesto, se decía sir Frederick, la tendencia de aquel hombre a sacar llamas de poder y gloria a los Evangelios, anunciar desastres inminentes y presagiar calamidades era parte del combustible que alimentaba sus máquinas. Sin embargo, su tono y sus maneras habían cambiado. En este momento parecía haber pasado de
favorecido a favorecedor. La pamplina de la espontaneidad era una treta que empleaba con su rebaño; Weed sabía que nunca obraba espontáneamente sino que era un calculador redomado. ¿Cuánto tiempo hacía, exactamente, que estaba esperando un desastre político?
El aguijonazo de las elecciones aún no había trascendido y, sin embargo, por el cariz que tomaban las cosas en el Ulster parecía que ya se estaba amasando algo nuevo.
–Ustedes pueden seguir con sus demoras -dijo MacIvor-, yo estoy dispuesto a replicar al desastre que se nos ha echado encima mediante una inspirada revelación divina. Voy a pregonar una cruzada de toda la provincia en la que organizaremos a los cristianos, hombres, mujeres y niños, para que defiendan su libertad y su herencia británica.
Swan y Roger se cruzaron unas miradas mientras observaban cómo sir Frederick se reprimía para no estallar. Este último sacó un cigarro puro con intencionada severidad y, sin pedir permiso a MacIvor, lo encendió.
–Le recomiendo que ande con cuidado -dijo en un tono que
equivalía, evidentemente, a un mandato.
–Y yo le indico que no le he pedido consejo sobre este asunto -
respondió MacIvor.
¡De modo que así estaba la cosa! Había cortado el cordón umbilical.
¡Zas! Así, sencillamente.
–El problema -continuó el predicador- está en la complacencia de ustedes. Una y otra vez han dejado de reconocer como crecían los peligros. Han contestado con el pacifismo a esas satánicas maquinaciones papistas. Durante estos tres años últimos ustedes han
permanecido al margen, ociosos, mientras la Corona compraba docenas de miles de acres de tierras protestantes y los regalaba, o poco menos, a la mismísima gente que ha jurado destruirnos.
A Weed se le estaba terminando la paciencia.
–Oiga -le espetó-, la ley sobre la tierra no ha hecho más que incorporarse unas tierras estériles y cargadas de hipotecas que estaban en manos de terratenientes abrumados de deudas.
–¡Y se las ha entregado a los papistas!
–Caballeros -se apresuró a interponer Swan-, estas elecciones nos han trastornado a todos. Creo que deberíamos dejar que la situación se decante, y luego, cuando nuestras ideas se hayan clarificado, nos reuniremos y nos pondremos a reorganizar nuestra estrategia.
–Quizá los intereses de ustedes se hayan divorciado
irremediablemente de los del pueblo llano de esta provincia -respondió MacIvor.
–¿Debo entender que esto significa que dejamos de marchar unidos y asociados, reverendo? – preguntó Weed, llanamente.
–Puede interpretarlo, señor, como significando que ya no estoy ligado a los consejos y decisiones de ustedes. Es posible que pronto advierta un levantamiento, desde el Shankill a Londonderry, de gente insignificante que no se contenta dejando que le roben la libertad y busca dirigentes en otras esferas.
–Eso lo tiene pensado desde mucho tiempo, ¿verdad? – dijo
mansamente sir Frederick-. Usted se ha pasado quince años medrando sobre la adversidad y esperando que los conservadores cayeran del poder. Buenos días, reverendo MacIvor.
Antes de que el predicador pudiera soltar un discurso, Swan lo cogía por el brazo y le hacía cruzar la puerta. Cosa rara, sir Frederick no estalló al sufrir la afrenta. Estaba trastornado.
–¿Qué conclusión sacas, Roger?
–Evidentemente, nos ha entregado un acta de divorcio -respondió el yerno.
–¡Porquerías! Todavía doy trabajo a medio Belfast. Si no saben dónde les untan el pan de mantequilla, pronto se enterarán.
–¿Cómo? No será tan fácil. ¿Le gustaría ir al templo del reverendo y discutir con él cuando está en el pulpito? Mire, Freddie, es el mismo
cochino fenómeno que se produjo hace cuatro décadas en Inglaterra.
