Trinidad
Capítulo 6
Era el 4 de Julio, día de la Independencia americana. Del mismo modo que los ulsterianos se comparaban a los antiguos hebreos que vinieron a la tierra prometida del Ulster, se identificaban no menos vehementemente con la emigración escocesa-irlandesa en América.
Por lo demás, todo motivo para sacar la banda a la calle les parecía satisfactorio. La temporada de los desfiles se acercaba a todo vapor.
Weed Ship Iron Works flotaba en un océano de Union Jacks, rojo, blanco y azul y una bibliografía de gritos de combate orangistas.
Era también la época de los rumores. Lenguas melosas hacían rodar los rumores del año, puntuados por el tronar de los Lambeg. El rumor de una venta por parte del Parlamento británico; el rumor de un complot papal; el de una conspiración de los católicos para conquistar la igualdad en el Ulster mediante huelgas obreras; el rumor de una depresión que se acentuaría.
A la hora del mediodía había de tener lugar la concentración anual en el muelle seco Big Mabel, donde una masa de bandas de Orange interpretaría música, y se conmemoraría con oraciones la gran fiesta americana. Como se acercaba la elección suplementaria, el partido lealista reclamaba que se permitiese que el teniente coronel Howard Huntly Harrison dirigiera la palabra a los reunidos, tal como estaba dispuesto que se la dirigiría el candidato unionista. Al negársele el permiso, corrió el rumor de que los Caballeros de Cristo provocarían desórdenes.
Conor repartía su tiempo entre el taller de locomotoras y el trabajo de restauración en el medio terminado Museo de Ferrocarriles y Marina, en el otro extremo del complejo. Aquel determinado día estaba en el edificio del museo, montando una locomotora «Folkstone» de 1850, del ferrocarril del sudeste. Ya cerca de las doce, se quedó completamente solo; todos los demás se habían ido al Big Mabel para tomar parte en los festejos. De pronto apartó la vista de las piezas dispersas y descubrió a Robin MacLeod que entraba en el edificio respirando fatigosamente como si hubiera corrido con todas sus fuerzas.
–¡Hola! – le saludó, lleno de curiosidad. Al ver la expresión de pánico de Robin, la primera idea que se le ocurrió fue que le había sucedido algo a Shelley.
Robin paseó una mirada a su alrededor para asegurarse de que no les oía nadie.
–Tengo que decirte una cosa -anunció con voz entrecortada-. Te he buscado por todas partes…
–¿Qué pasa?
–Mira, amigo, no preguntes; pero no vuelvas al astillero.
Del concierto de bandas, a casi medio kilómetro de distancia, llegaban las notas de Dixie. Conor se dio cuenta al momento. ¡Un motín! Casi el total de los doscientos católicos del astillero, incluidos los jugadores del club, trabajaban en la planta del cobre cerca de los talleres de locomotoras. Fuese por la causa que fuere, era la única artesanía que no traían de Escocia. Siempre que había conflictos en el astillero, el taller del cobre era el primero que sufría. ¡Y en esto Conor recordó! ¡Duffy O'Hurley y Calhoun Hanley estaban hoy en el taller de locomotoras!
–Habrá revuelta, ¿verdad?
–No preguntes nada; márchate, nada más.
–La gente de MacIvor, esos Caballeros…
–Mira, amigo, ¿quieres marcharte, y basta?
–¿Estás seguro?
–Sí, estoy seguro. Morgan lo ha oído en la iglesia.
–¡Vaya cochina iglesia! – escupió Conor-. ¿Has avisado a los otros muchachos?
–No puedo, Conor, no puedo. No me importaría por mí; pero no costaría nada deducir quién dio el aviso, y esto podría significar la ruina de Morgan.
–¡Son tus compañeros!
–O ellos, o mi padre. Los muchachos del club sabrán pelear por sí mismos. Pero…, pero…, pero…, había de avisarte a ti, pasara lo que pasase.
–Apártate de mi camino -gritó Conor.