Gladstone se presentó con aquellas reformas y realizó una campaña fuera de su demarcación. Se ganó la simpatía de las masas, y por primera vez en la historia inglesa, la gente repudió la sabiduría de la clase gobernante y la nobleza a cambio de una reforma populista y unos políticos populistas de estirpe más cercana a la suya.
Sir Frederick sabía que Roger tenía razón. Al Ulster se le había mantenido deliberadamente rezagado con respecto a Inglaterra.
Mientras los liberales de Gladstone implantaban reformas, Irlanda y el Ulster estaban trabados en una lucha nacionalista. Un partido luchaba en favor de la autonomía; el otro luchaba contra ella. Irlanda continuaba quedando atrás en materia de reformas sociales, creándose así un vacío. Con la derrota de los conservadores, el Ulster pasaba aviso de que también rechazaba el gobierno secular de la nobleza y buscaba sus voces propias populistas.
–Ya no podemos seguir contando con que la gente nos siga
automática y ciegamente -comentaba Roger.
La exactitud del cálculo dejaba helado a sir Frederick, dando un tono ceniciento a su cutis.
–MacIvor se ha creído que ya tiene la fuerza suficiente para entrar en escena y llenar el vacío. Convocará a esa vieja estirpe de ulsterianos e intentará erigirse en su jefe político.
–Le aplastaré las pelotas, aunque haya de ser lo último que haga en este mundo -amenazó Weed.
Roger Hubble, siempre pragmático, parecía escéptico.
–Nuestro problema está en que hemos erigido a MacIvor y a un montón de otros MacIvor de menor talla como portavoces nuestros ante las masas. La gente está habituada y predispuesta a escucharles.
Hemos creado un monstruo, y no tenemos ninguna vía auténtica para comunicarnos con el Shankill si no es a través de ese monstruo.
La ceniza se caía del cigarro puro de Weed, quien se sacudía los pantalones sin mirar siquiera.
–Tú me dijiste muchísimas veces que sucedería lo que acaba de suceder.
–Siempre confié, de todos modos, que en algún punto del trayecto podríamos abandonar a MacIvor y los de su calaña. Sin embargo,
hemos estado tan embebidos en esta lucha contra la autonomía que hemos tenido que conservarle. Personalmente, he trabajado con irlandeses en el Castillo de Dublín un tiempo más que sobrado para darme cuenta de que, se mire como se mire, son personas
perfectamente decentes. A veces creo que podríamos llegar a un compromiso y trabajar aliados con ellos. Pero siempre surge entre una y otra parte ese ogro de Orange que hemos creado nosotros. Creo que los ingleses y los irlandeses siempre se las arreglan para sacar a la superficie lo peor que tenemos, y lo peor que hay entre unos y otros.
–De modo que ese pedacito de canalla piensa reemplazar a la clase dirigente de Irlanda. Bueno, gracias a Dios, la Corona no le ve así. En un enfrentamiento definitivo, pienso que hasta los liberales se pondrían de nuestra parte.
–Hoy sí se pondrían. Pero cuando el saldo del Ulster presente números encarnados, Inglaterra se desentenderá del negocio.
–¿Lo crees de veras, Roger? En el fondo de tu mente, ¿lo crees así?
–Estamos aquí, usted y yo, para reportar una ganancia. ¿Qué pasa cuando ya no rendimos beneficios?
–¿Cómo combatiremos a MacIvor?
–Por el momento, no haremos nada. Al cabo de un tiempo se dará cuenta de que no puede desenvolverse solo y vendrá a pactar con nosotros.
–¡Nunca pactaré con esa basura, nunca!
–Oh, quizá no resulte tan grave, Freddie. Puede darse un
deslizamiento del poder, pero en realidad MacIvor sigue defendiendo nuestra causa. ¿Se imagina por un momento la ruina que se nos echaría encima si MacIvor fuese un Gladstone? ¿Si nos enfrentásemos de pronto con una voz que arengara a las masas reclamando reformas sociales y políticas? Podemos agradecerle que haya hecho su tarea manteniendo la mente de los buenos habitantes del Ulster fija en las cosas de la Reforma. Es un perro que no sabe más que una treta. Es el hombre que tendrá a las masas católicas y protestantes separadas y luchando entre sí. Nos hace ganar tiempo.
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