–No dejaré que te quedes, Conor. Los otros no me importan, pero tú eres como un hermano para mí.
–¡Yo no soy hermano tuyo! ¡Yo vomitaba por dentro cada vez que entraba en tu casa y veía la cochina faja de Orange colgada allá!
¡Échate a un lado, muchacho!
Robin se echó atrás, pero sus dedos volaron hacia el pecho de Conor.
–No dejaré que vayas.
Mientras Conor trataba de apartarle, Robin le envió un par de ganchos al rostro; pero hicieron muy poca mella en el herrero y no detuvieron su impulso. Las forzudas manos de Conor cogieron a Robin y lo arrojaron al suelo como si fuera un saco. Pero cuando emprendía la marcha, Robin se le cogió a las rodillas y le hizo caer por detrás en un placado brutal. Ambos se revolcaron por el suelo, agarrando y pegando en busca de un asidero, y cuando la pelea se hizo más salvaje, las rodillas y los codos chocaron y golpearon.
Ojalá estuviera en Dixie, huuray, huuray.
Conor se puso en píe primero, pero con Robin montado sobre él. De nuevo las fuertes manazas consiguieron libertarle, y los dos contendientes quedaron plantados nariz contra nariz , vapuleándose, hasta que Robin vaciló y retrocedió bajo los golpes. Luego se echó adelante, medio atontado. Conor le rodeó con un terrible abrazo de oso hasta hacerle jadear falto de aire. Robin perdió las fuerzas, el rostro se le puso morado y los ojos se le pusieron en blanco. Se había desmayado.
Conor le soltó y su cuerpo se derrumbó sobre el suelo.
¡Un segundo después abría la puerta de un tirón! El camino más corto consistía en cruzar diagonalmente a través del terreno de juego, bajar por la ruta del canal y cruzar el elevado puente hasta el costado de la fundición de acero.
Robin MacLeod consiguió levantarse y le atacó por detrás. Bum, en la nuca, bum, bum, bum. Conor giró sobre sus talones y mientras Robin reunía fuerzas para una última arremetida recibió un durísimo revés, seguido de un puñetazo espantoso al estómago. Cuando Robin caía de rodillas, Conor le dio un puntapié en la mandíbula, le levantó y le asestó el golpe final que había de dejarle inconsciente.
Cuando Johnny vuelve desfilando de nuevo hacia el hogar, hurra,
hurra.
¡La sirena del mediodía dejaba oír su alarido!
La hierba se fundía bajo los pies de Conor, y las tribunas presidenciales se convertían en una mancha borrosa. ¡Por el canal del rey Guillermo abajo hasta el puente! Subió los peldaños y se detuvo un instante en el centro.
–¡Oh, Dios mío!
Varios centenares de hombres venían hacia él blandiendo porras con púas en las puntas, palanquetas, llaves inglesas y remaches. Conor salió disparado y bajó las escaleras hacia la fila de pequeños talleres auxiliares, echando a correr hacia el del cobre.
–¡Motín! ¡Motín! ¡Católicos fuera de la entrada este! ¡Motín!
¡Motín! ¡Católicos fuera!
Mientras una confusión de gente se derramaba más allá para huir por la parte trasera, Conor volvió a la entrada y vio que se extendían ya por el puente. Entonces miró atrás. Los católicos buscaban la seguridad en la huida, con una fracción de segundo de ventaja.
–El taller de locomotoras -musitó-, el taller de locomotoras -avanzó pegado a los edificios; llegó al final y se dispuso a lanzarse por terreno descubierto en el preciso momento que la turba llegaba al taller del cobre e irrumpía adentro, pegando a diestro y siniestro.
–¡Cerdos papistas!
–¡Muerte a los Taigs!
–¡Matadlos!
–¡Joded al Papal
–¡Traidores!
–¡Allí hay uno!
Serpeando por las instalaciones del taller de locomotoras gracias al perfecto conocimiento adquirido de aquel lugar, encontró a Duffy y Calhoun entretenidos en la oficina del capataz completamente ajenos al caos del exterior, Conor los cogió a los dos y los arrastró fuera de la oficina.
–¿Te has vuelto loco?
–¡Hay un motín en marcha!
–¡Oh, Jesús, ten piedad!
Conor miró a su alrededor, buscando una ruta de escape. No había ninguna. En las empañadas ventanas aparecían imágenes confusas de amotinados, que rodeaban el edificio.
–Arriba, a la locomotora, ¡rápido! – ordenó Conor-. Escondeos dentro de la caldera.
–Sube con nosotros -le gritó Duffy.
–No, saben que estoy aquí dentro. Lo destrozarían todo
buscándome, y entonces os encontrarían a vosotros, además. ¡Hala, hala, hala!
Mientras los otros dos desaparecían, tratando de ponerse a salvo, Conor se permitió unas cuantas inhalaciones profundas para recuperar fuerzas, y luego se encaminó hacia la puerta principal, en el mismo instante que la reventaban. Al verle allí, tranquilo y sin armas, el tropel se detuvo.
Vessey Bain, un sujeto que odiaba a los católicos hasta la demencia y el más noble Caballero de Cristo del astillero, silbaba de rabia; pero aun así comprendía que atacar a Larkin no traería consecuencias demasiado agradables.
–Deja paso, Larkin -chilló-. Aquí dentro hay Taigs y venimos en su busca.
Conor se mantuvo en su puesto.
–¡So papista jodido, hijo de perra! ¡Tú no tienes más privilegios que nadie!
–¡Un lameculos de Weed; eso es, ni más ni menos!
–¡Sí! ¡Matad al cabrón!
Antes de que Vessey pudiera tomar una decisión, del tropel de gente salieron disparados media docena de remaches, uno de los cuales dio en la sien de Conor y le sumió en las tinieblas.
Conor recobró el conocimiento después de recibir un balde de agua en el rostro, y quiso hacer un esfuerzo; pero advirtió que estaba inmovilizado; le habían atado, abierto de piernas y brazos a los radios de una rueda de locomotora.
Carentes de sangre católica por culpa de Larkin, que dio la voz de alarma, decidieron pasarle cuentas. Vessey Bain le escupió en la cara y le dio puntapiés en las espinillas, sudando como un maníaco y medio sofocado de rabia. A pesar de que los demás gritaban que acabara con él de una vez, prevaleció el instinto de no meterse en un conflicto demasiado gordo.
–La muerte sería poco para él -refunfuñó Vessey-. Pongámoslo un buen rato en muelle seco. ¡Dejemos que Joey Hooker entre en acción!
Tiempo atrás Hooker era un púgil del peso medio bastante
aceptable, hasta que los golpes le nublaron el cerebro. Sir Frederick lo contrató por hacer una obra de caridad. Hombre que pensaba muy poco por sí mismo, a Vessey Bain le había convencido de alistarse en los Caballeros de Cristo. Quería disponer de los puños del ex boxeador.
Hooker se rió con carcajada necia del hombre atado frente a él.
Pop, pop, pop, llovían sus puñetazos sobre el rostro de Conor; pop, pop, pop. Un derechazo en el estómago… ¡bum!
El esfuerzo de cada golpe hacía resollar la aplastada nariz de Joey Hooker.
Con los gritos de aliento elevándose a su alrededor, estaba otra vez en
el ring defendiendo el título de campeón del Ulster de los pesos medios.
Tenía un desgarrón en el párpado y al tambalearse fue a buscar el refugio
de las cuerdas y luego salió disparado, machacando, soltando golpes…
«¡Pega, Joey, pega!», le gritaba su manager, y la muchedumbre lo
destrozaba todo delirante de entusiasmo al ver su reacción. «¡Pega!
¡Pega! ¡Mátale, Joey, mátale…! Es tuyo, Joey… Pega… pega… pega…»
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